Cotidiano

Llegas a Nueva York sobre un cable de equilibrista y unos días después Timothy te lleva a Chinatown. “Vamos a hacernos una foto del aura”.

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La artífice de la foto comienza a hablar con acento oriental y no puedes dejar de mirar la gran trenza que le cae por el hombro derecho. “En este momento tienes un aura pequeña y eso no es bueno, pero la combinación de colores lo empeora. El rojo es energía vital y el hecho de que sea tan intenso indica que la estás usando toda para salir adelante tras un momento duro. No comes bien y tienes problemas para dormir, deberías centrarte en solucionar eso para tener otra energía que te permita no recurrir a la vital. Esa capa rosa que te cubre es una relación que se ha roto y no te deja avanzar. Haz deporte, ten una rutina. Cuida tus lumbares e intenta centrarte en lo que necesitas, no en lo que te obsesiona.”

Pasan las semanas y un día cualquiera alternas acera y asfalto al atravesar Bergen y St Marks. Entras en la lavandería y, como cada vez, miras la fila de asientos vacía pensando si alguien a punto de morir habrá dormido en ellos alguna vez. Esperas tu turno para recoger la bolsa diminuta de ropa limpia y recuerdas que Ann también se hablaba en segunda persona en Mi Vida Sin Mí. Tienes que parar de hacer lo mismo porque no eres un mero espectador. Esos pies ahí abajo se mueven por ti; las esquinas de Brooklyn revelan sus incógnitas cuando tus ojos las desnudan; son tus pulmones los que se colman de ciudad húmeda al cruzar el East River por cualquiera de sus puentes. Eres el que escribe sobre mí, el que existe e importa. Soy el que sigue surcando los últimos rincones del oeste desde las aceras irregulares de Nueva York.

Más de un mes en esta burbuja y ahí fuera el mundo gira. Los aviones en descenso hacia el aeropuerto de LaGuardia me lo recuerdan como un reflejo involuntario. Los oigo cada pocos minutos y, ensimismado en mitad de cualquier acto ordinario, me traslado y observo a los pasajeros desde el pasillo del avión. Abro la nevera y el asiento 7C se atusa la barba, indeciso por coger un taxi o el metro a casa cuando toque tierra. Muerdo la tostada y el 16D escribe las últimas líneas de su diario antes de cerrar los ojos para el aterrizaje. Busco ropa interior limpia y el 25E agarra con fuerza la mano del 25F. Un acto cotidiano tras otro, un avión tras otro.

Algunos días el despertador suena a las 4:50 y comienza otro día ondulado. Camino hacia el metro en los últimos estertores de la noche y vuelvo a la superficie con el amanecer inexorable. Bushwick a esta hora es la quintaesencia del paisaje neoyorquino.

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Soy el primero en llegar a la cocina industrial donde espera la mercancía. Me viene cierta satisfacción estúpida al encender las luces y pasear en silencio entre los estantes y las mesas. Cargo la furgoneta con las neveras repletas de repostería vegana y conduzco hasta el mercado que toca hoy. Al atravesar la autopista que bordea Brooklyn es inevitable una mirada de reojo a los gigantes de Manhattan donde los primeros rayos de sol se reflejan. Saludo a los otros tenderos y monto la tienda, el mostrador, los productos, las etiquetas. Durante unas horas soy un vendedor callejero y sonrío y comento ingredientes y deseo que pases un buen día y, con suerte, una propina. Los días de mercado curan como ningún otro. La sonrisa, al principio forzada, se hace omnipresente. Entro en el juego americano de las pequeñas charlas que restan importancia a la propia transacción. Algunas se extienden porque sí, y unas chicas que acabo de atender vuelven con un queso de cabra como regalo “por mi amabilidad y porque todos somos humanos”. Recojo el puesto y conduzco de vuelta como si hubiera ganado una beca en el olimpo de los vendedores callejeros.

Por la noche, Tim toca en el piano Air Music mientras guardo silencio a su espalda. Miro el trozo de pizza que sujeto con la mano, triangular por algún motivo histórico que desconozco, y lo elevo en el aire. Lo hago volar despacio por encima de mí, como los aviones que surcan Brooklyn, el piano sonando y las corcheas como las pasajeras de una avioneta de expedicionarias. Cierro los días con música y series y humanos de los que no abundan.

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Los humanos hieren y curan. Curan los libros con remite de Barcelona y los emails que acaban en “va-lien-te”; los paquetes que esconden pastillas para dormir y una bolsita con pelos de tu gato; los paquetes que traen queso y una carta; curan las videollamadas a tantos sitios del otro lado; cura la rutina, trabajar, leer en Prospect Park y hacer mía la ciudad; y, sobre todo, cura el 936 de Pacific St. y los tres seres mágicos que me acogen sin fecha límite, que escuchan y empatizan mirándome a los ojos, que ríen y abrazan y me dibujan, que me descubren las mejores pizzas de Nueva York y me llevan a jardines botánicos de cuento, o a ver a Bernie Sanders, o a algún rincón oculto de su interior donde hallo pócimas mágicas que guardo como tesoros.

Volver a Chinatown es inevitable. ¿Qué habrá sido de mi aura y qué será de ella en este final de etapa? Una artífice distinta, sin trenza y con más acento aún, me saca de dudas.

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“Es un aura grande y brillante. Eres de los que escuchan y empatizan con los demás. Estás en un proceso de recuperación de energía y, aunque aún tienes tus momentos, vas hacia arriba. Cuida tus lumbares y tu garganta. En un futuro próximo veo una línea de ruptura, un cambio grande. Y veo que dejas atrás lo que te preocupaba y que empiezas a pensar en los próximos pasos a dar. La energía es buena y en las siguientes semanas irá a mejor.”

Me gustaría posar las manos en sus hombros, mirarla de frente y decirle lo acertada que ha estado, lo mucho que he vivido y he superado, lo del vuelo a Europa, lo de los próximos pasos a dar. Pero me limito a darle las gracias, a despedirme de Timothy hasta la noche y a esquivar el caos de gente y tráfico en Chinatown. Con un remolino en el pecho y una sonrisa nerviosa, empiezo a caminar por Broadway como tantas otras veces. Sin embargo, quizá ésta sea la última.

