God bless you, boy

El choque del avión contra la pista nos pilló a todos por sorpresa. Mi pasaporte salió volando y aterrizó tres asientos por delante. La sacudida duró un segundo hasta que el avión se estabilizó. Cuando pude recuperar el aliento, miré a través de la ventanilla y noté algo distinto, más salvaje.

Todavía con el corazón a mil, salí de la terminal y dos sorpresas me pillaron desprevenido. La primera, el clima de Nueva Orleans. Aún vestía todas las capas que Chicago requería. Iba pensando en quitarme ropa y de repente reparé en él. La segunda sorpresa fue Bruno y su cartel.

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De nuevo seres mágicos que me conectan con otros seres mágicos. Esta vez los de Nueva York con los de Nueva Orleans. Bruno y Nic, limeño y neoyorquina, risueños, activistas, queer. Ya esa primera noche me cuesta creer mi suerte, es amor a primera vista.

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Giro al sur y todo cambia. La quintaesencia aún es norteamericana, pero la gente, las casas, los árboles… La energía es distinta, eléctrica, la luz adquiere un matiz multicolor, las frases son más fluidas, los gestos menos serios. Los primeros días aquí percibo un ambiente familiar, un calor con el que crecí, palmeras que siempre me han sido cercanas. Como si ya lo conociera. Quizá sean las nubes corriendo rápido, quizá la humedad. Quizá es que el Este ha venido a verme.

Desde que la conozco, Isabel siempre ha querido viajar a dos sitios: Nueva Zelanda y Nueva Orleans. El primero no era una opción, pero el segundo estaba en las quinielas desde el primer momento, y apenas le costó presionar el botón de comprar vuelo en cuanto le dije fechas concretas. Llegó cargada de planes y pasamos una semana juntos llena de estímulos, repleta de esas risas que solo 15 años de amistad pueden provocar. Ver Nueva Orleans a través de sus ojos y a un ritmo distinto al que acostumbro me ha dado otra perspectiva, como contraste a todo este tiempo viajando solo.

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Inevitablemente, con ella también viene el Este, los recuerdos, las añoranzas, alguna disyuntiva. Esa división física de la visión espacial, mirando hacia dos direcciones opuestas al mismo tiempo, me deja algo colapsado. Pero el sabor final es el de un recuerdo bonito, un paréntesis que siempre será nuestro paréntesis en Luisiana y que guardaré como un tesoro: Isabel y el autonauta en Nueva Orleans, el bayou, Friendsgiving, Siberia, la purpurina, las carreras de caballos con Bruno, Nic y los demás.

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Vuelvo a mi realidad un tanto agotado. Me cuesta abrir los ojos y ver con claridad dónde estoy sin pensar demasiado en el Este. Nic y Bruno lo notan y despliegan chalecos salvavidas a mi alrededor. Vamos al cine, cocinamos, paseamos por el bosque, subimos al punto más alto de Nueva Orleans. Me enseñan lo que es una second line. Bailo y salto y canto letras que no me sé.

A pesar de los turistas, de la imagen manida del barrio francés y de los mitos de la ciudad, Nueva Orleans es un sitio humilde, lleno de contrastes, aún con rastros del Katrina, a veces peligroso, alegre, elegante, decadente. Refugio de músicos, aquí las horas se cuentan en litros de alcohol. Aquí aún se sonríe. Es una fuente inagotable de situaciones únicas.

