Sonder

Esto es lo que presencié durante el primer minuto de 2016:

Un mar de fuegos artificiales inundaba el valle Central de Costa Rica, donde está San José. Un amante cubano me llevó a una fiesta de fin de año en una casa de película. Estaba tan alto en la montaña que los estallidos apenas se oían. En mi cabeza sonaban pianos. Pero fue como meter a un pez en un barrizal de billetes y apariencias. Me dediqué al vino mientras recibía saludos-mueca y miradas incómodas a la barba, los pitillo o el colgante del búho. Alguna conversación casi salió del tópico pero enseguida caía en una fosa marina de sentencias burguesas y sonrisas forzadas. Reconozco que disfruté preguntándole a los más estirados de la fiesta “¿No es injusto para la gente humilde sobrevivir en un país tan caro y desigual?”, tragándome las carcajadas con cascadas de vino al ver el cortocircuito mental de la clase alta costarricense. Afectado por el alcohol y por comentarios como “Ahora cualquier muerto de hambre puede comprar fuegos artificiales”, empecé a trazar un plan proletariamente maquiavélico inspirado en mis héroes literarios. “Venga, autonauta, piensa en qué haría un cronopio en una reunión de famas, o Momo en una juerga de hombres grises, o el Principito en el asteroide del humano codicioso”. En esas estaba, amorrado a mi segunda botella de vino y a punto de golpear el estado ideológico de la fiesta, cuando el cubano me dijo que me llevaba a casa. “Un tipo que el régimen echó de Cuba aborta mi plan revolucionario. Esto no podía acabar de otra forma”.

Da igual el punto cardinal, la navidad también me sienta mal en el oeste. Me irrita tanto que ni siquiera quiero pronunciar su nombre. Prefiero felicitar el solsticio de invierno o algún otro motivo pagano. San José, ciudad poco acogedora donde las haya, tampoco ha sido de gran ayuda. En general depender del coche para moverse limita, pero si tampoco hay transporte público en el que apoyarse, como pasa ahí, subimos a la categoría de inhabilitación. Mi pobre amigo Alex ha hecho lo que ha podido, pero Costa Rica…

Ay, Costa Rica, te diría que has cambiado mucho en siete años, pero si lo pienso con calma es todo lo mismo, aunque acentuado. Hay más tráfico, más turismo, más contaminación, más desigualdad y todo vale el doble que la última vez que estuve aquí. Caldo de verduras a $8, ahí lo llevas. También ha aumentado la sensación de que esto es una extensión tropical de Estados Unidos. Muchas zonas están invadidas por turistas-zombi en busca de experiencias que fotografiar y olvidar al minuto siguiente. Sales de San José y a primera vista todo está bien, todo sigue siendo verde y frondoso. No sé qué pintan cuatro peajes para salir de la ciudad por una carretera terrible, pero al menos ya no hay centros comerciales obscenamente grandes tapando las montañas y los barrios humildes a sus pies. Hacemos la primera parada:

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Cocodrilos en la orilla de un río. Hay que fijarse un poco para ver que algo falla en esa imagen supuestamente salvaje. ¿Por qué hay neumáticos entre cocodrilos? Porque la foto está tomada desde un puente por el que cruza una de las principales carreteras del país, repleto de tráfico y gente haciendo selfies con posturas imposibles, lanzando comida hacia el río e incluso lo que no es comida. A ambos lados del puente se agolpan restaurantes, tiendas, coches y autobuses de turistas. Miro hacia abajo antes de irnos, a los cocodrilos entre restos de basura y el río contaminado, y les pido perdón en silencio.

Tras varias semanas de apatía capitalina huí a la costa del Pacífico, una sucesión de destinos turísticos y resorts junto a parques naturales a $16 la entrada. Acabé en uno de esos pueblos intentando suavizar la mirada, disfrutar de lo bueno que pudiera ofrecer, rebajar el nivel crítico ante una situación que yo tampoco sé cómo cambiar. Quién tiene derecho a decirle a un país que deje de promover el turismo de masas, que en Europa hemos perdido barrios y ciudades enteras por su culpa, que las tiendas de recuerdos son el virus que extingue la vida local y que aún están a tiempo de hacerlo de otra forma. No sé cuál, pero seguro que la hay. Sin embargo, cuesta horrores no ser crítico cuando ves a monos corriendo por cables de alta tensión, perezosos moviéndose incómodos por las ramas ante un corro de turistas que los admira, iguanas que viven entre edificios o multitud de perros callejeros a los que nadie hace ni caso. Double standards, que dicen en inglés.

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Es increíble lo que cambian las personas con la edad y lo inamovible de la esencia de cada una. Lo triste de los lugares es que si cambian mucho acaban perdiendo su espíritu. Por suerte, en la costa me han acompañado dos elementos que reequilibran cualquier balanza: el mar y el factor humano. Ha sido un pequeño verano adolescente con amigos, olas y hogueras nocturnas a principios de año. Atardeceres sobre el mar, frisbee y comilonas. Alcohol y confesiones de toda una vida. Incluso una última noche lluviosa con sabor a finales de agosto. Julio y agosto a los 17, o cinco días de enero a los 34.

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Vencida la apatía y de nuevo en marcha, no puedo sino compartir la alegría de haber descubierto, en estos primeros días de un año que comenzó como un pez en un barrizal, que alguien ha inventado una palabra en inglés para algo que me ocurre desde siempre, en todos los países, en todas las aceras.

Sonder: la emoción de entender que todo transeúnte con el que te cruzas tiene una vida tan cierta y compleja como la tuya.

Por el factor humano y el triunfo de la empatía, propongo que la traducción de sonder en castellano sea humpatía. En todo caso, sea cual sea el nombre, ¡feliz concepto nuevo!

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Un comentario en “Sonder

  1. Ante todo feliz año precioso , al igual que tu ,la palabra Navidad me causa indiferencia , la gente no se da cuenta que es nada más y nada menos que una celebración cristiana , y un aprovechamiento a la subida de ventas en los comercios .
    Yo llevo dos años huyendo de ella y han sido mis mejores diciembres , lo único que celebró es el comienzo de un nuevo año , teniendo nuevas ilusiones .
    Respecto a la naturaleza de Costa Rica o muchos mas países , siento igual de pena que tu , que sitios tan maravillosos , dignos de un paraíso , estén abocados a su desaparición
    Los animales se adaptan al medio humano , de ahí que estén en cables o carreteras …
    Pero los humanos no se adaptan al medio animal y no respetan sus hábitats
    Esta claro que toda esta modificación esta afectando al planeta , de ahí los 25 grados que hacen hoy en murcia a las 14:43 un 12 de diciembre .
    A veces te dan ganas de dejarlo todo e irte, pero ,cual es el sitio a donde debo ir ?? No creo que quede sitio en el que todas las reglas se cumplan como debe ser ………
    Me encanta seguir tu blog y hoy me apetecía que me oyeras tu .
    Mil besos y cuídate mucho ❤️

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