Fronteras, Naciones, Anarquía

Los bosques tricolor de Massachusetts dieron paso a los de Vermont, más coloridos aún si cabe. Desde el bus, el arcén de la autopista ya aparecía cubierto por la hojarasca, señal de que el otoño se extiende en todas direcciones.

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Burlington se esparce por la orilla del lago Champlain como una pequeña mancha de aceite. Es una ciudad pequeña, acogedora, roja y, con apenas 200.000 habitantes, es la más grande de Vermont, un estado demócrata hasta la médula. Bernie Sanders, el progresista independiente que está en carrera política demócrata hacia la Casa Blanca, ha sido alcalde de la ciudad, así que es roja en muchos sentidos.

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No solo los edificios

Las matrículas en Vermont son verdes en honor a su nombre: “monte verde” en francés, idioma y cultura del que ha tenido gran influencia por su cercanía a Québec. La gente es tranquila, viste como le da la gana y te mira con curiosidad. Puedes recorrer el centro de la ciudad en una sola tarde, pero el lago y el parque que bordea la orilla invita a quedarse más de un atardecer.

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No dudo que guardará sus miserias en algún lugar, quizá más profundo que en ciudades más grandes, pero Burlington tiene un aire a que todo va bien, a comida orgánica y agricultores que van al teatro, a transporte público gratuito y a altavoces en la calle que te invitan a una parada para observar la ciudad y su dinámica.

Decidí seguir la marcha al día siguiente hacia Montréal. El paisaje boscoso de Vermont se convirtió en un manto de trigo al llegar a Québec. Es curioso cómo un territorio debe aprovechar su zona más meridional para los cultivos mientras el otro, a escasos metros, conserva el bosque de su zona septentrional intacto porque tiene terreno cultivable al sur para dar y regalar. Hay fronteras políticas tan físicas que marcan el paisaje a fuego. Y algunas están llenas de policías fronterizos con muy malas pulgas hacia los viajeros con planes poco concretos. “Le repito que no vengo a Canadá a trabajar, señor”. En fin.

Marc-André y sus compañeros de piso (La Comune, que merece un post aparte) me esperaban en Montréal cargados de cariño y preguntas. Saben que he vivido en Barcelona diez años y en Québec miran mucho hacia Catalunya. En menos de media hora surgió la pregunta: “¿Eres independentista?”. Me llevó unos 40 minutos la perorata histórico-política en francés para explicar que no todo es Sí o No en una cuestión tan compleja. Se rieron cuando les dije que en la consulta de 2014 voté nulo dibujando en la papeleta un muñequito haciendo la peineta. Quizá habría acabado antes diciéndoles que no me merece respeto ningún estado, pero sí creo en el derecho a decidir de las personas.

La primera noche terminó en lo alto del Mont Royal, del que la ciudad obtuvo su nombre, con una vista impactante y un frío de pelotas.

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Al día siguiente salí a encontrar, como todos los días en esta época, y vaya si encontré. Saint Laurent es la calle que divide el Montréal francófono del anglófono, y entre las peculiaridades que ofrece está L’Insoumise, la librería anarquista de la ciudad. El propio edificio, repleto de murales enormes con motivos políticos, ya llama la atención. Al entrar, un librero con falda y pelo largo rosa me explicó amablemente sin siquiera pedirlo la historia del local y cómo organizan los fondos. Su cara se iluminó cuando mencioné que mi bisabuelo fue un anarquista de cierta relevancia en Cartagena. Sin decir nada me condujo a la sección “Revolución y Guerra Civil Española”, con docenas de libros sobre el tema. Al ver mi cara de sorpresa me pidió que le contara más sobre mi bisabuelo. Y, aunque la información que tengo es escasa, eso fue lo que hice.