Espero el tranvía un rato largo junto a un semáforo. En él, un hombre de mediana edad sujeta un cartón de cara al tráfico donde se lee una escueta declaración, “veterano de guerra en apuros”. Los conductores no apartan la vista de la luz roja para mirar su pequeña frase de auxilio. Es uno de tantos, de las decenas de miles de militares que este país exprime en conflictos injustos y después tira a la basura cuando ya no los necesita. Al menos él no está mutilado, pero su cara muestra cansancio. Muchas horas al sol y muchos tubos de escape. En un momento dado cruzamos las miradas y me sonríe. “Es increíble lo que te pareces a mi hijo”, me dice con acento de Texas y una palmada cariñosa en el hombro. “Es policía, es un buen chico”. Cruzamos varias frases, le sonrío. Me mira con ternura. “Eso está bien, chico, eso está bien. La frustración solo trae frustración, pero una sonrisa siempre trae otra sonrisa. Créeme, sé de lo que hablo”, me dice mientras vuelve junto a sus cosas y despliega su cartel de nuevo. Aguanto la emoción como puedo. En quince minutos nadie le ha dado ni un dólar. Al cabo de un rato recoge sus cosas con desánimo. Es la retirada de otra batalla diaria perdida. God bless you, boy, se despide antes de alejarse. Yo, que evito esos términos, le deseo un buen día.

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Admiro tu carácter dual, la dureza y la delicadeza, la vida fácil y difícil. Creo que te entiendo, Nueva Orleans. Entiendo las tormentas que lo inundan todo, los muros de contención que fallan e inundan las zonas más vulnerables. Entiendo tus carencias y lo difícil que es mirar hacia dentro, comprender la esencia propia para reconstruirse a partir de cero. Entiendo las heridas, las cicatrices, los cuervos graznando en la distancia. Y entiendo que cuides sin rencor de tus lagunas y tus árboles, cuyas raíces beben del agua que un día casi te ahoga.

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Te entiendo, Nueva Orleans. Goonies never say die!

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Aceras manchadas de sangre

En el último año y medio he caminado más que en los anteriores 33. Caminé en Barcelona, caminé en Cartagena, caminé durante semanas hacia Compostela y luego caminé por Europa en buena compañía.

Intento hacer lo mismo en esta región del mundo pero, a veces, es humanamente imposible. Me cuesta adaptarme a las distancias aquí. La dispersión urbana ha marcado el carácter de la ciudad norteamericana en muchos sentidos: la dependencia del coche, el escaso transporte público, la nula inversión en elementos urbanos y las largas horas invertidas en atascos.

Chicago no es una excepción. Sam, una amiga que acogí en Barcelona y que ahora me devuelve el favor, vive en Lakeview, a 10 kilómetros del centro. A pesar de la distancia enorme, he intentado caminar casi siempre, aunque he cogido el metro varias veces solo para disfrutar de las vistas desde las vías elevadas.

Reconozco que estos días he estado en mi mundo y no le he prestado demasiada atención a la ciudad. Sin duda influye la acumulación de estímulos de los últimos meses. A veces vago mentalmente por Detroit, a veces por Canadá, a veces más lejos. En Chicago también he pensado mucho en el Este.

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Influye la visita que he hecho al consulado español de la ciudad para pedir el voto por correo. Hay días que miro noticias de allí y se me quitan las ganas (de votar, de volver, de luchar). Con distancia se ve mejor el filtro franquista que aún lo impregna todo, la escasa cultura democrática, la podredumbre del sistema.

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Unos dirigentes impuestos, no elegidos

No, me niego. Mejor borro este párrafo sobre esa broma de Estado y continúo.

Los últimos atentados también han llamado mi atención hacia el Este. Sam comparte piso con su hermana Emma y con Rafi, un estudiante libanés. Ver a través de sus ojos la escasa repercusión que ha tenido el ataque en Beirut en contraste con el de París ha hecho que me hierva la sangre.

Sangre, qué concepto. La sangre se vierte y la sangre hierve. Se suda, se derrama. Charcos de sangre en las aceras de París, de Beirut, de Raqqa y de tantos otros sitios. La misma sangre que mancha aceras injustamente, ¡es la misma sangre!

Recuerdo la noche que ganó Obama. Me quedé despierto hasta las 7:00 de la mañana para oír su discurso. Lo pronunció aquí, en este preciso punto del Millenium Park de Chicago.

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Recuerdo la esperanza inicial después del fatídico Bush, las promesas de cambio, de que otro modelo era posible, y recuerdo que aquello solo me duró unos días. Pronto me di cuenta de que no iba a cambiar nada, que solo iba a ser una gran decepción, que aquel incomprensible Nobel de la Paz solo iba a ser más incomprensible aún con el paso del tiempo.

