El bosque inundado

Son las doce del mediodía y Nic vuelve cansada de trabajar, pero en sus ojos hay cierto brillo, una estrella reflejada en el agua oscura de su pupila. Camina rápido por casa, se enfunda unas botas de agua, Bruno comparte su agitación. Hoy, mi último día en esta región del Oeste, vamos a remar a los bosques inundados.

Luisiana está cubierto de zonas pantanosas, canales, lagos y bosques de inundación que laten al ritmo del Delta del Misisipi. Si el río inspira, las llanuras se inundan; si el río espira, se inundan menos. El sistema tiene miles de kilómetros de zonas navegables conectadas entre sí por canales artificiales y naturales. Abundan los bosques de inundación donde habitan cientos de especies de aves, anfibios, peces, reptiles y mamíferos. Es uno de los ecosistemas más ricos del país.

La canoa duerme en uno de los laterales del patio. La han mencionado varias veces, pero no había reparado en ella. Me costaba entender el concepto de tener una canoa de cuatro metros en el patio de una casa, pero sí, allí está. Bruno y Nic la levantan en peso y, de repente, me asalta la imagen instantánea de dos nativos americanos portando a hombros su canoa hace cientos de años, quizá en el mismo punto donde ahora se abre esta calle de Nueva Orleans. En unos segundos ya descansa encima del coche. Mis intentos por ayudar son inútiles, ellos saben lo que tienen que hacer. Les observo mientras la sujetan con cuerdas, y su forma de colaborar, pacífica y equitativa, me da seguridad.

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Los últimos suburbios de Nueva Orleans acaban abruptamente cuando el lago Pontchartrain decide cruzarse con la carretera. A partir de ese momento, volamos por encima de zonas húmedas. A lo lejos el perfil del horizonte se corta con agujas que expulsan humo y fuego. Es tierra de petróleo y refinerías. También es tierra de aves. Nic murmura mientras conduce mirando al frente: “Hoy quiero ver un búho”.

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En menos de una hora llegamos a una carretera jalonada por humedales. Veo la canoa sobre el coche, rodeada de bosque, y ahora me recuerda a la cresta de los nativos que habitaban esta zona. La veo esperándonos junto al agua y se me dibuja una sonrisa a medio camino entre la impaciencia y el respeto. La zona es hábitat de caimanes, pero llevamos alcohol, así que a quién coño le importa.

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Nic rema delante, Bruno detrás, yo en el centro. El canal aún es amplio, la orilla se ha perdido en la distancia y el ruido de la autopista que acabamos de atravesar por debajo se va disipando. Es pronto pero la luz es tenue, de un gris plomizo. Hay cierta carga eléctrica en el ambiente que se mezcla con nuestro ánimo. El resultado es una emoción difícil de describir. El cielo amenaza con lluvia, pero hay una calma tensa.

Empieza a llover y, empapados, decidimos refugiarnos bajo la autopista. Por suerte está cerca y aún nos queda bebida. Nos vemos pequeños entre los pilares de hormigón y el sonido del tráfico invisible impresiona. Son las entrañas de un monstruo sin vida pero humano en esencia. “Cuánto esfuerzo habrá costado construir esto. Si las personas reunieran toda su energía para ayudarse y construir otro tipo de cosas, imagínate de lo que seríamos capaces”, dice Bruno. Otro tipo de puentes, pilares de otra clase. Dándose cuenta de la utopía, Nic arremete entre risas contra la autopista lanzándole agua, como cuando Niki de Saint Phalle disparaba balas de pintura a los lienzos.

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La lluvia cesa y volvemos a introducirnos en la llanura inundada. Nic rema sin parar de observar, a un lado y a otro, oteando las copas de los árboles en busca de su objetivo: encontrar un búho. Como una nativa hace cientos de años. Como una auténtica detective hoy. El agua es densa, oscura, inquietante. El extremo del remo desaparece cada vez que la toca para impulsarnos. El agua aquí es una incógnita en sí.

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El canal se estrecha y las orillas se nos acercan poco a poco. Los árboles, fantasmagóricos, adquieren su tamaño real. Incluso los que están muertos transmiten algo imponente. Remamos durante mucho rato, sin relojes, apartando los troncos hundidos a nuestro paso. Miro atrás y veo el rastro que dejamos entre las plantas acuáticas. Al rato vemos un surco entre el manto verde que cubre la orilla, como si otra canoa se nos hubiera adelantado. “Un caimán ha pasado hace poco”, aclara Bruno. “Tranquilo, nos tienen más miedo que nosotros a ellos”.

