¡Corre autonauta corre!

Acaba de llover en la isla de Ometepe. La enorme nube gris que se ha deshecho sobre el pueblo se descuelga del volcán como una burbuja que el viento mueve por el cielo. Son ya las cuatro de la tarde y llevo todo el día sin hacer nada excepto leer las noticias que me llegan de las elecciones. Harto de sondeos cojo la mochila y me voy a hablar con tres isleños.

-¿A dónde puedo ir a ver la puesta de sol?

-Agarra una moto y ve a la Punta Jesús María.

-No me gustan las motos. ¿A cuánto está?

-Son 6 km por la carretera.

-¿Se puede ir por la costa?

-Bueno, sí, hay un sendero que bordea, lo tomas desde la plaza de los camiones, al lado del embarcadero. Pero igual está lejos para caminar.

-Vale, gracias.

En mi cabeza imagino un sendero al uso, nada del otro mundo, solo un camino de tierra y árboles e incógnitas alrededor. Tardo un minuto en llegar a la plaza y veo el inicio del camino entre dos casas azules. Dos niños juegan con una pelota y al pasar me miran extrañados. “Es por aquí”, me digo. Detrás de las casas se abre una playa de arena negra cubierta de plantas que crecen tanto en la tierra como en los primeros metros de agua. No hay un sendero como esperaba, pero sonrío pensando en cómo cambia un concepto en dos mentes distintas. Me alegra haber venido por aquí, se puede caminar. Y en unos metros descubro que no estoy solo.

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Sigo y a la derecha las aguas del lago aparecen y desaparecen entre las plantas que crecen en la orilla. A la izquierda aún se ve alguna casa lejana, más humilde cuanto más avanzo, con la selva más cerca de sus cada vez más endebles paredes de madera. Poco a poco desaparece todo rastro humano y el sendero hace tiempo que ha dejado de ser un camino concreto. Sigo caminando sobre tierra oscura que alguna vez salió de uno de los dos volcanes de la isla. Camino y camino y noto que lleno los pulmones con más facilidad, que los árboles crecen en tamaño, que me he alejado de la costa unos metros pero que el sol me sigue acompañando a la derecha como un escudero luminiscente. Detrás de una pared de árboles encuentro un claro con una cabaña de madera y chapa rodeada de vegetación. Varios perros me ladran con más miedo que rabia y hay una fogata humeante en la entrada. Así espantan a los mosquitos aquí. El humo se dispersa por el claro y se convierte en bruma cuando inciden los rayos de sol que perforan los árboles.

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Continúo por un sendero, aunque en unos metros acaba sin avisar en un entramado de arbustos entre árboles muy altos. Creo que puedo seguir, voy a seguir. Me meto entre la maleza y me convierto en un gigante para la miríada de seres que huyen de mí: pájaros, lagartos, mariposas, insectos, libélulas… Las ramas de los arbustos me arañan las piernas en los primeros pasos. Quizá con zancadas más grandes… Quizá si voy más rápido…

Empiezo a correr. Apenas llevo diez metros y un escalofrío me recorre la espina dorsal. Joder, ¿por qué corro en realidad? No entiendo qué proceso químico acaba de ocurrir en mi cerebro pero estoy corriendo por la selva y es como si me hubiera multiplicado por mil. Noto miles de plantas que me tocan a la vez y veo animales pasar rápido y me gusta aunque no entiendo qué pasa pero la isla me detiene de golpe.

La selva se corta y tengo delante un claro de unos cien metros. El lago a la derecha, allí delante la selva espesa que sigue y a la izquierda… “Un momento…” Camino unos metros hasta la mitad del claro. ¿Estoy a los pies de una pista de aeropuerto en mitad de la selva con un volcán al fondo? Me río a carcajadas de pura incredulidad, me llevo las manos a la cabeza. No sé hacia dónde hacer fotos, hacia el atardecer sobre el lago, hacia la pared de selva en los márgenes del claro o hacia la pista y el volcán. “Mejor hago un vídeo, así se oirán los pájaros”:

Aún jadeo por la pequeña carrera pero ni me doy cuenta porque esta isla sabe cómo llamar la atención. Entonces caigo en la cuenta de que en un rato se irá el sol y si tardo no voy a poder volver por donde he venido. Tengo dos opciones: volver ya para que no se haga demasiado tarde… o seguir corriendo hacia la Punta Jesús María. “Total, siempre puedo encontrar la carretera de vuelta si se hace de noche…” No he terminado de razonar esa frase y…