6.910 millas

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Caes en Los Ángeles como una gota de lluvia en el mar. La extensión de las ciudades norteamericanas vuelve a aturdirte. Fluyes por el enjambre de autopistas en cualquier dirección mientras la ciudad te engulle en su juego de asfalto y semáforos. La esbeltez de las palmeras entre los edificios te recuerda a las ilusiones de lxs que vienen aquí a probar suerte. Te parecen irreales, casi estoicas cuando aguantan las ráfagas de viento en Venice Beach. ¿Quién piensa en las palmeras que se desploman sobre las calles de Los Ángeles? En este gran decorado se piensa en la muerte menos que en cualquier lugar del mundo. Caminan con aire invencible porque todo el mundo es inmortal en Sunset Boulevard. Pero las colinas observan las luces del tráfico en Hollywood Freeway y murmuran: “Nosotras seguiremos aquí cuando todas las palmeras hayan caído”. Solo unos pocos escuchan los susurros que ruedan por las colinas. Y algunos, conscientes de todo esto que nos rodea y que seguirá aquí cuando hayamos muerto, deciden actuar en consecuencia.

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Los Ángeles es carpe diem como ningún otro sitio, es el aquí y el ahora más vívido, es ven e inténtalo porque si no te arrepentirás para siempre. Lo ves en sus rostros cansados bajo el maquillaje, “estoy aquí y lo estoy intentando”. Es el olor efímero de las flores en Silverlake y las luces que titilan en el horizonte como un sueño o un espejismo desde Griffith Park.

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Un viernes por la tarde te lanzas al tráfico de la ciudad en un Jeep blanco y durante unas horas navegas entre la desidia cotidiana del atasco perpetuo de la Interestatal 5.

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Llegas de noche a Joshua Tree y te sienta bien conducir sobre la doble línea amarilla. Apenas ves lo que te rodea pero sabes que no es un día cualquiera porque hoy ha llovido en el desierto. Despiertas en la cama improvisada de la parte trasera del Jeep y una capa de hielo lo cubre. Sales fuera y nunca has visto rocas así, ni hay árboles tan tortuosos como los de Joshua Tree.

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Conduces y una mina abandonada, conduces y un oasis de palmeras, conduces y cantáis Skinny Love. Las rectas se pierden en la distancia, parecen no llevar a ninguna parte.

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Paras en mitad de la nada en Arizona, él quiere visitar a su padre por sorpresa. Vas a un bar antes del encuentro y entiendes de dónde saldrían los votos para Trump. Entras en la casa y su padre ni se mueve del sofá. Te perturba que no se den ni un abrazo tras tres años sin verse. Entonces recuerdas que tú llevas toda la vida sin ver al tuyo y optas por no juzgar. En la televisión los coches rugen en el circuito de Indianápolis. De las paredes cuelgan cuadros de Alaska con bosques, águilas, osos, renos. Los miras con atención buscándoles la belleza mientras ellos hablan de pesca y gente que no conocerás. Todo transcurre como un glaciar. Lento, gélido.

Te despides y subes al coche con el pecho encogido. Habláis durante horas sobre familia y distancia mientras el paisaje muta del marrón al verde, de rocas a árboles, de aridez a cumbres nevadas. Pero solo te das cuenta del cambio cuando, en una carretera de montaña, un ciervo cruza a grandes saltos justo por delante del Jeep. Lo ves a cámara lenta mientras reduces la velocidad. El impulso desde la montaña, los músculos en tensión al amortiguar el encuentro con el asfalto, las astas apuntando al cielo, los ojos que miran ese extraño ser blanco que se acerca, el salto grácil por encima de la barrera, la carrera perdiéndose en el bosque. Te quedas sin aliento, te ves como un intruso, recuerdas en bucle su mirada y sus movimientos. No entiendes qué significa esa casualidad pero te deja una sonrisa y los ojos borrosos.

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Llegas de noche al Parque Nacional del Gran Cañón. Buscas un sitio donde aparcar y dormir, pero es un sueño inquieto. Te despiertas a su lado, le miras y subes a la montaña rusa en la que montaste al conocerle, arriba y abajo y vuelta arriba. Solo bajas de ella cuando duermes y ya son tres meses durmiendo con él.

Está amaneciendo y vas hacia el borde del Gran Cañón con los nervios del que va a dar un salto mortal. Siempre has querido verlo pero ahora estás a unos metros y no sabes qué esperar. Entonces el bosque acaba sin avisar y el sendero te arroja ante esa visión cruda. Una ráfaga de viento frío, como el que sopla alrededor, te sube por dentro y te obliga a coger una gran bocanada de aire para reanimar los pulmones. Pero la mente sigue congelada por la sensación de vacío o inmensidad o qué sabrás tú. Es inexplicable y te lo repites una y otra vez, “es inexplicable”. Caminas por el sendero que recorre el borde y las fotos nunca han sido tan en vano como ahora. El vacío del cañón se te agarra dentro y el cauce del río te erosiona como a esas paredes que tienes delante, te excava admiración y respeto y envidia por los pájaros que se adentran en él. Algo de ti se queda en el atardecer sobre el cañón.

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Pasa la noche y conduces hacia el oeste. La autopista es una maqueta, la ruta 66 te dice bien poco y miras la presa Hoover como si fuera de cartón. “Es inexplicable”, sigues pensando.

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Paras a comer en Las Vegas y, espantado, sales de allí todo lo rápido que puedes entre edificios cada vez más dispersos y el desierto que rodea la ciudad.

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Te gusta llegar a los sitios de noche, buscar dónde aparcar para dormir y llevarte la sorpresa al despertar. Amaneces en Death Valley y miras alrededor. Las montañas rodean el valle desértico hasta donde alcanza la vista. No te sorprendería que las rocas prendieran espontáneamente. Conduces a la cuenca Badwater, tan hundida en el valle que está por debajo del nivel del mar. Quizá por eso flotas sobre la sal.

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La pisas como si caminaras sobre la Luna. Le haces fotos en mitad de la llanura blanca y sabes que algún día lo lamentarás. Lo sabes porque está radiante, más guapo que nunca, aquí en “malas aguas”. Pero son días felices de correr entre dunas, de subir montañas y descubrir insectos, de dibujar acantilados y frenar ante los coyotes que cruzan la carretera. A quién le importa la veracidad de los espejismos en el desierto cuando son tan bellos.

Por eso sigues conduciendo, rodeando montañas, atravesando valles, escuchando a Ottis Reding y viendo el paisaje mutar bajo un sol radiante.

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Asciendes expectante las montañas del Parque Nacional de las Secuoyas hasta que, por fin, aparecen los primeros gigantes ante el Jeep blanco. Sales del coche con la luz del atardecer y olvidas que el suelo existe. Solo puedes mirar hacia arriba. Algunos de los árboles que te rodean tienen hasta 3.000 años. Abrazas un tronco y te estremeces. Estás tocando un ser vivo que fue coetáneo de la Grecia clásica, que vio a las tribus nativas vivir durante siglos y a los europeos acabar con ellas en un puñado de años. Estás tocando la Baja Edad Media, el Renacimiento, la fiebre del oro en California. Caminas entre titanes y lees que los incendios refuerzan la salud de sus troncos.

