Las fronteras del Amazonas

La noche anterior a volar aquí miraba el mapa con curiosidad, sin entender del todo que esta esquina de Colombia, por debajo del Ecuador, es en realidad el corazón del Amazonas.

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Llamarlo Colombia es tan arbitrario como tantas otras fronteras modernas. Tres países se miran de frente en un recodo del río, tres banderas, tres monedas. Vas caminando a Brasil a comprar galletas, luego en bote a Perú para repostar gasolina y vuelves a Colombia para cenar. Mientras tanto, la selva observa impasible desde los tres lados tus estúpidos pasos de humano, indiferente a tu pasaporte o a tu idioma materno. Los ríos secundarios serpentean ajenos a los gobiernos. El Amazonas, tan ancho como un lago, se declara apátrida en toda su amplitud y mira con desdén las banderas que ondean en sus orillas.

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Los buitres se alinean en la orilla del río al acecho de los desperdicios humanos de la ciudad brasileña de Tabatinga. La lancha suelta amarras y acelera en dirección a Benjamin Constant, entre Brasil y Perú, pueblo evocador de personajes mágicos. Allí está Maico, esperando con una sonrisa tímida en su pequeño bote. Él será nuestros ojos en la selva y nuestro timón en el río. Desciende de una tribu local que hace apenas dos generaciones aún vivía en aislamiento parcial. Su padre le enseñó todo lo que sabe sobre esta tierra y estas aguas. Imagino que tardó años en aprender, lo mismo que una carrera universitaria, porque Maico conoce la Amazonia con la precisión del entomólogo más dedicado.

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Tres días en mitad de la selva, durmiendo en una cabaña sobre pilares de madera a tres metros de la tierra. Tres días pescando y comiendo pirañas, viendo delfines rosas, nadando en el río, explorando de día y de noche, sosteniendo crías de caimán en las manos. Ahora sé que la inmensidad está descrita aquí, en este gigante incomprensible. Lo aprendido sabe a mucho, pero es en realidad una mota de polvo.

El Amazonas es agua, agua enturbiada por los sedimentos que oculta un ritmo frenético de nidos de piraña, anguilas eléctricas, caimanes, cocodrilos y miles de peces distintos. A veces la vida se deja ver en forma de pez volador, de piraña que muerde con rabia el cebo o de delfín rosado que aparece y desaparece como en un juego de niños. La frontera entre el agua y la tierra es un territorio difuso que se inunda según la época y que sirve de zona neutra a grandes reptiles, anacondas y peces que excavan agujeros en la orilla. A pesar de las señales visibles, el agua del Amazonas es misteriosa. “Para bañarse hay que ir lejos de la orilla, al centro del río donde están las corrientes”. Al centro del río entre agua misteriosa.

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La Amazonia es tierra, tierra que una gruesa capa de masa orgánica cubre como un manto húmedo: el árbol derrumbado, las hojas marchitas, los frutos maduros, los insectos, el animal que muere. Las pisadas son inestables y Maico avisa: “Mirad los árboles antes de apoyaros”. Ahí están las arañas, las serpientes, la savia tóxica de algunos troncos. Para contrarrestar, nos enseña plantas medicinales, lianas que acumulan agua potable, árboles con los que enviar señales sonoras y frutos comestibles. Me fascina el olor de las cosas: las tóxicas huelen mal, las no tóxicas bien.

La Amazonia es aire. Es imposible mirar al cielo sin cruzarse con la trayectoria de un pájaro. Maico señala ramas donde descansan aves de todo tipo y los graznidos son omnipresentes. Caminamos lentos entre la espesura de la selva, mirando con los ojos muy abiertos hacia todas direcciones. Un grupo de murciélagos huye ante nuestro paso y en el impulso pierden a una de sus crías. Me sobrecoge ver de cerca su complejidad, su vulnerabilidad.

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La Amazonia es movimiento, flujo, ciclo. Es el cauce dinámico del río, meandros que mutan, estación húmeda o seca, crecidas que inundan, animales en movimiento. Incluso árboles en movimiento. El árbol caminante extiende sus raíces hacia la orilla del río y deja morir las que quedan rezagadas en un paseo de 50 metros que durará toda una vida. El árbol del caucho no se mueve pero es el vestigio vivo de la barbarie. Hace décadas, los indígenas hacían surcos en el tronco para conseguir el líquido del caucho y venderlo a los europeos a cambio de artilugios occidentales. Tras el intercambio, los europeos mataban a toda la tribu y recuperaban sus artilugios. Maico termina de contar la historia junto a un tronco y por alguna razón la crueldad humana alcanza en mi cabeza una cota insoportable. Quizá es el contraste con la naturaleza que me rodea. O la expresión de Maico en silencio.

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La Amazonia es noche. Cada atardecer los sonidos cambian, los grandes predadores despiertan, las tarántulas salen de sus refugios. Caminar a oscuras es aún más inquietante, sabes que la selva bulle de actividad a tu alrededor pero no lo ves. Solo lo oyes, por todas partes, incluso bajo tus pies.

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La selva apaga sus focos, en la cabaña los ojos se cierran y dos torsos enfrentados libran la batalla de cada noche. Los pulmones se llenan del mismo oxígeno, cada partícula de aire navegando entre ellos, entrando en unos y otros, compartiendo vida. Mi pecho se llena contra el suyo en un compás irregular, al ritmo de las corrientes impredecibles del Amazonas, en un vaivén dulce donde a veces se alejan en una inspiración mutua para volver a encontrarse con fuerza renovada. Los torsos comprimen el aire que les acaba de insuflar vigor y las paredes se expanden y contraen con nuestra respiración. Poco a poco el ritmo se acompasa, los torsos ondulan hacia la sincronía y yo inspiro cuando él espira. El aire es denso y su vaho conocido. Mi pecho se aleja y el suyo se acerca y me llama con una melodía familiar de latidos y suspiros, entonces el mío acude al suyo y le da la réplica, y por un momento el vaivén es mutuo y la habitación nos mece a un lado y a otro, el oxígeno bailando en un camino afable de ida y vuelta. Yo inspiro con sus pulmones y él espira con los míos y los torsos laten como un solo cuerpo sin fronteras que respira en silencio el oxígeno más puro del mundo.

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