Las fronteras del Amazonas

La noche anterior a volar aquí miraba el mapa con curiosidad, sin entender del todo que esta esquina de Colombia, por debajo del Ecuador, es en realidad el corazón del Amazonas.

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Llamarlo Colombia es tan arbitrario como tantas otras fronteras modernas. Tres países se miran de frente en un recodo del río, tres banderas, tres monedas. Vas caminando a Brasil a comprar galletas, luego en bote a Perú para repostar gasolina y vuelves a Colombia para cenar. Mientras tanto, la selva observa impasible desde los tres lados tus estúpidos pasos de humano, indiferente a tu pasaporte o a tu idioma materno. Los ríos secundarios serpentean ajenos a los gobiernos. El Amazonas, tan ancho como un lago, se declara apátrida en toda su amplitud y mira con desdén las banderas que ondean en sus orillas.

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Los buitres se alinean en la orilla del río al acecho de los desperdicios humanos de la ciudad brasileña de Tabatinga. La lancha suelta amarras y acelera en dirección a Benjamin Constant, entre Brasil y Perú, pueblo evocador de personajes mágicos. Allí está Maico, esperando con una sonrisa tímida en su pequeño bote. Él será nuestros ojos en la selva y nuestro timón en el río. Desciende de una tribu local que hace apenas dos generaciones aún vivía en aislamiento parcial. Su padre le enseñó todo lo que sabe sobre esta tierra y estas aguas. Imagino que tardó años en aprender, lo mismo que una carrera universitaria, porque Maico conoce la Amazonia con la precisión del entomólogo más dedicado.

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Tres días en mitad de la selva, durmiendo en una cabaña sobre pilares de madera a tres metros de la tierra. Tres días pescando y comiendo pirañas, viendo delfines rosas, nadando en el río, explorando de día y de noche, sosteniendo crías de caimán en las manos. Ahora sé que la inmensidad está descrita aquí, en este gigante incomprensible. Lo aprendido sabe a mucho, pero es en realidad una mota de polvo.

El Amazonas es agua, agua enturbiada por los sedimentos que oculta un ritmo frenético de nidos de piraña, anguilas eléctricas, caimanes, cocodrilos y miles de peces distintos. A veces la vida se deja ver en forma de pez volador, de piraña que muerde con rabia el cebo o de delfín rosado que aparece y desaparece como en un juego de niños. La frontera entre el agua y la tierra es un territorio difuso que se inunda según la época y que sirve de zona neutra a grandes reptiles, anacondas y peces que excavan agujeros en la orilla. A pesar de las señales visibles, el agua del Amazonas es misteriosa. “Para bañarse hay que ir lejos de la orilla, al centro del río donde están las corrientes”. Al centro del río entre agua misteriosa.

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La Amazonia es tierra, tierra que una gruesa capa de masa orgánica cubre como un manto húmedo: el árbol derrumbado, las hojas marchitas, los frutos maduros, los insectos, el animal que muere. Las pisadas son inestables y Maico avisa: “Mirad los árboles antes de apoyaros”. Ahí están las arañas, las serpientes, la savia tóxica de algunos troncos. Para contrarrestar, nos enseña plantas medicinales, lianas que acumulan agua potable, árboles con los que enviar señales sonoras y frutos comestibles. Me fascina el olor de las cosas: las tóxicas huelen mal, las no tóxicas bien.

La Amazonia es aire. Es imposible mirar al cielo sin cruzarse con la trayectoria de un pájaro. Maico señala ramas donde descansan aves de todo tipo y los graznidos son omnipresentes. Caminamos lentos entre la espesura de la selva, mirando con los ojos muy abiertos hacia todas direcciones. Un grupo de murciélagos huye ante nuestro paso y en el impulso pierden a una de sus crías. Me sobrecoge ver de cerca su complejidad, su vulnerabilidad.

