Cartagenas

¿Con qué soñaban los conquistadores? Es muy posible que Pedro de Heredia, como tantos otros, ansiara la gloria de llegar a tierras desconocidas para los europeos y conquistarlas, sin importar cuántos hombres perecieran o cuántas civilizaciones quedaran reducidas a cenizas, para ofrecerlas a su patria. En 1533, su barco llegó a una bahía en el Caribe con múltiples brazos de tierra y montes cercanos, perfectos como posiciones defensivas. Entonces, las ciudades se asediaban con grandes flotas de navíos. Imagino a Pedro de Heredia en una colina, mirando al mar que acaba de cruzar y a la bahía impenetrable por la que ha tocado tierra. “Este lugar inexpugnable Cartagena de Indias deberá llamarse, los barcos enemigos sufrirán el mismo destino de aquellos que han intentado tantas veces conquistar sin éxito las aguas de la bahía de la Cartagena de España”. Además de ser genocidas sin escrúpulos, los conquistadores no brillaban por su imaginación.

La Cartagena colombiana, ahora principal centro turístico del país e indudablemente uno de los lugares con más historia reciente de Sudamérica, guarda en sus cimientos las grandes vergüenzas de la Europa imperialista. Primero fue la sumisión y el exterminio de la población nativa, como ocurrió a gran escala en toda América. Después, tras su fundación, la ciudad se convirtió en el principal puerto de tráfico de esclavos. Desde una de las fortalezas que la guardan, casi puedo ver los barcos que durante siglos llegaron a este puerto cargados de africanos. La crueldad humana reflejada en el brillo de las cadenas en los tobillos y muñecas de hombres y mujeres que tenían familia, hogar y una vida en Angola o Guinea. Al llegar se les apilaba en la zona de Getsemaní, donde estaba la prisión de la ciudad, cercana al histórico y pulido Casco Antiguo. Getsemaní, ironías de la vida, es ahora el epicentro del turismo joven: cafés, restaurantes, hostales y mucho graffiti. El arte urbano es, una vez más, el medio para denunciar un pasado terrorífico y un presente amenazado por la gentrificación que los turistas estamos causando.

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La ciudad, codiciada por otros imperios europeos igual de sangrientos, erigió muros gigantes para defenderse. Grandes bloques de piedra rectangular, almenas, cañones… El resultado fue una muralla muy parecida a la de la Cartagena española. Imagino que debieron de construirla los mismos ingenieros al servicio de la corona. Lo que se hacía en la metrópoli se replicaba en las colonias, para desgracia de muchos y gloria de unos pocos. De ahí el resto de parecidos entre las dos Cartagenas.

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En la colombiana también hay un arsenal y en la ciudad abundan las torres y edificios de color blanco y amarillo. Hay fortalezas en las colinas que guardan todos los flancos de la bahía. Hay ficus a los pies de la muralla, piedras del mismo color, hay pórticos que la atraviesan, hay torreones circulares en sus esquinas. La muralla rodea un casco antiguo situado en la entrada de la bahía y en él hay edificios e iglesias que recuerdan a algunos de la Cartagena levantina y a otros de los pueblos de Castilla.

La semejanza geográfica entre las dos Cartagenas existe, es innegable: la bahía escondida, los montículos que la rodean, las playas de arena fina en los alrededores. Sin embargo, las otras similitudes son artificiales, producto de siglos de ocupación española, y solo se encuentran en una zona muy concreta. Por eso, pasear por la ciudad colombiana me ha causado impresiones contradictorias. Su casco antiguo es sin duda una joya de la arquitectura colonial, pero detrás hay toda una ciudad de un millón de habitantes con barrios caóticos y muchísimo más humildes. Es la Cartagena que no se enseña, la que mide su pulso a ritmo colombiano de espaldas a una ciudad colonial que exuda dinero, turistas y un pasado de dudosa gloria.

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Por otro lado, la sensación de haber estado ya allí, de reconocer los colores, la geografía, la muralla. Los incontables recuerdos que me ha traído de mi realidad en Europa. Ver los rostros de mi primera línea, la que forman los que siempre están ahí, al pie del cañón, cada uno y cada una como una piedra de la muralla que me protege incluso aquí, al otro lado. Ver el atardecer y enviar una sonrisa que viaje con el sol para que os llegue cuando os desperteis, de Cartagena a Cartagena.

