Cotidiano

Llegas a Nueva York sobre un cable de equilibrista y unos días después Timothy te lleva a Chinatown. “Vamos a hacernos una foto del aura”.

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La artífice de la foto comienza a hablar con acento oriental y no puedes dejar de mirar la gran trenza que le cae por el hombro derecho. “En este momento tienes un aura pequeña y eso no es bueno, pero la combinación de colores lo empeora. El rojo es energía vital y el hecho de que sea tan intenso indica que la estás usando toda para salir adelante tras un momento duro. No comes bien y tienes problemas para dormir, deberías centrarte en solucionar eso para tener otra energía que te permita no recurrir a la vital. Esa capa rosa que te cubre es una relación que se ha roto y no te deja avanzar. Haz deporte, ten una rutina. Cuida tus lumbares e intenta centrarte en lo que necesitas, no en lo que te obsesiona.”

Pasan las semanas y un día cualquiera alternas acera y asfalto al atravesar Bergen y St Marks. Entras en la lavandería y, como cada vez, miras la fila de asientos vacía pensando si alguien a punto de morir habrá dormido en ellos alguna vez. Esperas tu turno para recoger la bolsa diminuta de ropa limpia y recuerdas que Ann también se hablaba en segunda persona en Mi Vida Sin Mí. Tienes que parar de hacer lo mismo porque no eres un mero espectador. Esos pies ahí abajo se mueven por ti; las esquinas de Brooklyn revelan sus incógnitas cuando tus ojos las desnudan; son tus pulmones los que se colman de ciudad húmeda al cruzar el East River por cualquiera de sus puentes. Eres el que escribe sobre mí, el que existe e importa. Soy el que sigue surcando los últimos rincones del oeste desde las aceras irregulares de Nueva York.

Más de un mes en esta burbuja y ahí fuera el mundo gira. Los aviones en descenso hacia el aeropuerto de LaGuardia me lo recuerdan como un reflejo involuntario. Los oigo cada pocos minutos y, ensimismado en mitad de cualquier acto ordinario, me traslado y observo a los pasajeros desde el pasillo del avión. Abro la nevera y el asiento 7C se atusa la barba, indeciso por coger un taxi o el metro a casa cuando toque tierra. Muerdo la tostada y el 16D escribe las últimas líneas de su diario antes de cerrar los ojos para el aterrizaje. Busco ropa interior limpia y el 25E agarra con fuerza la mano del 25F. Un acto cotidiano tras otro, un avión tras otro.

Algunos días el despertador suena a las 4:50 y comienza otro día ondulado. Camino hacia el metro en los últimos estertores de la noche y vuelvo a la superficie con el amanecer inexorable. Bushwick a esta hora es la quintaesencia del paisaje neoyorquino.

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Soy el primero en llegar a la cocina industrial donde espera la mercancía. Me viene cierta satisfacción estúpida al encender las luces y pasear en silencio entre los estantes y las mesas. Cargo la furgoneta con las neveras repletas de repostería vegana y conduzco hasta el mercado que toca hoy. Al atravesar la autopista que bordea Brooklyn es inevitable una mirada de reojo a los gigantes de Manhattan donde los primeros rayos de sol se reflejan. Saludo a los otros tenderos y monto la tienda, el mostrador, los productos, las etiquetas. Durante unas horas soy un vendedor callejero y sonrío y comento ingredientes y deseo que pases un buen día y, con suerte, una propina. Los días de mercado curan como ningún otro. La sonrisa, al principio forzada, se hace omnipresente. Entro en el juego americano de las pequeñas charlas que restan importancia a la propia transacción. Algunas se extienden porque sí, y unas chicas que acabo de atender vuelven con un queso de cabra como regalo “por mi amabilidad y porque todos somos humanos”. Recojo el puesto y conduzco de vuelta como si hubiera ganado una beca en el olimpo de los vendedores callejeros.