Ahora miro Chicago desde el Millenium Park y lo que veo son aceras manchadas de sangre. Sangre igual de roja y densa en París, en Beirut y en Raqqa, sangre anónima que no es otra cosa que sangre injusta, que no importa dónde se derrame porque siempre es la misma sangre.

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Es la misma sangre.

Detroit, o todo lo que podría ir mal

Cuando Diego Rivera pintó los 27 murales del Detroit Institute of Arts entre 1932 y 1933, Detroit era la quinta ciudad más grande y rica de Norteamérica. Atraía a trabajadores de todos los rincones del país y era el epicentro mundial de una industria que se creía invencible: el automóvil. Alrededor de las fábricas de Ford, Chrysler y General Motors, The Big Three, floreció una industria auxiliar y de servicios que contribuyó a alimentar la leyenda. Detroit alcanzó su cénit con la Segunda Guerra Mundial y la industria asociada a la maquinaria bélica.

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Llegaron los 50 y, pobre Motor City, el sueño comenzó a difuminarse. En las décadas anteriores los obreros habían sabido organizarse en sindicatos fuertes. Las Big Three, buques insignia de un capitalismo salvaje que ya despuntaba, decidieron entonces deslocalizar la producción hacia México, Canadá u otras partes de Estados Unidos con mano de obra más barata. Las fábricas en Detroit despidieron a miles de trabajadores y así se debilitó a los sindicatos. Es decir, la misma estrategia inhumana y codiciosa que hoy día sigue toda multinacional.

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La deslocalización afectó en gran medida a los obreros afroamericanos que, huyendo de un Sur donde se les maltrataba sistemáticamente, habían llegado a Detroit en las décadas anteriores en busca de trabajo en la industria del motor. La ciudad ya vivía una dinámica en la que los blancos, asociados a mejores trabajos y con más posibilidades de tener coche propio, abandonaban poco a poco el centro para irse a los suburbios. Si un afroamericano intentaba mudarse a esas ciudades satélite, se le echaba a patadas. Atrapados en determinadas zonas, su situación empeoró cuando Detroit dejó de invertir en transporte público para construir autopistas hacia los suburbios blancos, sin tener en cuenta que esas moles de hormigón dividían y aislaban sectores enteros de población negra. En los años 60 llegaron las protestas sociales y los disturbios, y los blancos que quedaban acabaron por marcharse lejos del centro de Detroit. Los escasos esfuerzos municipales por revertir la situación no dieron resultado y muchos barrios quedaron a merced del abandono institucional. La crisis del petróleo en los 70, la competencia de la industria del motor asiática y la propia crisis mundial del automóvil acabaron por rematar la situación de una ciudad ahogada en deudas y problemas.

En 1950 Detroit tenía 2 millones de habitantes, 85% blancos y 15% negros. En 2010 quedaban menos de 700.000, 85% negros y 15% blancos. En 2013 se declaró en bancarrota. La población, prácticamente abandonada a su suerte, es hoy día víctima de las mayores tasas de desempleo (23%), delincuencia (10 veces más asesinatos que en Nueva York) y pobreza (un 35%) de todas las ciudades de Estados Unidos. El 60% de las parcelas están vacías o en ruinas. Y nadie hace nada.

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Detroit aparece fantasmagórica desde el lado canadiense. Al cruzar la frontera, la estampa no mejora. Imagino que es el día, que está a punto de oscurecer, que a ninguna ciudad le sienta bien la lluvia. La autopista semivacía en supuesta hora punta tampoco ayuda.

Me acoge Meiyi, ciudadanx del mundo que no se identifica con lugares o géneros por decisión propia. Tiene una fuerza abrumadora; se mueve, habla, ríe, incluso asiente con firmeza. Sabe escuchar como si fuera toda una audiencia. Y es valiente. Hay que serlo para vivir aquí por elección propia, en una ciudad dividida, en una zona degradada, a tres calles de una zona abandonada. Por eso sus frases me calan hondo. “No salgas de noche”, “Evita el transporte público”, “Por este barrio no pases. Ni por este, ni por este”, dibujando el mapa como un tablero de ajedrez.