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Vuelvo al norte con la suerte de pensaros allí y saber que os tengo igual de cerca. Vuelvo a Norteamérica con la suerte de seguir con el chico de Alaska a mi lado, nadando en una piscina que ninguno de los dos esperábamos. Volvemos al norte buceando de la mano.

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Giro al Centro

El ruido en la plaza es ensordecedor. Unos niños aporrean tambores mientras otros giran sin parar para que las figuras que acarrean cobren vida. Los vendedores ambulantes hacen sonar las campanillas de sus carros de bebidas, golosinas o helados. Cada pocos segundos estalla un cohete más o menos cercano, pero hay tal ruido ambiental que mi fobia ni se llega a activar. Las campanas de la catedral repican sin tregua y algunos edificios adyacentes están rodeados de puestos con motivos en honor a la Concepción de María. En cada uno suena música estridente que, más o menos navideña, canta a la virgen. Completan la imagen hordas de locales paseando por la plaza, mirando y dejándose ver, disfrutando de una de las fiestas más señaladas de su país.

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Estoy en Nicaragua. ¿Por qué? Sobre todo porque ya era hora de volver a coger colectivos atestados de gente hasta en los pasillos, de comer gallo pinto y plátano frito, de mirar de frente otra vez al Pacífico y de tener un volcán perpetuo en el horizonte. No puedo evitar pensar cada poco rato en 2009 y Rocío. Aquel año viajamos juntos por Centroamérica durante un mes. Fue mi primera aventura fuera de Europa y cada vez que la recuerdo sonrío.

Volé a Managua de madrugada y desde el avión vi el río de lava del volcán Momotombo, que había entrado en erupción el día anterior tras 110 años en silencio. Qué mejor recepción para una ciudad que apenas da más de sí. Al tráfico asfixiante, el calor y la contaminación se suma que un terremoto en 1973 destruyó todo su patrimonio, así que hay poco que ver. El centro de la ciudad sigue a día de hoy sin reconstruirse e incluso la catedral está aún en semiruina.

Pasé varios días aclimatándome al calor y explorando la ciudad. Si me tengo que quedar con algo de Managua, es sin duda con el Museo Nacional de Nicaragua. Está en el Palacio Nacional y, además de la fantástica explicación que me dio Damaris, una de las guías, el museo recorre los orígenes de la cultura nicaragüense, casi siempre desde un punto de vista precolombino. Me hubiera gustado saber más sobre la lucha indígena contra los colonizadores, la historia de la independencia del mandato español, la dictadura de Somoza o la revolución sandinista, pero el museo es más antropológico que histórico, así que me ha tocado leer por mi cuenta sobre todo ello. Aún así, algunos puntos del fondo expositivo son, por suerte, más comprometidos.

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Grabado que muestra una de las formas de masacrar de los colonizadores: el aperreamiento. Ni más ni menos, dejar que los perros se comieran vivos a los nativos rebeldes.

La ciudad de León es otra historia. Arquitectura colonial, fe, universidades y revolución. Ese sería el pequeño resumen de la ciudad. La plaza que describo al principio es la de la catedral, y todas las noches ruge con ese ritmo frenético. Esta semana es “La Gritería”, una festividad catártica donde los locales se dedican a tirar cohetes y a gritar a pleno pulmón a las imágenes de la virgen María que hay en cada casa a cambio de un caramelo. No puedo declararme fan de esta costumbre ruidosa y católica, pero en cierto modo tiene su encanto. Por suerte para espíritus laicos, León ofrece mucha historia y muchas historias. De todas ellas me quedo con dos que un local me acaba de explicar en la plaza, un cuento folclórico y un dato histórico.

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La Gigantona y el Enano Cabezón: la leyenda cuenta que una bella española de ojos azules embelesó a un jefe indígena con sus bailes, inteligente para unas cosas pero algo tonto para los asuntos del corazón. Fruto de este amor imposible, la Gigantona quedó condenada a bailar al ritmo de los tambores cada vez que estos sonaran y el Enano Cabezón le canta unas estrofas cuando el ritmo cesa. La historia es terrible y creo que al chico se le escapa algún detalle, pero cada país con sus leyendas.

La masacre estudiantil de 1959: los estudiantes de León se manifestaban a causa de otra masacre política cuando uno de los Somoza, el clan de dictadores que gobernó Nicaragua durante décadas, mandó acallar la protesta a disparos. Cuatro estudiantes murieron y hubo muchos heridos. Aquello fue el germen de la lucha revolucionaria dentro de la universidad, y muchos de los entonces estudiantes acabarían siendo los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional veinte años después. La ciudad de León aún alberga murales en recuerdo de sus mártires.

