¡Corre autonauta corre!

Acaba de llover en la isla de Ometepe. La enorme nube gris que se ha deshecho sobre el pueblo se descuelga del volcán como una burbuja que el viento mueve por el cielo. Son ya las cuatro de la tarde y llevo todo el día sin hacer nada excepto leer las noticias que me llegan de las elecciones. Harto de sondeos cojo la mochila y me voy a hablar con tres isleños.

-¿A dónde puedo ir a ver la puesta de sol?

-Agarra una moto y ve a la Punta Jesús María.

-No me gustan las motos. ¿A cuánto está?

-Son 6 km por la carretera.

-¿Se puede ir por la costa?

-Bueno, sí, hay un sendero que bordea, lo tomas desde la plaza de los camiones, al lado del embarcadero. Pero igual está lejos para caminar.

-Vale, gracias.

En mi cabeza imagino un sendero al uso, nada del otro mundo, solo un camino de tierra y árboles e incógnitas alrededor. Tardo un minuto en llegar a la plaza y veo el inicio del camino entre dos casas azules. Dos niños juegan con una pelota y al pasar me miran extrañados. “Es por aquí”, me digo. Detrás de las casas se abre una playa de arena negra cubierta de plantas que crecen tanto en la tierra como en los primeros metros de agua. No hay un sendero como esperaba, pero sonrío pensando en cómo cambia un concepto en dos mentes distintas. Me alegra haber venido por aquí, se puede caminar. Y en unos metros descubro que no estoy solo.

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Sigo y a la derecha las aguas del lago aparecen y desaparecen entre las plantas que crecen en la orilla. A la izquierda aún se ve alguna casa lejana, más humilde cuanto más avanzo, con la selva más cerca de sus cada vez más endebles paredes de madera. Poco a poco desaparece todo rastro humano y el sendero hace tiempo que ha dejado de ser un camino concreto. Sigo caminando sobre tierra oscura que alguna vez salió de uno de los dos volcanes de la isla. Camino y camino y noto que lleno los pulmones con más facilidad, que los árboles crecen en tamaño, que me he alejado de la costa unos metros pero que el sol me sigue acompañando a la derecha como un escudero luminiscente. Detrás de una pared de árboles encuentro un claro con una cabaña de madera y chapa rodeada de vegetación. Varios perros me ladran con más miedo que rabia y hay una fogata humeante en la entrada. Así espantan a los mosquitos aquí. El humo se dispersa por el claro y se convierte en bruma cuando inciden los rayos de sol que perforan los árboles.

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Continúo por un sendero, aunque en unos metros acaba sin avisar en un entramado de arbustos entre árboles muy altos. Creo que puedo seguir, voy a seguir. Me meto entre la maleza y me convierto en un gigante para la miríada de seres que huyen de mí: pájaros, lagartos, mariposas, insectos, libélulas… Las ramas de los arbustos me arañan las piernas en los primeros pasos. Quizá con zancadas más grandes… Quizá si voy más rápido…

Empiezo a correr. Apenas llevo diez metros y un escalofrío me recorre la espina dorsal. Joder, ¿por qué corro en realidad? No entiendo qué proceso químico acaba de ocurrir en mi cerebro pero estoy corriendo por la selva y es como si me hubiera multiplicado por mil. Noto miles de plantas que me tocan a la vez y veo animales pasar rápido y me gusta aunque no entiendo qué pasa pero la isla me detiene de golpe.

La selva se corta y tengo delante un claro de unos cien metros. El lago a la derecha, allí delante la selva espesa que sigue y a la izquierda… “Un momento…” Camino unos metros hasta la mitad del claro. ¿Estoy a los pies de una pista de aeropuerto en mitad de la selva con un volcán al fondo? Me río a carcajadas de pura incredulidad, me llevo las manos a la cabeza. No sé hacia dónde hacer fotos, hacia el atardecer sobre el lago, hacia la pared de selva en los márgenes del claro o hacia la pista y el volcán. “Mejor hago un vídeo, así se oirán los pájaros”:

Aún jadeo por la pequeña carrera pero ni me doy cuenta porque esta isla sabe cómo llamar la atención. Entonces caigo en la cuenta de que en un rato se irá el sol y si tardo no voy a poder volver por donde he venido. Tengo dos opciones: volver ya para que no se haga demasiado tarde… o seguir corriendo hacia la Punta Jesús María. “Total, siempre puedo encontrar la carretera de vuelta si se hace de noche…” No he terminado de razonar esa frase y…

Abro los ojos hacia el suelo me veo las piernas se mueven rápido no me hacen caso ¡estoy corriendo! el ritmo cardíaco y hostia un colibrí dejo de mirar al suelo esquivo las ramas sonrío corro y no miro atrás los ojos bailan entre la tierra y los árboles otra mariposa no me creía capaz de moverme así un lagarto me huye insectos me huyen un loro me mira una garza levanta el vuelo un charco que piso ¡claro que lo piso! acelero un ave negra que no conozco vuela a mi lado y otro arañazo respiro respiro respiro la mochila arriba y abajo el agua se agita esquivo más ramas el sudor de la frente llega al suelo y ya estoy a metros de esa huella y de repente soy el niño de Woodkid o un goonie o Max y monstruos y piratas y leyendas del sprint corren a mi lado me aúpan doy un salto y cierro los ojos veo guepardos panteras los abro y hay rayos de sol como estrellas fugaces piso hormigas giro la cabeza ¡lo siento! tropiezo una piedra sigo corriendo las ramas crujen y río como un loco ¡joder me multiplico! soy cien mil caerse no es un plan volar quizá y no sé cómo parar corro y ¡no quiero parar! no pienso en nada solo corro y estoy muy vivo y corro y vivo y mierda maldito manglar que me detiene EN SECO.

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Observo la muralla de vegetación como debían de mirar el muro de Berlín desde el Este. Miro al suelo y me apoyo en las rodillas. Cuántos años sin correr porque sí. Bebo todo el agua de golpe mientras encuentro la forma de salir de ahí. Apenas queda luz y vuelvo por la carretera empapado en sudor. Algún mosquito tomará como una invitación la boca entreabierta, pero me importa bien poco. La luz de los coches ilumina la sonrisa jadeante. Me duele la rodilla y voy lleno de arañazos pero qué más da. Hoy he vuelto a correr.

El triunfo del agua sobre el fuego.

Agua

Los buitres surcan el cielo en las montañas del norte de Nicaragua. La elegancia de su vuelo circular contrasta con la crudeza de su objetivo más que probable: el cadáver de un animal.

