Cartagenas

¿Con qué soñaban los conquistadores? Es muy posible que Pedro de Heredia, como tantos otros, ansiara la gloria de llegar a tierras desconocidas para los europeos y conquistarlas, sin importar cuántos hombres perecieran o cuántas civilizaciones quedaran reducidas a cenizas, para ofrecerlas a su patria. En 1533, su barco llegó a una bahía en el Caribe con múltiples brazos de tierra y montes cercanos, perfectos como posiciones defensivas. Entonces, las ciudades se asediaban con grandes flotas de navíos. Imagino a Pedro de Heredia en una colina, mirando al mar que acaba de cruzar y a la bahía impenetrable por la que ha tocado tierra. “Este lugar inexpugnable Cartagena de Indias deberá llamarse, los barcos enemigos sufrirán el mismo destino de aquellos que han intentado tantas veces conquistar sin éxito las aguas de la bahía de la Cartagena de España”. Además de ser genocidas sin escrúpulos, los conquistadores no brillaban por su imaginación.

La Cartagena colombiana, ahora principal centro turístico del país e indudablemente uno de los lugares con más historia reciente de Sudamérica, guarda en sus cimientos las grandes vergüenzas de la Europa imperialista. Primero fue la sumisión y el exterminio de la población nativa, como ocurrió a gran escala en toda América. Después, tras su fundación, la ciudad se convirtió en el principal puerto de tráfico de esclavos. Desde una de las fortalezas que la guardan, casi puedo ver los barcos que durante siglos llegaron a este puerto cargados de africanos. La crueldad humana reflejada en el brillo de las cadenas en los tobillos y muñecas de hombres y mujeres que tenían familia, hogar y una vida en Angola o Guinea. Al llegar se les apilaba en la zona de Getsemaní, donde estaba la prisión de la ciudad, cercana al histórico y pulido Casco Antiguo. Getsemaní, ironías de la vida, es ahora el epicentro del turismo joven: cafés, restaurantes, hostales y mucho graffiti. El arte urbano es, una vez más, el medio para denunciar un pasado terrorífico y un presente amenazado por la gentrificación que los turistas estamos causando.

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La ciudad, codiciada por otros imperios europeos igual de sangrientos, erigió muros gigantes para defenderse. Grandes bloques de piedra rectangular, almenas, cañones… El resultado fue una muralla muy parecida a la de la Cartagena española. Imagino que debieron de construirla los mismos ingenieros al servicio de la corona. Lo que se hacía en la metrópoli se replicaba en las colonias, para desgracia de muchos y gloria de unos pocos. De ahí el resto de parecidos entre las dos Cartagenas.

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En la colombiana también hay un arsenal y en la ciudad abundan las torres y edificios de color blanco y amarillo. Hay fortalezas en las colinas que guardan todos los flancos de la bahía. Hay ficus a los pies de la muralla, piedras del mismo color, hay pórticos que la atraviesan, hay torreones circulares en sus esquinas. La muralla rodea un casco antiguo situado en la entrada de la bahía y en él hay edificios e iglesias que recuerdan a algunos de la Cartagena levantina y a otros de los pueblos de Castilla.

La semejanza geográfica entre las dos Cartagenas existe, es innegable: la bahía escondida, los montículos que la rodean, las playas de arena fina en los alrededores. Sin embargo, las otras similitudes son artificiales, producto de siglos de ocupación española, y solo se encuentran en una zona muy concreta. Por eso, pasear por la ciudad colombiana me ha causado impresiones contradictorias. Su casco antiguo es sin duda una joya de la arquitectura colonial, pero detrás hay toda una ciudad de un millón de habitantes con barrios caóticos y muchísimo más humildes. Es la Cartagena que no se enseña, la que mide su pulso a ritmo colombiano de espaldas a una ciudad colonial que exuda dinero, turistas y un pasado de dudosa gloria.

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Por otro lado, la sensación de haber estado ya allí, de reconocer los colores, la geografía, la muralla. Los incontables recuerdos que me ha traído de mi realidad en Europa. Ver los rostros de mi primera línea, la que forman los que siempre están ahí, al pie del cañón, cada uno y cada una como una piedra de la muralla que me protege incluso aquí, al otro lado. Ver el atardecer y enviar una sonrisa que viaje con el sol para que os llegue cuando os desperteis, de Cartagena a Cartagena.

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Vuelvo al norte con la suerte de pensaros allí y saber que os tengo igual de cerca. Vuelvo a Norteamérica con la suerte de seguir con el chico de Alaska a mi lado, nadando en una piscina que ninguno de los dos esperábamos. Volvemos al norte buceando de la mano.

El poder común

Al principio no entendí lo que la chica decía. Después de tantos días en un parque nacional, Tayrona, con la mente repleta de playas y selva, me costó procesar que nos pedía ayuda. Entonces vi al chico en la orilla del sendero, en posición fetal cubierto por una toalla, y por fin escuché lo que ella articulaba.