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“Quemarse para fortalecerse”, te repites al día siguiente mientras conduces entre truenos injustos que su pecho expulsa.

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En Los Ángeles, miras al Jeep blanco por última vez y tocas el cristal trasero, el que os vigilaba mientras dormíais. Devuelves las llaves y te sientas en la acera, desorientado, y así llegas a

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San Francisco, donde ni notas que hay puentes o colinas o tranvías porque una mañana descubres con toda su densidad la niebla que envuelve a Alaska. Y te das cuenta de que no sabes nadar en ella, que no tiene suficiente masa para flotar o bucear, que te desconcierta y te bloquea. Prefieres los días despejados porque eres el Mediterráneo, prefieres el sol aunque ya no seamos albatros. Le pides que se vaya pero no tarda en volver con la mano tendida, “la niebla puede irse y verás cómo brilla el sol”, y te dices que quizá sí, que puede que acabe soplando el viento.

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Pero ni siquiera te emocionas al cruzar el puente más antiguo de Portland, ni al ver el atardecer en Seattle, ni al acampar en el bosque junto a la frontera. Su niebla te ha envuelto y el viento no sopla. Y vuelves a Portland como un autómata, sin saber por qué sigues ahí. Por eso, una mañana de abril tras una noche de tormenta te vas con zancadas de gigante, oyéndole pero sin mirar atrás, y unas horas más tarde te ves en el aeropuerto reflejado en una máquina expendedora y piensas, “que salga el sol, ya es hora”. Y cruzas este país como un equilibrista en la cuerda floja.

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El otro extremo de la cuerda está atado a algún rascacielos en Nueva York. Llegas a Brooklyn pisando tierra firme, como si llegaras a casa. Las llaves te esperan bajo la rueda de la bici porque ellos volverán tarde. Y al abrir la puerta te conviertes en un castillo de naipes que se derrumba sobre la alfombra. Aquí está tu familia en este lado y este sofá alivia cualquier dolor.

Te costará salir de su montaña rusa, pero ahí abajo ves a todos los que importan sonriendo y saludando con la mano, y sabes que acabarás por bajarte porque esta atracción ya no da más de sí. Miras dentro de ti y recuerdas ese sitio al que siempre has querido ir y, aunque tardas unos días en reunir fuerzas, una mañana subes al tren en Penn Station en dirección a

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La estación más remota de Long Island. Aquí venían Joel y Clementine cuando la luz brillaba en sus mentes inmaculadas. Algo les traía aquí pero no sabían por qué. Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Tú en cambio lo recuerdas todo: las ciudades, los bosques, las playas, el Amazonas. Pero vienes aquí solo y este lugar es solo tuyo. Como por azar, en la playa no hay un alma. Te sientas junto a un puñado de rosas que alguien ha dejado junto a sus recuerdos. Y escribes, por fin escribes. Las millas, la niebla y un vuelo de ida. El viento sopla y sonríes.

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Cartagenas

¿Con qué soñaban los conquistadores? Es muy posible que Pedro de Heredia, como tantos otros, ansiara la gloria de llegar a tierras desconocidas para los europeos y conquistarlas, sin importar cuántos hombres perecieran o cuántas civilizaciones quedaran reducidas a cenizas, para ofrecerlas a su patria. En 1533, su barco llegó a una bahía en el Caribe con múltiples brazos de tierra y montes cercanos, perfectos como posiciones defensivas. Entonces, las ciudades se asediaban con grandes flotas de navíos. Imagino a Pedro de Heredia en una colina, mirando al mar que acaba de cruzar y a la bahía impenetrable por la que ha tocado tierra. “Este lugar inexpugnable Cartagena de Indias deberá llamarse, los barcos enemigos sufrirán el mismo destino de aquellos que han intentado tantas veces conquistar sin éxito las aguas de la bahía de la Cartagena de España”. Además de ser genocidas sin escrúpulos, los conquistadores no brillaban por su imaginación.

La Cartagena colombiana, ahora principal centro turístico del país e indudablemente uno de los lugares con más historia reciente de Sudamérica, guarda en sus cimientos las grandes vergüenzas de la Europa imperialista. Primero fue la sumisión y el exterminio de la población nativa, como ocurrió a gran escala en toda América. Después, tras su fundación, la ciudad se convirtió en el principal puerto de tráfico de esclavos. Desde una de las fortalezas que la guardan, casi puedo ver los barcos que durante siglos llegaron a este puerto cargados de africanos. La crueldad humana reflejada en el brillo de las cadenas en los tobillos y muñecas de hombres y mujeres que tenían familia, hogar y una vida en Angola o Guinea. Al llegar se les apilaba en la zona de Getsemaní, donde estaba la prisión de la ciudad, cercana al histórico y pulido Casco Antiguo. Getsemaní, ironías de la vida, es ahora el epicentro del turismo joven: cafés, restaurantes, hostales y mucho graffiti. El arte urbano es, una vez más, el medio para denunciar un pasado terrorífico y un presente amenazado por la gentrificación que los turistas estamos causando.

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La ciudad, codiciada por otros imperios europeos igual de sangrientos, erigió muros gigantes para defenderse. Grandes bloques de piedra rectangular, almenas, cañones… El resultado fue una muralla muy parecida a la de la Cartagena española. Imagino que debieron de construirla los mismos ingenieros al servicio de la corona. Lo que se hacía en la metrópoli se replicaba en las colonias, para desgracia de muchos y gloria de unos pocos. De ahí el resto de parecidos entre las dos Cartagenas.

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En la colombiana también hay un arsenal y en la ciudad abundan las torres y edificios de color blanco y amarillo. Hay fortalezas en las colinas que guardan todos los flancos de la bahía. Hay ficus a los pies de la muralla, piedras del mismo color, hay pórticos que la atraviesan, hay torreones circulares en sus esquinas. La muralla rodea un casco antiguo situado en la entrada de la bahía y en él hay edificios e iglesias que recuerdan a algunos de la Cartagena levantina y a otros de los pueblos de Castilla.

La semejanza geográfica entre las dos Cartagenas existe, es innegable: la bahía escondida, los montículos que la rodean, las playas de arena fina en los alrededores. Sin embargo, las otras similitudes son artificiales, producto de siglos de ocupación española, y solo se encuentran en una zona muy concreta. Por eso, pasear por la ciudad colombiana me ha causado impresiones contradictorias. Su casco antiguo es sin duda una joya de la arquitectura colonial, pero detrás hay toda una ciudad de un millón de habitantes con barrios caóticos y muchísimo más humildes. Es la Cartagena que no se enseña, la que mide su pulso a ritmo colombiano de espaldas a una ciudad colonial que exuda dinero, turistas y un pasado de dudosa gloria.