Por la noche, Tim toca en el piano Air Music mientras guardo silencio a su espalda. Miro el trozo de pizza que sujeto con la mano, triangular por algún motivo histórico que desconozco, y lo elevo en el aire. Lo hago volar despacio por encima de mí, como los aviones que surcan Brooklyn, el piano sonando y las corcheas como las pasajeras de una avioneta de expedicionarias. Cierro los días con música y series y humanos de los que no abundan.

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Los humanos hieren y curan. Curan los libros con remite de Barcelona y los emails que acaban en “va-lien-te”; los paquetes que esconden pastillas para dormir y una bolsita con pelos de tu gato; los paquetes que traen queso y una carta; curan las videollamadas a tantos sitios del otro lado; cura la rutina, trabajar, leer en Prospect Park y hacer mía la ciudad; y, sobre todo, cura el 936 de Pacific St. y los tres seres mágicos que me acogen sin fecha límite, que escuchan y empatizan mirándome a los ojos, que ríen y abrazan y me dibujan, que me descubren las mejores pizzas de Nueva York y me llevan a jardines botánicos de cuento, o a ver a Bernie Sanders, o a algún rincón oculto de su interior donde hallo pócimas mágicas que guardo como tesoros.

Volver a Chinatown es inevitable. ¿Qué habrá sido de mi aura y qué será de ella en este final de etapa? Una artífice distinta, sin trenza y con más acento aún, me saca de dudas.

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“Es un aura grande y brillante. Eres de los que escuchan y empatizan con los demás. Estás en un proceso de recuperación de energía y, aunque aún tienes tus momentos, vas hacia arriba. Cuida tus lumbares y tu garganta. En un futuro próximo veo una línea de ruptura, un cambio grande. Y veo que dejas atrás lo que te preocupaba y que empiezas a pensar en los próximos pasos a dar. La energía es buena y en las siguientes semanas irá a mejor.”

Me gustaría posar las manos en sus hombros, mirarla de frente y decirle lo acertada que ha estado, lo mucho que he vivido y he superado, lo del vuelo a Europa, lo de los próximos pasos a dar. Pero me limito a darle las gracias, a despedirme de Timothy hasta la noche y a esquivar el caos de gente y tráfico en Chinatown. Con un remolino en el pecho y una sonrisa nerviosa, empiezo a caminar por Broadway como tantas otras veces. Sin embargo, quizá ésta sea la última.

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6.910 millas

Milla 0

Caes en Los Ángeles como una gota de lluvia en el mar. La extensión de las ciudades norteamericanas vuelve a aturdirte. Fluyes por el enjambre de autopistas en cualquier dirección mientras la ciudad te engulle en su juego de asfalto y semáforos. La esbeltez de las palmeras entre los edificios te recuerda a las ilusiones de lxs que vienen aquí a probar suerte. Te parecen irreales, casi estoicas cuando aguantan las ráfagas de viento en Venice Beach. ¿Quién piensa en las palmeras que se desploman sobre las calles de Los Ángeles? En este gran decorado se piensa en la muerte menos que en cualquier lugar del mundo. Caminan con aire invencible porque todo el mundo es inmortal en Sunset Boulevard. Pero las colinas observan las luces del tráfico en Hollywood Freeway y murmuran: “Nosotras seguiremos aquí cuando todas las palmeras hayan caído”. Solo unos pocos escuchan los susurros que ruedan por las colinas. Y algunos, conscientes de todo esto que nos rodea y que seguirá aquí cuando hayamos muerto, deciden actuar en consecuencia.

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Los Ángeles es carpe diem como ningún otro sitio, es el aquí y el ahora más vívido, es ven e inténtalo porque si no te arrepentirás para siempre. Lo ves en sus rostros cansados bajo el maquillaje, “estoy aquí y lo estoy intentando”. Es el olor efímero de las flores en Silverlake y las luces que titilan en el horizonte como un sueño o un espejismo desde Griffith Park.