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Se llamaba Emilio Martínez y, aunque nació en Cartagena, vivió en distintos sitios hasta que volvió a su ciudad natal. A principios del s.XX Cartagena era la sexta ciudad de España y una de las plazas fuertes del anarquismo y el sindicalismo. Él se interesó por el tema desde bien pronto y acabó yendo a todos los congresos que se celebraban en el Estado. Mi abuela cuenta orgullosa que “era tan listo que le llamaban desde Barcelona, Cádiz o Zaragoza para que hablara”. Imagino que era un cabeza visible de la FAI o la CNT, aunque no estoy seguro. Su ideología (ojo, década de 1920) se plasmaba en su modo de vida: dueño de un camión, trabajaba de forma independiente transportando mercancías. Vegetariano convencido (“aunque algún pellizco de salchicha se llevaba a la boca”, según mi abuela), no creía en los poderes eclesiásticos o estatales. Por eso no se llegó a casar con mi bisabuela, aunque sí adoptó al hijo que ella tenía de un matrimonio en el que enviudó. No bautizaron a los otros hijos que tuvieron y, además, les pusieron nombres como Azucena, Helios, Floreal… Emilio luchó para que mi abuela, la única niña entre sus hijos, fuera al colegio con los demás. Con lágrimas en los ojos, ella siempre dice que “si mi padre no hubiera muerto tan joven, yo podría haber estudiado una carrera”. En efecto, Emilio murió cuando su propio camión lo atrapó contra una pared, por causas poco claras. A partir de ese momento, mi bisabuela se vio desbordada con cinco hijos y no pudo evitar que la Iglesia les acabara bautizando. A mi abuela la sacaron del colegio para que ayudara en casa. Pero ella, que aún hoy con 90 años es antieclesiástica y lee un libro cada tres días, siempre ha dejado entrever un destello radiante que, imagino, heredó de su padre.

Tras una hora de charla con el librero queer, decidí comprar un libro donde me pareció probable que hablaran de Emilio, aunque luego comprobé que no era así. Acabé el día en una cafetería donde dos chicos tocaban el bajo, buscando el nombre de mi bisabuelo, un anarquista que no creía en el poder corrupto de los estados, en las páginas de un libro comprado en Québec, una región del mundo con deseos de alcanzar la independencia. Y reconozco que me gustó encontrarme en medio de una ecuación tan paradójicamente compleja, pero tan familiar al mismo tiempo.

El rojo es y no es frío

El otoño se ha derrumbado sobre Boston como si hubiera corrido todo el verano y acabara su carrera aquí, exhausto por el calor y la humedad de los meses pasados. Se ha cobrado su pequeña venganza con unos días gélidos, con grados bajo cero e incluso unos copos de nieve extraviados. El otoño ha comenzado rojo.

Rojas, naranjas, amarillas y verdes las hojas de los árboles que estallan en colores para contrarrestar la palidez del invierno que se avecina en Nueva Inglaterra. Aún en los árboles o caídas en un cementerio, a los pies de alguien nacido en Carthage, te recuerdan que otro año entra en su recta final.

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Rojos los edificios históricos de Boston. Ladrillos que delatan la influencia británica, muros que resisten el paso del tiempo con orgullo y carácter propio. Juntos muestran un pasado de lucha contra la esclavitud y por la libertad. Y aguantan las embestidas de los tiempos modernos con gran dignidad.

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Rojas las facultades de Harvard. Los estudiantes caminan entre ellas como la savia que bombea la sangre de este órgano vital del conocimiento que es Boston y sus más de 50 universidades.

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Rojos los detalles de un pueblo en la costa donde me refugié una mañana.

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Rockport

Rojo el fuego de los dos hermanos que me han acogido en Boston. Un rojo brillante, ingenuo, cálido. Ella es un frasco algo opaco que encierra una pócima hermosa e inteligente, solo tiene que sonreír y el hechizo surte efecto. Él es un torrente vivo del que manan ríos de letras y música y lenguas. Te empapa de nuevos estímulos y te refresca las nociones universales. Los dos son Sicilia, Boston, Shanghái, Bangkok, Madrid, entre los dos llevan dentro esas y otras partes del mundo, en cada una de las frases que pronuncian. Son bondad e ingenio, son pura gentileza, son valientes que miran al mundo de frente. Ella es dulzura y a él le sale fuego de los dedos, y entre Boston y ellos dos me voy a seguir surcando con mil chispazos más de vida.

La gravedad de Nueva York

Ponerse enfermo mientras viajas te hace sentir mucho más vulnerable porque, a la propia dolencia, se suma que estás lejos de cualquier entorno habitual, no puedes tirar de los mismos recursos o medicinas que de costumbre y, si viajas solo, no hay nadie que te eche una mano.

Por eso creo que tuve suerte de ponerme malo justo al volver a Nueva York la semana pasada. Timothy, Josh y Nadia me cuidaron a la perfección mientras me acurrucaba en el sofá de su salón empapado en sudor. Por si fuera poco, además de aguantarme quejumbroso y afligido, Timothy es experto en medicina oriental y me dio unos mejunjes de sabor indescriptible que me sentaron muy bien.