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Me voy a dormir pensando en cómo sería este país, o toda América, si la historia hubiera sido distinta, si Nicaragua no nos hubiera sufrido a los españoles con nuestras masacres y enfermedades diezmando a la población nativa, si no hubiera sido salvajemente cristianizada, si no hubiera tenido que luchar por su independencia y su identidad en el siglo XIX, si la dictadura de los Somoza no hubiera existido y Estados Unidos no la hubiera apoyado. Quién sabe cómo sería este país, o toda América, si hubiera podido elegir su propio camino.

Me voy a dormir en otro país pensando en mis propios miedos y en los caminos nuevos, en Rocío, en mi voto, en las olas del Pacífico. Me voy a dormir pensando en mañana pero no en pasado mañana, en los sueños probables y las pesadillas, en los aciertos y las carencias. Me voy a dormir respirando al ritmo del ventilador que apacigua el calor. Me voy a dormir en Nicaragua y a dejar de pensar por hoy, por fin.

Detroit, o todo lo que podría ir mal

Cuando Diego Rivera pintó los 27 murales del Detroit Institute of Arts entre 1932 y 1933, Detroit era la quinta ciudad más grande y rica de Norteamérica. Atraía a trabajadores de todos los rincones del país y era el epicentro mundial de una industria que se creía invencible: el automóvil. Alrededor de las fábricas de Ford, Chrysler y General Motors, The Big Three, floreció una industria auxiliar y de servicios que contribuyó a alimentar la leyenda. Detroit alcanzó su cénit con la Segunda Guerra Mundial y la industria asociada a la maquinaria bélica.

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Llegaron los 50 y, pobre Motor City, el sueño comenzó a difuminarse. En las décadas anteriores los obreros habían sabido organizarse en sindicatos fuertes. Las Big Three, buques insignia de un capitalismo salvaje que ya despuntaba, decidieron entonces deslocalizar la producción hacia México, Canadá u otras partes de Estados Unidos con mano de obra más barata. Las fábricas en Detroit despidieron a miles de trabajadores y así se debilitó a los sindicatos. Es decir, la misma estrategia inhumana y codiciosa que hoy día sigue toda multinacional.

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La deslocalización afectó en gran medida a los obreros afroamericanos que, huyendo de un Sur donde se les maltrataba sistemáticamente, habían llegado a Detroit en las décadas anteriores en busca de trabajo en la industria del motor. La ciudad ya vivía una dinámica en la que los blancos, asociados a mejores trabajos y con más posibilidades de tener coche propio, abandonaban poco a poco el centro para irse a los suburbios. Si un afroamericano intentaba mudarse a esas ciudades satélite, se le echaba a patadas. Atrapados en determinadas zonas, su situación empeoró cuando Detroit dejó de invertir en transporte público para construir autopistas hacia los suburbios blancos, sin tener en cuenta que esas moles de hormigón dividían y aislaban sectores enteros de población negra. En los años 60 llegaron las protestas sociales y los disturbios, y los blancos que quedaban acabaron por marcharse lejos del centro de Detroit. Los escasos esfuerzos municipales por revertir la situación no dieron resultado y muchos barrios quedaron a merced del abandono institucional. La crisis del petróleo en los 70, la competencia de la industria del motor asiática y la propia crisis mundial del automóvil acabaron por rematar la situación de una ciudad ahogada en deudas y problemas.

En 1950 Detroit tenía 2 millones de habitantes, 85% blancos y 15% negros. En 2010 quedaban menos de 700.000, 85% negros y 15% blancos. En 2013 se declaró en bancarrota. La población, prácticamente abandonada a su suerte, es hoy día víctima de las mayores tasas de desempleo (23%), delincuencia (10 veces más asesinatos que en Nueva York) y pobreza (un 35%) de todas las ciudades de Estados Unidos. El 60% de las parcelas están vacías o en ruinas. Y nadie hace nada.

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Detroit aparece fantasmagórica desde el lado canadiense. Al cruzar la frontera, la estampa no mejora. Imagino que es el día, que está a punto de oscurecer, que a ninguna ciudad le sienta bien la lluvia. La autopista semivacía en supuesta hora punta tampoco ayuda.