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La Amazonia es movimiento, flujo, ciclo. Es el cauce dinámico del río, meandros que mutan, estación húmeda o seca, crecidas que inundan, animales en movimiento. Incluso árboles en movimiento. El árbol caminante extiende sus raíces hacia la orilla del río y deja morir las que quedan rezagadas en un paseo de 50 metros que durará toda una vida. El árbol del caucho no se mueve pero es el vestigio vivo de la barbarie. Hace décadas, los indígenas hacían surcos en el tronco para conseguir el líquido del caucho y venderlo a los europeos a cambio de artilugios occidentales. Tras el intercambio, los europeos mataban a toda la tribu y recuperaban sus artilugios. Maico termina de contar la historia junto a un tronco y por alguna razón la crueldad humana alcanza en mi cabeza una cota insoportable. Quizá es el contraste con la naturaleza que me rodea. O la expresión de Maico en silencio.

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La Amazonia es noche. Cada atardecer los sonidos cambian, los grandes predadores despiertan, las tarántulas salen de sus refugios. Caminar a oscuras es aún más inquietante, sabes que la selva bulle de actividad a tu alrededor pero no lo ves. Solo lo oyes, por todas partes, incluso bajo tus pies.

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La selva apaga sus focos, en la cabaña los ojos se cierran y dos torsos enfrentados libran la batalla de cada noche. Los pulmones se llenan del mismo oxígeno, cada partícula de aire navegando entre ellos, entrando en unos y otros, compartiendo vida. Mi pecho se llena contra el suyo en un compás irregular, al ritmo de las corrientes impredecibles del Amazonas, en un vaivén dulce donde a veces se alejan en una inspiración mutua para volver a encontrarse con fuerza renovada. Los torsos comprimen el aire que les acaba de insuflar vigor y las paredes se expanden y contraen con nuestra respiración. Poco a poco el ritmo se acompasa, los torsos ondulan hacia la sincronía y yo inspiro cuando él espira. El aire es denso y su vaho conocido. Mi pecho se aleja y el suyo se acerca y me llama con una melodía familiar de latidos y suspiros, entonces el mío acude al suyo y le da la réplica, y por un momento el vaivén es mutuo y la habitación nos mece a un lado y a otro, el oxígeno bailando en un camino afable de ida y vuelta. Yo inspiro con sus pulmones y él espira con los míos y los torsos laten como un solo cuerpo sin fronteras que respira en silencio el oxígeno más puro del mundo.

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¡Corre autonauta corre!

Acaba de llover en la isla de Ometepe. La enorme nube gris que se ha deshecho sobre el pueblo se descuelga del volcán como una burbuja que el viento mueve por el cielo. Son ya las cuatro de la tarde y llevo todo el día sin hacer nada excepto leer las noticias que me llegan de las elecciones. Harto de sondeos cojo la mochila y me voy a hablar con tres isleños.

-¿A dónde puedo ir a ver la puesta de sol?

-Agarra una moto y ve a la Punta Jesús María.

-No me gustan las motos. ¿A cuánto está?

-Son 6 km por la carretera.

-¿Se puede ir por la costa?

-Bueno, sí, hay un sendero que bordea, lo tomas desde la plaza de los camiones, al lado del embarcadero. Pero igual está lejos para caminar.

-Vale, gracias.

En mi cabeza imagino un sendero al uso, nada del otro mundo, solo un camino de tierra y árboles e incógnitas alrededor. Tardo un minuto en llegar a la plaza y veo el inicio del camino entre dos casas azules. Dos niños juegan con una pelota y al pasar me miran extrañados. “Es por aquí”, me digo. Detrás de las casas se abre una playa de arena negra cubierta de plantas que crecen tanto en la tierra como en los primeros metros de agua. No hay un sendero como esperaba, pero sonrío pensando en cómo cambia un concepto en dos mentes distintas. Me alegra haber venido por aquí, se puede caminar. Y en unos metros descubro que no estoy solo.