-Mi novio está muy mal. De repente ha empezado a vomitar y no puede ni caminar. Por favor, ayudadme a llevarlo al camping.

Sin fiebre ni dolor articular/muscular, era poco probable un virus tropical tipo malaria o chikungunya. El dolor agudo de estómago y los vómitos apuntaban a una intoxicación alimentaria.

Mientras le llevábamos a hombros, miraba de cerca su rostro torcido por el dolor e intentaba pensar en otras cosas para no activar mi empatía estomacal. No sé cómo, acabé rumiando sobre el efecto de los microorganismos en el cuerpo humano. Partículas que se miden en micras paralizando la actividad de un tipo de metro ochenta. Pensé en tamaños y cantidades, en cuántas bacterias hacen falta para doblar a un ser humano. Recordé las montañas de basura en ríos, ciudades y playas que he visto durante estos meses en América, y visualicé a la raza humana como un virus microscópico empeñado en intoxicar el cuerpo que nos da vida.

Al rato llegamos a la enfermería del parque y allí se quedó el chico. Al día siguiente supimos que ya estaba mejor y que, en efecto, había sido una intoxicación alimentaria.

El poder común puede ser terrorífico. Un ejército más fuerte puede destruir una región más débil. Una plaga de langostas es capaz de arrasar con hectáreas de cultivos en minutos. Religiones con millones de fieles que atacan los derechos más fundamentales. Y así hasta el infinito, porque el mundo es un lugar cruel y caótico por definición. Pero el poder común, entendido desde un prisma constructivo, puede tener una fuerza imparable, energía inagotable y valor para cambiarlo todo.

Siempre he observado a las hormigas con los ojos muy abiertos. De pequeño pasaba las horas delante de un hormiguero que había frente a la casa de campo de mis abuelos. Me fascinaba que fueran tantas iguales y que no se perdieran, pero sobre todo admiraba el esfuerzo común que hacían para acumular comida para toda la colonia. Poco entendía entonces del rastro químico que las guía o de la estricta jerarquía de castas que rige el destino de cada una: reina, soldados, recolectoras, peones.

Ahora soy adulto y las hormigas me siguen fascinando, aunque por razones distintas. Justo por delante de nuestra tienda de campaña en el parque Tayrona pasaba un sendero de hormigas cortadoras de hojas. Salían cada tarde con la puesta de sol y trabajaban sin descanso hasta el amanecer. Un día me propuse seguirlas hasta el hormiguero, pero el reguero de seres milimétricos se perdía tan profundo en la selva que tuve que dar la vuelta. Es un tipo de hormiga que lleva trocitos de hoja desde grandes distancias hasta un hormiguero que puede llegar a medir seiscientos metros cuadrados. Allí usan los nutrientes de las hojas para cultivar hongos que alimentan a toda la colonia. Sentado en la entrada de la tienda fijaba la vista en una hormiga cualquiera, trozo de hoja en alto, y la veía desaparecer entre el tumulto de seres iguales a ella. “Allá va una más de tantos millones trabajando por el bien de todas”.

Los humanos y el poder común. A veces no hace falta contarse en millones para cambiar las cosas. Los indígenas del parque Tayrona, vendido a manos privadas por las corruptas autoridades regionales, han conseguido parar la especulación inmobiliaria en sus tierras en varias ocasiones. Quizá no por mucho más tiempo, pero ahí siguen, luchando unidos por sus tierras. Sin embargo, otras veces sí es necesaria la acción de millones de personas, quizá con algo tan simple como ejercer el derecho al voto. Medellín es una ciudad muy desigual, pero existe cierta conciencia social entre sus dirigentes que ha llevado a la creación de espacios culturales e infraestructuras sociales como el Metrocable de Medellín, una red de teleféricos que conectan algunos de los barrios más pobres de la ciudad con la red de metro y que ha ayudado en múltiples sentidos a dar visibilidad y calidad de vida a dichos barrios, antes inaccesibles en transporte público.

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Cada vez pienso más en los territorios y en las fronteras, esas divisiones artificiales que acentúan rencores y temores absurdos, y cada vez les veo menos sentido. La igualdad entre seres humanos es inevitable, por mucho que las banderas ondeen promulgando lo contrario. Cada vez pienso más en el poder común, en las posibilidades de la acción conjunta. Desde luego no quisiera el mismo destino gregario de las hormigas para los humanos. Nosotros, aunque a veces cueste creerlo, tenemos capacidad de razonar y de tomar decisiones que ayuden a cambiar lo que no funciona o lo que funciona mal. El mundo es caótico y cruel, pero cuántas cosas cambiarían si llegáramos a entender la sencilla paradoja de que, aquí y ahora, somos todos uno, pero todo empieza desde cada uno de nosotros.

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