Me acoge Meiyi, ciudadanx del mundo que no se identifica con lugares o géneros por decisión propia. Tiene una fuerza abrumadora; se mueve, habla, ríe, incluso asiente con firmeza. Sabe escuchar como si fuera toda una audiencia. Y es valiente. Hay que serlo para vivir aquí por elección propia, en una ciudad dividida, en una zona degradada, a tres calles de una zona abandonada. Por eso sus frases me calan hondo. “No salgas de noche”, “Evita el transporte público”, “Por este barrio no pases. Ni por este, ni por este”, dibujando el mapa como un tablero de ajedrez.

Amanezco en Detroit con un sol inusual para esta época del año y decido coger el autobús al centro. No noto tanta inseguridad, pero no dejo de recibir miradas de extrañeza. Es una hora y cuarto de trayecto, y me cuesta que los ojos no me salten de las órbitas. De repente se abre ante mí la realidad de Detroit. Era verdad: hay barrios enteros abandonados, casas destrozadas aún con muebles, otras derruidas cuyos techos recrean formas perturbadoras, calles donde apenas quedan una o dos en pie. Lo que llaman “pasto urbano” tiñe las calles de un verde paradójicamente esperanzador. Cuesta imaginar familias haciendo barbacoas los domingos, niños en bici, estampas suburbanas.

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No sé qué esperaba, quizá que las historias, los artículos, las fotos sobre la decadencia urbana fueran otro mito americano exagerado. Pero vaya si existe. Y es capaz de dejarte exhausto en apenas hora y cuarto.

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Llego al centro inquieto. La brutalidad que destilan algunas zonas me ha impactado. Sin embargo, en el downtown hay cierta regeneración urbana, incluso con algún rincón gentrificado, aunque siempre ligado a clientela o residentes mayoritariamente blancos. Si esta ciudad ya es obscenamente desigual en cuanto a reparto de la riqueza, el futuro podría ser aterrador, con barrios-isla aún más acentuados que hoy día.

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A pesar del pequeño boom inversor, el centro de Detroit aún guarda escenarios como el Michigan Theatre, que pasó de sala de espectáculos para 4.000 personas a aparcamiento y, curiosamente, se encuentra en el edificio donde Henry Ford creó el primer automóvil. Mike, el conserje, acepta llevarme al tercer piso a cambio de $5. Imagino que lo hace con todos los curiosos que quieren verlo. Me explica que a veces caen casquetes del techo. Miro arriba, los grabo, y no me extraña que disparen casquetes:

Techos monumentales que una vez acogieron grandes expresiones artísticas, ahora abandonados por la misma humanidad codiciosa que los construyó, enfrentados sin remedio al asfalto y cruelmente condenados a ver su decadencia reflejada en los techos de los vehículos que cobijan. Cualquiera atacaría esos espejos infames aunque implicara descomponerse poco a poco.

Recorro el semidesértico downtown y sus edificios imponentes, unos abandonados y otros a medio gas; hay calles y autopistas sobredimensionadas para el escaso tráfico que las transita. Almuerzo en Greektown, paseo por el río y, antes de que oscurezca, voy a ver otra de las grandes olvidadas de Detroit, la que una vez fue Estación Central de Michigan.

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Para mi sorpresa, los propietarios han decidido instalar cristales para proteger el interior. Y ya está, porque no piensan hacer nada con ella, no hay un plan de rehabilitación, no hay nuevos trenes en el horizonte. Solo unos cristales y porque clamaba al cielo que no los hubiera. Nada más. Simplemente no les interesa, como con tantas zonas y personas de esta ciudad. Simplemente, no interesan.

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Por la noche reflexiono sobre Detroit. “Pobre Motown, en qué te han convertido”, me repito. Eres tan triste como las canciones que Sixto Rodríguez compuso en tus calles, tan olvidada como los años de fama que nunca tuvo.

Al día siguiente vuelve a amanecer nublado. Me despido de Meiyi con promesas de volver a vernos. Cargo con la mochila en dirección al Detroit Institute of Arts para ver, sobre todo, los murales de Diego Rivera antes del bus a Chicago.

Y le digo: Detroit, no quiero visitar ninguna más de tus ruinas. Quiero contemplar todo lo bueno que ofreces. Admirar tu pasado, todo lo que tus obreros consiguieron. Desearte que alguien un poco más humano, quizá de otro planeta o de otro milenio, cuide de tus heridas y tus enfermos. E irme antes de que notes mi temor a que seas la antesala de lo que podría estar esperándole a este mundo enfermo a la vuelta de la esquina.