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Por otro lado, la sensación de haber estado ya allí, de reconocer los colores, la geografía, la muralla. Los incontables recuerdos que me ha traído de mi realidad en Europa. Ver los rostros de mi primera línea, la que forman los que siempre están ahí, al pie del cañón, cada uno y cada una como una piedra de la muralla que me protege incluso aquí, al otro lado. Ver el atardecer y enviar una sonrisa que viaje con el sol para que os llegue cuando os desperteis, de Cartagena a Cartagena.

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Vuelvo al norte con la suerte de pensaros allí y saber que os tengo igual de cerca. Vuelvo a Norteamérica con la suerte de seguir con el chico de Alaska a mi lado, nadando en una piscina que ninguno de los dos esperábamos. Volvemos al norte buceando de la mano.

El poder común

Al principio no entendí lo que la chica decía. Después de tantos días en un parque nacional, Tayrona, con la mente repleta de playas y selva, me costó procesar que nos pedía ayuda. Entonces vi al chico en la orilla del sendero, en posición fetal cubierto por una toalla, y por fin escuché lo que ella articulaba.

-Mi novio está muy mal. De repente ha empezado a vomitar y no puede ni caminar. Por favor, ayudadme a llevarlo al camping.

Sin fiebre ni dolor articular/muscular, era poco probable un virus tropical tipo malaria o chikungunya. El dolor agudo de estómago y los vómitos apuntaban a una intoxicación alimentaria.

Mientras le llevábamos a hombros, miraba de cerca su rostro torcido por el dolor e intentaba pensar en otras cosas para no activar mi empatía estomacal. No sé cómo, acabé rumiando sobre el efecto de los microorganismos en el cuerpo humano. Partículas que se miden en micras paralizando la actividad de un tipo de metro ochenta. Pensé en tamaños y cantidades, en cuántas bacterias hacen falta para doblar a un ser humano. Recordé las montañas de basura en ríos, ciudades y playas que he visto durante estos meses en América, y visualicé a la raza humana como un virus microscópico empeñado en intoxicar el cuerpo que nos da vida.

Al rato llegamos a la enfermería del parque y allí se quedó el chico. Al día siguiente supimos que ya estaba mejor y que, en efecto, había sido una intoxicación alimentaria.

El poder común puede ser terrorífico. Un ejército más fuerte puede destruir una región más débil. Una plaga de langostas es capaz de arrasar con hectáreas de cultivos en minutos. Religiones con millones de fieles que atacan los derechos más fundamentales. Y así hasta el infinito, porque el mundo es un lugar cruel y caótico por definición. Pero el poder común, entendido desde un prisma constructivo, puede tener una fuerza imparable, energía inagotable y valor para cambiarlo todo.

Siempre he observado a las hormigas con los ojos muy abiertos. De pequeño pasaba las horas delante de un hormiguero que había frente a la casa de campo de mis abuelos. Me fascinaba que fueran tantas iguales y que no se perdieran, pero sobre todo admiraba el esfuerzo común que hacían para acumular comida para toda la colonia. Poco entendía entonces del rastro químico que las guía o de la estricta jerarquía de castas que rige el destino de cada una: reina, soldados, recolectoras, peones.

Ahora soy adulto y las hormigas me siguen fascinando, aunque por razones distintas. Justo por delante de nuestra tienda de campaña en el parque Tayrona pasaba un sendero de hormigas cortadoras de hojas. Salían cada tarde con la puesta de sol y trabajaban sin descanso hasta el amanecer. Un día me propuse seguirlas hasta el hormiguero, pero el reguero de seres milimétricos se perdía tan profundo en la selva que tuve que dar la vuelta. Es un tipo de hormiga que lleva trocitos de hoja desde grandes distancias hasta un hormiguero que puede llegar a medir seiscientos metros cuadrados. Allí usan los nutrientes de las hojas para cultivar hongos que alimentan a toda la colonia. Sentado en la entrada de la tienda fijaba la vista en una hormiga cualquiera, trozo de hoja en alto, y la veía desaparecer entre el tumulto de seres iguales a ella. “Allá va una más de tantos millones trabajando por el bien de todas”.

Los humanos y el poder común. A veces no hace falta contarse en millones para cambiar las cosas. Los indígenas del parque Tayrona, vendido a manos privadas por las corruptas autoridades regionales, han conseguido parar la especulación inmobiliaria en sus tierras en varias ocasiones. Quizá no por mucho más tiempo, pero ahí siguen, luchando unidos por sus tierras. Sin embargo, otras veces sí es necesaria la acción de millones de personas, quizá con algo tan simple como ejercer el derecho al voto. Medellín es una ciudad muy desigual, pero existe cierta conciencia social entre sus dirigentes que ha llevado a la creación de espacios culturales e infraestructuras sociales como el Metrocable de Medellín, una red de teleféricos que conectan algunos de los barrios más pobres de la ciudad con la red de metro y que ha ayudado en múltiples sentidos a dar visibilidad y calidad de vida a dichos barrios, antes inaccesibles en transporte público.

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Cada vez pienso más en los territorios y en las fronteras, esas divisiones artificiales que acentúan rencores y temores absurdos, y cada vez les veo menos sentido. La igualdad entre seres humanos es inevitable, por mucho que las banderas ondeen promulgando lo contrario. Cada vez pienso más en el poder común, en las posibilidades de la acción conjunta. Desde luego no quisiera el mismo destino gregario de las hormigas para los humanos. Nosotros, aunque a veces cueste creerlo, tenemos capacidad de razonar y de tomar decisiones que ayuden a cambiar lo que no funciona o lo que funciona mal. El mundo es caótico y cruel, pero cuántas cosas cambiarían si llegáramos a entender la sencilla paradoja de que, aquí y ahora, somos todos uno, pero todo empieza desde cada uno de nosotros.

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Las fronteras del Amazonas

La noche anterior a volar aquí miraba el mapa con curiosidad, sin entender del todo que esta esquina de Colombia, por debajo del Ecuador, es en realidad el corazón del Amazonas.

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Llamarlo Colombia es tan arbitrario como tantas otras fronteras modernas. Tres países se miran de frente en un recodo del río, tres banderas, tres monedas. Vas caminando a Brasil a comprar galletas, luego en bote a Perú para repostar gasolina y vuelves a Colombia para cenar. Mientras tanto, la selva observa impasible desde los tres lados tus estúpidos pasos de humano, indiferente a tu pasaporte o a tu idioma materno. Los ríos secundarios serpentean ajenos a los gobiernos. El Amazonas, tan ancho como un lago, se declara apátrida en toda su amplitud y mira con desdén las banderas que ondean en sus orillas.