Olvin nos guía por el bosque de camino a un cañón, el de Somoto, que un río ha esculpido durante millones de años. El lugar suena a lejano, a remoto. La frontera con Honduras está a sólo unos metros ladera arriba. Camino detrás de él preguntándome hasta qué punto le caemos bien. Al fin y al cabo somos cuatro extranjeros que venimos a invadir un rincón asombroso que él conoce desde que nació. Me gustaría saber si le llena su trabajo pero no encuentro una forma educada de preguntárselo. Quizá sin cañón habría sido atleta, quizá habría lanzado el disco olímpico en estadios ante miles de personas. Pero el cañón le gusta, lo trata como a un viejo amigo al que ve todos los días, así que su trabajo quizá también. No nos explica gran cosa, pero conoce cada grieta en la pared. Lo poco que cuenta encierra mucho.

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Los cuatro adultos que le acompañamos nos convertimos en niños por unas horas. Veo aventura en el cañón, veo toboganes en los rápidos del río, veo trampolines en las piedras que Olvin señala como seguras para saltar. Por un rato olvido la sensación constante de que un accidente puede estar a la vuelta de la esquina. Desde que llegué a Nicaragua he tenido días malos, inseguros, con sobresaltos cada vez que hay un frenazo. Sé que no tiene por qué volver a pasar lo mismo, pero aquí conducen incluso peor que en Indonesia. Por suerte, el agua apacigua esa inseguridad con facilidad. La naturaleza me inspira más seguridad que la civilización, aunque el caos está presente en ambos entornos.

Olvin nos mira sonriente desde la distancia. Nos deja a nuestro aire. Solo interviene en nuestro patio de recreo para decirle algo bonito a Woodley, mi compañera de viaje por unos días, o cuando tiene algo que enseñarnos: un lugar para saltar, murciélagos que duermen en la pared del cañón, rincones donde descansar. Lanza piedras que rebotan treinta veces en el agua. Se desliza por el río como un pequeño tronco flotante y atrapa arañas gigantes para que las veamos de cerca.

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El agua es turquesa, las paredes del cañón son grises y las piedras en el lecho del río están pulidas por la erosión. Me dejo llevar por la corriente sin apenas moverme, boca arriba. Miro al cielo, reducido a un surco azul que asoma en lo alto del cañón entre árboles que crecen casi horizontales. Al rato salto desde una roca a 4m del agua y noto que el estómago me vibra al gritar en pleno vuelo. La gravedad me empuja hacia el fondo entre un remolino de burbujas y cuando salgo a la superficie todos ríen a pleno pulmón. Un grito épico, por lo visto. Olvin salta desde una roca a 20m y su cuerpo desaparece en el agua con un gran estruendo. Todos guardamos la respiración hasta que sale a la superficie con su sonrisa eterna y entonces le vitoreamos. El cañón es suyo.

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Fuego

La silueta de un volcán suele recortar el horizonte en cualquier punto del oeste de Nicaragua. Vuelvo al sur del país y la regla se cumple más que nunca. De camino a la ciudad colonial de Granada miro de reojo el volcán Masaya y le guiño un ojo. “Un día de estos te subo andando”. Paso varios días cogiendo fuerzas, disfrutando de las historias, la música y las sonrisas que Jonathan, Sebastian y Rachel comparten conmigo mientras nadamos, paseamos o comemos helado. Estar en su compañía me recuerda a estar con mis amigos de siempre en una noche de verano. Y en el tercer día entre amigos y casas coloniales decido que “mañana subo el volcán”.

Me acompaña Sebastian. Tiene 20 años y el pelo de punta. Es de Suiza, le gusta el surf y se ríe con las bromas sobre Donald Trump. Vamos a subir andando por nuestra cuenta, decisión que solo tomamos nosotros en el recinto del volcán en toda la mañana. Nos adelantan coches pero no nos cruzamos con nadie en el ascenso. Apenas hay sombra y los restos de piedra volcánica flanquean la carretera. Las rocas forman un paisaje irregular, casi puedo leer la palabra ÁRIDO en los rincones de sus aristas. El sol es inclemente, el fuego cae del cielo y sube desde el asfalto.

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Guardamos silencio gran parte del trayecto. Me pregunto en qué piensa Sebastian y busco la respuesta dentro de mí. ¿En qué pensaba yo con 20 años? Me pregunto si se cansa al mismo ritmo que yo y entro en esa espiral de dudas sobre la edad que comienza cuando pasas los treinta. Quizá se hace las mismas preguntas a la inversa. “¿Cómo de rápido me cansaré con 34?”

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Pienso en la lava que corre bajo tierra sin que se note en la superficie. Pienso en la rabia que acumula el planeta, en las fuerzas del caos, en la posibilidad de la erupción. Me asalta un temor repentino pero pasajero, estoy cogiendo práctica en el sano ejercicio de relativizar. Visualizo mis temores como lenguas de fuego que me recorren las venas, las arterias, los canales de energía, y que de vez en cuando encuentran un cráter en el espíritu por el que salir al exterior. El resto del tiempo ni se notan por fuera. Al final de una cuesta pronunciada se abre ante nosotros una de las cimas, la del cráter Nindirí, uno de los siete volcanes activos de Nicaragua, y es como encontrar la puerta al infierno.

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La columna de humo del cráter proviene de lava a escasos metros de la superficie. Me impacta presenciar algo tan profundo y primitivo. El olor a azufre satura los conductos respiratorios cuando el viento sopla en mi dirección. No puedo evitar sentirme pequeño, algo indefenso, pero el paisaje provoca más tranquilidad que nada. Subimos al cráter vecino, aún más alto pero inactivo, y recorremos el perímetro mirando al bosque que crece en su interior. Pienso en el manto verde como la piel regenerada del volcán tras las erupciones que lo marcaron. Sacudo la cabeza para desterrar la posibilidad de la catástrofe y aprieto el ritmo. Sebastian va por delante y aún no sé en qué piensa.

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El triunfo del agua sobre el fuego

El agua apaga el fuego. Lo sé desde que tengo uso de razón. He apagado cerillas en charcos de lluvia, he matado mil cigarros en los restos de una bebida, me humedezco los dedos para extinguir la llama de las velas. También sé que el agua enfría la lava aunque una parte se evapore. Sé que el océano nunca se acaba de surcar y que la tierra, antes o después, siempre acaba en una orilla. Sé que vivimos porque hay agua.

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El último día en Granada voy a la Laguna de Apoyo, un lago formado en el cráter de un volcán extinto. El agua aquí es templada y algo salobre, herencia de los minerales que un día manaban del centro de la Tierra. El lago reposa victorioso donde una vez hubo explosiones de gas y rocas incandescentes. Ahora es puro sosiego, hay un claro vencedor. Nado durante horas y quedo en paz con mis temores.

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Siempre busco el agua porque me calma. Pero debo recordar que yo solo puedo apaciguar mis miedos mejor que cualquier mar, río o laguna. Al fin y al cabo, soy agua en un 70%.

