Alaska y el Mediterráneo

Pongo un pie fuera del autobús y automáticamente sé que Puerto Viejo ya no es el mismo pueblo de hace siete años: han asfaltado las calles, lo que ya es una derrota en sí. Encontrar sitio donde dormir es rápido, los hostales se han multiplicado. Me tumbo en la cama y miro al techo esperando ver la misma estampa que veíamos Rocío y yo al irnos a dormir, pero no, ya no hay arañas. En su lugar hay quads y crepes veganos y ofertas de ecoaventura. Molesto, me voy a dar un paseo. Reconozco un par de sitios que me traen recuerdos y sonrisas. Por lo demás, el pueblo donde pedías en un restaurante y veías al camarero irse a comprar los ingredientes, donde las bicis eran el único medio de transporte y había más rastas que cabezas vírgenes, ese pueblo ya no lo veo por ningún lado. Imagino que está debajo del alquitrán y los coches y los grupos organizados. Y qué hay de malo en el progreso, me dirían los locales. Que mata el espíritu, les respondería.

Decidido a irme de allí al día siguiente, pido un ron, me giro y le veo de espaldas, sentado en el borde de la playa, mirando al mar en la oscuridad. Comenzamos a conversar y no puedo quitar la vista de sus ojos azules. Habla despacio, gesticula pausadamente. Las venas le surcan los brazos como ríos que descienden un valle sin prisa. Sonríe y entre la barba se adivina un gesto amable. Es de Alaska y en verano vende salmón para viajar en invierno. Con esos ojos podría iluminar la costa en la noche polar, pienso. Sin apenas parpadear estamos saltando troncos en la playa, contando constelaciones, buscando cangrejos entre las rocas. Enciende la linterna, rompen las olas y, de repente, un beso. Su mano derecha me toca el pecho. Creo que busca mis latidos.

El alcohol se acaba y soltamos las amarras de su tienda de campaña. Dejamos de tocar el suelo y cada respiración nos eleva, ascendemos por encima de la selva mientras dos pelícanos nos miran curiosos desde la rama de un árbol. Las leyes de la física no son infalibles y Alaska y el Mediterráneo se entrelazan en una proeza geográfica hasta ahora imposible. ¡Big Bang! El techo de la tienda es una pequeña bóveda celeste que explota y nos engulle mientras Orión abraza a la estrella Polar, Piscis besa a Júpiter y la Luna suspira en un rincón.

Pasa la noche y al despertar sonreímos viendo la que hemos armado: las Baleares en el estrecho de Bering, Naknek en el Cabo de Gata, Anchorage en Cartagena, Barcelona en la frontera de Alaska y Canadá. Dejamos caer la tienda-globo en Costa Rica y volando, volando aterrizamos en Panamá. Las montañas del Norte y el mar del Este se lanzan al Caribe y durante días bucean entre corales y manglares. Aquí la espuma de las olas derrite los glaciares, la jungla coloniza los Pirineos. El enredo geográfico sigue creciendo y ni Alaska ni el Mediterráneo quieren parar.

Ayer cruzamos las montañas de Panamá, escuchando David Bowie, con la mirada fija en el sur, y una playa desierta con la marea baja nos llamó desde lejos. Ahora escribo en una cabaña frente al mar. Desde aquí se ve el conjunto y, de momento, tiene sentido: Alaska, el Mediterráneo, el Pacífico. Lo mejor será esperar sin preocuparse por nada al próximo pájaro que se pose en la ventana. Quizá nos silbe otro rincón del mapa que poner del revés.
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