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Los buitres se alinean en la orilla del río al acecho de los desperdicios humanos de la ciudad brasileña de Tabatinga. La lancha suelta amarras y acelera en dirección a Benjamin Constant, entre Brasil y Perú, pueblo evocador de personajes mágicos. Allí está Maico, esperando con una sonrisa tímida en su pequeño bote. Él será nuestros ojos en la selva y nuestro timón en el río. Desciende de una tribu local que hace apenas dos generaciones aún vivía en aislamiento parcial. Su padre le enseñó todo lo que sabe sobre esta tierra y estas aguas. Imagino que tardó años en aprender, lo mismo que una carrera universitaria, porque Maico conoce la Amazonia con la precisión del entomólogo más dedicado.

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Tres días en mitad de la selva, durmiendo en una cabaña sobre pilares de madera a tres metros de la tierra. Tres días pescando y comiendo pirañas, viendo delfines rosas, nadando en el río, explorando de día y de noche, sosteniendo crías de caimán en las manos. Ahora sé que la inmensidad está descrita aquí, en este gigante incomprensible. Lo aprendido sabe a mucho, pero es en realidad una mota de polvo.

El Amazonas es agua, agua enturbiada por los sedimentos que oculta un ritmo frenético de nidos de piraña, anguilas eléctricas, caimanes, cocodrilos y miles de peces distintos. A veces la vida se deja ver en forma de pez volador, de piraña que muerde con rabia el cebo o de delfín rosado que aparece y desaparece como en un juego de niños. La frontera entre el agua y la tierra es un territorio difuso que se inunda según la época y que sirve de zona neutra a grandes reptiles, anacondas y peces que excavan agujeros en la orilla. A pesar de las señales visibles, el agua del Amazonas es misteriosa. “Para bañarse hay que ir lejos de la orilla, al centro del río donde están las corrientes”. Al centro del río entre agua misteriosa.

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La Amazonia es tierra, tierra que una gruesa capa de masa orgánica cubre como un manto húmedo: el árbol derrumbado, las hojas marchitas, los frutos maduros, los insectos, el animal que muere. Las pisadas son inestables y Maico avisa: “Mirad los árboles antes de apoyaros”. Ahí están las arañas, las serpientes, la savia tóxica de algunos troncos. Para contrarrestar, nos enseña plantas medicinales, lianas que acumulan agua potable, árboles con los que enviar señales sonoras y frutos comestibles. Me fascina el olor de las cosas: las tóxicas huelen mal, las no tóxicas bien.

La Amazonia es aire. Es imposible mirar al cielo sin cruzarse con la trayectoria de un pájaro. Maico señala ramas donde descansan aves de todo tipo y los graznidos son omnipresentes. Caminamos lentos entre la espesura de la selva, mirando con los ojos muy abiertos hacia todas direcciones. Un grupo de murciélagos huye ante nuestro paso y en el impulso pierden a una de sus crías. Me sobrecoge ver de cerca su complejidad, su vulnerabilidad.

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La Amazonia es movimiento, flujo, ciclo. Es el cauce dinámico del río, meandros que mutan, estación húmeda o seca, crecidas que inundan, animales en movimiento. Incluso árboles en movimiento. El árbol caminante extiende sus raíces hacia la orilla del río y deja morir las que quedan rezagadas en un paseo de 50 metros que durará toda una vida. El árbol del caucho no se mueve pero es el vestigio vivo de la barbarie. Hace décadas, los indígenas hacían surcos en el tronco para conseguir el líquido del caucho y venderlo a los europeos a cambio de artilugios occidentales. Tras el intercambio, los europeos mataban a toda la tribu y recuperaban sus artilugios. Maico termina de contar la historia junto a un tronco y por alguna razón la crueldad humana alcanza en mi cabeza una cota insoportable. Quizá es el contraste con la naturaleza que me rodea. O la expresión de Maico en silencio.

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La Amazonia es noche. Cada atardecer los sonidos cambian, los grandes predadores despiertan, las tarántulas salen de sus refugios. Caminar a oscuras es aún más inquietante, sabes que la selva bulle de actividad a tu alrededor pero no lo ves. Solo lo oyes, por todas partes, incluso bajo tus pies.

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La selva apaga sus focos, en la cabaña los ojos se cierran y dos torsos enfrentados libran la batalla de cada noche. Los pulmones se llenan del mismo oxígeno, cada partícula de aire navegando entre ellos, entrando en unos y otros, compartiendo vida. Mi pecho se llena contra el suyo en un compás irregular, al ritmo de las corrientes impredecibles del Amazonas, en un vaivén dulce donde a veces se alejan en una inspiración mutua para volver a encontrarse con fuerza renovada. Los torsos comprimen el aire que les acaba de insuflar vigor y las paredes se expanden y contraen con nuestra respiración. Poco a poco el ritmo se acompasa, los torsos ondulan hacia la sincronía y yo inspiro cuando él espira. El aire es denso y su vaho conocido. Mi pecho se aleja y el suyo se acerca y me llama con una melodía familiar de latidos y suspiros, entonces el mío acude al suyo y le da la réplica, y por un momento el vaivén es mutuo y la habitación nos mece a un lado y a otro, el oxígeno bailando en un camino afable de ida y vuelta. Yo inspiro con sus pulmones y él espira con los míos y los torsos laten como un solo cuerpo sin fronteras que respira en silencio el oxígeno más puro del mundo.

Los muros de Bogotá

El aeropuerto El Dorado es un gran aeropuerto más, con edificios grises, largos pasillos y viajeros que pisan el suelo antes o después de surcar el cielo. Fuera de la terminal, la fila de taxis es tan mundana como la de cualquier otra ciudad. Miro al cielo de la capital colombiana y percibo el mismo azul de siempre, quizá con más smog que de costumbre. Aún en la puerta de la terminal enfoco la vista en una nube y me pongo las gafas de sol. Subo al taxi con el letargo de rigor después de un madrugón, un vuelo y un supresor de nervios. Enfilamos la carretera al centro de la ciudad y lo que veo detrás de la ventanilla me pilla desprevenido. Hay graffitis y murales en casi cada rincón: edificios, paredes, túneles, muros, la mayoría en perfecto estado. El chico de Alaska comenta algo y al mirarle descubro por su ventanilla la misma imagen. Es una sacudida inesperada que nos despierta y nos sumerge en un viaje a gran velocidad por colores, formas, dimensiones y todas las técnicas posibles de arte urbano. De pronto un colibrí gigante en la entrada de un túnel, de repente una tanda de personajes burtonianos en la pared de una fábrica. Apenas da tiempo a ver todas las piezas, se suceden a una escala colosal, disipan la bruma del viaje y avivan la realidad a la que acabamos de llegar: el tercer país juntos, Bogotá, Colombia, ¡Sudamérica por primera vez! El lateral de un edificio acoge dos siluetas livianas, ajenas al tráfico, con la cara oculta por un beso. Así nos reciben los muros de Bogotá, cubiertos de arte, sonriendo a nuestros ojos radiantes.

