Detroit, o todo lo que podría ir mal

Cuando Diego Rivera pintó los 27 murales del Detroit Institute of Arts entre 1932 y 1933, Detroit era la quinta ciudad más grande y rica de Norteamérica. Atraía a trabajadores de todos los rincones del país y era el epicentro mundial de una industria que se creía invencible: el automóvil. Alrededor de las fábricas de Ford, Chrysler y General Motors, The Big Three, floreció una industria auxiliar y de servicios que contribuyó a alimentar la leyenda. Detroit alcanzó su cénit con la Segunda Guerra Mundial y la industria asociada a la maquinaria bélica.

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Llegaron los 50 y, pobre Motor City, el sueño comenzó a difuminarse. En las décadas anteriores los obreros habían sabido organizarse en sindicatos fuertes. Las Big Three, buques insignia de un capitalismo salvaje que ya despuntaba, decidieron entonces deslocalizar la producción hacia México, Canadá u otras partes de Estados Unidos con mano de obra más barata. Las fábricas en Detroit despidieron a miles de trabajadores y así se debilitó a los sindicatos. Es decir, la misma estrategia inhumana y codiciosa que hoy día sigue toda multinacional.

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La deslocalización afectó en gran medida a los obreros afroamericanos que, huyendo de un Sur donde se les maltrataba sistemáticamente, habían llegado a Detroit en las décadas anteriores en busca de trabajo en la industria del motor. La ciudad ya vivía una dinámica en la que los blancos, asociados a mejores trabajos y con más posibilidades de tener coche propio, abandonaban poco a poco el centro para irse a los suburbios. Si un afroamericano intentaba mudarse a esas ciudades satélite, se le echaba a patadas. Atrapados en determinadas zonas, su situación empeoró cuando Detroit dejó de invertir en transporte público para construir autopistas hacia los suburbios blancos, sin tener en cuenta que esas moles de hormigón dividían y aislaban sectores enteros de población negra. En los años 60 llegaron las protestas sociales y los disturbios, y los blancos que quedaban acabaron por marcharse lejos del centro de Detroit. Los escasos esfuerzos municipales por revertir la situación no dieron resultado y muchos barrios quedaron a merced del abandono institucional. La crisis del petróleo en los 70, la competencia de la industria del motor asiática y la propia crisis mundial del automóvil acabaron por rematar la situación de una ciudad ahogada en deudas y problemas.

En 1950 Detroit tenía 2 millones de habitantes, 85% blancos y 15% negros. En 2010 quedaban menos de 700.000, 85% negros y 15% blancos. En 2013 se declaró en bancarrota. La población, prácticamente abandonada a su suerte, es hoy día víctima de las mayores tasas de desempleo (23%), delincuencia (10 veces más asesinatos que en Nueva York) y pobreza (un 35%) de todas las ciudades de Estados Unidos. El 60% de las parcelas están vacías o en ruinas. Y nadie hace nada.

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Detroit aparece fantasmagórica desde el lado canadiense. Al cruzar la frontera, la estampa no mejora. Imagino que es el día, que está a punto de oscurecer, que a ninguna ciudad le sienta bien la lluvia. La autopista semivacía en supuesta hora punta tampoco ayuda.

Me acoge Meiyi, ciudadanx del mundo que no se identifica con lugares o géneros por decisión propia. Tiene una fuerza abrumadora; se mueve, habla, ríe, incluso asiente con firmeza. Sabe escuchar como si fuera toda una audiencia. Y es valiente. Hay que serlo para vivir aquí por elección propia, en una ciudad dividida, en una zona degradada, a tres calles de una zona abandonada. Por eso sus frases me calan hondo. “No salgas de noche”, “Evita el transporte público”, “Por este barrio no pases. Ni por este, ni por este”, dibujando el mapa como un tablero de ajedrez.

Amanezco en Detroit con un sol inusual para esta época del año y decido coger el autobús al centro. No noto tanta inseguridad, pero no dejo de recibir miradas de extrañeza. Es una hora y cuarto de trayecto, y me cuesta que los ojos no me salten de las órbitas. De repente se abre ante mí la realidad de Detroit. Era verdad: hay barrios enteros abandonados, casas destrozadas aún con muebles, otras derruidas cuyos techos recrean formas perturbadoras, calles donde apenas quedan una o dos en pie. Lo que llaman “pasto urbano” tiñe las calles de un verde paradójicamente esperanzador. Cuesta imaginar familias haciendo barbacoas los domingos, niños en bici, estampas suburbanas.

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No sé qué esperaba, quizá que las historias, los artículos, las fotos sobre la decadencia urbana fueran otro mito americano exagerado. Pero vaya si existe. Y es capaz de dejarte exhausto en apenas hora y cuarto.

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Llego al centro inquieto. La brutalidad que destilan algunas zonas me ha impactado. Sin embargo, en el downtown hay cierta regeneración urbana, incluso con algún rincón gentrificado, aunque siempre ligado a clientela o residentes mayoritariamente blancos. Si esta ciudad ya es obscenamente desigual en cuanto a reparto de la riqueza, el futuro podría ser aterrador, con barrios-isla aún más acentuados que hoy día.