Como me tiré casi una semana hecho un trapo sin hacer prácticamente nada más que dormir, cuando alguno de ellos volvía de la calle, ya fuera de trabajar o de hacer la compra, le bombardeaba a preguntas sobre qué tal el curro, qué tal el día, qué tal la cajera del súper… cualquier cosa que me recordara a ese lejano mundo exterior que mi faringe me prohibía pisar. Qué bonicos, siempre me contestaban con toda la educación del mundo. Pero es que al pobre Timothy lo acribillé a preguntas, no sin una buena razón.

Hace unos días hubo en Nueva York una conferencia de políglotas de todo el mundo a la que me hubiera encantado ir y Timothy, que no hay idioma terrestre y marciano que se le resista, asistió como miembro de pleno derecho. Así que en cuanto volvía de escuchar horas y horas de charlas y debates sobre idiomas, cultura, sociedad… le sentaba delante del sofá y le obligaba a contarme todo con pelos y señales, sin piedad alguna de su cansancio. Por un momento me olvidaba de la fiebre, la garganta y la madre que parió al que me quitó las amígdalas y me concentraba embobado en todo lo que Timothy contaba: charlas alucinantes sobre third-culture kids, un asistente de once años que iba solo y hacía las mejores preguntas de cada ponencia, el debate de que el mundo se percibe de la misma forma sin importar la lengua que hables… Todo me parecía alucinante, pero hubo un tema que me impresionó en especial. Fue una charla que dio Richard Benton, un señor de Minnesota con apariencia de padre de familia aficionado a la pesca que en realidad tiene un doctorado en hebreo antiguo y habla, entre muchos otros idiomas, somalí y etíope. Richard defiende la idea de que tenemos una responsabilidad social a la hora de aprender idiomas y que debemos esforzarnos por aprender aquellos que hablan minorías en riesgo de exclusión social en la zona donde vivamos. Es decir, él aprendió somalí porque la mayor comunidad somalí de EEUU vive en Minnesota, así se puede comunicar con ellos y ayudarles en su adaptación a un país nuevo y muy distinto. Y, por ejemplo, cuando viaja a España o Francia no usa ni el francés ni el castellano (que los habla), sino que aprovecha para practicar su árabe. Toma ya.

Lo cierto es que habría disfrutado como un enano de la conferencia y sé que a muchos de vosotros también os habría encantado. Por eso, aviso a navegantes políglotas: el año que viene se celebra en Tesalónica a finales de octubre. ¿Qué mejor excusa para visitar Grecia? 🙂

Me he vuelto a sentir como en casa en Brooklyn. Sé que es irreal, que estoy viajando, que es una circunstancia excepcional y que vivir ahí sería distinto. Pero influye sobremanera la sensación de tener un grupo de gente con el que conecto en muchos ámbitos. Y encima me han cuidado en un momento de vulnerabilidad, así que no les puedo estar más agradecido. No me cabe duda de que la fuerza de la gravedad es más fuerte en Nueva York. Esta ciudad atrapa. Alguien debería estudiarlo.

Por suerte, el último par de días ya me sentía mejor, así que hice varias cosas que me sentaron de maravilla. Una fue quedar con Félix, un amigo de la carrera que acaba su periplo por EEUU quedándose un mes en Brooklyn. Nos pusimos al día y fue genial ver cierta similitud en nuestra trayectoria vital. Además, fui de cena con Adam, Félix, Dominik (el de Philly) y otros amigos y, por fin, me zampé una hamburguesa gigantescamente estadounidense. 1.300 calorías, ahí lo llevas. Por último, como despedida de Brooklyn, hice un tour gratuito con Dominik por los graffitis de Bushwick, dos horas sin parar de caminar con un guía-artista al que daba gusto ver y escuchar. Es todo un museo al aire libre sobre este arte, nacido en este lado del mundo. Ahí va una pequeña muestra de la ingente cantidad de graffiti que contiene ese barrio.

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Sí, son todos graffitis

Ahora toca ir al norte, Boston y sus 8 grados de temperatura. Winter is coming y yo sin abrigo.

Feliz Día de los Pueblos Indígenas

Nunca he sentido un orgullo especial por ser español. Las banderas patrióticas me desagradan y la única que me cae simpática tiene tres colores y no ondea donde debería. Por eso, el 12 de octubre y todo lo que conlleva es algo que siempre he visto como un espectador ajeno y avergonzado. Me produce un rechazo muy profundo esa celebración nacional donde se organiza, ni más ni menos, un desfile militar delante de unos monarcas anacrónicos que no me representan. Luego nos reímos de Corea del Norte, pero entre el 12 de octubre y el Museo de la Monarquía a punto de inaugurar no tenemos nada que envidiar al régimen asiático. Por otra parte, me provoca más rechazo aún aquel término que algunos siguen usando erróneamente para referirse a este día, Hispanidad. Siempre me ha puesto los pelos de punta por su tufo imperialista, y es de ello de lo que quería escribir.

