Toronto en tres actos

Primer acto: por dentro y por fuera

Abrí los ojos-telón y tras la ventanilla del autobús desfilaban los rascacielos del distrito financiero de Toronto. De nuevo gigantes de vidrio y acero al más puro estilo norteamericano. La Ville Reine según los francófonos, el gran centro financiero y comercial de Canadá. Un lugar frío y caro donde debes dejarte la piel trabajando, pero también una de las ciudades más diversas del mundo. Lo noté en el mismo instante que pisé la calle de camino a casa de Robert, y esa diversidad ayudó a templar la primera impresión gélida que tuve de ella. 25 minutos a pie en los que miré ojos diversos, rasgados, grandes, oscuros, azules, turbios, tristes, expectantes. Me gustan las ciudades con todos los tipos de ojos.

Por dentro, Toronto es grande, relativamente segura e interesante. Hay un barrio para cada nacionalidad: Little Portugal, Little Korea, Little India… Hay zonas industriales reconvertidas en centros culturales, como el Distillery District. Hay vida de noche y, por suerte, hay extrañas olas de calor en noviembre.

image

Robert me llevó al día siguiente a Ward Island, un pulmón prácticamente salvaje a solo un paseo en ferry del downtown. Es un rincón que ha esquivado la especulación inmobiliaria gracias a la lucha de sus pocos habitantes desde hace décadas.

image

Solo hay una zona con unas cuantas casas que llevan ahí más de un siglo, y hay una estricta lista de espera para poder habitarlas. El resto es pura naturaleza. Gracias, habitantes de Ward Island.

image

Segundo acto: artes escénicas en Toronto

Robert es muchas cosas, entre ellas un gran bailarín de danza contemporánea. Le he visto bailar todos los días en casa, pero también sé que es bueno porque cada noche le llegaban entradas para algún espectáculo de danza y, una vez allí, todo el mundo le decía “quiero volver a verte bailar”.

El circuito de danza en Toronto parece algo endogámico, como el teatro alternativo en Barcelona. La mitad del público está relacionado directa o indirectamente con la danza. Eso no impide que la escena sea bastante efervescente, aunque “donde de verdad se mueve el tema es en Montréal”. He escuchado esa frase varias veces. Ay, Montréal, no me dejas olvidarte.

Me impactó Echo, un montaje de diez bailarines vestidos con una falda de inspiración militar y botas también militares. La coreografía me dejó con la boca abierta: movimientos a veces orgánicos, como si fueran una manada de animales luchando por el territorio, por aparearse, por liderar a los demás; y a veces completamente rotundos, cortantes, marciales, piruetas que acababan de forma brusca en una parálisis absoluta, por un segundo la inercia convertía las enormes faldas en el único elemento dinámico del escenario.

Otra noche vimos una performance de Rosé Porn que, aunque me resultó el típico “ejercicio artístico” inútil y pretencioso, incluía ingredientes como una nave industrial y música electrónica ensordecedora, así que al menos bailé.

image

Otra noche fue Eunoia, un ejercicio creativo multidisciplinar en el que un grupo de bailarines, algunos de Montréal (suspiro), bailaban en cinco actos, cada uno dedicado a una vocal, mientras recitaban textos creados solo con palabras con esa vocal. Sonoros focos mohosos rotos por osos homos. Algo así pero con estilo.

Tercer acto: el talento

image

Imagina que tuvieras la capacidad de volar alrededor del planeta sin cansarte. Verías pasar 7.000 millones de humanxs bajo tus alas. Si aterrizaras en una calle aleatoria de una ciudad cualquiera, es muy probable que a escasos metros viviera un gran pianista, o una gran escritora, o una gran fotógrafa. Quizá esa persona ni lo sabría, quizá no tendría recursos para descubrir su potencial, o quizá habría acabado detestando su pasión por culpa de una educación demasiado estricta. Lo que es seguro es que en cada calle de cada ciudad del mundo hay gente con talento, por desgracia muchas veces oculto.

Robert tuvo la suerte de poder desarrollar su talento desde pequeño. Con 15 años componía música electrónica, y Aphex Twin habría palidecido. Con 20, música clásica. Por desgracia, una educación musical de primer nivel le acabó dejando exhausto. Dejó de componer. Pero aprendió a expresarse con su cuerpo, y resultó que se le daba bien. Creo que tiene tal sensibilidad que podría controlar fácilmente cualquier forma de expresión artística. Por suerte, está haciendo las paces con la música. Desde que volví a verle tocar en Toronto, cruzo los dedos para que un día cualquiera algo le devuelva las ganas de componer. Quizá sea una ráfaga de aire fresco en verano, o una voz interior mientras mire un árbol de Allan Gardens, o un chico que le llegue dentro y le susurre palabras de amor. Lo que sea, pero que las ganas le vuelvan.