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A pesar del pequeño boom inversor, el centro de Detroit aún guarda escenarios como el Michigan Theatre, que pasó de sala de espectáculos para 4.000 personas a aparcamiento y, curiosamente, se encuentra en el edificio donde Henry Ford creó el primer automóvil. Mike, el conserje, acepta llevarme al tercer piso a cambio de $5. Imagino que lo hace con todos los curiosos que quieren verlo. Me explica que a veces caen casquetes del techo. Miro arriba, los grabo, y no me extraña que disparen casquetes:

Techos monumentales que una vez acogieron grandes expresiones artísticas, ahora abandonados por la misma humanidad codiciosa que los construyó, enfrentados sin remedio al asfalto y cruelmente condenados a ver su decadencia reflejada en los techos de los vehículos que cobijan. Cualquiera atacaría esos espejos infames aunque implicara descomponerse poco a poco.

Recorro el semidesértico downtown y sus edificios imponentes, unos abandonados y otros a medio gas; hay calles y autopistas sobredimensionadas para el escaso tráfico que las transita. Almuerzo en Greektown, paseo por el río y, antes de que oscurezca, voy a ver otra de las grandes olvidadas de Detroit, la que una vez fue Estación Central de Michigan.

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Para mi sorpresa, los propietarios han decidido instalar cristales para proteger el interior. Y ya está, porque no piensan hacer nada con ella, no hay un plan de rehabilitación, no hay nuevos trenes en el horizonte. Solo unos cristales y porque clamaba al cielo que no los hubiera. Nada más. Simplemente no les interesa, como con tantas zonas y personas de esta ciudad. Simplemente, no interesan.

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Por la noche reflexiono sobre Detroit. “Pobre Motown, en qué te han convertido”, me repito. Eres tan triste como las canciones que Sixto Rodríguez compuso en tus calles, tan olvidada como los años de fama que nunca tuvo.

Al día siguiente vuelve a amanecer nublado. Me despido de Meiyi con promesas de volver a vernos. Cargo con la mochila en dirección al Detroit Institute of Arts para ver, sobre todo, los murales de Diego Rivera antes del bus a Chicago.

Y le digo: Detroit, no quiero visitar ninguna más de tus ruinas. Quiero contemplar todo lo bueno que ofreces. Admirar tu pasado, todo lo que tus obreros consiguieron. Desearte que alguien un poco más humano, quizá de otro planeta o de otro milenio, cuide de tus heridas y tus enfermos. E irme antes de que notes mi temor a que seas la antesala de lo que podría estar esperándole a este mundo enfermo a la vuelta de la esquina.

Dos semanas cualesquiera

La dinámica diaria del habitante de cualquier ciudad es parecida, ya sea de una pequeña como Cartagena o de una metrópolis como Nueva York. Te levantas, respiras, te desplazas, trabajas, comes, disfrutas lo que puedes y duermes, no en ese orden necesariamente. Cohabitas con miles de desconocidos en un espacio relativamente reducido y aguantas con más o menos entereza olores, sonidos y disgustos ajenos. Malgastas gran parte de tu tiempo en intentar ganar dinero y en tratar de gastarlo como mejor puedas mientras ansías todo lo que no tienes. La vida urbana y sus entresijos, qué os voy a contar que no sepáis.

Sin embargo, no se le puede negar a Nueva York la capacidad de apabullar incluso al urbanita más avezado. Es la ciudad por excelencia. Los olores se multiplican, los sonidos ensordecen y la gente… Qué decir, son 20 millones de apelotonados habitantes. Incluso los conceptos de trabajo y ocio adquieren una dimensión inabarcable. Aquí puedes subir al puesto laboral más alto y divertirte, al mismo tiempo, en los más bajos fondos. En ningún otro sitio se muestra con tan poco disimulo el poder del dinero y las consecuencias de no tener acceso a él. No, tranquilxs, no pensaba soltar una perorata infumable sobre los males del capitalismo.

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El otro día caminaba de noche por Manhattan pensando en las cosas que estarían pasando a mi alrededor en ese preciso instante, o durante ese día, o durante mi estancia aquí. Me puse a investigar y, como era de esperar, ocurren muchas cosas en una ciudad como Nueva York. Ni más ni menos, en este preciso lapso de dos semanas que pasaré aquí, 2 personas habrán muerto arrolladas por el metro y 6 estarán gravemente heridas; habrán llegado 2,1 millones de turistas; sus calles habrán visto 8.500 accidentes de tráfico con 30 víctimas mortales (entre ellos, dos ciclistas); sus 5.200.000 árboles habrán eliminado 84 toneladas de contaminantes atmosféricos; se habrán suicidado 18 personas; habrá habido 1.600 rodajes como éste que grabé desde el Manhattan Bridge…

…habrá habido 12 asesinatos y 730 robos; las compañías de mensajería habrán recibido 98.000 multas; cada puesto de comida callejera de Central Park habrá tenido que pagar hasta $8.000 en impuestos; los taxis habrán facturado 5.906.000 carreras; los coches de Uber, 1.700.000; se habrán usado 4.000.000 de cartones de comida china; se habrán necesitado 150.000 árboles para imprimir las dos ediciones dominicales del New York Times; y habrán nacido, ni más ni menos, 4.581 bebés. Cuatro mil quinientos ochenta y uno. Todo, en dos semanas.

Por lo demás, los edificios en construcción habrán sumado alguna planta, Wall Street habrá movido más dinero que nunca y yo me acabaré yendo de aquí, abrumado por la inconcebible cantidad de seres y actos humanos que existen en un solo instante, en una sola ciudad.