El road trip de los trillizos hacia un fenómeno natural

A pesar de las terroríficas caretas que llevaban, cuando Timothy y Josh aparecieron por sorpresa en la fiesta de Halloween, alguien que no les conocía dijo: Juan, il y a deux comme toi!, es decir, “¡hay dos iguales que tú!”. No es la primera vez que nos dicen que nos parecemos, ya en Nueva York alguien nos llamó trillizos. No sé hasta qué punto el parecido físico es cierto, pero es verdad que nuestro sentido del humor viaja por la misma amplitud de onda y que con ellos todo es fácil, todo fluye por el mismo cauce.

Salimos de Montréal varios días después en dirección al oeste, sin un destino concreto. El propósito era encontrar un bosque para pasear y una cabaña donde dormir de camino a Ottawa, donde al día siguiente yo me quedaría y ellos volverían a Nueva York. Llevábamos apenas media hora de trayecto y, desde la parte de atrás, escuché a Timothy explicarle a Josh que Laval es una isla residencial pegada a la de Montréal. En secreto, disfruté de ese momento íntimo de pareja, una explicación trivial y cariñosa al mismo tiempo. Me resultó familiar, algo reconocible que yo también viví durante unos años en la única relación seria que he tenido. Me trajo buenos recuerdos.

Las caretas de Halloween fueron adquiriendo protagonismo a medida que corría el cuentakilómetros. Estuve a punto de bajarme en una gasolinera con una de ellas puesta, lo que podría haber causado más de un ataque de histeria y alguna que otra llamada a la policía.

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Después de preguntar en un remoto pueblo quebequés, nos dirigimos hacia una zona con varias rutas para hacer senderismo. Por fin un poco de bosque, lejos de ciudades y humanos, con la única compañía de dos seres mágicos que, caminando en silencio a mi lado por un bosque canadiense, me transmitían paz y confianza. Incluso con las caretas, lo único que desprendían era luz.

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Durante varias horas nos deslizamos por el tapiz de hojas secas pisando otoño, escuchando el latido caduco de los árboles desnudos. Algún pájaro de grandes dimensiones disparaba la imaginación de los tres al levantar el vuelo, pero el silencio no tardaba en envolvernos. Silencio sin botones de on/off, silencio sin necesidad de apagar nada. Recuerdos del Camino.

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En un recodo encontramos una cabaña en estado de semiabandono. En su interior había una mesa de madera, una chimenea, leña y una mecedora. Era fácil imaginar a un cazador fumando, balanceándose hacia atrás, hacia adelante, esperando el momento oportuno para disparar a un ciervo despistado. Nos dio juego para seguir usando las caretas en una sesión de fotos improvisada en la que competimos por la foto más terrorífica, hasta que conseguimos darnos miedo entre nosotros.

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Caminar con seres mágicos tiene la gran ventaja de no tener ni que buscar, la magia viene a ellos de manera innata. Así encontramos el hotel donde dormimos, una casa escondida entre árboles, en mitad de un bosque junto a un pueblo impronunciable, mirando hacia uno de los miles de lagos que salpican esta región.

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Mientras anochecía recorrimos laberintos de césped y piedra junto a la orilla del lago, a veces corriendo y gritando como niños que encuentran un parque infantil para ellos solos, a veces caminando en silencio entre árboles como tres adultos con mundos interiores de actividad intensa. Cenamos pizza al calor de la estufa y nos contamos historias, como la del crack en Kansas City. Mientras, las horas pasaban y el lago contemplaba la única luz de la orilla, la nuestra. Fuera, los árboles del bosque se erguían en la oscuridad, impacientes por recibir el calor de un día que se anunciaba soleado. Al levantarnos, no encontramos ni más ni menos que eso.

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Llegamos a Ottawa a mediodía y, justo después de comer, Timothy y Josh se fueron en el pequeño coche de alquiler. Me costó no mostrarme triste, pero aguanté mientras me repetía una y otra vez New York is going nowhere.

Ottawa salió al rescate. Un chico de nombre compuesto salió al rescate. Ottawa y un chico de nombre compuesto me auparon en volandas. Ottawa mataba al instante cualquier comparación involuntaria que pudiera hacer con Washington DC. Es más humana, más diversa, más auténtica. En Washington DC jamás hubiera encontrado una araña gigante comiéndose a una turista al compás de los últimos rayos del atardecer.

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Había hablado con el chico de nombre compuesto mucho antes de llegar a Ottawa. En alguna parte estaba escrito que nos íbamos a encontrar por algún recodo de la red porque no tardamos en descubrir amigos comunes, y perfiles en Couchsurfing, y Timothy y Josh en Montréal, y el bosque y “te dejamos en Ottawa si te va bien”, y los horarios de los autobuses a Toronto, y un “aquí te puedes quedar”.
Todos esos azares provocaron, sin que la población local aún se lo pueda explicar, que en la capital de Canadá se hiciera de día en plena noche de noviembre.

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Al oeste en Filadelfia…

No, ni crecí ni viví aquí, y tampoco tuve que hacerle caso a la policía, por suerte. A pesar de ello, Filadelfia ha sido una grata sorpresa. A veces, de los sitios que menos esperas es de donde más te llevas, y esta ciudad ha sido un ejemplo claro.