Fronteras, Naciones, Anarquía

Los bosques tricolor de Massachusetts dieron paso a los de Vermont, más coloridos aún si cabe. Desde el bus, el arcén de la autopista ya aparecía cubierto por la hojarasca, señal de que el otoño se extiende en todas direcciones.

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Burlington se esparce por la orilla del lago Champlain como una pequeña mancha de aceite. Es una ciudad pequeña, acogedora, roja y, con apenas 200.000 habitantes, es la más grande de Vermont, un estado demócrata hasta la médula. Bernie Sanders, el progresista independiente que está en carrera política demócrata hacia la Casa Blanca, ha sido alcalde de la ciudad, así que es roja en muchos sentidos.

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No solo los edificios

Las matrículas en Vermont son verdes en honor a su nombre: “monte verde” en francés, idioma y cultura del que ha tenido gran influencia por su cercanía a Québec. La gente es tranquila, viste como le da la gana y te mira con curiosidad. Puedes recorrer el centro de la ciudad en una sola tarde, pero el lago y el parque que bordea la orilla invita a quedarse más de un atardecer.

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No dudo que guardará sus miserias en algún lugar, quizá más profundo que en ciudades más grandes, pero Burlington tiene un aire a que todo va bien, a comida orgánica y agricultores que van al teatro, a transporte público gratuito y a altavoces en la calle que te invitan a una parada para observar la ciudad y su dinámica.

Decidí seguir la marcha al día siguiente hacia Montréal. El paisaje boscoso de Vermont se convirtió en un manto de trigo al llegar a Québec. Es curioso cómo un territorio debe aprovechar su zona más meridional para los cultivos mientras el otro, a escasos metros, conserva el bosque de su zona septentrional intacto porque tiene terreno cultivable al sur para dar y regalar. Hay fronteras políticas tan físicas que marcan el paisaje a fuego. Y algunas están llenas de policías fronterizos con muy malas pulgas hacia los viajeros con planes poco concretos. “Le repito que no vengo a Canadá a trabajar, señor”. En fin.

Marc-André y sus compañeros de piso (La Comune, que merece un post aparte) me esperaban en Montréal cargados de cariño y preguntas. Saben que he vivido en Barcelona diez años y en Québec miran mucho hacia Catalunya. En menos de media hora surgió la pregunta: “¿Eres independentista?”. Me llevó unos 40 minutos la perorata histórico-política en francés para explicar que no todo es Sí o No en una cuestión tan compleja. Se rieron cuando les dije que en la consulta de 2014 voté nulo dibujando en la papeleta un muñequito haciendo la peineta. Quizá habría acabado antes diciéndoles que no me merece respeto ningún estado, pero sí creo en el derecho a decidir de las personas.

La primera noche terminó en lo alto del Mont Royal, del que la ciudad obtuvo su nombre, con una vista impactante y un frío de pelotas.

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Al día siguiente salí a encontrar, como todos los días en esta época, y vaya si encontré. Saint Laurent es la calle que divide el Montréal francófono del anglófono, y entre las peculiaridades que ofrece está L’Insoumise, la librería anarquista de la ciudad. El propio edificio, repleto de murales enormes con motivos políticos, ya llama la atención. Al entrar, un librero con falda y pelo largo rosa me explicó amablemente sin siquiera pedirlo la historia del local y cómo organizan los fondos. Su cara se iluminó cuando mencioné que mi bisabuelo fue un anarquista de cierta relevancia en Cartagena. Sin decir nada me condujo a la sección “Revolución y Guerra Civil Española”, con docenas de libros sobre el tema. Al ver mi cara de sorpresa me pidió que le contara más sobre mi bisabuelo. Y, aunque la información que tengo es escasa, eso fue lo que hice.