Giro al Centro

El ruido en la plaza es ensordecedor. Unos niños aporrean tambores mientras otros giran sin parar para que las figuras que acarrean cobren vida. Los vendedores ambulantes hacen sonar las campanillas de sus carros de bebidas, golosinas o helados. Cada pocos segundos estalla un cohete más o menos cercano, pero hay tal ruido ambiental que mi fobia ni se llega a activar. Las campanas de la catedral repican sin tregua y algunos edificios adyacentes están rodeados de puestos con motivos en honor a la Concepción de María. En cada uno suena música estridente que, más o menos navideña, canta a la virgen. Completan la imagen hordas de locales paseando por la plaza, mirando y dejándose ver, disfrutando de una de las fiestas más señaladas de su país.

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Estoy en Nicaragua. ¿Por qué? Sobre todo porque ya era hora de volver a coger colectivos atestados de gente hasta en los pasillos, de comer gallo pinto y plátano frito, de mirar de frente otra vez al Pacífico y de tener un volcán perpetuo en el horizonte. No puedo evitar pensar cada poco rato en 2009 y Rocío. Aquel año viajamos juntos por Centroamérica durante un mes. Fue mi primera aventura fuera de Europa y cada vez que la recuerdo sonrío.

Volé a Managua de madrugada y desde el avión vi el río de lava del volcán Momotombo, que había entrado en erupción el día anterior tras 110 años en silencio. Qué mejor recepción para una ciudad que apenas da más de sí. Al tráfico asfixiante, el calor y la contaminación se suma que un terremoto en 1973 destruyó todo su patrimonio, así que hay poco que ver. El centro de la ciudad sigue a día de hoy sin reconstruirse e incluso la catedral está aún en semiruina.

Pasé varios días aclimatándome al calor y explorando la ciudad. Si me tengo que quedar con algo de Managua, es sin duda con el Museo Nacional de Nicaragua. Está en el Palacio Nacional y, además de la fantástica explicación que me dio Damaris, una de las guías, el museo recorre los orígenes de la cultura nicaragüense, casi siempre desde un punto de vista precolombino. Me hubiera gustado saber más sobre la lucha indígena contra los colonizadores, la historia de la independencia del mandato español, la dictadura de Somoza o la revolución sandinista, pero el museo es más antropológico que histórico, así que me ha tocado leer por mi cuenta sobre todo ello. Aún así, algunos puntos del fondo expositivo son, por suerte, más comprometidos.

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Grabado que muestra una de las formas de masacrar de los colonizadores: el aperreamiento. Ni más ni menos, dejar que los perros se comieran vivos a los nativos rebeldes.

La ciudad de León es otra historia. Arquitectura colonial, fe, universidades y revolución. Ese sería el pequeño resumen de la ciudad. La plaza que describo al principio es la de la catedral, y todas las noches ruge con ese ritmo frenético. Esta semana es “La Gritería”, una festividad catártica donde los locales se dedican a tirar cohetes y a gritar a pleno pulmón a las imágenes de la virgen María que hay en cada casa a cambio de un caramelo. No puedo declararme fan de esta costumbre ruidosa y católica, pero en cierto modo tiene su encanto. Por suerte para espíritus laicos, León ofrece mucha historia y muchas historias. De todas ellas me quedo con dos que un local me acaba de explicar en la plaza, un cuento folclórico y un dato histórico.

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La Gigantona y el Enano Cabezón: la leyenda cuenta que una bella española de ojos azules embelesó a un jefe indígena con sus bailes, inteligente para unas cosas pero algo tonto para los asuntos del corazón. Fruto de este amor imposible, la Gigantona quedó condenada a bailar al ritmo de los tambores cada vez que estos sonaran y el Enano Cabezón le canta unas estrofas cuando el ritmo cesa. La historia es terrible y creo que al chico se le escapa algún detalle, pero cada país con sus leyendas.

La masacre estudiantil de 1959: los estudiantes de León se manifestaban a causa de otra masacre política cuando uno de los Somoza, el clan de dictadores que gobernó Nicaragua durante décadas, mandó acallar la protesta a disparos. Cuatro estudiantes murieron y hubo muchos heridos. Aquello fue el germen de la lucha revolucionaria dentro de la universidad, y muchos de los entonces estudiantes acabarían siendo los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional veinte años después. La ciudad de León aún alberga murales en recuerdo de sus mártires.

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Me voy a dormir pensando en cómo sería este país, o toda América, si la historia hubiera sido distinta, si Nicaragua no nos hubiera sufrido a los españoles con nuestras masacres y enfermedades diezmando a la población nativa, si no hubiera sido salvajemente cristianizada, si no hubiera tenido que luchar por su independencia y su identidad en el siglo XIX, si la dictadura de los Somoza no hubiera existido y Estados Unidos no la hubiera apoyado. Quién sabe cómo sería este país, o toda América, si hubiera podido elegir su propio camino.

Me voy a dormir en otro país pensando en mis propios miedos y en los caminos nuevos, en Rocío, en mi voto, en las olas del Pacífico. Me voy a dormir pensando en mañana pero no en pasado mañana, en los sueños probables y las pesadillas, en los aciertos y las carencias. Me voy a dormir respirando al ritmo del ventilador que apacigua el calor. Me voy a dormir en Nicaragua y a dejar de pensar por hoy, por fin.

El bosque inundado

Son las doce del mediodía y Nic vuelve cansada de trabajar, pero en sus ojos hay cierto brillo, una estrella reflejada en el agua oscura de su pupila. Camina rápido por casa, se enfunda unas botas de agua, Bruno comparte su agitación. Hoy, mi último día en esta región del Oeste, vamos a remar a los bosques inundados.

Luisiana está cubierto de zonas pantanosas, canales, lagos y bosques de inundación que laten al ritmo del Delta del Misisipi. Si el río inspira, las llanuras se inundan; si el río espira, se inundan menos. El sistema tiene miles de kilómetros de zonas navegables conectadas entre sí por canales artificiales y naturales. Abundan los bosques de inundación donde habitan cientos de especies de aves, anfibios, peces, reptiles y mamíferos. Es uno de los ecosistemas más ricos del país.

La canoa duerme en uno de los laterales del patio. La han mencionado varias veces, pero no había reparado en ella. Me costaba entender el concepto de tener una canoa de cuatro metros en el patio de una casa, pero sí, allí está. Bruno y Nic la levantan en peso y, de repente, me asalta la imagen instantánea de dos nativos americanos portando a hombros su canoa hace cientos de años, quizá en el mismo punto donde ahora se abre esta calle de Nueva Orleans. En unos segundos ya descansa encima del coche. Mis intentos por ayudar son inútiles, ellos saben lo que tienen que hacer. Les observo mientras la sujetan con cuerdas, y su forma de colaborar, pacífica y equitativa, me da seguridad.

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Los últimos suburbios de Nueva Orleans acaban abruptamente cuando el lago Pontchartrain decide cruzarse con la carretera. A partir de ese momento, volamos por encima de zonas húmedas. A lo lejos el perfil del horizonte se corta con agujas que expulsan humo y fuego. Es tierra de petróleo y refinerías. También es tierra de aves. Nic murmura mientras conduce mirando al frente: “Hoy quiero ver un búho”.