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Sigo y a la derecha las aguas del lago aparecen y desaparecen entre las plantas que crecen en la orilla. A la izquierda aún se ve alguna casa lejana, más humilde cuanto más avanzo, con la selva más cerca de sus cada vez más endebles paredes de madera. Poco a poco desaparece todo rastro humano y el sendero hace tiempo que ha dejado de ser un camino concreto. Sigo caminando sobre tierra oscura que alguna vez salió de uno de los dos volcanes de la isla. Camino y camino y noto que lleno los pulmones con más facilidad, que los árboles crecen en tamaño, que me he alejado de la costa unos metros pero que el sol me sigue acompañando a la derecha como un escudero luminiscente. Detrás de una pared de árboles encuentro un claro con una cabaña de madera y chapa rodeada de vegetación. Varios perros me ladran con más miedo que rabia y hay una fogata humeante en la entrada. Así espantan a los mosquitos aquí. El humo se dispersa por el claro y se convierte en bruma cuando inciden los rayos de sol que perforan los árboles.

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Continúo por un sendero, aunque en unos metros acaba sin avisar en un entramado de arbustos entre árboles muy altos. Creo que puedo seguir, voy a seguir. Me meto entre la maleza y me convierto en un gigante para la miríada de seres que huyen de mí: pájaros, lagartos, mariposas, insectos, libélulas… Las ramas de los arbustos me arañan las piernas en los primeros pasos. Quizá con zancadas más grandes… Quizá si voy más rápido…

Empiezo a correr. Apenas llevo diez metros y un escalofrío me recorre la espina dorsal. Joder, ¿por qué corro en realidad? No entiendo qué proceso químico acaba de ocurrir en mi cerebro pero estoy corriendo por la selva y es como si me hubiera multiplicado por mil. Noto miles de plantas que me tocan a la vez y veo animales pasar rápido y me gusta aunque no entiendo qué pasa pero la isla me detiene de golpe.

La selva se corta y tengo delante un claro de unos cien metros. El lago a la derecha, allí delante la selva espesa que sigue y a la izquierda… “Un momento…” Camino unos metros hasta la mitad del claro. ¿Estoy a los pies de una pista de aeropuerto en mitad de la selva con un volcán al fondo? Me río a carcajadas de pura incredulidad, me llevo las manos a la cabeza. No sé hacia dónde hacer fotos, hacia el atardecer sobre el lago, hacia la pared de selva en los márgenes del claro o hacia la pista y el volcán. “Mejor hago un vídeo, así se oirán los pájaros”:

Aún jadeo por la pequeña carrera pero ni me doy cuenta porque esta isla sabe cómo llamar la atención. Entonces caigo en la cuenta de que en un rato se irá el sol y si tardo no voy a poder volver por donde he venido. Tengo dos opciones: volver ya para que no se haga demasiado tarde… o seguir corriendo hacia la Punta Jesús María. “Total, siempre puedo encontrar la carretera de vuelta si se hace de noche…” No he terminado de razonar esa frase y…

Abro los ojos hacia el suelo me veo las piernas se mueven rápido no me hacen caso ¡estoy corriendo! el ritmo cardíaco y hostia un colibrí dejo de mirar al suelo esquivo las ramas sonrío corro y no miro atrás los ojos bailan entre la tierra y los árboles otra mariposa no me creía capaz de moverme así un lagarto me huye insectos me huyen un loro me mira una garza levanta el vuelo un charco que piso ¡claro que lo piso! acelero un ave negra que no conozco vuela a mi lado y otro arañazo respiro respiro respiro la mochila arriba y abajo el agua se agita esquivo más ramas el sudor de la frente llega al suelo y ya estoy a metros de esa huella y de repente soy el niño de Woodkid o un goonie o Max y monstruos y piratas y leyendas del sprint corren a mi lado me aúpan doy un salto y cierro los ojos veo guepardos panteras los abro y hay rayos de sol como estrellas fugaces piso hormigas giro la cabeza ¡lo siento! tropiezo una piedra sigo corriendo las ramas crujen y río como un loco ¡joder me multiplico! soy cien mil caerse no es un plan volar quizá y no sé cómo parar corro y ¡no quiero parar! no pienso en nada solo corro y estoy muy vivo y corro y vivo y mierda maldito manglar que me detiene EN SECO.