Ahora que estoy en Estados Unidos descubro, muy a mi pesar, que el 12 de octubre aquí también se celebra, con el fatídico nombre de “Columbus Day”. Cristóbal Colón, ese gañán que creía haber llegado a Japón cuando pisó tierra a este lado del Atlántico, el mismo que abrió la puerta al genocidio de población autóctona que arrasó América, tiene un día dedicado a su persona y su gesta. Menuda vuelta de tuerca de la historia: un continente que fue masacrado por una Europa colonialista, asesina y saqueadora de tantos pueblos y tesoros precolombinos, rindiendo ahora pleitesía al descubridor que abrió la veda. Poco más absurdo sería un “Goebbels Day” en Israel.

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Lo cierto es que no es solo cosa de los Estados Unidos. En toda Latinoamérica se celebra el 12 de octubre. En un inicio, la festividad llevaba el espeluznante nombre del Día de la Raza, en alusión a váyase usted a saber qué porque ni pienso indagar para averiguarlo. Los países que han conseguido cierto nivel de crítica hacia esa aberración, han cambiado el nombre a formas más sutiles aunque igualmente condescendientes con los crímenes cometidos por los imperios europeos: Día del Encuentro de Dos Mundos (Chile) o Día del Encuentro entre Dos Culturas (República Dominicana). Otros, usando toda la capacidad crítica que requiere un tema tan serio, han recurrido a nombres más acordes con las causas que realmente se deberían conmemorar: Día del Respeto a la Identidad Cultural (Argentina), Día de la Resistencia Indígena (Nicaragua) o Día de la Descolonización (Bolivia). Cuba, directamente, no lo celebra.

En EEUU las voces críticas contra esta festividad y su significado comenzaron en los años 90 en la ciudad de Berkeley. A partir de 2014 se unieron otras ciudades tradicionalmente progresistas como Seattle y Minneapolis, y en 2015 han sido muchas más las que han cambiado el nombre de “Columbus Day” por el de “Indigenous Peoples Day”.

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Con ello, quieren transformar el 12 de octubre en una celebración de los pueblos indígenas y de la justicia social para que, sin olvidar la historia del genocidio de pueblos precolombinos por parte de los imperios europeos, se reivindique que muchos pueblos indígenas aún tienen que enfrentarse a la marginación, la discriminación y la pobreza, sobre todo en Estados Unidos.

Este 12 de octubre me pilla en tierras americanas y me sienta peor que de costumbre porque noto más cercana la reivindicación por un cambio en el carácter de la festividad. Me gustaría que fueran los propios españoles los que hicieran autocrítica y llevaran la voz cantante de dicho cambio. Nunca podré sentirme orgulloso de una festividad nacional que, en parte, reivindica aquella colonización desastrosa que provocó la desaparición de tantos pueblos precolombinos. Y, de igual forma, tampoco puedo estar orgulloso de un Estado incapaz de aceptar su propio carácter plurinacional, como si aún viviera anclado en una era antigua donde solo es válida una identidad y una lengua.

Por todo esto, yo hoy solo tengo una causa que celebrar: feliz Día de los Pueblos Indígenas.

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Al oeste en Filadelfia…

No, ni crecí ni viví aquí, y tampoco tuve que hacerle caso a la policía, por suerte. A pesar de ello, Filadelfia ha sido una grata sorpresa. A veces, de los sitios que menos esperas es de donde más te llevas, y esta ciudad ha sido un ejemplo claro.

Aunque es una gran ciudad de 5 millones de habitantes, Filadelfia está justo entre dos monstruos como Nueva York y Washington DC, y eso la ha relegado a un segundo plano desde hace mucho. Su vecina del norte acapara el foco cultural, mientras que la del sur es el centro político del país. Sin embargo, no siempre fue así. En el s.XVIII la ciudad era un innovador centro cultural y político donde se fraguaron muchas de las ideas revolucionarias que, con el paso del tiempo, condujeron a la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

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The Independence Hall

En ese salón, las trece colonias que el imperio británico ahogaba a impuestos decidieron declararse independientes el 4 de julio de 1776, aunque esa es sólo la fecha de publicación de la declaración, ya que las colonias no se pusieron de acuerdo en todos sus apartados hasta agosto, que fue cuando finalmente se firmó. Unos años más tarde, cuando allí mismo se redactó la Constitución del país, la ciudad puntera que había visto nacer el primer banco, el primer hospital y la primera sociedad filosófica de América, se convirtió en la capital provisional del recién creado Estado, hasta que Washington DC se terminó de construir. Por todo ello, un paseo por la ciudad vieja de Philly, como también se la conoce, es mucho más revelador e informativo sobre la historia estadounidense que el museo dedicado al tema en Washington DC, y mucho más auténtico que cualquiera de los paseos que di por la actual capital. Filadelfia tiene más alma histórica, sin duda.