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En menos de una hora llegamos a una carretera jalonada por humedales. Veo la canoa sobre el coche, rodeada de bosque, y ahora me recuerda a la cresta de los nativos que habitaban esta zona. La veo esperándonos junto al agua y se me dibuja una sonrisa a medio camino entre la impaciencia y el respeto. La zona es hábitat de caimanes, pero llevamos alcohol, así que a quién coño le importa.

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Nic rema delante, Bruno detrás, yo en el centro. El canal aún es amplio, la orilla se ha perdido en la distancia y el ruido de la autopista que acabamos de atravesar por debajo se va disipando. Es pronto pero la luz es tenue, de un gris plomizo. Hay cierta carga eléctrica en el ambiente que se mezcla con nuestro ánimo. El resultado es una emoción difícil de describir. El cielo amenaza con lluvia, pero hay una calma tensa.

Empieza a llover y, empapados, decidimos refugiarnos bajo la autopista. Por suerte está cerca y aún nos queda bebida. Nos vemos pequeños entre los pilares de hormigón y el sonido del tráfico invisible impresiona. Son las entrañas de un monstruo sin vida pero humano en esencia. “Cuánto esfuerzo habrá costado construir esto. Si las personas reunieran toda su energía para ayudarse y construir otro tipo de cosas, imagínate de lo que seríamos capaces”, dice Bruno. Otro tipo de puentes, pilares de otra clase. Dándose cuenta de la utopía, Nic arremete entre risas contra la autopista lanzándole agua, como cuando Niki de Saint Phalle disparaba balas de pintura a los lienzos.

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La lluvia cesa y volvemos a introducirnos en la llanura inundada. Nic rema sin parar de observar, a un lado y a otro, oteando las copas de los árboles en busca de su objetivo: encontrar un búho. Como una nativa hace cientos de años. Como una auténtica detective hoy. El agua es densa, oscura, inquietante. El extremo del remo desaparece cada vez que la toca para impulsarnos. El agua aquí es una incógnita en sí.

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El canal se estrecha y las orillas se nos acercan poco a poco. Los árboles, fantasmagóricos, adquieren su tamaño real. Incluso los que están muertos transmiten algo imponente. Remamos durante mucho rato, sin relojes, apartando los troncos hundidos a nuestro paso. Miro atrás y veo el rastro que dejamos entre las plantas acuáticas. Al rato vemos un surco entre el manto verde que cubre la orilla, como si otra canoa se nos hubiera adelantado. “Un caimán ha pasado hace poco”, aclara Bruno. “Tranquilo, nos tienen más miedo que nosotros a ellos”.

Miro a los lados constantemente, intentando grabar cada segundo en mi memoria. No sé si soy yo el que observa al bosque o es el bosque el que me vigila. Las orillas nos contemplan impasibles. Me aturde la sensación biológica de estar rodeado de vida. Imagino a los caimanes escondidos en la orilla, quietos, observando ese extraño gigante de tres brazos al que es mejor no acercarse. Los peces en el agua apartándose ante esa masa misteriosa sin aletas ni cabeza. La canoa es un disfraz y un refugio.

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Hace rato que vamos en silencio. Apenas puedo girarme hacia Bruno porque hasta el movimiento más pequeño nos desestabiliza, pero no pierdo de vista a Nic. Escruta incesantemente los árboles, a pesar de que la luz empieza a escasear. Quizá vaya siendo hora de que volvamos, aquí la fauna es nocturna, pero de repente suena un búho a lo lejos. Nic hace un gesto de alerta y nos pide “cinco minutos más, quiero ver uno”.

Seguimos remando. Solo quiebra el silencio el graznido de un pájaro o el agua salpicando los remos. Avanzar es cada vez más complicado, Nic se emplea a fondo para apartar los troncos flotantes. Y entonces, justo cinco minutos después, su brazo se estira hacia el bosque con el dedo índice señalando un punto concreto. Allí está, lo vemos a lo lejos durante unos segundos. No hay suficiente luz para percibir sus ojos, pero la silueta de un búho es inconfundible. Guardamos un silencio sepulcral con el cuerpo en tensión, como si el mundo se hubiera detenido, pero la inercia de la canoa nos sigue moviendo y lo perdemos de vista. Volvemos a remar sin dar la vuelta, no podemos creer que ese búho estuviera ahí para nosotros. Nic comenta y Bruno comenta y yo comento y nos atropellamos los comentarios para unir lo que estamos sintiendo los tres, la meta alcanzada, la pura vivencia compartida.

Pero el bosque es sabio. El bosque sabe premiar a los que se esfuerzan por comprenderlo, a los que navegan sin rumbo solo por admirarlo. Por eso, apenas dos minutos después y aún con el búho clavado en mi retina, el bosque se abre ante nosotros tras un recodo y nos brinda algo más, aún más. Nic nos avisa con un susurro entrecortado y el tiempo se congela.

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Un árbol imponente, espectral y coronado con un águila. El águila de cabeza blanca, el águila calva. El ave sagrada de los nativos americanos, la que este país adoptó como ave nacional. Ahí está, imponente, mirando a tres humanos paralizados, tolerando nuestra presencia en su territorio. Un dios antiguo de la naturaleza, el dueño auténtico de estas tierras. Un águila calva en el último día de mi primer round en Estados Unidos.

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En el camino de vuelta a Nueva Orleans me sorprendo sonriendo en silencio. Algún rincón impreciso de mi cuerpo que hasta hoy era un lienzo en blanco es ahora la imagen de un águila contra el cielo gris en el bosque inundado.
Me voy un tiempo a surcar otras partes del Oeste, pero no tardaré en volver a buscarte, águila de cabeza blanca. Te lo has ganado a pulso.

God bless you, boy

El choque del avión contra la pista nos pilló a todos por sorpresa. Mi pasaporte salió volando y aterrizó tres asientos por delante. La sacudida duró un segundo hasta que el avión se estabilizó. Cuando pude recuperar el aliento, miré a través de la ventanilla y noté algo distinto, más salvaje.

Todavía con el corazón a mil, salí de la terminal y dos sorpresas me pillaron desprevenido. La primera, el clima de Nueva Orleans. Aún vestía todas las capas que Chicago requería. Iba pensando en quitarme ropa y de repente reparé en él. La segunda sorpresa fue Bruno y su cartel.

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De nuevo seres mágicos que me conectan con otros seres mágicos. Esta vez los de Nueva York con los de Nueva Orleans. Bruno y Nic, limeño y neoyorquina, risueños, activistas, queer. Ya esa primera noche me cuesta creer mi suerte, es amor a primera vista.

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Giro al sur y todo cambia. La quintaesencia aún es norteamericana, pero la gente, las casas, los árboles… La energía es distinta, eléctrica, la luz adquiere un matiz multicolor, las frases son más fluidas, los gestos menos serios. Los primeros días aquí percibo un ambiente familiar, un calor con el que crecí, palmeras que siempre me han sido cercanas. Como si ya lo conociera. Quizá sean las nubes corriendo rápido, quizá la humedad. Quizá es que el Este ha venido a verme.