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Un viernes por la tarde te lanzas al tráfico de la ciudad en un Jeep blanco y durante unas horas navegas entre la desidia cotidiana del atasco perpetuo de la Interestatal 5.

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Llegas de noche a Joshua Tree y te sienta bien conducir sobre la doble línea amarilla. Apenas ves lo que te rodea pero sabes que no es un día cualquiera porque hoy ha llovido en el desierto. Despiertas en la cama improvisada de la parte trasera del Jeep y una capa de hielo lo cubre. Sales fuera y nunca has visto rocas así, ni hay árboles tan tortuosos como los de Joshua Tree.

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Conduces y una mina abandonada, conduces y un oasis de palmeras, conduces y cantáis Skinny Love. Las rectas se pierden en la distancia, parecen no llevar a ninguna parte.

Milla 333

Paras en mitad de la nada en Arizona, él quiere visitar a su padre por sorpresa. Vas a un bar antes del encuentro y entiendes de dónde saldrían los votos para Trump. Entras en la casa y su padre ni se mueve del sofá. Te perturba que no se den ni un abrazo tras tres años sin verse. Entonces recuerdas que tú llevas toda la vida sin ver al tuyo y optas por no juzgar. En la televisión los coches rugen en el circuito de Indianápolis. De las paredes cuelgan cuadros de Alaska con bosques, águilas, osos, renos. Los miras con atención buscándoles la belleza mientras ellos hablan de pesca y gente que no conocerás. Todo transcurre como un glaciar. Lento, gélido.

Te despides y subes al coche con el pecho encogido. Habláis durante horas sobre familia y distancia mientras el paisaje muta del marrón al verde, de rocas a árboles, de aridez a cumbres nevadas. Pero solo te das cuenta del cambio cuando, en una carretera de montaña, un ciervo cruza a grandes saltos justo por delante del Jeep. Lo ves a cámara lenta mientras reduces la velocidad. El impulso desde la montaña, los músculos en tensión al amortiguar el encuentro con el asfalto, las astas apuntando al cielo, los ojos que miran ese extraño ser blanco que se acerca, el salto grácil por encima de la barrera, la carrera perdiéndose en el bosque. Te quedas sin aliento, te ves como un intruso, recuerdas en bucle su mirada y sus movimientos. No entiendes qué significa esa casualidad pero te deja una sonrisa y los ojos borrosos.

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Llegas de noche al Parque Nacional del Gran Cañón. Buscas un sitio donde aparcar y dormir, pero es un sueño inquieto. Te despiertas a su lado, le miras y subes a la montaña rusa en la que montaste al conocerle, arriba y abajo y vuelta arriba. Solo bajas de ella cuando duermes y ya son tres meses durmiendo con él.

Está amaneciendo y vas hacia el borde del Gran Cañón con los nervios del que va a dar un salto mortal. Siempre has querido verlo pero ahora estás a unos metros y no sabes qué esperar. Entonces el bosque acaba sin avisar y el sendero te arroja ante esa visión cruda. Una ráfaga de viento frío, como el que sopla alrededor, te sube por dentro y te obliga a coger una gran bocanada de aire para reanimar los pulmones. Pero la mente sigue congelada por la sensación de vacío o inmensidad o qué sabrás tú. Es inexplicable y te lo repites una y otra vez, “es inexplicable”. Caminas por el sendero que recorre el borde y las fotos nunca han sido tan en vano como ahora. El vacío del cañón se te agarra dentro y el cauce del río te erosiona como a esas paredes que tienes delante, te excava admiración y respeto y envidia por los pájaros que se adentran en él. Algo de ti se queda en el atardecer sobre el cañón.

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Pasa la noche y conduces hacia el oeste. La autopista es una maqueta, la ruta 66 te dice bien poco y miras la presa Hoover como si fuera de cartón. “Es inexplicable”, sigues pensando.

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Paras a comer en Las Vegas y, espantado, sales de allí todo lo rápido que puedes entre edificios cada vez más dispersos y el desierto que rodea la ciudad.