Como ciudad moderna ha tenido altibajos, debido en parte a la sombra que ejercen sus vecinas, pero da la impresión de que se está sabiendo reinventar. Los barrios cercanos al centro de la ciudad están mutando en pequeños brooklyns, llenos de tiendas y cafés cuquis, y el propio downtown tiene vida a cualquier hora, incluso de noche. El arte está siendo un punto fuerte en el cambio. Desde hace años, el ayuntamiento promueve la creación de murales urbanos y la iniciativa ha tenido tal éxito que se han involucrado tanto asociaciones locales como empresas privadas. El resultado son más de 3.000 murales, muchos de ellos impresionantes, que han revitalizado la estética urbana de la ciudad.

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He tenido una experiencia regular con Couchsurfing en Filadelfia porque me ha acogido una persona que está en las antípodas de lo que considero un buen anfitrión, pero he tenido la suerte de que estuviera alojado en la misma casa Dominik, un alemán muy majo que lleva viajando 10 meses. El primer día en Philly nos fuimos a desayunar juntos y ya no nos hemos separado ni un momento. Es curioso cómo encajas con unas personas y con otras… no es que no encajes, es que te repeles.

La ciudad ofrece muchas cosas que hacer y Dominik, como buen alemán, ha sabido organizar muy bien el tiempo, así que en un par de días lo hemos visto casi todo. A destacar:

– Mütter Museum: una fascinante colección de rarezas médicas, desde cabezas humanas diminutas hasta esqueletos deformes o un colon gigante. No apto para todos los estómagos. También muy interesante la expo temporal de Greg Dunn, un artista que ha combinado las técnicas de dibujo orientales con la fisionomía del cerebro para representar escenas así:

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Mapa de desplazamientos urbanos de Filadelfia donde cada persona es una neurona, que no sabe la realidad del todo e interactúa solo con otras pocas neuronas, y la ciudad representa al cerebro, el conjunto que da vida a la mente humana.

– Campus de University of Pennsylvania: la zona universitaria se extiende por el oeste a modo de ciudad. Las dimensiones te dejan perplejo y algunos edificios no tienen nada que envidiar a Hogwarts.

– El Museo de Arte de Filadelfia: no es sólo la magnífica colección propia del museo, donde tuve un momento trascendental de estos intensos míos y que ahora después explico; es que, además, este museo es el escenario donde se rodó la mítica escena de Rocky subiendo unos escalones mientras entrenaba, así que es una de las grandes atracciones de la ciudad.

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Justo hace un año hice un curso online llamado Poesía Estadounidense Moderna y Contemporánea, precisamente de University of Pennsylvania. Una de las clases me sorprendió porque, en lugar de debatir sobre un autor, la conversación giró en torno a un cuadro concreto de Marcel Duchamp, Nu descendant un escalier, num.2 (Desnudo bajando una escalera). El director del curso hizo una reflexión asombrosa sobre lo que el cuadro nos podía enseñar respecto a los poetas de principios del XX: la necesidad de romper con las estructuras tradicionales, el cubismo y su empeño en mostrar la realidad desfigurada, el arte en movimiento, la revolución tecnológica que supuso el cine… Fue una de las clases que más disfruté porque aprendí historia, arte y literatura al mismo tiempo. Por eso, cuando entré en la primera sala del ala de pintura moderna del Museo de Arte de Filadelfia y me encontré de frente con ese cuadro, justo el día que había paseado por el campus de Penn pensando en cuál sería el edificio desde donde se impartía el curso, se me puso una cara de bobo impresionante. Viéndolo en directo y escuchando la explicación del subdirector del museo, tuve una sensación repentina de familiaridad con la ciudad, la universidad, el museo y uno de sus cuadros estrella, como si un círculo incompleto se hubiera cerrado sin pretenderlo. Sí, fue algo intenso.

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¿Dónde está el alma de Washington DC?

Hace una semana que estoy aquí y, aunque es poco tiempo, la capital de los Estados Unidos me ha dejado impresiones contradictorias.