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En el barrio más antiguo de la ciudad, La Candelaria, las cosas pueden salir muy bien. Sin orden, a veces apiladas, al girar cualquier esquina encuentras sorpresas como un graffiti de un artista internacional, un puesto de arepas donde comer por 3€, una pastelería francesa en una casa del s. XVII, una fiesta drum&bass en un sótano o un edificio art deco tras otro bauhaus tras otro dieciochesco.

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Las cosas pueden salir algo peor y es probable que también encuentres hordas de zombis que te siguen después del anochecer, perros atrapados en tejados con bomberos a su alrededor intentando evitar la tragedia, taxistas que derrapan en calles empinadas los días lluviosos y se empotran en la acera contigo dentro e incendios forestales que se adueñan de las colinas cercanas e inundan la ciudad de humo y ceniza.

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Pero en general Bogotá encuentra el equilibrio ella sola. La lluvia, ausente durante meses, cae justo durante el incendio. El día sin coches llega cuando empezabas a hartarte del tráfico denso. El bar más escondido se encuentra en tu propio hostal. El sol asoma entre las nubes y la contaminación cuando estás a punto de bajar en teleférico desde la colina de Monserrate:

Colombia estrena algo parecido a la serenidad de la ciudad desde la montaña. Poco a poco se sacude esas décadas convulsas de guerra interna, violencia extrema e inseguridad. El proceso de paz entre el gobierno y las FARC dista mucho de ser perfecto, la sombra del Plan Colombia aún es larga y sigue siendo un país violento, pero aquí la gente habla de guerrilla en pasado. “Con la guerrilla no se podía viajar por carretera”, comenta un taxista. Donde ahora hay arte urbano y una pincelada de optimismo en el tono general, hace décadas había todo un movimiento artístico dedicado a la época más oscura del conflicto armado, cuyo mayor exponente fue este cuadro, titulado “Violencia”.

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Bogotá es todo un hallazgo. Los museos, la comida, la arquitectura, la gente. Da ganas de escribir un párrafo a lo Lonely Planet. “Déjate seducir por una ciudad acogedora y viva, un cruce de culturas único donde la herencia colonial se mezcla con la rabiosa modernidad para cautivar al viajero ingenuo”. O algo así de desagradable escrito por alguien que ni ha pisado Bogotá. En esta ciudad que me ha dejado perplejo en ciertos aspectos me he tenido que enfrentar con una frase incómoda pero cierta. Mientras el chico de Alaska se cortaba el pelo, yo dedicaba el tiempo a leer un artículo en una revista literaria. De repente, ¡pam! La frase: “Cuando los europeos visitan Latinoamérica no valoran, solo comparan”. Bienvenido, baño de humildad. Tan cierto como incómodo, es algo que intento evitar conscientemente pero que me sorprendo haciendo más de una y dos veces al día. Sobre todo con la cantidad y calidad del arte urbano.

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Un ejército de 4.000 artistas está cambiando desde hace años la fachada de Bogotá. Algunas figuras internacionales, como Pez, se han instalado aquí. El gobierno local no prohíbe el arte urbano, lo promueve. Por todos lados surgen proyectos privados y públicos que convierten un mero paseo por la ciudad en un regalo para la vista.

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A una edad similar y por motivos parecidos, el chico de Alaska y yo nos hicimos un tatuaje en la espalda, justo bajo el cuello, en el mismo punto. Yo llevo hormigas, él aves. Ambos tatuajes son feos pero importantes. Por eso y porque la Luna tenía que estar ahí, ésta es nuestra aportación a los muros de Bogotá:

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La hormiga que sostiene a la Luna que mece al ave

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Nuestros animales favoritos: las hormigas y la orca

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Los tres diseños en el patio de recreo

Nos iremos de aquí igual que desaparece la espuma de una ola, pero con suerte alguna orca, alguna hormiga o algún ave en la Luna se quedará para siempre en los muros de Bogotá.

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Columnas vertebrales

Una cadena montañosa recorre Panamá en toda su longitud y la divide en dos como una espina dorsal titánica. Una cumbre sobrepasa a otra y a otra y a otra en una carrera que se eleva por encima de los 3.000 msnm. Las nubes cubren las cimas y justo esconden las zonas de bosque húmedo, donde más vida se acumula. La Panamericana recorre el país por el sur de su espina dorsal. Desde ella, mires cuando mires, a la izquierda siempre se alzan las montañas, con su eterna cubierta blanca de formas voluptuosas. La distancia es suficiente para abarcar con la vista decenas de kilómetros de accidentes geográficos y jungla espesa. La imagen me sobrecoge. ¿Cuánta vida hay en tal acumulación de selva? Seguro que la respuesta se acercaría al grado de incalculable. La cantidad de insectos, plantas, hongos, flores, aves y mamíferos en un metro cuadrado solo es comparable a la complejidad de las relaciones sociales de una ciudad o al número de procesos mentales que realiza un cerebro humano. Como este trocito de playa, con millones de granos de arena, cientos de caracolas dejando su rastro y entrelazando sus caminos, cangrejos buscando la humedad en unos agujeros efímeros que la marea alta borrará del mapa, peces que vendrán con ella y alguna pisada humana, todos formando un ecosistema vivo y único pero al mismo tiempo duplicable en cada metro de esta playa o de tantas otras playas del mundo.

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La ciudad de Panamá es un sálvese quien pueda donde la carrera no sólo ocurre entre el tráfico endiablado de sus calles serpenteantes. Los edificios también estiran sus cimientos hacia el cielo, como compitiendo por aliviar el picor. La ciudad se sostiene en varios pilares como las finanzas o la construcción. Como denominador común, la corrupción rampante que blanquea su dinero a base de casinos y edificios innecesariamente titánicos.

