6.910 millas

Milla 0

Caes en Los Ángeles como una gota de lluvia en el mar. La extensión de las ciudades norteamericanas vuelve a aturdirte. Fluyes por el enjambre de autopistas en cualquier dirección mientras la ciudad te engulle en su juego de asfalto y semáforos. La esbeltez de las palmeras entre los edificios te recuerda a las ilusiones de lxs que vienen aquí a probar suerte. Te parecen irreales, casi estoicas cuando aguantan las ráfagas de viento en Venice Beach. ¿Quién piensa en las palmeras que se desploman sobre las calles de Los Ángeles? En este gran decorado se piensa en la muerte menos que en cualquier lugar del mundo. Caminan con aire invencible porque todo el mundo es inmortal en Sunset Boulevard. Pero las colinas observan las luces del tráfico en Hollywood Freeway y murmuran: “Nosotras seguiremos aquí cuando todas las palmeras hayan caído”. Solo unos pocos escuchan los susurros que ruedan por las colinas. Y algunos, conscientes de todo esto que nos rodea y que seguirá aquí cuando hayamos muerto, deciden actuar en consecuencia.

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Los Ángeles es carpe diem como ningún otro sitio, es el aquí y el ahora más vívido, es ven e inténtalo porque si no te arrepentirás para siempre. Lo ves en sus rostros cansados bajo el maquillaje, “estoy aquí y lo estoy intentando”. Es el olor efímero de las flores en Silverlake y las luces que titilan en el horizonte como un sueño o un espejismo desde Griffith Park.

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Un viernes por la tarde te lanzas al tráfico de la ciudad en un Jeep blanco y durante unas horas navegas entre la desidia cotidiana del atasco perpetuo de la Interestatal 5.

Milla 200

Llegas de noche a Joshua Tree y te sienta bien conducir sobre la doble línea amarilla. Apenas ves lo que te rodea pero sabes que no es un día cualquiera porque hoy ha llovido en el desierto. Despiertas en la cama improvisada de la parte trasera del Jeep y una capa de hielo lo cubre. Sales fuera y nunca has visto rocas así, ni hay árboles tan tortuosos como los de Joshua Tree.

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Conduces y una mina abandonada, conduces y un oasis de palmeras, conduces y cantáis Skinny Love. Las rectas se pierden en la distancia, parecen no llevar a ninguna parte.

Milla 333

Paras en mitad de la nada en Arizona, él quiere visitar a su padre por sorpresa. Vas a un bar antes del encuentro y entiendes de dónde saldrían los votos para Trump. Entras en la casa y su padre ni se mueve del sofá. Te perturba que no se den ni un abrazo tras tres años sin verse. Entonces recuerdas que tú llevas toda la vida sin ver al tuyo y optas por no juzgar. En la televisión los coches rugen en el circuito de Indianápolis. De las paredes cuelgan cuadros de Alaska con bosques, águilas, osos, renos. Los miras con atención buscándoles la belleza mientras ellos hablan de pesca y gente que no conocerás. Todo transcurre como un glaciar. Lento, gélido.

Te despides y subes al coche con el pecho encogido. Habláis durante horas sobre familia y distancia mientras el paisaje muta del marrón al verde, de rocas a árboles, de aridez a cumbres nevadas. Pero solo te das cuenta del cambio cuando, en una carretera de montaña, un ciervo cruza a grandes saltos justo por delante del Jeep. Lo ves a cámara lenta mientras reduces la velocidad. El impulso desde la montaña, los músculos en tensión al amortiguar el encuentro con el asfalto, las astas apuntando al cielo, los ojos que miran ese extraño ser blanco que se acerca, el salto grácil por encima de la barrera, la carrera perdiéndose en el bosque. Te quedas sin aliento, te ves como un intruso, recuerdas en bucle su mirada y sus movimientos. No entiendes qué significa esa casualidad pero te deja una sonrisa y los ojos borrosos.

Milla 638

Llegas de noche al Parque Nacional del Gran Cañón. Buscas un sitio donde aparcar y dormir, pero es un sueño inquieto. Te despiertas a su lado, le miras y subes a la montaña rusa en la que montaste al conocerle, arriba y abajo y vuelta arriba. Solo bajas de ella cuando duermes y ya son tres meses durmiendo con él.

Está amaneciendo y vas hacia el borde del Gran Cañón con los nervios del que va a dar un salto mortal. Siempre has querido verlo pero ahora estás a unos metros y no sabes qué esperar. Entonces el bosque acaba sin avisar y el sendero te arroja ante esa visión cruda. Una ráfaga de viento frío, como el que sopla alrededor, te sube por dentro y te obliga a coger una gran bocanada de aire para reanimar los pulmones. Pero la mente sigue congelada por la sensación de vacío o inmensidad o qué sabrás tú. Es inexplicable y te lo repites una y otra vez, “es inexplicable”. Caminas por el sendero que recorre el borde y las fotos nunca han sido tan en vano como ahora. El vacío del cañón se te agarra dentro y el cauce del río te erosiona como a esas paredes que tienes delante, te excava admiración y respeto y envidia por los pájaros que se adentran en él. Algo de ti se queda en el atardecer sobre el cañón.