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Te gusta llegar a los sitios de noche, buscar dónde aparcar para dormir y llevarte la sorpresa al despertar. Amaneces en Death Valley y miras alrededor. Las montañas rodean el valle desértico hasta donde alcanza la vista. No te sorprendería que las rocas prendieran espontáneamente. Conduces a la cuenca Badwater, tan hundida en el valle que está por debajo del nivel del mar. Quizá por eso flotas sobre la sal.

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La pisas como si caminaras sobre la Luna. Le haces fotos en mitad de la llanura blanca y sabes que algún día lo lamentarás. Lo sabes porque está radiante, más guapo que nunca, aquí en “malas aguas”. Pero son días felices de correr entre dunas, de subir montañas y descubrir insectos, de dibujar acantilados y frenar ante los coyotes que cruzan la carretera. A quién le importa la veracidad de los espejismos en el desierto cuando son tan bellos.

Por eso sigues conduciendo, rodeando montañas, atravesando valles, escuchando a Ottis Reding y viendo el paisaje mutar bajo un sol radiante.

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Asciendes expectante las montañas del Parque Nacional de las Secuoyas hasta que, por fin, aparecen los primeros gigantes ante el Jeep blanco. Sales del coche con la luz del atardecer y olvidas que el suelo existe. Solo puedes mirar hacia arriba. Algunos de los árboles que te rodean tienen hasta 3.000 años. Abrazas un tronco y te estremeces. Estás tocando un ser vivo que fue coetáneo de la Grecia clásica, que vio a las tribus nativas vivir durante siglos y a los europeos acabar con ellas en un puñado de años. Estás tocando la Baja Edad Media, el Renacimiento, la fiebre del oro en California. Caminas entre titanes y lees que los incendios refuerzan la salud de sus troncos.

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“Quemarse para fortalecerse”, te repites al día siguiente mientras conduces entre truenos injustos que su pecho expulsa.

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En Los Ángeles, miras al Jeep blanco por última vez y tocas el cristal trasero, el que os vigilaba mientras dormíais. Devuelves las llaves y te sientas en la acera, desorientado, y así llegas a

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San Francisco, donde ni notas que hay puentes o colinas o tranvías porque una mañana descubres con toda su densidad la niebla que envuelve a Alaska. Y te das cuenta de que no sabes nadar en ella, que no tiene suficiente masa para flotar o bucear, que te desconcierta y te bloquea. Prefieres los días despejados porque eres el Mediterráneo, prefieres el sol aunque ya no seamos albatros. Le pides que se vaya pero no tarda en volver con la mano tendida, “la niebla puede irse y verás cómo brilla el sol”, y te dices que quizá sí, que puede que acabe soplando el viento.

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Pero ni siquiera te emocionas al cruzar el puente más antiguo de Portland, ni al ver el atardecer en Seattle, ni al acampar en el bosque junto a la frontera. Su niebla te ha envuelto y el viento no sopla. Y vuelves a Portland como un autómata, sin saber por qué sigues ahí. Por eso, una mañana de abril tras una noche de tormenta te vas con zancadas de gigante, oyéndole pero sin mirar atrás, y unas horas más tarde te ves en el aeropuerto reflejado en una máquina expendedora y piensas, “que salga el sol, ya es hora”. Y cruzas este país como un equilibrista en la cuerda floja.

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El otro extremo de la cuerda está atado a algún rascacielos en Nueva York. Llegas a Brooklyn pisando tierra firme, como si llegaras a casa. Las llaves te esperan bajo la rueda de la bici porque ellos volverán tarde. Y al abrir la puerta te conviertes en un castillo de naipes que se derrumba sobre la alfombra. Aquí está tu familia en este lado y este sofá alivia cualquier dolor.

