Columnas vertebrales

Una cadena montañosa recorre Panamá en toda su longitud y la divide en dos como una espina dorsal titánica. Una cumbre sobrepasa a otra y a otra y a otra en una carrera que se eleva por encima de los 3.000 msnm. Las nubes cubren las cimas y justo esconden las zonas de bosque húmedo, donde más vida se acumula. La Panamericana recorre el país por el sur de su espina dorsal. Desde ella, mires cuando mires, a la izquierda siempre se alzan las montañas, con su eterna cubierta blanca de formas voluptuosas. La distancia es suficiente para abarcar con la vista decenas de kilómetros de accidentes geográficos y jungla espesa. La imagen me sobrecoge. ¿Cuánta vida hay en tal acumulación de selva? Seguro que la respuesta se acercaría al grado de incalculable. La cantidad de insectos, plantas, hongos, flores, aves y mamíferos en un metro cuadrado solo es comparable a la complejidad de las relaciones sociales de una ciudad o al número de procesos mentales que realiza un cerebro humano. Como este trocito de playa, con millones de granos de arena, cientos de caracolas dejando su rastro y entrelazando sus caminos, cangrejos buscando la humedad en unos agujeros efímeros que la marea alta borrará del mapa, peces que vendrán con ella y alguna pisada humana, todos formando un ecosistema vivo y único pero al mismo tiempo duplicable en cada metro de esta playa o de tantas otras playas del mundo.

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La ciudad de Panamá es un sálvese quien pueda donde la carrera no sólo ocurre entre el tráfico endiablado de sus calles serpenteantes. Los edificios también estiran sus cimientos hacia el cielo, como compitiendo por aliviar el picor. La ciudad se sostiene en varios pilares como las finanzas o la construcción. Como denominador común, la corrupción rampante que blanquea su dinero a base de casinos y edificios innecesariamente titánicos.

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Pero sin duda la columna vertebral de Panamá, ciudad y nación, es el canal. Es lo que atrae inversión y gente de todas partes. Y le da carácter, como un pequeño planeta de cocinas coreanas, indias, libanesas, italianas, caribeñas o chinas. El canal es un ser en sí, autónomo, vivo, mutable. Lleva cien años ahí y lo ha visto todo. Explosiones, dictaduras, ocupaciones, rascacielos. Tu smartphone, tu sofá, tus camisetas. Si no han pasado por el canal, es probable que alguno de sus componentes sí lo haya hecho. No es sólo espina dorsal de Panamá, es una de las venas del mundo.

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Cuanto más sé del chico de Alaska, más me queda por saber. Venimos de dos realidades tan lejanas como distintas: frío y calor, rural y urbano, norte y sur. Quizá de ahí la curiosidad, las conversaciones eternas, las largas miradas. En realidad nos sujetamos en pilares parecidos.

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Con un dedo recorro su columna vertebral y entre sus laderas noto el dolor, los sueños, las cicatrices. Noto los fríos valles de Alaska, el calor de sus chimeneas, la crudeza de los osos peleando por el territorio. Veo a las ballenas desde la ventana del salón, a los niños que cogen avionetas para ir al colegio, a las gaviotas sobre los barcos pesqueros. Imagino que él nota en mi columna vertebral la historia de Europa, las hormigas que me vieron crecer, el mar cálido. Una espalda humana puede ser tan extensa como un planeta y una columna vertebral tan abrupta y rica en matices como la jungla.

A nuestra espalda queda Panamá, la playa inmensa, el tren a Colón, los grandes momentos con nuestro amigo Marko. Por delante, quién sabe lo que nos espera.

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