Desde que la conozco, Isabel siempre ha querido viajar a dos sitios: Nueva Zelanda y Nueva Orleans. El primero no era una opción, pero el segundo estaba en las quinielas desde el primer momento, y apenas le costó presionar el botón de comprar vuelo en cuanto le dije fechas concretas. Llegó cargada de planes y pasamos una semana juntos llena de estímulos, repleta de esas risas que solo 15 años de amistad pueden provocar. Ver Nueva Orleans a través de sus ojos y a un ritmo distinto al que acostumbro me ha dado otra perspectiva, como contraste a todo este tiempo viajando solo.

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Inevitablemente, con ella también viene el Este, los recuerdos, las añoranzas, alguna disyuntiva. Esa división física de la visión espacial, mirando hacia dos direcciones opuestas al mismo tiempo, me deja algo colapsado. Pero el sabor final es el de un recuerdo bonito, un paréntesis que siempre será nuestro paréntesis en Luisiana y que guardaré como un tesoro: Isabel y el autonauta en Nueva Orleans, el bayou, Friendsgiving, Siberia, la purpurina, las carreras de caballos con Bruno, Nic y los demás.

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Vuelvo a mi realidad un tanto agotado. Me cuesta abrir los ojos y ver con claridad dónde estoy sin pensar demasiado en el Este. Nic y Bruno lo notan y despliegan chalecos salvavidas a mi alrededor. Vamos al cine, cocinamos, paseamos por el bosque, subimos al punto más alto de Nueva Orleans. Me enseñan lo que es una second line. Bailo y salto y canto letras que no me sé.

A pesar de los turistas, de la imagen manida del barrio francés y de los mitos de la ciudad, Nueva Orleans es un sitio humilde, lleno de contrastes, aún con rastros del Katrina, a veces peligroso, alegre, elegante, decadente. Refugio de músicos, aquí las horas se cuentan en litros de alcohol. Aquí aún se sonríe. Es una fuente inagotable de situaciones únicas.

Espero el tranvía un rato largo junto a un semáforo. En él, un hombre de mediana edad sujeta un cartón de cara al tráfico donde se lee una escueta declaración, “veterano de guerra en apuros”. Los conductores no apartan la vista de la luz roja para mirar su pequeña frase de auxilio. Es uno de tantos, de las decenas de miles de militares que este país exprime en conflictos injustos y después tira a la basura cuando ya no los necesita. Al menos él no está mutilado, pero su cara muestra cansancio. Muchas horas al sol y muchos tubos de escape. En un momento dado cruzamos las miradas y me sonríe. “Es increíble lo que te pareces a mi hijo”, me dice con acento de Texas y una palmada cariñosa en el hombro. “Es policía, es un buen chico”. Cruzamos varias frases, le sonrío. Me mira con ternura. “Eso está bien, chico, eso está bien. La frustración solo trae frustración, pero una sonrisa siempre trae otra sonrisa. Créeme, sé de lo que hablo”, me dice mientras vuelve junto a sus cosas y despliega su cartel de nuevo. Aguanto la emoción como puedo. En quince minutos nadie le ha dado ni un dólar. Al cabo de un rato recoge sus cosas con desánimo. Es la retirada de otra batalla diaria perdida. God bless you, boy, se despide antes de alejarse. Yo, que evito esos términos, le deseo un buen día.

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Admiro tu carácter dual, la dureza y la delicadeza, la vida fácil y difícil. Creo que te entiendo, Nueva Orleans. Entiendo las tormentas que lo inundan todo, los muros de contención que fallan e inundan las zonas más vulnerables. Entiendo tus carencias y lo difícil que es mirar hacia dentro, comprender la esencia propia para reconstruirse a partir de cero. Entiendo las heridas, las cicatrices, los cuervos graznando en la distancia. Y entiendo que cuides sin rencor de tus lagunas y tus árboles, cuyas raíces beben del agua que un día casi te ahoga.

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Te entiendo, Nueva Orleans. Goonies never say die!

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Aceras manchadas de sangre

En el último año y medio he caminado más que en los anteriores 33. Caminé en Barcelona, caminé en Cartagena, caminé durante semanas hacia Compostela y luego caminé por Europa en buena compañía.

Intento hacer lo mismo en esta región del mundo pero, a veces, es humanamente imposible. Me cuesta adaptarme a las distancias aquí. La dispersión urbana ha marcado el carácter de la ciudad norteamericana en muchos sentidos: la dependencia del coche, el escaso transporte público, la nula inversión en elementos urbanos y las largas horas invertidas en atascos.

Chicago no es una excepción. Sam, una amiga que acogí en Barcelona y que ahora me devuelve el favor, vive en Lakeview, a 10 kilómetros del centro. A pesar de la distancia enorme, he intentado caminar casi siempre, aunque he cogido el metro varias veces solo para disfrutar de las vistas desde las vías elevadas.

Reconozco que estos días he estado en mi mundo y no le he prestado demasiada atención a la ciudad. Sin duda influye la acumulación de estímulos de los últimos meses. A veces vago mentalmente por Detroit, a veces por Canadá, a veces más lejos. En Chicago también he pensado mucho en el Este.

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Influye la visita que he hecho al consulado español de la ciudad para pedir el voto por correo. Hay días que miro noticias de allí y se me quitan las ganas (de votar, de volver, de luchar). Con distancia se ve mejor el filtro franquista que aún lo impregna todo, la escasa cultura democrática, la podredumbre del sistema.

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Unos dirigentes impuestos, no elegidos

No, me niego. Mejor borro este párrafo sobre esa broma de Estado y continúo.

Los últimos atentados también han llamado mi atención hacia el Este. Sam comparte piso con su hermana Emma y con Rafi, un estudiante libanés. Ver a través de sus ojos la escasa repercusión que ha tenido el ataque en Beirut en contraste con el de París ha hecho que me hierva la sangre.

Sangre, qué concepto. La sangre se vierte y la sangre hierve. Se suda, se derrama. Charcos de sangre en las aceras de París, de Beirut, de Raqqa y de tantos otros sitios. La misma sangre que mancha aceras injustamente, ¡es la misma sangre!

Recuerdo la noche que ganó Obama. Me quedé despierto hasta las 7:00 de la mañana para oír su discurso. Lo pronunció aquí, en este preciso punto del Millenium Park de Chicago.

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Recuerdo la esperanza inicial después del fatídico Bush, las promesas de cambio, de que otro modelo era posible, y recuerdo que aquello solo me duró unos días. Pronto me di cuenta de que no iba a cambiar nada, que solo iba a ser una gran decepción, que aquel incomprensible Nobel de la Paz solo iba a ser más incomprensible aún con el paso del tiempo.