Nada más llegar, Ravi me dio una vuelta en coche por los lugares más emblemáticos. Fue todo un baño de sitios conocidos pero al mismo tiempo nuevos y extraños. La Casa Blanca, el Capitolio, el monumento a Washington, los grandes museos y un largo etcétera. Ya era tarde, así que la ciudad parecía tranquila y no pude apreciar nada en detalle.

Reconozco que el resto de días la fachada urbana y monumental de Washington DC me ha dejado frío. Los edificios históricos siguen una línea neoclásica que se convierte en monótona: columnas, capiteles, piedra y blanco. Los edificios del centro de la ciudad son tan sobrios que el noventa por ciento carece de personalidad alguna. Hay que salir del downtown para encontrar barrios con carisma, como Columbia Heights. Pero no deja de ser curioso que el centro de la capital de un país tan poderoso destile solo eso: poder en su vertiente más física. Incluso los comercios a pie de calle se reducen a grandes multinacionales como Starbucks.

No ayuda a esta imagen fría y sobria el hecho de que la gente camine sola por todas partes, con prisa, con cara de “aparta, que tengo mucho trabajo”. Esta ciudad está repleta de gente brillante en su área venida de todos los rincones del país a trabajar a los grandes centros gubernamentales. Y todo el mundo vive solo, camina solo, come solo, conduce solo. La proporción de taxis, ubers y coches oficiales en el centro es altísima. Las conversaciones por móvil que se cazan al vuelo son monotemáticas: “I’m so busy”. Es un ambiente tan hiperprofesional que a veces asfixia un poco, como ver a Carrie, la protagonista de Homeland, ir con prisa de un sitio a otro en Washington. Es tal cual.

Sin embargo, hay cosas de la capital que me han alucinado. Una es la ingente cantidad de museos gratuitos y con fondos de primer nivel: la National Gallery of Art, el de Historia Nacional, el Aeroespacial o el de Historia Natural.

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En el Aeroespacial disfruté como un enano

La mayoría se enclava en el National Mall, un parque que recorre el centro de la ciudad de Este a Oeste y donde se encuentran también los principales monumentos. La mayoría de ellos son igual de monótonos que el resto de la arquitectura de la ciudad, pero reconozco que el monumento a Lincoln me ha impresionado.

Se sitúa en uno de los extremos del National Mall, mirando de frente al obelisco a Washington. Aunque también es neoclásico, hay un detalle que me gusta mucho: la entrada no tiene puertas, así que la mirada de Lincoln se pierde entre las columnas en dirección al obelisco y al Capitolio. Es como si mirándole a él vieras todo lo que ha contemplado estos años: las manifestaciones, los avances sociales, el discurso de Martin Luther King. Todo reflejado en el lago, grabado en la piedra de las columnas que le rodean.

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También me llevo de Washington las largas charlas con Conchita. El primer día, al llegar a la Casa Blanca, encontré esto.

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Es el campamento nada improvisado donde Concepción Picciotto Martín, viguesa de nacimiento, lleva protestando desde el año 1981 contra distintas causas como el armamento nuclear y la ocupación de Palestina. La primera imagen que tuve de ella fue la de una anciana sentada y callada, con un aspecto algo descuidado. No pude evitar preguntarme por el estado de sus facultades mentales. A los cinco minutos de entablar conversación, sentí vergüenza por haber dudado y me quedó claro que solo la había encontrado descansando. Lo único que está mal en Connie, como la llaman aquí, es su estado físico. Son 34 años en la calle, protestando día tras día, y tiene alrededor de 70 primaveras. Pero su ánimo es de hierro, igual que sus convicciones.

J: ¿Qué la trajo aquí en un principio?

C: (después de un silencio) He tenido una vida muy complicada. Supongo que la lucha por las injusticias.

-¿Le suelen dejar en paz?

-A veces, pero me han hecho de todo. Me han pegado, me han detenido, me han echado gas e incluso me prohíben dormir acostada, así que cuando duermo aquí lo hago apoyada en uno de los carteles.

-¿Siempre está sola?

-No, hasta hace poco estaba William, pero ya murió. A veces viene gente pero no se quedan, como los de Occupy Wall Street, pero no me llevé bien con ellos.

-¿Cómo consigue fondos?

-Lo poco que recaudo aquí me sirve para comer, y cuando hace frío duermo en un albergue.

-Veo que a Israel le tiene especial rabia.

-Es que los judíos sionistas lo controlan todo, los bancos, la prensa… Ojo, contra el judío de a pie no tengo nada, a veces me califican de antisemita e incluso algún loco me ha pegado por ello, pero no lo soy, yo no odio a los judíos. Estoy en contra del armamento nuclear, de la política israelí y de los sionistas, que tienen la culpa de lo que pasa en Palestina.