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Pasa la noche y conduces hacia el oeste. La autopista es una maqueta, la ruta 66 te dice bien poco y miras la presa Hoover como si fuera de cartón. “Es inexplicable”, sigues pensando.

Milla 1.026

Paras a comer en Las Vegas y, espantado, sales de allí todo lo rápido que puedes entre edificios cada vez más dispersos y el desierto que rodea la ciudad.

Milla 1.300

Te gusta llegar a los sitios de noche, buscar dónde aparcar para dormir y llevarte la sorpresa al despertar. Amaneces en Death Valley y miras alrededor. Las montañas rodean el valle desértico hasta donde alcanza la vista. No te sorprendería que las rocas prendieran espontáneamente. Conduces a la cuenca Badwater, tan hundida en el valle que está por debajo del nivel del mar. Quizá por eso flotas sobre la sal.

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La pisas como si caminaras sobre la Luna. Le haces fotos en mitad de la llanura blanca y sabes que algún día lo lamentarás. Lo sabes porque está radiante, más guapo que nunca, aquí en “malas aguas”. Pero son días felices de correr entre dunas, de subir montañas y descubrir insectos, de dibujar acantilados y frenar ante los coyotes que cruzan la carretera. A quién le importa la veracidad de los espejismos en el desierto cuando son tan bellos.

Por eso sigues conduciendo, rodeando montañas, atravesando valles, escuchando a Ottis Reding y viendo el paisaje mutar bajo un sol radiante.

Milla 1.830

Asciendes expectante las montañas del Parque Nacional de las Secuoyas hasta que, por fin, aparecen los primeros gigantes ante el Jeep blanco. Sales del coche con la luz del atardecer y olvidas que el suelo existe. Solo puedes mirar hacia arriba. Algunos de los árboles que te rodean tienen hasta 3.000 años. Abrazas un tronco y te estremeces. Estás tocando un ser vivo que fue coetáneo de la Grecia clásica, que vio a las tribus nativas vivir durante siglos y a los europeos acabar con ellas en un puñado de años. Estás tocando la Baja Edad Media, el Renacimiento, la fiebre del oro en California. Caminas entre titanes y lees que los incendios refuerzan la salud de sus troncos.

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“Quemarse para fortalecerse”, te repites al día siguiente mientras conduces entre truenos injustos que su pecho expulsa.

Milla 2.251

En Los Ángeles, miras al Jeep blanco por última vez y tocas el cristal trasero, el que os vigilaba mientras dormíais. Devuelves las llaves y te sientas en la acera, desorientado, y así llegas a

Milla 2.650

San Francisco, donde ni notas que hay puentes o colinas o tranvías porque una mañana descubres con toda su densidad la niebla que envuelve a Alaska. Y te das cuenta de que no sabes nadar en ella, que no tiene suficiente masa para flotar o bucear, que te desconcierta y te bloquea. Prefieres los días despejados porque eres el Mediterráneo, prefieres el sol aunque ya no seamos albatros. Le pides que se vaya pero no tarda en volver con la mano tendida, “la niebla puede irse y verás cómo brilla el sol”, y te dices que quizá sí, que puede que acabe soplando el viento.

Milla 3.300 a 3.890

Pero ni siquiera te emocionas al cruzar el puente más antiguo de Portland, ni al ver el atardecer en Seattle, ni al acampar en el bosque junto a la frontera. Su niebla te ha envuelto y el viento no sopla. Y vuelves a Portland como un autómata, sin saber por qué sigues ahí. Por eso, una mañana de abril tras una noche de tormenta te vas con zancadas de gigante, oyéndole pero sin mirar atrás, y unas horas más tarde te ves en el aeropuerto reflejado en una máquina expendedora y piensas, “que salga el sol, ya es hora”. Y cruzas este país como un equilibrista en la cuerda floja.

Milla 6.790

El otro extremo de la cuerda está atado a algún rascacielos en Nueva York. Llegas a Brooklyn pisando tierra firme, como si llegaras a casa. Las llaves te esperan bajo la rueda de la bici porque ellos volverán tarde. Y al abrir la puerta te conviertes en un castillo de naipes que se derrumba sobre la alfombra. Aquí está tu familia en este lado y este sofá alivia cualquier dolor.

Te costará salir de su montaña rusa, pero ahí abajo ves a todos los que importan sonriendo y saludando con la mano, y sabes que acabarás por bajarte porque esta atracción ya no da más de sí. Miras dentro de ti y recuerdas ese sitio al que siempre has querido ir y, aunque tardas unos días en reunir fuerzas, una mañana subes al tren en Penn Station en dirección a

Milla 6.910

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La estación más remota de Long Island. Aquí venían Joel y Clementine cuando la luz brillaba en sus mentes inmaculadas. Algo les traía aquí pero no sabían por qué. Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Tú en cambio lo recuerdas todo: las ciudades, los bosques, las playas, el Amazonas. Pero vienes aquí solo y este lugar es solo tuyo. Como por azar, en la playa no hay un alma. Te sientas junto a un puñado de rosas que alguien ha dejado junto a sus recuerdos. Y escribes, por fin escribes. Las millas, la niebla y un vuelo de ida. El viento sopla y sonríes.

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