Ahora miro Chicago desde el Millenium Park y lo que veo son aceras manchadas de sangre. Sangre igual de roja y densa en París, en Beirut y en Raqqa, sangre anónima que no es otra cosa que sangre injusta, que no importa dónde se derrame porque siempre es la misma sangre.

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Es la misma sangre.

Detroit, o todo lo que podría ir mal

Cuando Diego Rivera pintó los 27 murales del Detroit Institute of Arts entre 1932 y 1933, Detroit era la quinta ciudad más grande y rica de Norteamérica. Atraía a trabajadores de todos los rincones del país y era el epicentro mundial de una industria que se creía invencible: el automóvil. Alrededor de las fábricas de Ford, Chrysler y General Motors, The Big Three, floreció una industria auxiliar y de servicios que contribuyó a alimentar la leyenda. Detroit alcanzó su cénit con la Segunda Guerra Mundial y la industria asociada a la maquinaria bélica.

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Llegaron los 50 y, pobre Motor City, el sueño comenzó a difuminarse. En las décadas anteriores los obreros habían sabido organizarse en sindicatos fuertes. Las Big Three, buques insignia de un capitalismo salvaje que ya despuntaba, decidieron entonces deslocalizar la producción hacia México, Canadá u otras partes de Estados Unidos con mano de obra más barata. Las fábricas en Detroit despidieron a miles de trabajadores y así se debilitó a los sindicatos. Es decir, la misma estrategia inhumana y codiciosa que hoy día sigue toda multinacional.

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La deslocalización afectó en gran medida a los obreros afroamericanos que, huyendo de un Sur donde se les maltrataba sistemáticamente, habían llegado a Detroit en las décadas anteriores en busca de trabajo en la industria del motor. La ciudad ya vivía una dinámica en la que los blancos, asociados a mejores trabajos y con más posibilidades de tener coche propio, abandonaban poco a poco el centro para irse a los suburbios. Si un afroamericano intentaba mudarse a esas ciudades satélite, se le echaba a patadas. Atrapados en determinadas zonas, su situación empeoró cuando Detroit dejó de invertir en transporte público para construir autopistas hacia los suburbios blancos, sin tener en cuenta que esas moles de hormigón dividían y aislaban sectores enteros de población negra. En los años 60 llegaron las protestas sociales y los disturbios, y los blancos que quedaban acabaron por marcharse lejos del centro de Detroit. Los escasos esfuerzos municipales por revertir la situación no dieron resultado y muchos barrios quedaron a merced del abandono institucional. La crisis del petróleo en los 70, la competencia de la industria del motor asiática y la propia crisis mundial del automóvil acabaron por rematar la situación de una ciudad ahogada en deudas y problemas.

En 1950 Detroit tenía 2 millones de habitantes, 85% blancos y 15% negros. En 2010 quedaban menos de 700.000, 85% negros y 15% blancos. En 2013 se declaró en bancarrota. La población, prácticamente abandonada a su suerte, es hoy día víctima de las mayores tasas de desempleo (23%), delincuencia (10 veces más asesinatos que en Nueva York) y pobreza (un 35%) de todas las ciudades de Estados Unidos. El 60% de las parcelas están vacías o en ruinas. Y nadie hace nada.

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Detroit aparece fantasmagórica desde el lado canadiense. Al cruzar la frontera, la estampa no mejora. Imagino que es el día, que está a punto de oscurecer, que a ninguna ciudad le sienta bien la lluvia. La autopista semivacía en supuesta hora punta tampoco ayuda.

Me acoge Meiyi, ciudadanx del mundo que no se identifica con lugares o géneros por decisión propia. Tiene una fuerza abrumadora; se mueve, habla, ríe, incluso asiente con firmeza. Sabe escuchar como si fuera toda una audiencia. Y es valiente. Hay que serlo para vivir aquí por elección propia, en una ciudad dividida, en una zona degradada, a tres calles de una zona abandonada. Por eso sus frases me calan hondo. “No salgas de noche”, “Evita el transporte público”, “Por este barrio no pases. Ni por este, ni por este”, dibujando el mapa como un tablero de ajedrez.

Amanezco en Detroit con un sol inusual para esta época del año y decido coger el autobús al centro. No noto tanta inseguridad, pero no dejo de recibir miradas de extrañeza. Es una hora y cuarto de trayecto, y me cuesta que los ojos no me salten de las órbitas. De repente se abre ante mí la realidad de Detroit. Era verdad: hay barrios enteros abandonados, casas destrozadas aún con muebles, otras derruidas cuyos techos recrean formas perturbadoras, calles donde apenas quedan una o dos en pie. Lo que llaman “pasto urbano” tiñe las calles de un verde paradójicamente esperanzador. Cuesta imaginar familias haciendo barbacoas los domingos, niños en bici, estampas suburbanas.

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No sé qué esperaba, quizá que las historias, los artículos, las fotos sobre la decadencia urbana fueran otro mito americano exagerado. Pero vaya si existe. Y es capaz de dejarte exhausto en apenas hora y cuarto.

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Llego al centro inquieto. La brutalidad que destilan algunas zonas me ha impactado. Sin embargo, en el downtown hay cierta regeneración urbana, incluso con algún rincón gentrificado, aunque siempre ligado a clientela o residentes mayoritariamente blancos. Si esta ciudad ya es obscenamente desigual en cuanto a reparto de la riqueza, el futuro podría ser aterrador, con barrios-isla aún más acentuados que hoy día.

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A pesar del pequeño boom inversor, el centro de Detroit aún guarda escenarios como el Michigan Theatre, que pasó de sala de espectáculos para 4.000 personas a aparcamiento y, curiosamente, se encuentra en el edificio donde Henry Ford creó el primer automóvil. Mike, el conserje, acepta llevarme al tercer piso a cambio de $5. Imagino que lo hace con todos los curiosos que quieren verlo. Me explica que a veces caen casquetes del techo. Miro arriba, los grabo, y no me extraña que disparen casquetes:

Techos monumentales que una vez acogieron grandes expresiones artísticas, ahora abandonados por la misma humanidad codiciosa que los construyó, enfrentados sin remedio al asfalto y cruelmente condenados a ver su decadencia reflejada en los techos de los vehículos que cobijan. Cualquiera atacaría esos espejos infames aunque implicara descomponerse poco a poco.

Recorro el semidesértico downtown y sus edificios imponentes, unos abandonados y otros a medio gas; hay calles y autopistas sobredimensionadas para el escaso tráfico que las transita. Almuerzo en Greektown, paseo por el río y, antes de que oscurezca, voy a ver otra de las grandes olvidadas de Detroit, la que una vez fue Estación Central de Michigan.

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Para mi sorpresa, los propietarios han decidido instalar cristales para proteger el interior. Y ya está, porque no piensan hacer nada con ella, no hay un plan de rehabilitación, no hay nuevos trenes en el horizonte. Solo unos cristales y porque clamaba al cielo que no los hubiera. Nada más. Simplemente no les interesa, como con tantas zonas y personas de esta ciudad. Simplemente, no interesan.