Te costará salir de su montaña rusa, pero ahí abajo ves a todos los que importan sonriendo y saludando con la mano, y sabes que acabarás por bajarte porque esta atracción ya no da más de sí. Miras dentro de ti y recuerdas ese sitio al que siempre has querido ir y, aunque tardas unos días en reunir fuerzas, una mañana subes al tren en Penn Station en dirección a

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La estación más remota de Long Island. Aquí venían Joel y Clementine cuando la luz brillaba en sus mentes inmaculadas. Algo les traía aquí pero no sabían por qué. Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Tú en cambio lo recuerdas todo: las ciudades, los bosques, las playas, el Amazonas. Pero vienes aquí solo y este lugar es solo tuyo. Como por azar, en la playa no hay un alma. Te sientas junto a un puñado de rosas que alguien ha dejado junto a sus recuerdos. Y escribes, por fin escribes. Las millas, la niebla y un vuelo de ida. El viento sopla y sonríes.

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La gravedad de Nueva York

Ponerse enfermo mientras viajas te hace sentir mucho más vulnerable porque, a la propia dolencia, se suma que estás lejos de cualquier entorno habitual, no puedes tirar de los mismos recursos o medicinas que de costumbre y, si viajas solo, no hay nadie que te eche una mano.

Por eso creo que tuve suerte de ponerme malo justo al volver a Nueva York la semana pasada. Timothy, Josh y Nadia me cuidaron a la perfección mientras me acurrucaba en el sofá de su salón empapado en sudor. Por si fuera poco, además de aguantarme quejumbroso y afligido, Timothy es experto en medicina oriental y me dio unos mejunjes de sabor indescriptible que me sentaron muy bien.

Como me tiré casi una semana hecho un trapo sin hacer prácticamente nada más que dormir, cuando alguno de ellos volvía de la calle, ya fuera de trabajar o de hacer la compra, le bombardeaba a preguntas sobre qué tal el curro, qué tal el día, qué tal la cajera del súper… cualquier cosa que me recordara a ese lejano mundo exterior que mi faringe me prohibía pisar. Qué bonicos, siempre me contestaban con toda la educación del mundo. Pero es que al pobre Timothy lo acribillé a preguntas, no sin una buena razón.

Hace unos días hubo en Nueva York una conferencia de políglotas de todo el mundo a la que me hubiera encantado ir y Timothy, que no hay idioma terrestre y marciano que se le resista, asistió como miembro de pleno derecho. Así que en cuanto volvía de escuchar horas y horas de charlas y debates sobre idiomas, cultura, sociedad… le sentaba delante del sofá y le obligaba a contarme todo con pelos y señales, sin piedad alguna de su cansancio. Por un momento me olvidaba de la fiebre, la garganta y la madre que parió al que me quitó las amígdalas y me concentraba embobado en todo lo que Timothy contaba: charlas alucinantes sobre third-culture kids, un asistente de once años que iba solo y hacía las mejores preguntas de cada ponencia, el debate de que el mundo se percibe de la misma forma sin importar la lengua que hables… Todo me parecía alucinante, pero hubo un tema que me impresionó en especial. Fue una charla que dio Richard Benton, un señor de Minnesota con apariencia de padre de familia aficionado a la pesca que en realidad tiene un doctorado en hebreo antiguo y habla, entre muchos otros idiomas, somalí y etíope. Richard defiende la idea de que tenemos una responsabilidad social a la hora de aprender idiomas y que debemos esforzarnos por aprender aquellos que hablan minorías en riesgo de exclusión social en la zona donde vivamos. Es decir, él aprendió somalí porque la mayor comunidad somalí de EEUU vive en Minnesota, así se puede comunicar con ellos y ayudarles en su adaptación a un país nuevo y muy distinto. Y, por ejemplo, cuando viaja a España o Francia no usa ni el francés ni el castellano (que los habla), sino que aprovecha para practicar su árabe. Toma ya.