Aunque es una gran ciudad de 5 millones de habitantes, Filadelfia está justo entre dos monstruos como Nueva York y Washington DC, y eso la ha relegado a un segundo plano desde hace mucho. Su vecina del norte acapara el foco cultural, mientras que la del sur es el centro político del país. Sin embargo, no siempre fue así. En el s.XVIII la ciudad era un innovador centro cultural y político donde se fraguaron muchas de las ideas revolucionarias que, con el paso del tiempo, condujeron a la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

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The Independence Hall

En ese salón, las trece colonias que el imperio británico ahogaba a impuestos decidieron declararse independientes el 4 de julio de 1776, aunque esa es sólo la fecha de publicación de la declaración, ya que las colonias no se pusieron de acuerdo en todos sus apartados hasta agosto, que fue cuando finalmente se firmó. Unos años más tarde, cuando allí mismo se redactó la Constitución del país, la ciudad puntera que había visto nacer el primer banco, el primer hospital y la primera sociedad filosófica de América, se convirtió en la capital provisional del recién creado Estado, hasta que Washington DC se terminó de construir. Por todo ello, un paseo por la ciudad vieja de Philly, como también se la conoce, es mucho más revelador e informativo sobre la historia estadounidense que el museo dedicado al tema en Washington DC, y mucho más auténtico que cualquiera de los paseos que di por la actual capital. Filadelfia tiene más alma histórica, sin duda.

Como ciudad moderna ha tenido altibajos, debido en parte a la sombra que ejercen sus vecinas, pero da la impresión de que se está sabiendo reinventar. Los barrios cercanos al centro de la ciudad están mutando en pequeños brooklyns, llenos de tiendas y cafés cuquis, y el propio downtown tiene vida a cualquier hora, incluso de noche. El arte está siendo un punto fuerte en el cambio. Desde hace años, el ayuntamiento promueve la creación de murales urbanos y la iniciativa ha tenido tal éxito que se han involucrado tanto asociaciones locales como empresas privadas. El resultado son más de 3.000 murales, muchos de ellos impresionantes, que han revitalizado la estética urbana de la ciudad.

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He tenido una experiencia regular con Couchsurfing en Filadelfia porque me ha acogido una persona que está en las antípodas de lo que considero un buen anfitrión, pero he tenido la suerte de que estuviera alojado en la misma casa Dominik, un alemán muy majo que lleva viajando 10 meses. El primer día en Philly nos fuimos a desayunar juntos y ya no nos hemos separado ni un momento. Es curioso cómo encajas con unas personas y con otras… no es que no encajes, es que te repeles.

La ciudad ofrece muchas cosas que hacer y Dominik, como buen alemán, ha sabido organizar muy bien el tiempo, así que en un par de días lo hemos visto casi todo. A destacar:

– Mütter Museum: una fascinante colección de rarezas médicas, desde cabezas humanas diminutas hasta esqueletos deformes o un colon gigante. No apto para todos los estómagos. También muy interesante la expo temporal de Greg Dunn, un artista que ha combinado las técnicas de dibujo orientales con la fisionomía del cerebro para representar escenas así:

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Mapa de desplazamientos urbanos de Filadelfia donde cada persona es una neurona, que no sabe la realidad del todo e interactúa solo con otras pocas neuronas, y la ciudad representa al cerebro, el conjunto que da vida a la mente humana.

– Campus de University of Pennsylvania: la zona universitaria se extiende por el oeste a modo de ciudad. Las dimensiones te dejan perplejo y algunos edificios no tienen nada que envidiar a Hogwarts.

– El Museo de Arte de Filadelfia: no es sólo la magnífica colección propia del museo, donde tuve un momento trascendental de estos intensos míos y que ahora después explico; es que, además, este museo es el escenario donde se rodó la mítica escena de Rocky subiendo unos escalones mientras entrenaba, así que es una de las grandes atracciones de la ciudad.

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Justo hace un año hice un curso online llamado Poesía Estadounidense Moderna y Contemporánea, precisamente de University of Pennsylvania. Una de las clases me sorprendió porque, en lugar de debatir sobre un autor, la conversación giró en torno a un cuadro concreto de Marcel Duchamp, Nu descendant un escalier, num.2 (Desnudo bajando una escalera). El director del curso hizo una reflexión asombrosa sobre lo que el cuadro nos podía enseñar respecto a los poetas de principios del XX: la necesidad de romper con las estructuras tradicionales, el cubismo y su empeño en mostrar la realidad desfigurada, el arte en movimiento, la revolución tecnológica que supuso el cine… Fue una de las clases que más disfruté porque aprendí historia, arte y literatura al mismo tiempo. Por eso, cuando entré en la primera sala del ala de pintura moderna del Museo de Arte de Filadelfia y me encontré de frente con ese cuadro, justo el día que había paseado por el campus de Penn pensando en cuál sería el edificio desde donde se impartía el curso, se me puso una cara de bobo impresionante. Viéndolo en directo y escuchando la explicación del subdirector del museo, tuve una sensación repentina de familiaridad con la ciudad, la universidad, el museo y uno de sus cuadros estrella, como si un círculo incompleto se hubiera cerrado sin pretenderlo. Sí, fue algo intenso.

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