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Se llamaba Emilio Martínez y, aunque nació en Cartagena, vivió en distintos sitios hasta que volvió a su ciudad natal. A principios del s.XX Cartagena era la sexta ciudad de España y una de las plazas fuertes del anarquismo y el sindicalismo. Él se interesó por el tema desde bien pronto y acabó yendo a todos los congresos que se celebraban en el Estado. Mi abuela cuenta orgullosa que “era tan listo que le llamaban desde Barcelona, Cádiz o Zaragoza para que hablara”. Imagino que era un cabeza visible de la FAI o la CNT, aunque no estoy seguro. Su ideología (ojo, década de 1920) se plasmaba en su modo de vida: dueño de un camión, trabajaba de forma independiente transportando mercancías. Vegetariano convencido (“aunque algún pellizco de salchicha se llevaba a la boca”, según mi abuela), no creía en los poderes eclesiásticos o estatales. Por eso no se llegó a casar con mi bisabuela, aunque sí adoptó al hijo que ella tenía de un matrimonio en el que enviudó. No bautizaron a los otros hijos que tuvieron y, además, les pusieron nombres como Azucena, Helios, Floreal… Emilio luchó para que mi abuela, la única niña entre sus hijos, fuera al colegio con los demás. Con lágrimas en los ojos, ella siempre dice que “si mi padre no hubiera muerto tan joven, yo podría haber estudiado una carrera”. En efecto, Emilio murió cuando su propio camión lo atrapó contra una pared, por causas poco claras. A partir de ese momento, mi bisabuela se vio desbordada con cinco hijos y no pudo evitar que la Iglesia les acabara bautizando. A mi abuela la sacaron del colegio para que ayudara en casa. Pero ella, que aún hoy con 90 años es antieclesiástica y lee un libro cada tres días, siempre ha dejado entrever un destello radiante que, imagino, heredó de su padre.

Tras una hora de charla con el librero queer, decidí comprar un libro donde me pareció probable que hablaran de Emilio, aunque luego comprobé que no era así. Acabé el día en una cafetería donde dos chicos tocaban el bajo, buscando el nombre de mi bisabuelo, un anarquista que no creía en el poder corrupto de los estados, en las páginas de un libro comprado en Québec, una región del mundo con deseos de alcanzar la independencia. Y reconozco que me gustó encontrarme en medio de una ecuación tan paradójicamente compleja, pero tan familiar al mismo tiempo.

El rojo es y no es frío

El otoño se ha derrumbado sobre Boston como si hubiera corrido todo el verano y acabara su carrera aquí, exhausto por el calor y la humedad de los meses pasados. Se ha cobrado su pequeña venganza con unos días gélidos, con grados bajo cero e incluso unos copos de nieve extraviados. El otoño ha comenzado rojo.

Rojas, naranjas, amarillas y verdes las hojas de los árboles que estallan en colores para contrarrestar la palidez del invierno que se avecina en Nueva Inglaterra. Aún en los árboles o caídas en un cementerio, a los pies de alguien nacido en Carthage, te recuerdan que otro año entra en su recta final.

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Rojos los edificios históricos de Boston. Ladrillos que delatan la influencia británica, muros que resisten el paso del tiempo con orgullo y carácter propio. Juntos muestran un pasado de lucha contra la esclavitud y por la libertad. Y aguantan las embestidas de los tiempos modernos con gran dignidad.

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Rojas las facultades de Harvard. Los estudiantes caminan entre ellas como la savia que bombea la sangre de este órgano vital del conocimiento que es Boston y sus más de 50 universidades.

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Rojos los detalles de un pueblo en la costa donde me refugié una mañana.

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Rockport

Rojo el fuego de los dos hermanos que me han acogido en Boston. Un rojo brillante, ingenuo, cálido. Ella es un frasco algo opaco que encierra una pócima hermosa e inteligente, solo tiene que sonreír y el hechizo surte efecto. Él es un torrente vivo del que manan ríos de letras y música y lenguas. Te empapa de nuevos estímulos y te refresca las nociones universales. Los dos son Sicilia, Boston, Shanghái, Bangkok, Madrid, entre los dos llevan dentro esas y otras partes del mundo, en cada una de las frases que pronuncian. Son bondad e ingenio, son pura gentileza, son valientes que miran al mundo de frente. Ella es dulzura y a él le sale fuego de los dedos, y entre Boston y ellos dos me voy a seguir surcando con mil chispazos más de vida.

Feliz Día de los Pueblos Indígenas

Nunca he sentido un orgullo especial por ser español. Las banderas patrióticas me desagradan y la única que me cae simpática tiene tres colores y no ondea donde debería. Por eso, el 12 de octubre y todo lo que conlleva es algo que siempre he visto como un espectador ajeno y avergonzado. Me produce un rechazo muy profundo esa celebración nacional donde se organiza, ni más ni menos, un desfile militar delante de unos monarcas anacrónicos que no me representan. Luego nos reímos de Corea del Norte, pero entre el 12 de octubre y el Museo de la Monarquía a punto de inaugurar no tenemos nada que envidiar al régimen asiático. Por otra parte, me provoca más rechazo aún aquel término que algunos siguen usando erróneamente para referirse a este día, Hispanidad. Siempre me ha puesto los pelos de punta por su tufo imperialista, y es de ello de lo que quería escribir.