Lo cierto es que habría disfrutado como un enano de la conferencia y sé que a muchos de vosotros también os habría encantado. Por eso, aviso a navegantes políglotas: el año que viene se celebra en Tesalónica a finales de octubre. ¿Qué mejor excusa para visitar Grecia? 🙂

Me he vuelto a sentir como en casa en Brooklyn. Sé que es irreal, que estoy viajando, que es una circunstancia excepcional y que vivir ahí sería distinto. Pero influye sobremanera la sensación de tener un grupo de gente con el que conecto en muchos ámbitos. Y encima me han cuidado en un momento de vulnerabilidad, así que no les puedo estar más agradecido. No me cabe duda de que la fuerza de la gravedad es más fuerte en Nueva York. Esta ciudad atrapa. Alguien debería estudiarlo.

Por suerte, el último par de días ya me sentía mejor, así que hice varias cosas que me sentaron de maravilla. Una fue quedar con Félix, un amigo de la carrera que acaba su periplo por EEUU quedándose un mes en Brooklyn. Nos pusimos al día y fue genial ver cierta similitud en nuestra trayectoria vital. Además, fui de cena con Adam, Félix, Dominik (el de Philly) y otros amigos y, por fin, me zampé una hamburguesa gigantescamente estadounidense. 1.300 calorías, ahí lo llevas. Por último, como despedida de Brooklyn, hice un tour gratuito con Dominik por los graffitis de Bushwick, dos horas sin parar de caminar con un guía-artista al que daba gusto ver y escuchar. Es todo un museo al aire libre sobre este arte, nacido en este lado del mundo. Ahí va una pequeña muestra de la ingente cantidad de graffiti que contiene ese barrio.

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Sí, son todos graffitis

Ahora toca ir al norte, Boston y sus 8 grados de temperatura. Winter is coming y yo sin abrigo.

New York is going nowhere

Aunque sea empezar a escribir por el final, no me cabe duda de que volveré a Nueva York antes o después. Volveré a Brooklyn en realidad. Lo cierto es que mi imagen mental de Nueva York es básicamente Brooklyn, con un apabullante pegote llamado Manhattan ahí al lado para museos y demás atracciones turísticas.

Cada uno se hace con los lugares que no conoce a su manera. Para mí, una ciudad la forman las personas que la habitan y me gusta escrutar su idiosincrasia a través de la gente que vive en ella. Al fin y al cabo, la esencia que desprende un lugar mana de aquellos que lo conforman. Cuando llegas a un sitio nuevo, puede que te fijes en un edificio concreto, en un parque, en una calle o en una tienda. Sea lo que sea, lo único seguro es que eso está donde está porque sus habitantes lo han construido. Cada rincón de la ciudad tiene la marca indeleble de la gente que trabaja ahí, que vive ahí o que pasa por delante todos los días, como si parte de su adn se quedara entre los ladrillos de los edificios.

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En los ladrillos, en los jardines, en las aceras llenas de libros

Ya mencioné la fantástica mezcla de personas, lenguas y nacionalidades que hay en Brooklyn. Eso me fascina, está claro. También sus barrios para todos los gustos, el Brooklyn Museum y sus exposiciones temporales perfectamente elegidas de acuerdo al carácter del borough, Coney Island, Prospect Park, los libros descartados en la puerta de las casas, Park Slope y sus comercios, los puentes, las visitas inesperadas desde Barcelona, la arquitectura… Pero, sin duda, lo que más me atrae de Brooklyn son mis amigos. Los que ya conocía y los nuevos. Timothy, Josh, Adam, Nick, Nadia… Son ellxs quienes lo han hecho mágico. Ha habido cenas, helados, playas recónditas, parques, eclipses y una reunión de músicos y amigos en casa de Timothy y Josh que me dejó sin palabras. Había tal cantidad de talento y sensibilidad que no he podido borrar la sonrisa hasta que he cogido el autobús a Washington DC.

Me hace mucha ilusión explorar otras zonas del país. Nunca he estado fuera de Nueva York y, además, en muchos sitios me esperan otros amigos. Por eso no me da pena irme. Por eso y porque sé que ellos, los que hacen ese Brooklyn que me atrae y me invita a pasar más y más tiempo, están ahí. Como me dijo Timothy al despedirse, “New York is going nowhere”.  