Amanezco en Detroit con un sol inusual para esta época del año y decido coger el autobús al centro. No noto tanta inseguridad, pero no dejo de recibir miradas de extrañeza. Es una hora y cuarto de trayecto, y me cuesta que los ojos no me salten de las órbitas. De repente se abre ante mí la realidad de Detroit. Era verdad: hay barrios enteros abandonados, casas destrozadas aún con muebles, otras derruidas cuyos techos recrean formas perturbadoras, calles donde apenas quedan una o dos en pie. Lo que llaman “pasto urbano” tiñe las calles de un verde paradójicamente esperanzador. Cuesta imaginar familias haciendo barbacoas los domingos, niños en bici, estampas suburbanas.

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No sé qué esperaba, quizá que las historias, los artículos, las fotos sobre la decadencia urbana fueran otro mito americano exagerado. Pero vaya si existe. Y es capaz de dejarte exhausto en apenas hora y cuarto.

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Llego al centro inquieto. La brutalidad que destilan algunas zonas me ha impactado. Sin embargo, en el downtown hay cierta regeneración urbana, incluso con algún rincón gentrificado, aunque siempre ligado a clientela o residentes mayoritariamente blancos. Si esta ciudad ya es obscenamente desigual en cuanto a reparto de la riqueza, el futuro podría ser aterrador, con barrios-isla aún más acentuados que hoy día.

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A pesar del pequeño boom inversor, el centro de Detroit aún guarda escenarios como el Michigan Theatre, que pasó de sala de espectáculos para 4.000 personas a aparcamiento y, curiosamente, se encuentra en el edificio donde Henry Ford creó el primer automóvil. Mike, el conserje, acepta llevarme al tercer piso a cambio de $5. Imagino que lo hace con todos los curiosos que quieren verlo. Me explica que a veces caen casquetes del techo. Miro arriba, los grabo, y no me extraña que disparen casquetes:

Techos monumentales que una vez acogieron grandes expresiones artísticas, ahora abandonados por la misma humanidad codiciosa que los construyó, enfrentados sin remedio al asfalto y cruelmente condenados a ver su decadencia reflejada en los techos de los vehículos que cobijan. Cualquiera atacaría esos espejos infames aunque implicara descomponerse poco a poco.

Recorro el semidesértico downtown y sus edificios imponentes, unos abandonados y otros a medio gas; hay calles y autopistas sobredimensionadas para el escaso tráfico que las transita. Almuerzo en Greektown, paseo por el río y, antes de que oscurezca, voy a ver otra de las grandes olvidadas de Detroit, la que una vez fue Estación Central de Michigan.

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Para mi sorpresa, los propietarios han decidido instalar cristales para proteger el interior. Y ya está, porque no piensan hacer nada con ella, no hay un plan de rehabilitación, no hay nuevos trenes en el horizonte. Solo unos cristales y porque clamaba al cielo que no los hubiera. Nada más. Simplemente no les interesa, como con tantas zonas y personas de esta ciudad. Simplemente, no interesan.

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Por la noche reflexiono sobre Detroit. “Pobre Motown, en qué te han convertido”, me repito. Eres tan triste como las canciones que Sixto Rodríguez compuso en tus calles, tan olvidada como los años de fama que nunca tuvo.

Al día siguiente vuelve a amanecer nublado. Me despido de Meiyi con promesas de volver a vernos. Cargo con la mochila en dirección al Detroit Institute of Arts para ver, sobre todo, los murales de Diego Rivera antes del bus a Chicago.

Y le digo: Detroit, no quiero visitar ninguna más de tus ruinas. Quiero contemplar todo lo bueno que ofreces. Admirar tu pasado, todo lo que tus obreros consiguieron. Desearte que alguien un poco más humano, quizá de otro planeta o de otro milenio, cuide de tus heridas y tus enfermos. E irme antes de que notes mi temor a que seas la antesala de lo que podría estar esperándole a este mundo enfermo a la vuelta de la esquina.