En ese momento, Conchita ya me tiene ganado y, mientras hablamos, la ayudo con los recortes de prensa sobre su lucha que reparte a los curiosos. La mayoría los coge y le hacen una foto, mientras ella, con gran esfuerzo, sonríe y hace la V con los dedos de su desgastada mano. En su piel se ve el frío de todos estos años en la calle.

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En un momento dado, le ofrece uno de sus papeles a un hombre que le hace una foto, pero el tipo comienza a alejarse sin cogerle el recorte. El gesto me extraña y le digo:

-She is offering you the paper, her story is in there.

-I don’t agree with what she says.

-Then you shouldn’t take a picture of her.

Imbécil. No me imagino la cantidad de personas desagradables con las que se topará esta mujer a diario. A pesar de la firmeza con la que expresa sus ideas, Conchita es una mujer dulce. Ella me ha hecho casi tantas preguntas a mí como yo a ella. Casi todos los días hemos tenido un rato para conversar o comer algo, y un día que le llevé fotocopias me respondió así:

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No me cabe duda de que, si la dejan, Conchita acabará sus días allí, entregada a su lucha justo a las puertas de la Casa Blanca, edificio al que nunca la han invitado a pesar de ser su vecina más cercana desde hace 34 años.

Probablemente cada uno responda a la pregunta a su manera, pero para mí, el alma de Washington DC está en los amigos fantásticos que me han hospedado, en los museos, en Lincoln y en Conchita.

Carta al Papa

Querido Francisco:

Hemos coincidido en el espacio-tiempo en los Estados Unidos, así que no puedo evitar abrir un inciso en mi diario de viaje para escribirle esta breve misiva. Eso sí, antes de nada aprovecho para asegurarle que, por mucho que me persiga por el mundo, ni pienso volver a ser católico ni voy a cerrar Apostatar.org.

He estado muy pendiente de su periplo americano y de los discursos que ha dado, tanto en la ONU como ante el Congreso de los Estados Unidos. En un primer momento, he tenido el impulso de agradecerle sus palabras contra el cambio climático, un tema en el que la Iglesia Católica, como todo el mundo sabe, tiene un gran peso relativo. Permítame decirle que cuando su microestado vaya más allá de las meras palabras y proponga acciones concretas de carácter internacional contra el cambio climático, como llevan haciendo miles de ONGs desde hace muchos años, quizá le tome un poquito más en serio, pero hoy por hoy esas organizaciones le llevan mucha delantera, créame. Por ello, no creo que tenga nada que agradecerle. Además, no me cabe duda de que usted volverá a Roma a sus menesteres, como reclinarse en su trono de señor poderoso y poner los anillos para que se los besen, y lo que realmente pase en el mundo le seguirá resbalando por esa sotana rebelde.

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Sin más dilación, le comunico que con esta carta tengo un doble objetivo. Por un lado, darle la enhorabuena. Es usted el mejor especialista en marketing que ha tenido la Iglesia en su historia, aunque no dudo que le rodea un nutrido equipo de expertos que le versa en el tema. Me fascina su habilidad para crear titulares en los que se erige en adalid de todas las causas sociales. ¡Bravo! Tiene mucho mérito si consideramos que usted es el máximo representante de una institución que aboga justamente por lo contrario: la desigualdad, la homofobia, la misoginia y muchas formas de odio contra otros seres humanos. Por otro lado, quería informarle de que a muchos de esos otros seres humanos usted no nos engaña.

Busca el gran titular constantemente, ese que le deja como el gran benefactor de los derechos humanos, pero luego sigue teniendo la mentalidad medieval que caracteriza a la Iglesia Católica. Hace poco alguien le preguntaba por la población homosexual y, una vez más con gran olfato propagandístico, respondía que “quién soy yo para juzgar a un gay”. Y ¡bum! Ahí están todos los periódicos del mundo replicando sus palabras, como si el Papa fuera de repente el gran activista por los derechos LGTBQ. Pero usted y yo sabemos que sigue pensando los mismos disparates sobre los homosexuales, y no tardó en demostrarlo en su discurso ante la ONU donde instó a “respetar la ley moral de la distinción entre hombre y mujer”, en sutil alusión a la homosexualidad y transexualidad. Incluso tiene la desfachatez de venir a Estados Unidos a dar discursos por el bien de la Humanidad, mientras se reúne a escondidas con Kim Davis, esa funcionaria asquerosamente homófoba que se negó a oficiar bodas homosexuales (y que fue a la cárcel por ello), ni más ni menos que para agradecerle su gesta y animarla en su lucha. “Stay strong”, le dijo. Repulsivo e hipócrita, le digo yo a usted.