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Pero sin duda la columna vertebral de Panamá, ciudad y nación, es el canal. Es lo que atrae inversión y gente de todas partes. Y le da carácter, como un pequeño planeta de cocinas coreanas, indias, libanesas, italianas, caribeñas o chinas. El canal es un ser en sí, autónomo, vivo, mutable. Lleva cien años ahí y lo ha visto todo. Explosiones, dictaduras, ocupaciones, rascacielos. Tu smartphone, tu sofá, tus camisetas. Si no han pasado por el canal, es probable que alguno de sus componentes sí lo haya hecho. No es sólo espina dorsal de Panamá, es una de las venas del mundo.

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Cuanto más sé del chico de Alaska, más me queda por saber. Venimos de dos realidades tan lejanas como distintas: frío y calor, rural y urbano, norte y sur. Quizá de ahí la curiosidad, las conversaciones eternas, las largas miradas. En realidad nos sujetamos en pilares parecidos.

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Con un dedo recorro su columna vertebral y entre sus laderas noto el dolor, los sueños, las cicatrices. Noto los fríos valles de Alaska, el calor de sus chimeneas, la crudeza de los osos peleando por el territorio. Veo a las ballenas desde la ventana del salón, a los niños que cogen avionetas para ir al colegio, a las gaviotas sobre los barcos pesqueros. Imagino que él nota en mi columna vertebral la historia de Europa, las hormigas que me vieron crecer, el mar cálido. Una espalda humana puede ser tan extensa como un planeta y una columna vertebral tan abrupta y rica en matices como la jungla.

A nuestra espalda queda Panamá, la playa inmensa, el tren a Colón, los grandes momentos con nuestro amigo Marko. Por delante, quién sabe lo que nos espera.

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Alaska y el Mediterráneo

Pongo un pie fuera del autobús y automáticamente sé que Puerto Viejo ya no es el mismo pueblo de hace siete años: han asfaltado las calles, lo que ya es una derrota en sí. Encontrar sitio donde dormir es rápido, los hostales se han multiplicado. Me tumbo en la cama y miro al techo esperando ver la misma estampa que veíamos Rocío y yo al irnos a dormir, pero no, ya no hay arañas. En su lugar hay quads y crepes veganos y ofertas de ecoaventura. Molesto, me voy a dar un paseo. Reconozco un par de sitios que me traen recuerdos y sonrisas. Por lo demás, el pueblo donde pedías en un restaurante y veías al camarero irse a comprar los ingredientes, donde las bicis eran el único medio de transporte y había más rastas que cabezas vírgenes, ese pueblo ya no lo veo por ningún lado. Imagino que está debajo del alquitrán y los coches y los grupos organizados. Y qué hay de malo en el progreso, me dirían los locales. Que mata el espíritu, les respondería.

Decidido a irme de allí al día siguiente, pido un ron, me giro y le veo de espaldas, sentado en el borde de la playa, mirando al mar en la oscuridad. Comenzamos a conversar y no puedo quitar la vista de sus ojos azules. Habla despacio, gesticula pausadamente. Las venas le surcan los brazos como ríos que descienden un valle sin prisa. Sonríe y entre la barba se adivina un gesto amable. Es de Alaska y en verano vende salmón para viajar en invierno. Con esos ojos podría iluminar la costa en la noche polar, pienso. Sin apenas parpadear estamos saltando troncos en la playa, contando constelaciones, buscando cangrejos entre las rocas. Enciende la linterna, rompen las olas y, de repente, un beso. Su mano derecha me toca el pecho. Creo que busca mis latidos.

El alcohol se acaba y soltamos las amarras de su tienda de campaña. Dejamos de tocar el suelo y cada respiración nos eleva, ascendemos por encima de la selva mientras dos pelícanos nos miran curiosos desde la rama de un árbol. Las leyes de la física no son infalibles y Alaska y el Mediterráneo se entrelazan en una proeza geográfica hasta ahora imposible. ¡Big Bang! El techo de la tienda es una pequeña bóveda celeste que explota y nos engulle mientras Orión abraza a la estrella Polar, Piscis besa a Júpiter y la Luna suspira en un rincón.

Pasa la noche y al despertar sonreímos viendo la que hemos armado: las Baleares en el estrecho de Bering, Naknek en el Cabo de Gata, Anchorage en Cartagena, Barcelona en la frontera de Alaska y Canadá. Dejamos caer la tienda-globo en Costa Rica y volando, volando aterrizamos en Panamá. Las montañas del Norte y el mar del Este se lanzan al Caribe y durante días bucean entre corales y manglares. Aquí la espuma de las olas derrite los glaciares, la jungla coloniza los Pirineos. El enredo geográfico sigue creciendo y ni Alaska ni el Mediterráneo quieren parar.

Ayer cruzamos las montañas de Panamá, escuchando David Bowie, con la mirada fija en el sur, y una playa desierta con la marea baja nos llamó desde lejos. Ahora escribo en una cabaña frente al mar. Desde aquí se ve el conjunto y, de momento, tiene sentido: Alaska, el Mediterráneo, el Pacífico. Lo mejor será esperar sin preocuparse por nada al próximo pájaro que se pose en la ventana. Quizá nos silbe otro rincón del mapa que poner del revés.
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Sonder

Esto es lo que presencié durante el primer minuto de 2016:

Un mar de fuegos artificiales inundaba el valle Central de Costa Rica, donde está San José. Un amante cubano me llevó a una fiesta de fin de año en una casa de película. Estaba tan alto en la montaña que los estallidos apenas se oían. En mi cabeza sonaban pianos. Pero fue como meter a un pez en un barrizal de billetes y apariencias. Me dediqué al vino mientras recibía saludos-mueca y miradas incómodas a la barba, los pitillo o el colgante del búho. Alguna conversación casi salió del tópico pero enseguida caía en una fosa marina de sentencias burguesas y sonrisas forzadas. Reconozco que disfruté preguntándole a los más estirados de la fiesta “¿No es injusto para la gente humilde sobrevivir en un país tan caro y desigual?”, tragándome las carcajadas con cascadas de vino al ver el cortocircuito mental de la clase alta costarricense. Afectado por el alcohol y por comentarios como “Ahora cualquier muerto de hambre puede comprar fuegos artificiales”, empecé a trazar un plan proletariamente maquiavélico inspirado en mis héroes literarios. “Venga, autonauta, piensa en qué haría un cronopio en una reunión de famas, o Momo en una juerga de hombres grises, o el Principito en el asteroide del humano codicioso”. En esas estaba, amorrado a mi segunda botella de vino y a punto de golpear el estado ideológico de la fiesta, cuando el cubano me dijo que me llevaba a casa. “Un tipo que el régimen echó de Cuba aborta mi plan revolucionario. Esto no podía acabar de otra forma”.