Abro los ojos hacia el suelo me veo las piernas se mueven rápido no me hacen caso ¡estoy corriendo! el ritmo cardíaco y hostia un colibrí dejo de mirar al suelo esquivo las ramas sonrío corro y no miro atrás los ojos bailan entre la tierra y los árboles otra mariposa no me creía capaz de moverme así un lagarto me huye insectos me huyen un loro me mira una garza levanta el vuelo un charco que piso ¡claro que lo piso! acelero un ave negra que no conozco vuela a mi lado y otro arañazo respiro respiro respiro la mochila arriba y abajo el agua se agita esquivo más ramas el sudor de la frente llega al suelo y ya estoy a metros de esa huella y de repente soy el niño de Woodkid o un goonie o Max y monstruos y piratas y leyendas del sprint corren a mi lado me aúpan doy un salto y cierro los ojos veo guepardos panteras los abro y hay rayos de sol como estrellas fugaces piso hormigas giro la cabeza ¡lo siento! tropiezo una piedra sigo corriendo las ramas crujen y río como un loco ¡joder me multiplico! soy cien mil caerse no es un plan volar quizá y no sé cómo parar corro y ¡no quiero parar! no pienso en nada solo corro y estoy muy vivo y corro y vivo y mierda maldito manglar que me detiene EN SECO.

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Observo la muralla de vegetación como debían de mirar el muro de Berlín desde el Este. Miro al suelo y me apoyo en las rodillas. Cuántos años sin correr porque sí. Bebo todo el agua de golpe mientras encuentro la forma de salir de ahí. Apenas queda luz y vuelvo por la carretera empapado en sudor. Algún mosquito tomará como una invitación la boca entreabierta, pero me importa bien poco. La luz de los coches ilumina la sonrisa jadeante. Me duele la rodilla y voy lleno de arañazos pero qué más da. Hoy he vuelto a correr.

El triunfo del agua sobre el fuego.

Agua

Los buitres surcan el cielo en las montañas del norte de Nicaragua. La elegancia de su vuelo circular contrasta con la crudeza de su objetivo más que probable: el cadáver de un animal.

Olvin nos guía por el bosque de camino a un cañón, el de Somoto, que un río ha esculpido durante millones de años. El lugar suena a lejano, a remoto. La frontera con Honduras está a sólo unos metros ladera arriba. Camino detrás de él preguntándome hasta qué punto le caemos bien. Al fin y al cabo somos cuatro extranjeros que venimos a invadir un rincón asombroso que él conoce desde que nació. Me gustaría saber si le llena su trabajo pero no encuentro una forma educada de preguntárselo. Quizá sin cañón habría sido atleta, quizá habría lanzado el disco olímpico en estadios ante miles de personas. Pero el cañón le gusta, lo trata como a un viejo amigo al que ve todos los días, así que su trabajo quizá también. No nos explica gran cosa, pero conoce cada grieta en la pared. Lo poco que cuenta encierra mucho.

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Los cuatro adultos que le acompañamos nos convertimos en niños por unas horas. Veo aventura en el cañón, veo toboganes en los rápidos del río, veo trampolines en las piedras que Olvin señala como seguras para saltar. Por un rato olvido la sensación constante de que un accidente puede estar a la vuelta de la esquina. Desde que llegué a Nicaragua he tenido días malos, inseguros, con sobresaltos cada vez que hay un frenazo. Sé que no tiene por qué volver a pasar lo mismo, pero aquí conducen incluso peor que en Indonesia. Por suerte, el agua apacigua esa inseguridad con facilidad. La naturaleza me inspira más seguridad que la civilización, aunque el caos está presente en ambos entornos.

Olvin nos mira sonriente desde la distancia. Nos deja a nuestro aire. Solo interviene en nuestro patio de recreo para decirle algo bonito a Woodley, mi compañera de viaje por unos días, o cuando tiene algo que enseñarnos: un lugar para saltar, murciélagos que duermen en la pared del cañón, rincones donde descansar. Lanza piedras que rebotan treinta veces en el agua. Se desliza por el río como un pequeño tronco flotante y atrapa arañas gigantes para que las veamos de cerca.

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El agua es turquesa, las paredes del cañón son grises y las piedras en el lecho del río están pulidas por la erosión. Me dejo llevar por la corriente sin apenas moverme, boca arriba. Miro al cielo, reducido a un surco azul que asoma en lo alto del cañón entre árboles que crecen casi horizontales. Al rato salto desde una roca a 4m del agua y noto que el estómago me vibra al gritar en pleno vuelo. La gravedad me empuja hacia el fondo entre un remolino de burbujas y cuando salgo a la superficie todos ríen a pleno pulmón. Un grito épico, por lo visto. Olvin salta desde una roca a 20m y su cuerpo desaparece en el agua con un gran estruendo. Todos guardamos la respiración hasta que sale a la superficie con su sonrisa eterna y entonces le vitoreamos. El cañón es suyo.