Ahora que estoy en Estados Unidos descubro, muy a mi pesar, que el 12 de octubre aquí también se celebra, con el fatídico nombre de “Columbus Day”. Cristóbal Colón, ese gañán que creía haber llegado a Japón cuando pisó tierra a este lado del Atlántico, el mismo que abrió la puerta al genocidio de población autóctona que arrasó América, tiene un día dedicado a su persona y su gesta. Menuda vuelta de tuerca de la historia: un continente que fue masacrado por una Europa colonialista, asesina y saqueadora de tantos pueblos y tesoros precolombinos, rindiendo ahora pleitesía al descubridor que abrió la veda. Poco más absurdo sería un “Goebbels Day” en Israel.

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Lo cierto es que no es solo cosa de los Estados Unidos. En toda Latinoamérica se celebra el 12 de octubre. En un inicio, la festividad llevaba el espeluznante nombre del Día de la Raza, en alusión a váyase usted a saber qué porque ni pienso indagar para averiguarlo. Los países que han conseguido cierto nivel de crítica hacia esa aberración, han cambiado el nombre a formas más sutiles aunque igualmente condescendientes con los crímenes cometidos por los imperios europeos: Día del Encuentro de Dos Mundos (Chile) o Día del Encuentro entre Dos Culturas (República Dominicana). Otros, usando toda la capacidad crítica que requiere un tema tan serio, han recurrido a nombres más acordes con las causas que realmente se deberían conmemorar: Día del Respeto a la Identidad Cultural (Argentina), Día de la Resistencia Indígena (Nicaragua) o Día de la Descolonización (Bolivia). Cuba, directamente, no lo celebra.

En EEUU las voces críticas contra esta festividad y su significado comenzaron en los años 90 en la ciudad de Berkeley. A partir de 2014 se unieron otras ciudades tradicionalmente progresistas como Seattle y Minneapolis, y en 2015 han sido muchas más las que han cambiado el nombre de “Columbus Day” por el de “Indigenous Peoples Day”.

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Con ello, quieren transformar el 12 de octubre en una celebración de los pueblos indígenas y de la justicia social para que, sin olvidar la historia del genocidio de pueblos precolombinos por parte de los imperios europeos, se reivindique que muchos pueblos indígenas aún tienen que enfrentarse a la marginación, la discriminación y la pobreza, sobre todo en Estados Unidos.

Este 12 de octubre me pilla en tierras americanas y me sienta peor que de costumbre porque noto más cercana la reivindicación por un cambio en el carácter de la festividad. Me gustaría que fueran los propios españoles los que hicieran autocrítica y llevaran la voz cantante de dicho cambio. Nunca podré sentirme orgulloso de una festividad nacional que, en parte, reivindica aquella colonización desastrosa que provocó la desaparición de tantos pueblos precolombinos. Y, de igual forma, tampoco puedo estar orgulloso de un Estado incapaz de aceptar su propio carácter plurinacional, como si aún viviera anclado en una era antigua donde solo es válida una identidad y una lengua.

Por todo esto, yo hoy solo tengo una causa que celebrar: feliz Día de los Pueblos Indígenas.

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Al oeste en Filadelfia…

No, ni crecí ni viví aquí, y tampoco tuve que hacerle caso a la policía, por suerte. A pesar de ello, Filadelfia ha sido una grata sorpresa. A veces, de los sitios que menos esperas es de donde más te llevas, y esta ciudad ha sido un ejemplo claro.

Aunque es una gran ciudad de 5 millones de habitantes, Filadelfia está justo entre dos monstruos como Nueva York y Washington DC, y eso la ha relegado a un segundo plano desde hace mucho. Su vecina del norte acapara el foco cultural, mientras que la del sur es el centro político del país. Sin embargo, no siempre fue así. En el s.XVIII la ciudad era un innovador centro cultural y político donde se fraguaron muchas de las ideas revolucionarias que, con el paso del tiempo, condujeron a la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

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The Independence Hall

En ese salón, las trece colonias que el imperio británico ahogaba a impuestos decidieron declararse independientes el 4 de julio de 1776, aunque esa es sólo la fecha de publicación de la declaración, ya que las colonias no se pusieron de acuerdo en todos sus apartados hasta agosto, que fue cuando finalmente se firmó. Unos años más tarde, cuando allí mismo se redactó la Constitución del país, la ciudad puntera que había visto nacer el primer banco, el primer hospital y la primera sociedad filosófica de América, se convirtió en la capital provisional del recién creado Estado, hasta que Washington DC se terminó de construir. Por todo ello, un paseo por la ciudad vieja de Philly, como también se la conoce, es mucho más revelador e informativo sobre la historia estadounidense que el museo dedicado al tema en Washington DC, y mucho más auténtico que cualquiera de los paseos que di por la actual capital. Filadelfia tiene más alma histórica, sin duda.