Da igual el punto cardinal, la navidad también me sienta mal en el oeste. Me irrita tanto que ni siquiera quiero pronunciar su nombre. Prefiero felicitar el solsticio de invierno o algún otro motivo pagano. San José, ciudad poco acogedora donde las haya, tampoco ha sido de gran ayuda. En general depender del coche para moverse limita, pero si tampoco hay transporte público en el que apoyarse, como pasa ahí, subimos a la categoría de inhabilitación. Mi pobre amigo Alex ha hecho lo que ha podido, pero Costa Rica…

Ay, Costa Rica, te diría que has cambiado mucho en siete años, pero si lo pienso con calma es todo lo mismo, aunque acentuado. Hay más tráfico, más turismo, más contaminación, más desigualdad y todo vale el doble que la última vez que estuve aquí. Caldo de verduras a $8, ahí lo llevas. También ha aumentado la sensación de que esto es una extensión tropical de Estados Unidos. Muchas zonas están invadidas por turistas-zombi en busca de experiencias que fotografiar y olvidar al minuto siguiente. Sales de San José y a primera vista todo está bien, todo sigue siendo verde y frondoso. No sé qué pintan cuatro peajes para salir de la ciudad por una carretera terrible, pero al menos ya no hay centros comerciales obscenamente grandes tapando las montañas y los barrios humildes a sus pies. Hacemos la primera parada:

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Cocodrilos en la orilla de un río. Hay que fijarse un poco para ver que algo falla en esa imagen supuestamente salvaje. ¿Por qué hay neumáticos entre cocodrilos? Porque la foto está tomada desde un puente por el que cruza una de las principales carreteras del país, repleto de tráfico y gente haciendo selfies con posturas imposibles, lanzando comida hacia el río e incluso lo que no es comida. A ambos lados del puente se agolpan restaurantes, tiendas, coches y autobuses de turistas. Miro hacia abajo antes de irnos, a los cocodrilos entre restos de basura y el río contaminado, y les pido perdón en silencio.

Tras varias semanas de apatía capitalina huí a la costa del Pacífico, una sucesión de destinos turísticos y resorts junto a parques naturales a $16 la entrada. Acabé en uno de esos pueblos intentando suavizar la mirada, disfrutar de lo bueno que pudiera ofrecer, rebajar el nivel crítico ante una situación que yo tampoco sé cómo cambiar. Quién tiene derecho a decirle a un país que deje de promover el turismo de masas, que en Europa hemos perdido barrios y ciudades enteras por su culpa, que las tiendas de recuerdos son el virus que extingue la vida local y que aún están a tiempo de hacerlo de otra forma. No sé cuál, pero seguro que la hay. Sin embargo, cuesta horrores no ser crítico cuando ves a monos corriendo por cables de alta tensión, perezosos moviéndose incómodos por las ramas ante un corro de turistas que los admira, iguanas que viven entre edificios o multitud de perros callejeros a los que nadie hace ni caso. Double standards, que dicen en inglés.

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Es increíble lo que cambian las personas con la edad y lo inamovible de la esencia de cada una. Lo triste de los lugares es que si cambian mucho acaban perdiendo su espíritu. Por suerte, en la costa me han acompañado dos elementos que reequilibran cualquier balanza: el mar y el factor humano. Ha sido un pequeño verano adolescente con amigos, olas y hogueras nocturnas a principios de año. Atardeceres sobre el mar, frisbee y comilonas. Alcohol y confesiones de toda una vida. Incluso una última noche lluviosa con sabor a finales de agosto. Julio y agosto a los 17, o cinco días de enero a los 34.

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Vencida la apatía y de nuevo en marcha, no puedo sino compartir la alegría de haber descubierto, en estos primeros días de un año que comenzó como un pez en un barrizal, que alguien ha inventado una palabra en inglés para algo que me ocurre desde siempre, en todos los países, en todas las aceras.

Sonder: la emoción de entender que todo transeúnte con el que te cruzas tiene una vida tan cierta y compleja como la tuya.

Por el factor humano y el triunfo de la empatía, propongo que la traducción de sonder en castellano sea humpatía. En todo caso, sea cual sea el nombre, ¡feliz concepto nuevo!

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2015 no fue uno más

En enero dejé una ciudad que me ha acogido durante 10 años por docenas de sitios distintos. Barcelona dio paso

a un ser mágico en la luz de Mojácar, al abrigo que siempre es Madrid y la hermana que gané allí hace años, a mis primos, a cuidar del hermano que tanto me ha cuidado, a un brazo que volvió a ser solo un brazo en enero,

al refugio de mi familia escogida en Murcia, a volver a Barcelona con mi familia catalana, a notar que ya era solo una visita en febrero,

a música electrónica en Padua, a libros y planes de viaje, a paseos interminables por una solitaria lengua de tierra entre dos mares en marzo,

al amor de mi abuela sin pedir nada a cambio, a largas jornadas caminando hacia Santiago, a montañas y árboles, a un encuentro inesperado en abril,

a música, a amigos, a sorpresas e idas y venidas por carretera, a amapolas en los arcenes, a acento portugués en mayo,

al amor junto a mi familia de Toulouse, al amor en un barco a medianoche en Venecia, al amor en las calles de París, a sabernos derrotados por caminos distintos, a una amarga despedida en junio,

a mi primera línea flotando en el mar, a imágenes submarinas, a Douglas Dare y Owen Pallett, a amargura en casa, a los rayos del sol en cuerpos desnudos en julio,

a tres mil kilómetros por carretera, a mi familia en Londres y a la magia en Normandía, al vino en Burdeos, a más mar e imágenes y sol en agosto,

a despedida, a vetusta morla, a seres mágicos en Nueva York, al otro lado, al oeste en septiembre,

a calor y frío en las interestatales, al rojo en Boston, al otoño en Québec, a una suerte inaudita con las personas, a sexo y Halloween en octubre,

al bosque y lo sobrenatural en Canadá, a los sueños rotos de Detroit, a visitas y a acento sureño, a la magia en todos los rincones de Nueva Orleans en noviembre,

a fuego en Centroamérica, a Pacífico, a volcanes y selva, a inseguridades y a correr libre, a las puestas de sol en diciembre.

Hoy se acaba el año y paro y miro atrás. Y luego cierro los ojos y os veo a todos ahí dentro, en un remolino alrededor de una dinamo que da energía e ilumina todas las posibilidades. Hoy sois todos esos sitios, todas las puertas, todos los puntos de vista. Hoy os tengo cerca en mi mapa interior y mañana seguiréis ahí. Mañana rodará el calendario y seguirán sin importar las coordenadas.

Nos vemos en 2016.