Miro a los lados constantemente, intentando grabar cada segundo en mi memoria. No sé si soy yo el que observa al bosque o es el bosque el que me vigila. Las orillas nos contemplan impasibles. Me aturde la sensación biológica de estar rodeado de vida. Imagino a los caimanes escondidos en la orilla, quietos, observando ese extraño gigante de tres brazos al que es mejor no acercarse. Los peces en el agua apartándose ante esa masa misteriosa sin aletas ni cabeza. La canoa es un disfraz y un refugio.

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Hace rato que vamos en silencio. Apenas puedo girarme hacia Bruno porque hasta el movimiento más pequeño nos desestabiliza, pero no pierdo de vista a Nic. Escruta incesantemente los árboles, a pesar de que la luz empieza a escasear. Quizá vaya siendo hora de que volvamos, aquí la fauna es nocturna, pero de repente suena un búho a lo lejos. Nic hace un gesto de alerta y nos pide “cinco minutos más, quiero ver uno”.

Seguimos remando. Solo quiebra el silencio el graznido de un pájaro o el agua salpicando los remos. Avanzar es cada vez más complicado, Nic se emplea a fondo para apartar los troncos flotantes. Y entonces, justo cinco minutos después, su brazo se estira hacia el bosque con el dedo índice señalando un punto concreto. Allí está, lo vemos a lo lejos durante unos segundos. No hay suficiente luz para percibir sus ojos, pero la silueta de un búho es inconfundible. Guardamos un silencio sepulcral con el cuerpo en tensión, como si el mundo se hubiera detenido, pero la inercia de la canoa nos sigue moviendo y lo perdemos de vista. Volvemos a remar sin dar la vuelta, no podemos creer que ese búho estuviera ahí para nosotros. Nic comenta y Bruno comenta y yo comento y nos atropellamos los comentarios para unir lo que estamos sintiendo los tres, la meta alcanzada, la pura vivencia compartida.

Pero el bosque es sabio. El bosque sabe premiar a los que se esfuerzan por comprenderlo, a los que navegan sin rumbo solo por admirarlo. Por eso, apenas dos minutos después y aún con el búho clavado en mi retina, el bosque se abre ante nosotros tras un recodo y nos brinda algo más, aún más. Nic nos avisa con un susurro entrecortado y el tiempo se congela.

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Un árbol imponente, espectral y coronado con un águila. El águila de cabeza blanca, el águila calva. El ave sagrada de los nativos americanos, la que este país adoptó como ave nacional. Ahí está, imponente, mirando a tres humanos paralizados, tolerando nuestra presencia en su territorio. Un dios antiguo de la naturaleza, el dueño auténtico de estas tierras. Un águila calva en el último día de mi primer round en Estados Unidos.

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En el camino de vuelta a Nueva Orleans me sorprendo sonriendo en silencio. Algún rincón impreciso de mi cuerpo que hasta hoy era un lienzo en blanco es ahora la imagen de un águila contra el cielo gris en el bosque inundado.
Me voy un tiempo a surcar otras partes del Oeste, pero no tardaré en volver a buscarte, águila de cabeza blanca. Te lo has ganado a pulso.

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God bless you, boy

El choque del avión contra la pista nos pilló a todos por sorpresa. Mi pasaporte salió volando y aterrizó tres asientos por delante. La sacudida duró un segundo hasta que el avión se estabilizó. Cuando pude recuperar el aliento, miré a través de la ventanilla y noté algo distinto, más salvaje.

Todavía con el corazón a mil, salí de la terminal y dos sorpresas me pillaron desprevenido. La primera, el clima de Nueva Orleans. Aún vestía todas las capas que Chicago requería. Iba pensando en quitarme ropa y de repente reparé en él. La segunda sorpresa fue Bruno y su cartel.

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De nuevo seres mágicos que me conectan con otros seres mágicos. Esta vez los de Nueva York con los de Nueva Orleans. Bruno y Nic, limeño y neoyorquina, risueños, activistas, queer. Ya esa primera noche me cuesta creer mi suerte, es amor a primera vista.