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Por la noche reflexiono sobre Detroit. “Pobre Motown, en qué te han convertido”, me repito. Eres tan triste como las canciones que Sixto Rodríguez compuso en tus calles, tan olvidada como los años de fama que nunca tuvo.

Al día siguiente vuelve a amanecer nublado. Me despido de Meiyi con promesas de volver a vernos. Cargo con la mochila en dirección al Detroit Institute of Arts para ver, sobre todo, los murales de Diego Rivera antes del bus a Chicago.

Y le digo: Detroit, no quiero visitar ninguna más de tus ruinas. Quiero contemplar todo lo bueno que ofreces. Admirar tu pasado, todo lo que tus obreros consiguieron. Desearte que alguien un poco más humano, quizá de otro planeta o de otro milenio, cuide de tus heridas y tus enfermos. E irme antes de que notes mi temor a que seas la antesala de lo que podría estar esperándole a este mundo enfermo a la vuelta de la esquina.

Toronto en tres actos

Primer acto: por dentro y por fuera

Abrí los ojos-telón y tras la ventanilla del autobús desfilaban los rascacielos del distrito financiero de Toronto. De nuevo gigantes de vidrio y acero al más puro estilo norteamericano. La Ville Reine según los francófonos, el gran centro financiero y comercial de Canadá. Un lugar frío y caro donde debes dejarte la piel trabajando, pero también una de las ciudades más diversas del mundo. Lo noté en el mismo instante que pisé la calle de camino a casa de Robert, y esa diversidad ayudó a templar la primera impresión gélida que tuve de ella. 25 minutos a pie en los que miré ojos diversos, rasgados, grandes, oscuros, azules, turbios, tristes, expectantes. Me gustan las ciudades con todos los tipos de ojos.

Por dentro, Toronto es grande, relativamente segura e interesante. Hay un barrio para cada nacionalidad: Little Portugal, Little Korea, Little India… Hay zonas industriales reconvertidas en centros culturales, como el Distillery District. Hay vida de noche y, por suerte, hay extrañas olas de calor en noviembre.

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Robert me llevó al día siguiente a Ward Island, un pulmón prácticamente salvaje a solo un paseo en ferry del downtown. Es un rincón que ha esquivado la especulación inmobiliaria gracias a la lucha de sus pocos habitantes desde hace décadas.

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Solo hay una zona con unas cuantas casas que llevan ahí más de un siglo, y hay una estricta lista de espera para poder habitarlas. El resto es pura naturaleza. Gracias, habitantes de Ward Island.

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Segundo acto: artes escénicas en Toronto

Robert es muchas cosas, entre ellas un gran bailarín de danza contemporánea. Le he visto bailar todos los días en casa, pero también sé que es bueno porque cada noche le llegaban entradas para algún espectáculo de danza y, una vez allí, todo el mundo le decía “quiero volver a verte bailar”.

El circuito de danza en Toronto parece algo endogámico, como el teatro alternativo en Barcelona. La mitad del público está relacionado directa o indirectamente con la danza. Eso no impide que la escena sea bastante efervescente, aunque “donde de verdad se mueve el tema es en Montréal”. He escuchado esa frase varias veces. Ay, Montréal, no me dejas olvidarte.

Me impactó Echo, un montaje de diez bailarines vestidos con una falda de inspiración militar y botas también militares. La coreografía me dejó con la boca abierta: movimientos a veces orgánicos, como si fueran una manada de animales luchando por el territorio, por aparearse, por liderar a los demás; y a veces completamente rotundos, cortantes, marciales, piruetas que acababan de forma brusca en una parálisis absoluta, por un segundo la inercia convertía las enormes faldas en el único elemento dinámico del escenario.

Otra noche vimos una performance de Rosé Porn que, aunque me resultó el típico “ejercicio artístico” inútil y pretencioso, incluía ingredientes como una nave industrial y música electrónica ensordecedora, así que al menos bailé.

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Otra noche fue Eunoia, un ejercicio creativo multidisciplinar en el que un grupo de bailarines, algunos de Montréal (suspiro), bailaban en cinco actos, cada uno dedicado a una vocal, mientras recitaban textos creados solo con palabras con esa vocal. Sonoros focos mohosos rotos por osos homos. Algo así pero con estilo.

Tercer acto: el talento

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Imagina que tuvieras la capacidad de volar alrededor del planeta sin cansarte. Verías pasar 7.000 millones de humanxs bajo tus alas. Si aterrizaras en una calle aleatoria de una ciudad cualquiera, es muy probable que a escasos metros viviera un gran pianista, o una gran escritora, o una gran fotógrafa. Quizá esa persona ni lo sabría, quizá no tendría recursos para descubrir su potencial, o quizá habría acabado detestando su pasión por culpa de una educación demasiado estricta. Lo que es seguro es que en cada calle de cada ciudad del mundo hay gente con talento, por desgracia muchas veces oculto.

Robert tuvo la suerte de poder desarrollar su talento desde pequeño. Con 15 años componía música electrónica, y Aphex Twin habría palidecido. Con 20, música clásica. Por desgracia, una educación musical de primer nivel le acabó dejando exhausto. Dejó de componer. Pero aprendió a expresarse con su cuerpo, y resultó que se le daba bien. Creo que tiene tal sensibilidad que podría controlar fácilmente cualquier forma de expresión artística. Por suerte, está haciendo las paces con la música. Desde que volví a verle tocar en Toronto, cruzo los dedos para que un día cualquiera algo le devuelva las ganas de componer. Quizá sea una ráfaga de aire fresco en verano, o una voz interior mientras mire un árbol de Allan Gardens, o un chico que le llegue dentro y le susurre palabras de amor. Lo que sea, pero que las ganas le vuelvan.

Solo puedo ofrecer una pequeña muestra de lo que hablo gracias a un fortuito piano callejero que le animó a tocar una pieza que compuso hace años. Robert, no prives al mundo de esto:

El road trip de los trillizos hacia un fenómeno natural

A pesar de las terroríficas caretas que llevaban, cuando Timothy y Josh aparecieron por sorpresa en la fiesta de Halloween, alguien que no les conocía dijo: Juan, il y a deux comme toi!, es decir, “¡hay dos iguales que tú!”. No es la primera vez que nos dicen que nos parecemos, ya en Nueva York alguien nos llamó trillizos. No sé hasta qué punto el parecido físico es cierto, pero es verdad que nuestro sentido del humor viaja por la misma amplitud de onda y que con ellos todo es fácil, todo fluye por el mismo cauce.