Como ciudad moderna ha tenido altibajos, debido en parte a la sombra que ejercen sus vecinas, pero da la impresión de que se está sabiendo reinventar. Los barrios cercanos al centro de la ciudad están mutando en pequeños brooklyns, llenos de tiendas y cafés cuquis, y el propio downtown tiene vida a cualquier hora, incluso de noche. El arte está siendo un punto fuerte en el cambio. Desde hace años, el ayuntamiento promueve la creación de murales urbanos y la iniciativa ha tenido tal éxito que se han involucrado tanto asociaciones locales como empresas privadas. El resultado son más de 3.000 murales, muchos de ellos impresionantes, que han revitalizado la estética urbana de la ciudad.

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He tenido una experiencia regular con Couchsurfing en Filadelfia porque me ha acogido una persona que está en las antípodas de lo que considero un buen anfitrión, pero he tenido la suerte de que estuviera alojado en la misma casa Dominik, un alemán muy majo que lleva viajando 10 meses. El primer día en Philly nos fuimos a desayunar juntos y ya no nos hemos separado ni un momento. Es curioso cómo encajas con unas personas y con otras… no es que no encajes, es que te repeles.

La ciudad ofrece muchas cosas que hacer y Dominik, como buen alemán, ha sabido organizar muy bien el tiempo, así que en un par de días lo hemos visto casi todo. A destacar:

– Mütter Museum: una fascinante colección de rarezas médicas, desde cabezas humanas diminutas hasta esqueletos deformes o un colon gigante. No apto para todos los estómagos. También muy interesante la expo temporal de Greg Dunn, un artista que ha combinado las técnicas de dibujo orientales con la fisionomía del cerebro para representar escenas así:

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Mapa de desplazamientos urbanos de Filadelfia donde cada persona es una neurona, que no sabe la realidad del todo e interactúa solo con otras pocas neuronas, y la ciudad representa al cerebro, el conjunto que da vida a la mente humana.

– Campus de University of Pennsylvania: la zona universitaria se extiende por el oeste a modo de ciudad. Las dimensiones te dejan perplejo y algunos edificios no tienen nada que envidiar a Hogwarts.

– El Museo de Arte de Filadelfia: no es sólo la magnífica colección propia del museo, donde tuve un momento trascendental de estos intensos míos y que ahora después explico; es que, además, este museo es el escenario donde se rodó la mítica escena de Rocky subiendo unos escalones mientras entrenaba, así que es una de las grandes atracciones de la ciudad.

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Justo hace un año hice un curso online llamado Poesía Estadounidense Moderna y Contemporánea, precisamente de University of Pennsylvania. Una de las clases me sorprendió porque, en lugar de debatir sobre un autor, la conversación giró en torno a un cuadro concreto de Marcel Duchamp, Nu descendant un escalier, num.2 (Desnudo bajando una escalera). El director del curso hizo una reflexión asombrosa sobre lo que el cuadro nos podía enseñar respecto a los poetas de principios del XX: la necesidad de romper con las estructuras tradicionales, el cubismo y su empeño en mostrar la realidad desfigurada, el arte en movimiento, la revolución tecnológica que supuso el cine… Fue una de las clases que más disfruté porque aprendí historia, arte y literatura al mismo tiempo. Por eso, cuando entré en la primera sala del ala de pintura moderna del Museo de Arte de Filadelfia y me encontré de frente con ese cuadro, justo el día que había paseado por el campus de Penn pensando en cuál sería el edificio desde donde se impartía el curso, se me puso una cara de bobo impresionante. Viéndolo en directo y escuchando la explicación del subdirector del museo, tuve una sensación repentina de familiaridad con la ciudad, la universidad, el museo y uno de sus cuadros estrella, como si un círculo incompleto se hubiera cerrado sin pretenderlo. Sí, fue algo intenso.

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