Toronto en tres actos

Primer acto: por dentro y por fuera

Abrí los ojos-telón y tras la ventanilla del autobús desfilaban los rascacielos del distrito financiero de Toronto. De nuevo gigantes de vidrio y acero al más puro estilo norteamericano. La Ville Reine según los francófonos, el gran centro financiero y comercial de Canadá. Un lugar frío y caro donde debes dejarte la piel trabajando, pero también una de las ciudades más diversas del mundo. Lo noté en el mismo instante que pisé la calle de camino a casa de Robert, y esa diversidad ayudó a templar la primera impresión gélida que tuve de ella. 25 minutos a pie en los que miré ojos diversos, rasgados, grandes, oscuros, azules, turbios, tristes, expectantes. Me gustan las ciudades con todos los tipos de ojos.

Por dentro, Toronto es grande, relativamente segura e interesante. Hay un barrio para cada nacionalidad: Little Portugal, Little Korea, Little India… Hay zonas industriales reconvertidas en centros culturales, como el Distillery District. Hay vida de noche y, por suerte, hay extrañas olas de calor en noviembre.

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Robert me llevó al día siguiente a Ward Island, un pulmón prácticamente salvaje a solo un paseo en ferry del downtown. Es un rincón que ha esquivado la especulación inmobiliaria gracias a la lucha de sus pocos habitantes desde hace décadas.

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Solo hay una zona con unas cuantas casas que llevan ahí más de un siglo, y hay una estricta lista de espera para poder habitarlas. El resto es pura naturaleza. Gracias, habitantes de Ward Island.

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Segundo acto: artes escénicas en Toronto

Robert es muchas cosas, entre ellas un gran bailarín de danza contemporánea. Le he visto bailar todos los días en casa, pero también sé que es bueno porque cada noche le llegaban entradas para algún espectáculo de danza y, una vez allí, todo el mundo le decía “quiero volver a verte bailar”.

El circuito de danza en Toronto parece algo endogámico, como el teatro alternativo en Barcelona. La mitad del público está relacionado directa o indirectamente con la danza. Eso no impide que la escena sea bastante efervescente, aunque “donde de verdad se mueve el tema es en Montréal”. He escuchado esa frase varias veces. Ay, Montréal, no me dejas olvidarte.

Me impactó Echo, un montaje de diez bailarines vestidos con una falda de inspiración militar y botas también militares. La coreografía me dejó con la boca abierta: movimientos a veces orgánicos, como si fueran una manada de animales luchando por el territorio, por aparearse, por liderar a los demás; y a veces completamente rotundos, cortantes, marciales, piruetas que acababan de forma brusca en una parálisis absoluta, por un segundo la inercia convertía las enormes faldas en el único elemento dinámico del escenario.

Otra noche vimos una performance de Rosé Porn que, aunque me resultó el típico “ejercicio artístico” inútil y pretencioso, incluía ingredientes como una nave industrial y música electrónica ensordecedora, así que al menos bailé.

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Otra noche fue Eunoia, un ejercicio creativo multidisciplinar en el que un grupo de bailarines, algunos de Montréal (suspiro), bailaban en cinco actos, cada uno dedicado a una vocal, mientras recitaban textos creados solo con palabras con esa vocal. Sonoros focos mohosos rotos por osos homos. Algo así pero con estilo.

Tercer acto: el talento

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Imagina que tuvieras la capacidad de volar alrededor del planeta sin cansarte. Verías pasar 7.000 millones de humanxs bajo tus alas. Si aterrizaras en una calle aleatoria de una ciudad cualquiera, es muy probable que a escasos metros viviera un gran pianista, o una gran escritora, o una gran fotógrafa. Quizá esa persona ni lo sabría, quizá no tendría recursos para descubrir su potencial, o quizá habría acabado detestando su pasión por culpa de una educación demasiado estricta. Lo que es seguro es que en cada calle de cada ciudad del mundo hay gente con talento, por desgracia muchas veces oculto.