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Giro al sur y todo cambia. La quintaesencia aún es norteamericana, pero la gente, las casas, los árboles… La energía es distinta, eléctrica, la luz adquiere un matiz multicolor, las frases son más fluidas, los gestos menos serios. Los primeros días aquí percibo un ambiente familiar, un calor con el que crecí, palmeras que siempre me han sido cercanas. Como si ya lo conociera. Quizá sean las nubes corriendo rápido, quizá la humedad. Quizá es que el Este ha venido a verme.

Desde que la conozco, Isabel siempre ha querido viajar a dos sitios: Nueva Zelanda y Nueva Orleans. El primero no era una opción, pero el segundo estaba en las quinielas desde el primer momento, y apenas le costó presionar el botón de comprar vuelo en cuanto le dije fechas concretas. Llegó cargada de planes y pasamos una semana juntos llena de estímulos, repleta de esas risas que solo 15 años de amistad pueden provocar. Ver Nueva Orleans a través de sus ojos y a un ritmo distinto al que acostumbro me ha dado otra perspectiva, como contraste a todo este tiempo viajando solo.

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Inevitablemente, con ella también viene el Este, los recuerdos, las añoranzas, alguna disyuntiva. Esa división física de la visión espacial, mirando hacia dos direcciones opuestas al mismo tiempo, me deja algo colapsado. Pero el sabor final es el de un recuerdo bonito, un paréntesis que siempre será nuestro paréntesis en Luisiana y que guardaré como un tesoro: Isabel y el autonauta en Nueva Orleans, el bayou, Friendsgiving, Siberia, la purpurina, las carreras de caballos con Bruno, Nic y los demás.

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Vuelvo a mi realidad un tanto agotado. Me cuesta abrir los ojos y ver con claridad dónde estoy sin pensar demasiado en el Este. Nic y Bruno lo notan y despliegan chalecos salvavidas a mi alrededor. Vamos al cine, cocinamos, paseamos por el bosque, subimos al punto más alto de Nueva Orleans. Me enseñan lo que es una second line. Bailo y salto y canto letras que no me sé.

A pesar de los turistas, de la imagen manida del barrio francés y de los mitos de la ciudad, Nueva Orleans es un sitio humilde, lleno de contrastes, aún con rastros del Katrina, a veces peligroso, alegre, elegante, decadente. Refugio de músicos, aquí las horas se cuentan en litros de alcohol. Aquí aún se sonríe. Es una fuente inagotable de situaciones únicas.

Espero el tranvía un rato largo junto a un semáforo. En él, un hombre de mediana edad sujeta un cartón de cara al tráfico donde se lee una escueta declaración, “veterano de guerra en apuros”. Los conductores no apartan la vista de la luz roja para mirar su pequeña frase de auxilio. Es uno de tantos, de las decenas de miles de militares que este país exprime en conflictos injustos y después tira a la basura cuando ya no los necesita. Al menos él no está mutilado, pero su cara muestra cansancio. Muchas horas al sol y muchos tubos de escape. En un momento dado cruzamos las miradas y me sonríe. “Es increíble lo que te pareces a mi hijo”, me dice con acento de Texas y una palmada cariñosa en el hombro. “Es policía, es un buen chico”. Cruzamos varias frases, le sonrío. Me mira con ternura. “Eso está bien, chico, eso está bien. La frustración solo trae frustración, pero una sonrisa siempre trae otra sonrisa. Créeme, sé de lo que hablo”, me dice mientras vuelve junto a sus cosas y despliega su cartel de nuevo. Aguanto la emoción como puedo. En quince minutos nadie le ha dado ni un dólar. Al cabo de un rato recoge sus cosas con desánimo. Es la retirada de otra batalla diaria perdida. God bless you, boy, se despide antes de alejarse. Yo, que evito esos términos, le deseo un buen día.

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Admiro tu carácter dual, la dureza y la delicadeza, la vida fácil y difícil. Creo que te entiendo, Nueva Orleans. Entiendo las tormentas que lo inundan todo, los muros de contención que fallan e inundan las zonas más vulnerables. Entiendo tus carencias y lo difícil que es mirar hacia dentro, comprender la esencia propia para reconstruirse a partir de cero. Entiendo las heridas, las cicatrices, los cuervos graznando en la distancia. Y entiendo que cuides sin rencor de tus lagunas y tus árboles, cuyas raíces beben del agua que un día casi te ahoga.

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Te entiendo, Nueva Orleans. Goonies never say die!

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