Solo puedo ofrecer una pequeña muestra de lo que hablo gracias a un fortuito piano callejero que le animó a tocar una pieza que compuso hace años. Robert, no prives al mundo de esto:

Anuncios

Cuatro extraños

Escribo desde el asiento trasero de un coche a 100 km de Montréal. La ciudad de Québec ya es solo el recuerdo de una escapada de 24 horas para conocer la capital de la región francófona canadiense. Los burgueses estadounidenses del siglo XIX que no podían permitirse un billete en barco a Europa viajaban a la ciudad de Québec para respirar los aires del viejo continente alojándose en hoteles pretenciosamente europeizados.

image

El conductor y los otros dos pasajeros han dejado de hablar hace rato. Los cuatro somos completos extraños que una web ha unido durante un pequeño lapso en nuestras vidas por el interés común de viajar entre la ciudad de Québec y Montréal. Los cuatro miramos de frente la autopista interminable, jalonada por un bosque que la separa de ciudades ajenas a nuestro paso que nunca conoceré. De vez en cuando se ve una granja aislada del mundo por tres paredes de árboles y una de asfalto. Al fondo, el atardecer vive sus últimos momentos de protagonismo y se despliega por el horizonte para asombro de todos. Somos extraños, distintos, únicos, pero algo tan sencillo y universal como un atardecer saca a relucir la naturaleza humana que nos une a todos.

image

72 km a destino. El conductor, de unos 50 años, viaja todos los fines de semana entre las dos ciudades porque su pareja se ha mudado a Montréal. Es claramente gay, pero dice “pareja”. No le juzgo por ello, pero me pregunto si no habla abiertamente de “novio” por celos a su privacidad o porque su generación quizá aún guarda el temor a sentirse juzgada por su sexualidad. Puede que sea una mezcla de ambas.

47 km a destino. A mi lado viaja otro pasajero que es de Québec pero trabaja los fines de semana en Montréal. No ha dicho en qué, pero me ha recordado a una chica brasileña que llevé una vez a Cartagena y que trabajaba los fines de semana en una discoteca. Habla alemán y el pelo largo no le favorece. Se interesa mucho por las lenguas regionales europeas. Me pregunta por palabras curiosas en catalán y me quedo en blanco, así que le suelto una retahíla de nombres catalanes con la excusa de que me gustan mucho.

14 km a destino. Los primeros barrios de Montréal ya nos rodean. Las farolas de la autopista iluminan el interior del coche con un ritmo periódico creando patrones de sombras que me recorren la cara, el pecho y las piernas para morir en el asiento delantero al mismo tiempo que renacen en mi cabeza. La cadencia de las luces me provoca un sueño dulce pero intranquilo por la cercanía a destino. La pasajera sentada delante acaba de preguntar si puede dejarla un poco antes del punto de llegada. Es una chica de Vancouver, traductora de francés a inglés. No hemos tenido una gran conexión, pero hemos coincidido en que una de las palabras más bonitas del ruso es pochemuchka (почемучка), usada para referirse a los niños que preguntan “por qué” a todo.

Montréal. Nos despedimos y, de repente, los cuatro extraños volvemos a tener caminos distintos. Quién sabe cómo les irá la noche, el fin de semana, la vida.

Fronteras, Naciones, Anarquía

Los bosques tricolor de Massachusetts dieron paso a los de Vermont, más coloridos aún si cabe. Desde el bus, el arcén de la autopista ya aparecía cubierto por la hojarasca, señal de que el otoño se extiende en todas direcciones.

image

Burlington se esparce por la orilla del lago Champlain como una pequeña mancha de aceite. Es una ciudad pequeña, acogedora, roja y, con apenas 200.000 habitantes, es la más grande de Vermont, un estado demócrata hasta la médula. Bernie Sanders, el progresista independiente que está en carrera política demócrata hacia la Casa Blanca, ha sido alcalde de la ciudad, así que es roja en muchos sentidos.

image

No solo los edificios

Las matrículas en Vermont son verdes en honor a su nombre: “monte verde” en francés, idioma y cultura del que ha tenido gran influencia por su cercanía a Québec. La gente es tranquila, viste como le da la gana y te mira con curiosidad. Puedes recorrer el centro de la ciudad en una sola tarde, pero el lago y el parque que bordea la orilla invita a quedarse más de un atardecer.

image

No dudo que guardará sus miserias en algún lugar, quizá más profundo que en ciudades más grandes, pero Burlington tiene un aire a que todo va bien, a comida orgánica y agricultores que van al teatro, a transporte público gratuito y a altavoces en la calle que te invitan a una parada para observar la ciudad y su dinámica.