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Gracias por aguantar la invasión celíaca 🙂

Sin salir de Brooklyn

Aún me estoy recuperando del cambio horario y todas las noches me meto en la cama con el firme propósito de escribir, pero antes de abrir el editor de textos ya estoy en coma, así que para que hoy no me pase igual, aprovecho para ponerme al día en la cola del MoMA. Los viernes por la tarde es gratis a partir de las 16:00, pero la cola suele dar la vuelta a la manzana desde mucho antes, así que he venido a las 14:30 y soy el sexto. Sería fantástico si no fuera porque justo delante tengo uno de esos carritos de hot dogs con el motor diésel a toda máquina y mis fosas nasales detectan aromas que no sentían desde que casi se bloquean con el tráfico de Yakarta. En todo caso, la situación no es tan límite como ayer, cuando llegué a Coney Island exultante de misticismo americano y a los dos minutos de pisar la playa una gaviota decidió descargar sus intestinos sobre mí, así sin avisar, en plan tortilla a la francesa. En fin.

El viaje fue bien porque me lo quise tomar así. Volé primero a Oslo y, tras 7 horas de escala y 43 paseos de ida y vuelta por la terminal, por fin cogí el vuelo a Nueva York. Durante el trayecto pensé mucho en cuántas preguntas me harían esta vez en el control de aduanas del JFK, pero no llegué a ponerme nervioso por dos razones: iba completamente dopado (mi estado natural en cualquier avión) y tengo un pasaporte europeo. El mero hecho de ser español te da unos privilegios vergonzosos respecto a muchas otras nacionalidades. Los europeos vamos moviendo el culo por el mundo a nuestras anchas, en muchos casos con fines poco ortodoxos, y sin embargo no somos capaces de responder con humanidad ante la cuestión migratoria o la crisis de los refugiados. La crisis de moda, la siria, porque en realidad el mundo está en una crisis de refugiados constante de la que apenas se habla. Ay, pero claro, ahora llama a las puertas de la vieja Europa y el tema sale a relucir, junto a muros, vallas y mucha hipocresía. Quién diría que hace solo unas décadas éramos nosotros, los privilegiados europeos, los que salíamos en masa en dirección a América.

Como era de esperar, entré en Estados Unidos sin mayor problema. Adam y Nick me han tratado muy bien estos días y hoy cambio a casa de Tim y Josh. Todo sin salir de Brooklyn. Hasta hace un rato no había pisado Manhattan y, la verdad, tampoco lo echaba de menos. Brooklyn proporciona estímulos suficientes para toda una vida: barrios hipsters donde todo es orgánico (y caro), zonas de judíos ultraortodoxos, distritos de población de todas las procedencias, el pequeño gran downtown y su boom de rascacielos, calles donde silbaban los disparos hasta no hace mucho…

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Aún es verano en Nueva York. Craso error por mi parte el pensar que, fuera de julio y agosto, Nueva York vivía sumida en una tormenta de nieve constante. Ningún día baja de 30 grados, así que el jueves fui a la playa. Aunque sus gaviotas no sean muy acogedoras, Coney Island no decepciona. Tuve que doblar mucho el cuello para ver los grandes edificios donde corría la droga legal e ilegal en Réquiem por un sueño. Recorrimos el paseo, la playa y el muelle, siempre rodeados de las atracciones que le dan ese aire irreal a lugar de juegos y sueños.

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Gracias a Brooklyn, cada día paseo durante horas por Prospect Park. No tiene la densidad de zonas de recreo de Central Park y hay una décima parte de gente, así que es como estar en un bosque en mitad de la ciudad. El parque invita a perderse entre senderos y reflexiones. Su propio nombre te aboca a pensar en perspectivas y posibilidades. Sonrío cuando pienso en que todas están abiertas porque ninguna puerta está cerrada. El balanceo de una hoja es, si cabe, más previsible que el futuro.