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Observo la muralla de vegetación como debían de mirar el muro de Berlín desde el Este. Miro al suelo y me apoyo en las rodillas. Cuántos años sin correr porque sí. Bebo todo el agua de golpe mientras encuentro la forma de salir de ahí. Apenas queda luz y vuelvo por la carretera empapado en sudor. Algún mosquito tomará como una invitación la boca entreabierta, pero me importa bien poco. La luz de los coches ilumina la sonrisa jadeante. Me duele la rodilla y voy lleno de arañazos pero qué más da. Hoy he vuelto a correr.

El triunfo del agua sobre el fuego.

Agua

Los buitres surcan el cielo en las montañas del norte de Nicaragua. La elegancia de su vuelo circular contrasta con la crudeza de su objetivo más que probable: el cadáver de un animal.

Olvin nos guía por el bosque de camino a un cañón, el de Somoto, que un río ha esculpido durante millones de años. El lugar suena a lejano, a remoto. La frontera con Honduras está a sólo unos metros ladera arriba. Camino detrás de él preguntándome hasta qué punto le caemos bien. Al fin y al cabo somos cuatro extranjeros que venimos a invadir un rincón asombroso que él conoce desde que nació. Me gustaría saber si le llena su trabajo pero no encuentro una forma educada de preguntárselo. Quizá sin cañón habría sido atleta, quizá habría lanzado el disco olímpico en estadios ante miles de personas. Pero el cañón le gusta, lo trata como a un viejo amigo al que ve todos los días, así que su trabajo quizá también. No nos explica gran cosa, pero conoce cada grieta en la pared. Lo poco que cuenta encierra mucho.

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Los cuatro adultos que le acompañamos nos convertimos en niños por unas horas. Veo aventura en el cañón, veo toboganes en los rápidos del río, veo trampolines en las piedras que Olvin señala como seguras para saltar. Por un rato olvido la sensación constante de que un accidente puede estar a la vuelta de la esquina. Desde que llegué a Nicaragua he tenido días malos, inseguros, con sobresaltos cada vez que hay un frenazo. Sé que no tiene por qué volver a pasar lo mismo, pero aquí conducen incluso peor que en Indonesia. Por suerte, el agua apacigua esa inseguridad con facilidad. La naturaleza me inspira más seguridad que la civilización, aunque el caos está presente en ambos entornos.

Olvin nos mira sonriente desde la distancia. Nos deja a nuestro aire. Solo interviene en nuestro patio de recreo para decirle algo bonito a Woodley, mi compañera de viaje por unos días, o cuando tiene algo que enseñarnos: un lugar para saltar, murciélagos que duermen en la pared del cañón, rincones donde descansar. Lanza piedras que rebotan treinta veces en el agua. Se desliza por el río como un pequeño tronco flotante y atrapa arañas gigantes para que las veamos de cerca.

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El agua es turquesa, las paredes del cañón son grises y las piedras en el lecho del río están pulidas por la erosión. Me dejo llevar por la corriente sin apenas moverme, boca arriba. Miro al cielo, reducido a un surco azul que asoma en lo alto del cañón entre árboles que crecen casi horizontales. Al rato salto desde una roca a 4m del agua y noto que el estómago me vibra al gritar en pleno vuelo. La gravedad me empuja hacia el fondo entre un remolino de burbujas y cuando salgo a la superficie todos ríen a pleno pulmón. Un grito épico, por lo visto. Olvin salta desde una roca a 20m y su cuerpo desaparece en el agua con un gran estruendo. Todos guardamos la respiración hasta que sale a la superficie con su sonrisa eterna y entonces le vitoreamos. El cañón es suyo.