No menciona en su discurso ningún apunte sobre la posición desfavorable de la mujer en la sociedad. No es de extrañar, considerando el odio que vierte su institución contra las mujeres. Ese odio no solo mana de la discriminación por impedirles ser parte activa de los puestos de poder en la Iglesia Católica, sino que va mucho más allá. Para usted, el aborto es uno de los peores pecados que se pueden cometer porque, claro, los derechos de la mujer no le importan lo más mínimo. Total, estamos hablando de esos seres inferiores que solo deberían “criar hijos, cocinar y amar a sus esposos”, como alguno de sus obispos ha llegado a decir. Muy contemporáneo todo. Pero ya está usted ahí para, una vez más, sacar la bandera del supuesto cambio y ganarse a la opinión pública. Hace poco declaró que en el Año de la Misericordia, es decir, 2016, a las pecadoras abortistas se las podría absolver. ¡Qué benevolencia la suya! O sea, que las sigue criminalizando por abortar y, además, le pone letra pequeña a su gran avance. Por suerte para estamentos poderosos y opacos como el suyo, apenas nadie repara en dicha letra, así que pocos caerán en que su cristiana medida solo durará once meses, y ni uno más, porque a partir de noviembre de 2016 las cosas volverán a ese statu quo que tanto le gusta. En la conciencia colectiva quedará que “el Papa perdona a las abortistas” cuando, en realidad, en todo momento usted y los suyos seguirán criminalizando a las mujeres por un derecho que, le guste o no, les es inherente. Lo único que buscaba era otro titular que reforzara su imagen de supuesto cambio, pero no hay tal cambio, ¿verdad? ¿Para qué abandonar la mentalidad del s.XIII, con lo bien que se está?

Se apunta tantos continuamente sobre lo mucho que lucha su Iglesia contra la pobreza. Sin embargo, con usted siempre hay un pero, Francisco. A ver si puede responderme a tan humildes cuestiones desde su microestado con banco propio: ¿A cuántos pobres está bien ayudar sin que la Iglesia recurra a los fondos de su opaco Banco del Vaticano? ¿Cuántos beneficios sociales podría tener un estado como España si la Iglesia pagara algún impuesto? ¿Cómo tienen la desfachatez de nombrar a Cáritas como algo propio cuando sólo el 2% de su financiación proviene de la Conferencia Episcopal? Si quiere le puedo seguir sacando los colores por lo hipócrita de su discurso sobre los pobres y las mil formas que tendrían de contribuir más, pero no soy muy de humillar. Eso se lo dejo a usted y a su institución inquisidora.

En su discurso ante el Congreso habla usted sobre los jóvenes, sobre los abusos que padecen y cómo se les debe ayudar para que afronten un futuro con más posibilidades. Me pregunto si con eso se refiere a los miles de niños que han sufrido y sufren abusos sexuales por parte de miembros de su Iglesia. ¿Se les debe dar a los niños biblias de tapa dura para que aticen los genitales de los curas pederastas, o el tema no va de eso? Ah, no, que no habla de esos abusos. Eso no se menciona en grandes discursos, faltaría más. La autocrítica no es para los grandes eventos. Aunque, a decir verdad, su autocrítica es tan escasa en cualquier ámbito que me produce una vergüenza repugnante el saberle cómplice de los miles de casos de pederastia contra los que no se lucha dentro de la Iglesia.

Por si fuera poco, en sus discursos en los Estados Unidos tuvo la desfachatez de defender la “libertad religiosa, la intelectual y la individual”, precisamente usted, cabeza visible de un culto que recurre de forma sistemática al castigo divino contra todo aquel que no se rija según sus dictados.

Casi le diría que, antes de dar lecciones morales sobre lo que está bien y lo que no, quizá sería mejor limpiar la suciedad que tiene en su propia casa y ayudar de verdad al resto de seres humanos. Antes de pasear por las calles de Washington DC o Nueva York, vaya usted a algún suburbio sudafricano con un 40% de población con VIH, donde sus misioneros aún comparan los anticonceptivos con artilugios del demonio. Nos haría a todos un gran favor si un líder religioso como usted promulgara el amor entre humanos, en lugar del odio al que nos tiene acostumbrados.

Sin más, se despide un acérrimo fan de su vaporoso vestido.

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Juan