Los muros de Bogotá

El aeropuerto El Dorado es un gran aeropuerto más, con edificios grises, largos pasillos y viajeros que pisan el suelo antes o después de surcar el cielo. Fuera de la terminal, la fila de taxis es tan mundana como la de cualquier otra ciudad. Miro al cielo de la capital colombiana y percibo el mismo azul de siempre, quizá con más smog que de costumbre. Aún en la puerta de la terminal enfoco la vista en una nube y me pongo las gafas de sol. Subo al taxi con el letargo de rigor después de un madrugón, un vuelo y un supresor de nervios. Enfilamos la carretera al centro de la ciudad y lo que veo detrás de la ventanilla me pilla desprevenido. Hay graffitis y murales en casi cada rincón: edificios, paredes, túneles, muros, la mayoría en perfecto estado. El chico de Alaska comenta algo y al mirarle descubro por su ventanilla la misma imagen. Es una sacudida inesperada que nos despierta y nos sumerge en un viaje a gran velocidad por colores, formas, dimensiones y todas las técnicas posibles de arte urbano. De pronto un colibrí gigante en la entrada de un túnel, de repente una tanda de personajes burtonianos en la pared de una fábrica. Apenas da tiempo a ver todas las piezas, se suceden a una escala colosal, disipan la bruma del viaje y avivan la realidad a la que acabamos de llegar: el tercer país juntos, Bogotá, Colombia, ¡Sudamérica por primera vez! El lateral de un edificio acoge dos siluetas livianas, ajenas al tráfico, con la cara oculta por un beso. Así nos reciben los muros de Bogotá, cubiertos de arte, sonriendo a nuestros ojos radiantes.

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En el barrio más antiguo de la ciudad, La Candelaria, las cosas pueden salir muy bien. Sin orden, a veces apiladas, al girar cualquier esquina encuentras sorpresas como un graffiti de un artista internacional, un puesto de arepas donde comer por 3€, una pastelería francesa en una casa del s. XVII, una fiesta drum&bass en un sótano o un edificio art deco tras otro bauhaus tras otro dieciochesco.

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Las cosas pueden salir algo peor y es probable que también encuentres hordas de zombis que te siguen después del anochecer, perros atrapados en tejados con bomberos a su alrededor intentando evitar la tragedia, taxistas que derrapan en calles empinadas los días lluviosos y se empotran en la acera contigo dentro e incendios forestales que se adueñan de las colinas cercanas e inundan la ciudad de humo y ceniza.

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Pero en general Bogotá encuentra el equilibrio ella sola. La lluvia, ausente durante meses, cae justo durante el incendio. El día sin coches llega cuando empezabas a hartarte del tráfico denso. El bar más escondido se encuentra en tu propio hostal. El sol asoma entre las nubes y la contaminación cuando estás a punto de bajar en teleférico desde la colina de Monserrate:

Colombia estrena algo parecido a la serenidad de la ciudad desde la montaña. Poco a poco se sacude esas décadas convulsas de guerra interna, violencia extrema e inseguridad. El proceso de paz entre el gobierno y las FARC dista mucho de ser perfecto, la sombra del Plan Colombia aún es larga y sigue siendo un país violento, pero aquí la gente habla de guerrilla en pasado. “Con la guerrilla no se podía viajar por carretera”, comenta un taxista. Donde ahora hay arte urbano y una pincelada de optimismo en el tono general, hace décadas había todo un movimiento artístico dedicado a la época más oscura del conflicto armado, cuyo mayor exponente fue este cuadro, titulado “Violencia”.

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Bogotá es todo un hallazgo. Los museos, la comida, la arquitectura, la gente. Da ganas de escribir un párrafo a lo Lonely Planet. “Déjate seducir por una ciudad acogedora y viva, un cruce de culturas único donde la herencia colonial se mezcla con la rabiosa modernidad para cautivar al viajero ingenuo”. O algo así de desagradable escrito por alguien que ni ha pisado Bogotá. En esta ciudad que me ha dejado perplejo en ciertos aspectos me he tenido que enfrentar con una frase incómoda pero cierta. Mientras el chico de Alaska se cortaba el pelo, yo dedicaba el tiempo a leer un artículo en una revista literaria. De repente, ¡pam! La frase: “Cuando los europeos visitan Latinoamérica no valoran, solo comparan”. Bienvenido, baño de humildad. Tan cierto como incómodo, es algo que intento evitar conscientemente pero que me sorprendo haciendo más de una y dos veces al día. Sobre todo con la cantidad y calidad del arte urbano.

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Un ejército de 4.000 artistas está cambiando desde hace años la fachada de Bogotá. Algunas figuras internacionales, como Pez, se han instalado aquí. El gobierno local no prohíbe el arte urbano, lo promueve. Por todos lados surgen proyectos privados y públicos que convierten un mero paseo por la ciudad en un regalo para la vista.

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A una edad similar y por motivos parecidos, el chico de Alaska y yo nos hicimos un tatuaje en la espalda, justo bajo el cuello, en el mismo punto. Yo llevo hormigas, él aves. Ambos tatuajes son feos pero importantes. Por eso y porque la Luna tenía que estar ahí, ésta es nuestra aportación a los muros de Bogotá:

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La hormiga que sostiene a la Luna que mece al ave

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Nuestros animales favoritos: las hormigas y la orca

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Los tres diseños en el patio de recreo

Nos iremos de aquí igual que desaparece la espuma de una ola, pero con suerte alguna orca, alguna hormiga o algún ave en la Luna se quedará para siempre en los muros de Bogotá.

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3 comentarios en “Los muros de Bogotá

  1. Igual las guías de Lonely nunca me parecieron buenas… No sé si este cuadro está en exposición, pero relata lo mismo en la misma época, y aparte, la autora es mi tía. http://www.banrepcultural.org/warhol/colombia/gutierrez.html
    Me alegra ver desde tus ojos y palabras que las cosas parecen cambiar, es el reflejo que percibo de los familiares que aún tengo allí, pero no la confianza que pueda recuperar en ese país.
    Aún así, me gusta lo que viste y espero que sea igual con lo que te queda por ver!

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