Robert tuvo la suerte de poder desarrollar su talento desde pequeño. Con 15 años componía música electrónica, y Aphex Twin habría palidecido. Con 20, música clásica. Por desgracia, una educación musical de primer nivel le acabó dejando exhausto. Dejó de componer. Pero aprendió a expresarse con su cuerpo, y resultó que se le daba bien. Creo que tiene tal sensibilidad que podría controlar fácilmente cualquier forma de expresión artística. Por suerte, está haciendo las paces con la música. Desde que volví a verle tocar en Toronto, cruzo los dedos para que un día cualquiera algo le devuelva las ganas de componer. Quizá sea una ráfaga de aire fresco en verano, o una voz interior mientras mire un árbol de Allan Gardens, o un chico que le llegue dentro y le susurre palabras de amor. Lo que sea, pero que las ganas le vuelvan.

Solo puedo ofrecer una pequeña muestra de lo que hablo gracias a un fortuito piano callejero que le animó a tocar una pieza que compuso hace años. Robert, no prives al mundo de esto:

El road trip de los trillizos hacia un fenómeno natural

A pesar de las terroríficas caretas que llevaban, cuando Timothy y Josh aparecieron por sorpresa en la fiesta de Halloween, alguien que no les conocía dijo: Juan, il y a deux comme toi!, es decir, “¡hay dos iguales que tú!”. No es la primera vez que nos dicen que nos parecemos, ya en Nueva York alguien nos llamó trillizos. No sé hasta qué punto el parecido físico es cierto, pero es verdad que nuestro sentido del humor viaja por la misma amplitud de onda y que con ellos todo es fácil, todo fluye por el mismo cauce.

Salimos de Montréal varios días después en dirección al oeste, sin un destino concreto. El propósito era encontrar un bosque para pasear y una cabaña donde dormir de camino a Ottawa, donde al día siguiente yo me quedaría y ellos volverían a Nueva York. Llevábamos apenas media hora de trayecto y, desde la parte de atrás, escuché a Timothy explicarle a Josh que Laval es una isla residencial pegada a la de Montréal. En secreto, disfruté de ese momento íntimo de pareja, una explicación trivial y cariñosa al mismo tiempo. Me resultó familiar, algo reconocible que yo también viví durante unos años en la única relación seria que he tenido. Me trajo buenos recuerdos.

Las caretas de Halloween fueron adquiriendo protagonismo a medida que corría el cuentakilómetros. Estuve a punto de bajarme en una gasolinera con una de ellas puesta, lo que podría haber causado más de un ataque de histeria y alguna que otra llamada a la policía.

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Después de preguntar en un remoto pueblo quebequés, nos dirigimos hacia una zona con varias rutas para hacer senderismo. Por fin un poco de bosque, lejos de ciudades y humanos, con la única compañía de dos seres mágicos que, caminando en silencio a mi lado por un bosque canadiense, me transmitían paz y confianza. Incluso con las caretas, lo único que desprendían era luz.

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Durante varias horas nos deslizamos por el tapiz de hojas secas pisando otoño, escuchando el latido caduco de los árboles desnudos. Algún pájaro de grandes dimensiones disparaba la imaginación de los tres al levantar el vuelo, pero el silencio no tardaba en envolvernos. Silencio sin botones de on/off, silencio sin necesidad de apagar nada. Recuerdos del Camino.

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En un recodo encontramos una cabaña en estado de semiabandono. En su interior había una mesa de madera, una chimenea, leña y una mecedora. Era fácil imaginar a un cazador fumando, balanceándose hacia atrás, hacia adelante, esperando el momento oportuno para disparar a un ciervo despistado. Nos dio juego para seguir usando las caretas en una sesión de fotos improvisada en la que competimos por la foto más terrorífica, hasta que conseguimos darnos miedo entre nosotros.

