Cotidiano

Llegas a Nueva York sobre un cable de equilibrista y unos días después Timothy te lleva a Chinatown. “Vamos a hacernos una foto del aura”.

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La artífice de la foto comienza a hablar con acento oriental y no puedes dejar de mirar la gran trenza que le cae por el hombro derecho. “En este momento tienes un aura pequeña y eso no es bueno, pero la combinación de colores lo empeora. El rojo es energía vital y el hecho de que sea tan intenso indica que la estás usando toda para salir adelante tras un momento duro. No comes bien y tienes problemas para dormir, deberías centrarte en solucionar eso para tener otra energía que te permita no recurrir a la vital. Esa capa rosa que te cubre es una relación que se ha roto y no te deja avanzar. Haz deporte, ten una rutina. Cuida tus lumbares e intenta centrarte en lo que necesitas, no en lo que te obsesiona.”

Pasan las semanas y un día cualquiera alternas acera y asfalto al atravesar Bergen y St Marks. Entras en la lavandería y, como cada vez, miras la fila de asientos vacía pensando si alguien a punto de morir habrá dormido en ellos alguna vez. Esperas tu turno para recoger la bolsa diminuta de ropa limpia y recuerdas que Ann también se hablaba en segunda persona en Mi Vida Sin Mí. Tienes que parar de hacer lo mismo porque no eres un mero espectador. Esos pies ahí abajo se mueven por ti; las esquinas de Brooklyn revelan sus incógnitas cuando tus ojos las desnudan; son tus pulmones los que se colman de ciudad húmeda al cruzar el East River por cualquiera de sus puentes. Eres el que escribe sobre mí, el que existe e importa. Soy el que sigue surcando los últimos rincones del oeste desde las aceras irregulares de Nueva York.

Más de un mes en esta burbuja y ahí fuera el mundo gira. Los aviones en descenso hacia el aeropuerto de LaGuardia me lo recuerdan como un reflejo involuntario. Los oigo cada pocos minutos y, ensimismado en mitad de cualquier acto ordinario, me traslado y observo a los pasajeros desde el pasillo del avión. Abro la nevera y el asiento 7C se atusa la barba, indeciso por coger un taxi o el metro a casa cuando toque tierra. Muerdo la tostada y el 16D escribe las últimas líneas de su diario antes de cerrar los ojos para el aterrizaje. Busco ropa interior limpia y el 25E agarra con fuerza la mano del 25F. Un acto cotidiano tras otro, un avión tras otro.

Algunos días el despertador suena a las 4:50 y comienza otro día ondulado. Camino hacia el metro en los últimos estertores de la noche y vuelvo a la superficie con el amanecer inexorable. Bushwick a esta hora es la quintaesencia del paisaje neoyorquino.

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Soy el primero en llegar a la cocina industrial donde espera la mercancía. Me viene cierta satisfacción estúpida al encender las luces y pasear en silencio entre los estantes y las mesas. Cargo la furgoneta con las neveras repletas de repostería vegana y conduzco hasta el mercado que toca hoy. Al atravesar la autopista que bordea Brooklyn es inevitable una mirada de reojo a los gigantes de Manhattan donde los primeros rayos de sol se reflejan. Saludo a los otros tenderos y monto la tienda, el mostrador, los productos, las etiquetas. Durante unas horas soy un vendedor callejero y sonrío y comento ingredientes y deseo que pases un buen día y, con suerte, una propina. Los días de mercado curan como ningún otro. La sonrisa, al principio forzada, se hace omnipresente. Entro en el juego americano de las pequeñas charlas que restan importancia a la propia transacción. Algunas se extienden porque sí, y unas chicas que acabo de atender vuelven con un queso de cabra como regalo “por mi amabilidad y porque todos somos humanos”. Recojo el puesto y conduzco de vuelta como si hubiera ganado una beca en el olimpo de los vendedores callejeros.

Por la noche, Tim toca en el piano Air Music mientras guardo silencio a su espalda. Miro el trozo de pizza que sujeto con la mano, triangular por algún motivo histórico que desconozco, y lo elevo en el aire. Lo hago volar despacio por encima de mí, como los aviones que surcan Brooklyn, el piano sonando y las corcheas como las pasajeras de una avioneta de expedicionarias. Cierro los días con música y series y humanos de los que no abundan.

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Los humanos hieren y curan. Curan los libros con remite de Barcelona y los emails que acaban en “va-lien-te”; los paquetes que esconden pastillas para dormir y una bolsita con pelos de tu gato; los paquetes que traen queso y una carta; curan las videollamadas a tantos sitios del otro lado; cura la rutina, trabajar, leer en Prospect Park y hacer mía la ciudad; y, sobre todo, cura el 936 de Pacific St. y los tres seres mágicos que me acogen sin fecha límite, que escuchan y empatizan mirándome a los ojos, que ríen y abrazan y me dibujan, que me descubren las mejores pizzas de Nueva York y me llevan a jardines botánicos de cuento, o a ver a Bernie Sanders, o a algún rincón oculto de su interior donde hallo pócimas mágicas que guardo como tesoros.

Volver a Chinatown es inevitable. ¿Qué habrá sido de mi aura y qué será de ella en este final de etapa? Una artífice distinta, sin trenza y con más acento aún, me saca de dudas.

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“Es un aura grande y brillante. Eres de los que escuchan y empatizan con los demás. Estás en un proceso de recuperación de energía y, aunque aún tienes tus momentos, vas hacia arriba. Cuida tus lumbares y tu garganta. En un futuro próximo veo una línea de ruptura, un cambio grande. Y veo que dejas atrás lo que te preocupaba y que empiezas a pensar en los próximos pasos a dar. La energía es buena y en las siguientes semanas irá a mejor.”

Me gustaría posar las manos en sus hombros, mirarla de frente y decirle lo acertada que ha estado, lo mucho que he vivido y he superado, lo del vuelo a Europa, lo de los próximos pasos a dar. Pero me limito a darle las gracias, a despedirme de Timothy hasta la noche y a esquivar el caos de gente y tráfico en Chinatown. Con un remolino en el pecho y una sonrisa nerviosa, empiezo a caminar por Broadway como tantas otras veces. Sin embargo, quizá ésta sea la última.

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