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Fuego

La silueta de un volcán suele recortar el horizonte en cualquier punto del oeste de Nicaragua. Vuelvo al sur del país y la regla se cumple más que nunca. De camino a la ciudad colonial de Granada miro de reojo el volcán Masaya y le guiño un ojo. “Un día de estos te subo andando”. Paso varios días cogiendo fuerzas, disfrutando de las historias, la música y las sonrisas que Jonathan, Sebastian y Rachel comparten conmigo mientras nadamos, paseamos o comemos helado. Estar en su compañía me recuerda a estar con mis amigos de siempre en una noche de verano. Y en el tercer día entre amigos y casas coloniales decido que “mañana subo el volcán”.

Me acompaña Sebastian. Tiene 20 años y el pelo de punta. Es de Suiza, le gusta el surf y se ríe con las bromas sobre Donald Trump. Vamos a subir andando por nuestra cuenta, decisión que solo tomamos nosotros en el recinto del volcán en toda la mañana. Nos adelantan coches pero no nos cruzamos con nadie en el ascenso. Apenas hay sombra y los restos de piedra volcánica flanquean la carretera. Las rocas forman un paisaje irregular, casi puedo leer la palabra ÁRIDO en los rincones de sus aristas. El sol es inclemente, el fuego cae del cielo y sube desde el asfalto.

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Guardamos silencio gran parte del trayecto. Me pregunto en qué piensa Sebastian y busco la respuesta dentro de mí. ¿En qué pensaba yo con 20 años? Me pregunto si se cansa al mismo ritmo que yo y entro en esa espiral de dudas sobre la edad que comienza cuando pasas los treinta. Quizá se hace las mismas preguntas a la inversa. “¿Cómo de rápido me cansaré con 34?”

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Pienso en la lava que corre bajo tierra sin que se note en la superficie. Pienso en la rabia que acumula el planeta, en las fuerzas del caos, en la posibilidad de la erupción. Me asalta un temor repentino pero pasajero, estoy cogiendo práctica en el sano ejercicio de relativizar. Visualizo mis temores como lenguas de fuego que me recorren las venas, las arterias, los canales de energía, y que de vez en cuando encuentran un cráter en el espíritu por el que salir al exterior. El resto del tiempo ni se notan por fuera. Al final de una cuesta pronunciada se abre ante nosotros una de las cimas, la del cráter Nindirí, uno de los siete volcanes activos de Nicaragua, y es como encontrar la puerta al infierno.

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La columna de humo del cráter proviene de lava a escasos metros de la superficie. Me impacta presenciar algo tan profundo y primitivo. El olor a azufre satura los conductos respiratorios cuando el viento sopla en mi dirección. No puedo evitar sentirme pequeño, algo indefenso, pero el paisaje provoca más tranquilidad que nada. Subimos al cráter vecino, aún más alto pero inactivo, y recorremos el perímetro mirando al bosque que crece en su interior. Pienso en el manto verde como la piel regenerada del volcán tras las erupciones que lo marcaron. Sacudo la cabeza para desterrar la posibilidad de la catástrofe y aprieto el ritmo. Sebastian va por delante y aún no sé en qué piensa.

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El triunfo del agua sobre el fuego

El agua apaga el fuego. Lo sé desde que tengo uso de razón. He apagado cerillas en charcos de lluvia, he matado mil cigarros en los restos de una bebida, me humedezco los dedos para extinguir la llama de las velas. También sé que el agua enfría la lava aunque una parte se evapore. Sé que el océano nunca se acaba de surcar y que la tierra, antes o después, siempre acaba en una orilla. Sé que vivimos porque hay agua.

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El último día en Granada voy a la Laguna de Apoyo, un lago formado en el cráter de un volcán extinto. El agua aquí es templada y algo salobre, herencia de los minerales que un día manaban del centro de la Tierra. El lago reposa victorioso donde una vez hubo explosiones de gas y rocas incandescentes. Ahora es puro sosiego, hay un claro vencedor. Nado durante horas y quedo en paz con mis temores.

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Siempre busco el agua porque me calma. Pero debo recordar que yo solo puedo apaciguar mis miedos mejor que cualquier mar, río o laguna. Al fin y al cabo, soy agua en un 70%.

Giro al Centro

El ruido en la plaza es ensordecedor. Unos niños aporrean tambores mientras otros giran sin parar para que las figuras que acarrean cobren vida. Los vendedores ambulantes hacen sonar las campanillas de sus carros de bebidas, golosinas o helados. Cada pocos segundos estalla un cohete más o menos cercano, pero hay tal ruido ambiental que mi fobia ni se llega a activar. Las campanas de la catedral repican sin tregua y algunos edificios adyacentes están rodeados de puestos con motivos en honor a la Concepción de María. En cada uno suena música estridente que, más o menos navideña, canta a la virgen. Completan la imagen hordas de locales paseando por la plaza, mirando y dejándose ver, disfrutando de una de las fiestas más señaladas de su país.