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Caminar con seres mágicos tiene la gran ventaja de no tener ni que buscar, la magia viene a ellos de manera innata. Así encontramos el hotel donde dormimos, una casa escondida entre árboles, en mitad de un bosque junto a un pueblo impronunciable, mirando hacia uno de los miles de lagos que salpican esta región.

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Mientras anochecía recorrimos laberintos de césped y piedra junto a la orilla del lago, a veces corriendo y gritando como niños que encuentran un parque infantil para ellos solos, a veces caminando en silencio entre árboles como tres adultos con mundos interiores de actividad intensa. Cenamos pizza al calor de la estufa y nos contamos historias, como la del crack en Kansas City. Mientras, las horas pasaban y el lago contemplaba la única luz de la orilla, la nuestra. Fuera, los árboles del bosque se erguían en la oscuridad, impacientes por recibir el calor de un día que se anunciaba soleado. Al levantarnos, no encontramos ni más ni menos que eso.

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Llegamos a Ottawa a mediodía y, justo después de comer, Timothy y Josh se fueron en el pequeño coche de alquiler. Me costó no mostrarme triste, pero aguanté mientras me repetía una y otra vez New York is going nowhere.

Ottawa salió al rescate. Un chico de nombre compuesto salió al rescate. Ottawa y un chico de nombre compuesto me auparon en volandas. Ottawa mataba al instante cualquier comparación involuntaria que pudiera hacer con Washington DC. Es más humana, más diversa, más auténtica. En Washington DC jamás hubiera encontrado una araña gigante comiéndose a una turista al compás de los últimos rayos del atardecer.

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Había hablado con el chico de nombre compuesto mucho antes de llegar a Ottawa. En alguna parte estaba escrito que nos íbamos a encontrar por algún recodo de la red porque no tardamos en descubrir amigos comunes, y perfiles en Couchsurfing, y Timothy y Josh en Montréal, y el bosque y “te dejamos en Ottawa si te va bien”, y los horarios de los autobuses a Toronto, y un “aquí te puedes quedar”.
Todos esos azares provocaron, sin que la población local aún se lo pueda explicar, que en la capital de Canadá se hiciera de día en plena noche de noviembre.

Quién sabe, Montréal

Si Montréal fuera una mujer y yo heterosexual, le habría jurado amor eterno a la semana de conocerla. Sería joven y madura al mismo tiempo, y haría que hombres y mujeres la miraran dos veces al cruzarse con ella. Tendría un encanto sencillo y fuerza en sus gestos. Sería artista y ganaría poco, pero necesitaría poco. Vestiría ropa antigua pero ella sabría hacerla moderna. Se expresaría en inglés y francés, y conocería muchas otras culturas.

Si Montréal fuera un árbol, sería uno grande y de hoja caduca, cambiante con cada estación: verde y fresco en verano, de colores en otoño y frío y sin hojas en invierno pero con el encanto de descubrirse desnudo ante la nieve donde el sol se refleja.

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Si Montréal fuera un astro, no podría ser uno solo. Sería la mezcla del Sol y su brillo, con Marte y su cercanía, con Júpiter y sus colores. Sería Plutón y pasaría desapercibido durante años, sería incluso denostado, hasta que un buen día una sonda espacial lanzada por los estúpidos humanos capturara fotos en alta resolución y su belleza radiante nos dejara con la boca abierta.

Pero aunque Montréal no es ni una mujer, ni un árbol, ni un astro, aunque solo sea una ciudad en una isla en un continente cualquiera, es atractiva y radiante y bilingüe y distinta.

Para llegar al hogar de la Comune hay que subir 37 escalones desde la calle. Por fuera su edificio no se diferencia de tantos otros de la ciudad: planta baja y dos alturas, con unas escaleras que llegan desde la acera hasta la primera planta. Lo que encontré al cruzar el umbral del peldaño 37 me pilló por sorpresa. Seis personas distintas, cada una con sus intereses, cada una con su carácter, cada una con su ritmo vital, pero seis personas informadas e inteligentes, que se cuidan unas a otras en una convivencia que recuerda a un engranaje bien engrasado. Son una familia que comparte comidas y espacio vital, siempre con respeto a la autonomía de cada uno. Pasan juntos el tiempo que pueden e incluso comparten un coche que compraron entre los seis. Y todos, del primero al último, hicieron que cada vez que cruzara el umbral del peldaño 37 durante los diez días que duró el idilio con Montréal me sintiera acogido, simplemente como uno más. Quién me iba a decir que en Québec me esperaba otra familia al final de una escalera.