Decidí seguir la marcha al día siguiente hacia Montréal. El paisaje boscoso de Vermont se convirtió en un manto de trigo al llegar a Québec. Es curioso cómo un territorio debe aprovechar su zona más meridional para los cultivos mientras el otro, a escasos metros, conserva el bosque de su zona septentrional intacto porque tiene terreno cultivable al sur para dar y regalar. Hay fronteras políticas tan físicas que marcan el paisaje a fuego. Y algunas están llenas de policías fronterizos con muy malas pulgas hacia los viajeros con planes poco concretos. “Le repito que no vengo a Canadá a trabajar, señor”. En fin.

Marc-André y sus compañeros de piso (La Comune, que merece un post aparte) me esperaban en Montréal cargados de cariño y preguntas. Saben que he vivido en Barcelona diez años y en Québec miran mucho hacia Catalunya. En menos de media hora surgió la pregunta: “¿Eres independentista?”. Me llevó unos 40 minutos la perorata histórico-política en francés para explicar que no todo es Sí o No en una cuestión tan compleja. Se rieron cuando les dije que en la consulta de 2014 voté nulo dibujando en la papeleta un muñequito haciendo la peineta. Quizá habría acabado antes diciéndoles que no me merece respeto ningún estado, pero sí creo en el derecho a decidir de las personas.

La primera noche terminó en lo alto del Mont Royal, del que la ciudad obtuvo su nombre, con una vista impactante y un frío de pelotas.

image

Al día siguiente salí a encontrar, como todos los días en esta época, y vaya si encontré. Saint Laurent es la calle que divide el Montréal francófono del anglófono, y entre las peculiaridades que ofrece está L’Insoumise, la librería anarquista de la ciudad. El propio edificio, repleto de murales enormes con motivos políticos, ya llama la atención. Al entrar, un librero con falda y pelo largo rosa me explicó amablemente sin siquiera pedirlo la historia del local y cómo organizan los fondos. Su cara se iluminó cuando mencioné que mi bisabuelo fue un anarquista de cierta relevancia en Cartagena. Sin decir nada me condujo a la sección “Revolución y Guerra Civil Española”, con docenas de libros sobre el tema. Al ver mi cara de sorpresa me pidió que le contara más sobre mi bisabuelo. Y, aunque la información que tengo es escasa, eso fue lo que hice.

image

Se llamaba Emilio Martínez y, aunque nació en Cartagena, vivió en distintos sitios hasta que volvió a su ciudad natal. A principios del s.XX Cartagena era la sexta ciudad de España y una de las plazas fuertes del anarquismo y el sindicalismo. Él se interesó por el tema desde bien pronto y acabó yendo a todos los congresos que se celebraban en el Estado. Mi abuela cuenta orgullosa que “era tan listo que le llamaban desde Barcelona, Cádiz o Zaragoza para que hablara”. Imagino que era un cabeza visible de la FAI o la CNT, aunque no estoy seguro. Su ideología (ojo, década de 1920) se plasmaba en su modo de vida: dueño de un camión, trabajaba de forma independiente transportando mercancías. Vegetariano convencido (“aunque algún pellizco de salchicha se llevaba a la boca”, según mi abuela), no creía en los poderes eclesiásticos o estatales. Por eso no se llegó a casar con mi bisabuela, aunque sí adoptó al hijo que ella tenía de un matrimonio en el que enviudó. No bautizaron a los otros hijos que tuvieron y, además, les pusieron nombres como Azucena, Helios, Floreal… Emilio luchó para que mi abuela, la única niña entre sus hijos, fuera al colegio con los demás. Con lágrimas en los ojos, ella siempre dice que “si mi padre no hubiera muerto tan joven, yo podría haber estudiado una carrera”. En efecto, Emilio murió cuando su propio camión lo atrapó contra una pared, por causas poco claras. A partir de ese momento, mi bisabuela se vio desbordada con cinco hijos y no pudo evitar que la Iglesia les acabara bautizando. A mi abuela la sacaron del colegio para que ayudara en casa. Pero ella, que aún hoy con 90 años es antieclesiástica y lee un libro cada tres días, siempre ha dejado entrever un destello radiante que, imagino, heredó de su padre.

Tras una hora de charla con el librero queer, decidí comprar un libro donde me pareció probable que hablaran de Emilio, aunque luego comprobé que no era así. Acabé el día en una cafetería donde dos chicos tocaban el bajo, buscando el nombre de mi bisabuelo, un anarquista que no creía en el poder corrupto de los estados, en las páginas de un libro comprado en Québec, una región del mundo con deseos de alcanzar la independencia. Y reconozco que me gustó encontrarme en medio de una ecuación tan paradójicamente compleja, pero tan familiar al mismo tiempo.