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Fuego

La silueta de un volcán suele recortar el horizonte en cualquier punto del oeste de Nicaragua. Vuelvo al sur del país y la regla se cumple más que nunca. De camino a la ciudad colonial de Granada miro de reojo el volcán Masaya y le guiño un ojo. “Un día de estos te subo andando”. Paso varios días cogiendo fuerzas, disfrutando de las historias, la música y las sonrisas que Jonathan, Sebastian y Rachel comparten conmigo mientras nadamos, paseamos o comemos helado. Estar en su compañía me recuerda a estar con mis amigos de siempre en una noche de verano. Y en el tercer día entre amigos y casas coloniales decido que “mañana subo el volcán”.

Me acompaña Sebastian. Tiene 20 años y el pelo de punta. Es de Suiza, le gusta el surf y se ríe con las bromas sobre Donald Trump. Vamos a subir andando por nuestra cuenta, decisión que solo tomamos nosotros en el recinto del volcán en toda la mañana. Nos adelantan coches pero no nos cruzamos con nadie en el ascenso. Apenas hay sombra y los restos de piedra volcánica flanquean la carretera. Las rocas forman un paisaje irregular, casi puedo leer la palabra ÁRIDO en los rincones de sus aristas. El sol es inclemente, el fuego cae del cielo y sube desde el asfalto.

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Guardamos silencio gran parte del trayecto. Me pregunto en qué piensa Sebastian y busco la respuesta dentro de mí. ¿En qué pensaba yo con 20 años? Me pregunto si se cansa al mismo ritmo que yo y entro en esa espiral de dudas sobre la edad que comienza cuando pasas los treinta. Quizá se hace las mismas preguntas a la inversa. “¿Cómo de rápido me cansaré con 34?”

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Pienso en la lava que corre bajo tierra sin que se note en la superficie. Pienso en la rabia que acumula el planeta, en las fuerzas del caos, en la posibilidad de la erupción. Me asalta un temor repentino pero pasajero, estoy cogiendo práctica en el sano ejercicio de relativizar. Visualizo mis temores como lenguas de fuego que me recorren las venas, las arterias, los canales de energía, y que de vez en cuando encuentran un cráter en el espíritu por el que salir al exterior. El resto del tiempo ni se notan por fuera. Al final de una cuesta pronunciada se abre ante nosotros una de las cimas, la del cráter Nindirí, uno de los siete volcanes activos de Nicaragua, y es como encontrar la puerta al infierno.

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La columna de humo del cráter proviene de lava a escasos metros de la superficie. Me impacta presenciar algo tan profundo y primitivo. El olor a azufre satura los conductos respiratorios cuando el viento sopla en mi dirección. No puedo evitar sentirme pequeño, algo indefenso, pero el paisaje provoca más tranquilidad que nada. Subimos al cráter vecino, aún más alto pero inactivo, y recorremos el perímetro mirando al bosque que crece en su interior. Pienso en el manto verde como la piel regenerada del volcán tras las erupciones que lo marcaron. Sacudo la cabeza para desterrar la posibilidad de la catástrofe y aprieto el ritmo. Sebastian va por delante y aún no sé en qué piensa.

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El triunfo del agua sobre el fuego

El agua apaga el fuego. Lo sé desde que tengo uso de razón. He apagado cerillas en charcos de lluvia, he matado mil cigarros en los restos de una bebida, me humedezco los dedos para extinguir la llama de las velas. También sé que el agua enfría la lava aunque una parte se evapore. Sé que el océano nunca se acaba de surcar y que la tierra, antes o después, siempre acaba en una orilla. Sé que vivimos porque hay agua.

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El último día en Granada voy a la Laguna de Apoyo, un lago formado en el cráter de un volcán extinto. El agua aquí es templada y algo salobre, herencia de los minerales que un día manaban del centro de la Tierra. El lago reposa victorioso donde una vez hubo explosiones de gas y rocas incandescentes. Ahora es puro sosiego, hay un claro vencedor. Nado durante horas y quedo en paz con mis temores.