Salimos de Montréal varios días después en dirección al oeste, sin un destino concreto. El propósito era encontrar un bosque para pasear y una cabaña donde dormir de camino a Ottawa, donde al día siguiente yo me quedaría y ellos volverían a Nueva York. Llevábamos apenas media hora de trayecto y, desde la parte de atrás, escuché a Timothy explicarle a Josh que Laval es una isla residencial pegada a la de Montréal. En secreto, disfruté de ese momento íntimo de pareja, una explicación trivial y cariñosa al mismo tiempo. Me resultó familiar, algo reconocible que yo también viví durante unos años en la única relación seria que he tenido. Me trajo buenos recuerdos.

Las caretas de Halloween fueron adquiriendo protagonismo a medida que corría el cuentakilómetros. Estuve a punto de bajarme en una gasolinera con una de ellas puesta, lo que podría haber causado más de un ataque de histeria y alguna que otra llamada a la policía.

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Después de preguntar en un remoto pueblo quebequés, nos dirigimos hacia una zona con varias rutas para hacer senderismo. Por fin un poco de bosque, lejos de ciudades y humanos, con la única compañía de dos seres mágicos que, caminando en silencio a mi lado por un bosque canadiense, me transmitían paz y confianza. Incluso con las caretas, lo único que desprendían era luz.

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Durante varias horas nos deslizamos por el tapiz de hojas secas pisando otoño, escuchando el latido caduco de los árboles desnudos. Algún pájaro de grandes dimensiones disparaba la imaginación de los tres al levantar el vuelo, pero el silencio no tardaba en envolvernos. Silencio sin botones de on/off, silencio sin necesidad de apagar nada. Recuerdos del Camino.

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En un recodo encontramos una cabaña en estado de semiabandono. En su interior había una mesa de madera, una chimenea, leña y una mecedora. Era fácil imaginar a un cazador fumando, balanceándose hacia atrás, hacia adelante, esperando el momento oportuno para disparar a un ciervo despistado. Nos dio juego para seguir usando las caretas en una sesión de fotos improvisada en la que competimos por la foto más terrorífica, hasta que conseguimos darnos miedo entre nosotros.

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Caminar con seres mágicos tiene la gran ventaja de no tener ni que buscar, la magia viene a ellos de manera innata. Así encontramos el hotel donde dormimos, una casa escondida entre árboles, en mitad de un bosque junto a un pueblo impronunciable, mirando hacia uno de los miles de lagos que salpican esta región.

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Mientras anochecía recorrimos laberintos de césped y piedra junto a la orilla del lago, a veces corriendo y gritando como niños que encuentran un parque infantil para ellos solos, a veces caminando en silencio entre árboles como tres adultos con mundos interiores de actividad intensa. Cenamos pizza al calor de la estufa y nos contamos historias, como la del crack en Kansas City. Mientras, las horas pasaban y el lago contemplaba la única luz de la orilla, la nuestra. Fuera, los árboles del bosque se erguían en la oscuridad, impacientes por recibir el calor de un día que se anunciaba soleado. Al levantarnos, no encontramos ni más ni menos que eso.

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Llegamos a Ottawa a mediodía y, justo después de comer, Timothy y Josh se fueron en el pequeño coche de alquiler. Me costó no mostrarme triste, pero aguanté mientras me repetía una y otra vez New York is going nowhere.

Ottawa salió al rescate. Un chico de nombre compuesto salió al rescate. Ottawa y un chico de nombre compuesto me auparon en volandas. Ottawa mataba al instante cualquier comparación involuntaria que pudiera hacer con Washington DC. Es más humana, más diversa, más auténtica. En Washington DC jamás hubiera encontrado una araña gigante comiéndose a una turista al compás de los últimos rayos del atardecer.

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Había hablado con el chico de nombre compuesto mucho antes de llegar a Ottawa. En alguna parte estaba escrito que nos íbamos a encontrar por algún recodo de la red porque no tardamos en descubrir amigos comunes, y perfiles en Couchsurfing, y Timothy y Josh en Montréal, y el bosque y “te dejamos en Ottawa si te va bien”, y los horarios de los autobuses a Toronto, y un “aquí te puedes quedar”.
Todos esos azares provocaron, sin que la población local aún se lo pueda explicar, que en la capital de Canadá se hiciera de día en plena noche de noviembre.

Quién sabe, Montréal

Si Montréal fuera una mujer y yo heterosexual, le habría jurado amor eterno a la semana de conocerla. Sería joven y madura al mismo tiempo, y haría que hombres y mujeres la miraran dos veces al cruzarse con ella. Tendría un encanto sencillo y fuerza en sus gestos. Sería artista y ganaría poco, pero necesitaría poco. Vestiría ropa antigua pero ella sabría hacerla moderna. Se expresaría en inglés y francés, y conocería muchas otras culturas.

Si Montréal fuera un árbol, sería uno grande y de hoja caduca, cambiante con cada estación: verde y fresco en verano, de colores en otoño y frío y sin hojas en invierno pero con el encanto de descubrirse desnudo ante la nieve donde el sol se refleja.

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Si Montréal fuera un astro, no podría ser uno solo. Sería la mezcla del Sol y su brillo, con Marte y su cercanía, con Júpiter y sus colores. Sería Plutón y pasaría desapercibido durante años, sería incluso denostado, hasta que un buen día una sonda espacial lanzada por los estúpidos humanos capturara fotos en alta resolución y su belleza radiante nos dejara con la boca abierta.

Pero aunque Montréal no es ni una mujer, ni un árbol, ni un astro, aunque solo sea una ciudad en una isla en un continente cualquiera, es atractiva y radiante y bilingüe y distinta.

Para llegar al hogar de la Comune hay que subir 37 escalones desde la calle. Por fuera su edificio no se diferencia de tantos otros de la ciudad: planta baja y dos alturas, con unas escaleras que llegan desde la acera hasta la primera planta. Lo que encontré al cruzar el umbral del peldaño 37 me pilló por sorpresa. Seis personas distintas, cada una con sus intereses, cada una con su carácter, cada una con su ritmo vital, pero seis personas informadas e inteligentes, que se cuidan unas a otras en una convivencia que recuerda a un engranaje bien engrasado. Son una familia que comparte comidas y espacio vital, siempre con respeto a la autonomía de cada uno. Pasan juntos el tiempo que pueden e incluso comparten un coche que compraron entre los seis. Y todos, del primero al último, hicieron que cada vez que cruzara el umbral del peldaño 37 durante los diez días que duró el idilio con Montréal me sintiera acogido, simplemente como uno más. Quién me iba a decir que en Québec me esperaba otra familia al final de una escalera.

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Y con esta cocina.

Tanto fue Montréal y todo lo que encontré que casi olvido que aún hay mucho por ver. Por suerte, Timothy y Josh aparecieron por sorpresa en un Halloween memorable, con la propuesta de un road trip al oeste. Y, aunque Montréal y la Comune y unos besos furtivos y todo lo demás aún me bullía dentro, los dos neoyorquinos de mis ojos consiguieron apaciguar el géiser y sacarme de allí, antes de que fuera demasiado tarde. Pero quién sabe, Montréal, quién sabe hacia dónde soplará el viento la próxima primavera.

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