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Y con esta cocina.

Tanto fue Montréal y todo lo que encontré que casi olvido que aún hay mucho por ver. Por suerte, Timothy y Josh aparecieron por sorpresa en un Halloween memorable, con la propuesta de un road trip al oeste. Y, aunque Montréal y la Comune y unos besos furtivos y todo lo demás aún me bullía dentro, los dos neoyorquinos de mis ojos consiguieron apaciguar el géiser y sacarme de allí, antes de que fuera demasiado tarde. Pero quién sabe, Montréal, quién sabe hacia dónde soplará el viento la próxima primavera.

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Cuatro extraños

Escribo desde el asiento trasero de un coche a 100 km de Montréal. La ciudad de Québec ya es solo el recuerdo de una escapada de 24 horas para conocer la capital de la región francófona canadiense. Los burgueses estadounidenses del siglo XIX que no podían permitirse un billete en barco a Europa viajaban a la ciudad de Québec para respirar los aires del viejo continente alojándose en hoteles pretenciosamente europeizados.

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El conductor y los otros dos pasajeros han dejado de hablar hace rato. Los cuatro somos completos extraños que una web ha unido durante un pequeño lapso en nuestras vidas por el interés común de viajar entre la ciudad de Québec y Montréal. Los cuatro miramos de frente la autopista interminable, jalonada por un bosque que la separa de ciudades ajenas a nuestro paso que nunca conoceré. De vez en cuando se ve una granja aislada del mundo por tres paredes de árboles y una de asfalto. Al fondo, el atardecer vive sus últimos momentos de protagonismo y se despliega por el horizonte para asombro de todos. Somos extraños, distintos, únicos, pero algo tan sencillo y universal como un atardecer saca a relucir la naturaleza humana que nos une a todos.

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72 km a destino. El conductor, de unos 50 años, viaja todos los fines de semana entre las dos ciudades porque su pareja se ha mudado a Montréal. Es claramente gay, pero dice “pareja”. No le juzgo por ello, pero me pregunto si no habla abiertamente de “novio” por celos a su privacidad o porque su generación quizá aún guarda el temor a sentirse juzgada por su sexualidad. Puede que sea una mezcla de ambas.

47 km a destino. A mi lado viaja otro pasajero que es de Québec pero trabaja los fines de semana en Montréal. No ha dicho en qué, pero me ha recordado a una chica brasileña que llevé una vez a Cartagena y que trabajaba los fines de semana en una discoteca. Habla alemán y el pelo largo no le favorece. Se interesa mucho por las lenguas regionales europeas. Me pregunta por palabras curiosas en catalán y me quedo en blanco, así que le suelto una retahíla de nombres catalanes con la excusa de que me gustan mucho.

14 km a destino. Los primeros barrios de Montréal ya nos rodean. Las farolas de la autopista iluminan el interior del coche con un ritmo periódico creando patrones de sombras que me recorren la cara, el pecho y las piernas para morir en el asiento delantero al mismo tiempo que renacen en mi cabeza. La cadencia de las luces me provoca un sueño dulce pero intranquilo por la cercanía a destino. La pasajera sentada delante acaba de preguntar si puede dejarla un poco antes del punto de llegada. Es una chica de Vancouver, traductora de francés a inglés. No hemos tenido una gran conexión, pero hemos coincidido en que una de las palabras más bonitas del ruso es pochemuchka (почемучка), usada para referirse a los niños que preguntan “por qué” a todo.

Montréal. Nos despedimos y, de repente, los cuatro extraños volvemos a tener caminos distintos. Quién sabe cómo les irá la noche, el fin de semana, la vida.