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Siempre busco el agua porque me calma. Pero debo recordar que yo solo puedo apaciguar mis miedos mejor que cualquier mar, río o laguna. Al fin y al cabo, soy agua en un 70%.

El bosque inundado

Son las doce del mediodía y Nic vuelve cansada de trabajar, pero en sus ojos hay cierto brillo, una estrella reflejada en el agua oscura de su pupila. Camina rápido por casa, se enfunda unas botas de agua, Bruno comparte su agitación. Hoy, mi último día en esta región del Oeste, vamos a remar a los bosques inundados.

Luisiana está cubierto de zonas pantanosas, canales, lagos y bosques de inundación que laten al ritmo del Delta del Misisipi. Si el río inspira, las llanuras se inundan; si el río espira, se inundan menos. El sistema tiene miles de kilómetros de zonas navegables conectadas entre sí por canales artificiales y naturales. Abundan los bosques de inundación donde habitan cientos de especies de aves, anfibios, peces, reptiles y mamíferos. Es uno de los ecosistemas más ricos del país.

La canoa duerme en uno de los laterales del patio. La han mencionado varias veces, pero no había reparado en ella. Me costaba entender el concepto de tener una canoa de cuatro metros en el patio de una casa, pero sí, allí está. Bruno y Nic la levantan en peso y, de repente, me asalta la imagen instantánea de dos nativos americanos portando a hombros su canoa hace cientos de años, quizá en el mismo punto donde ahora se abre esta calle de Nueva Orleans. En unos segundos ya descansa encima del coche. Mis intentos por ayudar son inútiles, ellos saben lo que tienen que hacer. Les observo mientras la sujetan con cuerdas, y su forma de colaborar, pacífica y equitativa, me da seguridad.

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Los últimos suburbios de Nueva Orleans acaban abruptamente cuando el lago Pontchartrain decide cruzarse con la carretera. A partir de ese momento, volamos por encima de zonas húmedas. A lo lejos el perfil del horizonte se corta con agujas que expulsan humo y fuego. Es tierra de petróleo y refinerías. También es tierra de aves. Nic murmura mientras conduce mirando al frente: “Hoy quiero ver un búho”.

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En menos de una hora llegamos a una carretera jalonada por humedales. Veo la canoa sobre el coche, rodeada de bosque, y ahora me recuerda a la cresta de los nativos que habitaban esta zona. La veo esperándonos junto al agua y se me dibuja una sonrisa a medio camino entre la impaciencia y el respeto. La zona es hábitat de caimanes, pero llevamos alcohol, así que a quién coño le importa.

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Nic rema delante, Bruno detrás, yo en el centro. El canal aún es amplio, la orilla se ha perdido en la distancia y el ruido de la autopista que acabamos de atravesar por debajo se va disipando. Es pronto pero la luz es tenue, de un gris plomizo. Hay cierta carga eléctrica en el ambiente que se mezcla con nuestro ánimo. El resultado es una emoción difícil de describir. El cielo amenaza con lluvia, pero hay una calma tensa.

Empieza a llover y, empapados, decidimos refugiarnos bajo la autopista. Por suerte está cerca y aún nos queda bebida. Nos vemos pequeños entre los pilares de hormigón y el sonido del tráfico invisible impresiona. Son las entrañas de un monstruo sin vida pero humano en esencia. “Cuánto esfuerzo habrá costado construir esto. Si las personas reunieran toda su energía para ayudarse y construir otro tipo de cosas, imagínate de lo que seríamos capaces”, dice Bruno. Otro tipo de puentes, pilares de otra clase. Dándose cuenta de la utopía, Nic arremete entre risas contra la autopista lanzándole agua, como cuando Niki de Saint Phalle disparaba balas de pintura a los lienzos.

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La lluvia cesa y volvemos a introducirnos en la llanura inundada. Nic rema sin parar de observar, a un lado y a otro, oteando las copas de los árboles en busca de su objetivo: encontrar un búho. Como una nativa hace cientos de años. Como una auténtica detective hoy. El agua es densa, oscura, inquietante. El extremo del remo desaparece cada vez que la toca para impulsarnos. El agua aquí es una incógnita en sí.