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Estoy en Nicaragua. ¿Por qué? Sobre todo porque ya era hora de volver a coger colectivos atestados de gente hasta en los pasillos, de comer gallo pinto y plátano frito, de mirar de frente otra vez al Pacífico y de tener un volcán perpetuo en el horizonte. No puedo evitar pensar cada poco rato en 2009 y Rocío. Aquel año viajamos juntos por Centroamérica durante un mes. Fue mi primera aventura fuera de Europa y cada vez que la recuerdo sonrío.

Volé a Managua de madrugada y desde el avión vi el río de lava del volcán Momotombo, que había entrado en erupción el día anterior tras 110 años en silencio. Qué mejor recepción para una ciudad que apenas da más de sí. Al tráfico asfixiante, el calor y la contaminación se suma que un terremoto en 1973 destruyó todo su patrimonio, así que hay poco que ver. El centro de la ciudad sigue a día de hoy sin reconstruirse e incluso la catedral está aún en semiruina.

Pasé varios días aclimatándome al calor y explorando la ciudad. Si me tengo que quedar con algo de Managua, es sin duda con el Museo Nacional de Nicaragua. Está en el Palacio Nacional y, además de la fantástica explicación que me dio Damaris, una de las guías, el museo recorre los orígenes de la cultura nicaragüense, casi siempre desde un punto de vista precolombino. Me hubiera gustado saber más sobre la lucha indígena contra los colonizadores, la historia de la independencia del mandato español, la dictadura de Somoza o la revolución sandinista, pero el museo es más antropológico que histórico, así que me ha tocado leer por mi cuenta sobre todo ello. Aún así, algunos puntos del fondo expositivo son, por suerte, más comprometidos.

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Grabado que muestra una de las formas de masacrar de los colonizadores: el aperreamiento. Ni más ni menos, dejar que los perros se comieran vivos a los nativos rebeldes.

La ciudad de León es otra historia. Arquitectura colonial, fe, universidades y revolución. Ese sería el pequeño resumen de la ciudad. La plaza que describo al principio es la de la catedral, y todas las noches ruge con ese ritmo frenético. Esta semana es “La Gritería”, una festividad catártica donde los locales se dedican a tirar cohetes y a gritar a pleno pulmón a las imágenes de la virgen María que hay en cada casa a cambio de un caramelo. No puedo declararme fan de esta costumbre ruidosa y católica, pero en cierto modo tiene su encanto. Por suerte para espíritus laicos, León ofrece mucha historia y muchas historias. De todas ellas me quedo con dos que un local me acaba de explicar en la plaza, un cuento folclórico y un dato histórico.

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La Gigantona y el Enano Cabezón: la leyenda cuenta que una bella española de ojos azules embelesó a un jefe indígena con sus bailes, inteligente para unas cosas pero algo tonto para los asuntos del corazón. Fruto de este amor imposible, la Gigantona quedó condenada a bailar al ritmo de los tambores cada vez que estos sonaran y el Enano Cabezón le canta unas estrofas cuando el ritmo cesa. La historia es terrible y creo que al chico se le escapa algún detalle, pero cada país con sus leyendas.

La masacre estudiantil de 1959: los estudiantes de León se manifestaban a causa de otra masacre política cuando uno de los Somoza, el clan de dictadores que gobernó Nicaragua durante décadas, mandó acallar la protesta a disparos. Cuatro estudiantes murieron y hubo muchos heridos. Aquello fue el germen de la lucha revolucionaria dentro de la universidad, y muchos de los entonces estudiantes acabarían siendo los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional veinte años después. La ciudad de León aún alberga murales en recuerdo de sus mártires.

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Me voy a dormir pensando en cómo sería este país, o toda América, si la historia hubiera sido distinta, si Nicaragua no nos hubiera sufrido a los españoles con nuestras masacres y enfermedades diezmando a la población nativa, si no hubiera sido salvajemente cristianizada, si no hubiera tenido que luchar por su independencia y su identidad en el siglo XIX, si la dictadura de los Somoza no hubiera existido y Estados Unidos no la hubiera apoyado. Quién sabe cómo sería este país, o toda América, si hubiera podido elegir su propio camino.

Me voy a dormir en otro país pensando en mis propios miedos y en los caminos nuevos, en Rocío, en mi voto, en las olas del Pacífico. Me voy a dormir pensando en mañana pero no en pasado mañana, en los sueños probables y las pesadillas, en los aciertos y las carencias. Me voy a dormir respirando al ritmo del ventilador que apacigua el calor. Me voy a dormir en Nicaragua y a dejar de pensar por hoy, por fin.