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El canal se estrecha y las orillas se nos acercan poco a poco. Los árboles, fantasmagóricos, adquieren su tamaño real. Incluso los que están muertos transmiten algo imponente. Remamos durante mucho rato, sin relojes, apartando los troncos hundidos a nuestro paso. Miro atrás y veo el rastro que dejamos entre las plantas acuáticas. Al rato vemos un surco entre el manto verde que cubre la orilla, como si otra canoa se nos hubiera adelantado. “Un caimán ha pasado hace poco”, aclara Bruno. “Tranquilo, nos tienen más miedo que nosotros a ellos”.

Miro a los lados constantemente, intentando grabar cada segundo en mi memoria. No sé si soy yo el que observa al bosque o es el bosque el que me vigila. Las orillas nos contemplan impasibles. Me aturde la sensación biológica de estar rodeado de vida. Imagino a los caimanes escondidos en la orilla, quietos, observando ese extraño gigante de tres brazos al que es mejor no acercarse. Los peces en el agua apartándose ante esa masa misteriosa sin aletas ni cabeza. La canoa es un disfraz y un refugio.

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Hace rato que vamos en silencio. Apenas puedo girarme hacia Bruno porque hasta el movimiento más pequeño nos desestabiliza, pero no pierdo de vista a Nic. Escruta incesantemente los árboles, a pesar de que la luz empieza a escasear. Quizá vaya siendo hora de que volvamos, aquí la fauna es nocturna, pero de repente suena un búho a lo lejos. Nic hace un gesto de alerta y nos pide “cinco minutos más, quiero ver uno”.

Seguimos remando. Solo quiebra el silencio el graznido de un pájaro o el agua salpicando los remos. Avanzar es cada vez más complicado, Nic se emplea a fondo para apartar los troncos flotantes. Y entonces, justo cinco minutos después, su brazo se estira hacia el bosque con el dedo índice señalando un punto concreto. Allí está, lo vemos a lo lejos durante unos segundos. No hay suficiente luz para percibir sus ojos, pero la silueta de un búho es inconfundible. Guardamos un silencio sepulcral con el cuerpo en tensión, como si el mundo se hubiera detenido, pero la inercia de la canoa nos sigue moviendo y lo perdemos de vista. Volvemos a remar sin dar la vuelta, no podemos creer que ese búho estuviera ahí para nosotros. Nic comenta y Bruno comenta y yo comento y nos atropellamos los comentarios para unir lo que estamos sintiendo los tres, la meta alcanzada, la pura vivencia compartida.

Pero el bosque es sabio. El bosque sabe premiar a los que se esfuerzan por comprenderlo, a los que navegan sin rumbo solo por admirarlo. Por eso, apenas dos minutos después y aún con el búho clavado en mi retina, el bosque se abre ante nosotros tras un recodo y nos brinda algo más, aún más. Nic nos avisa con un susurro entrecortado y el tiempo se congela.

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Un árbol imponente, espectral y coronado con un águila. El águila de cabeza blanca, el águila calva. El ave sagrada de los nativos americanos, la que este país adoptó como ave nacional. Ahí está, imponente, mirando a tres humanos paralizados, tolerando nuestra presencia en su territorio. Un dios antiguo de la naturaleza, el dueño auténtico de estas tierras. Un águila calva en el último día de mi primer round en Estados Unidos.

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En el camino de vuelta a Nueva Orleans me sorprendo sonriendo en silencio. Algún rincón impreciso de mi cuerpo que hasta hoy era un lienzo en blanco es ahora la imagen de un águila contra el cielo gris en el bosque inundado.
Me voy un tiempo a surcar otras partes del Oeste, pero no tardaré en volver a buscarte, águila de cabeza blanca. Te lo has ganado a pulso.