Cotidiano

Llegas a Nueva York sobre un cable de equilibrista y unos días después Timothy te lleva a Chinatown. “Vamos a hacernos una foto del aura”.

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La artífice de la foto comienza a hablar con acento oriental y no puedes dejar de mirar la gran trenza que le cae por el hombro derecho. “En este momento tienes un aura pequeña y eso no es bueno, pero la combinación de colores lo empeora. El rojo es energía vital y el hecho de que sea tan intenso indica que la estás usando toda para salir adelante tras un momento duro. No comes bien y tienes problemas para dormir, deberías centrarte en solucionar eso para tener otra energía que te permita no recurrir a la vital. Esa capa rosa que te cubre es una relación que se ha roto y no te deja avanzar. Haz deporte, ten una rutina. Cuida tus lumbares e intenta centrarte en lo que necesitas, no en lo que te obsesiona.”

Pasan las semanas y un día cualquiera alternas acera y asfalto al atravesar Bergen y St Marks. Entras en la lavandería y, como cada vez, miras la fila de asientos vacía pensando si alguien a punto de morir habrá dormido en ellos alguna vez. Esperas tu turno para recoger la bolsa diminuta de ropa limpia y recuerdas que Ann también se hablaba en segunda persona en Mi Vida Sin Mí. Tienes que parar de hacer lo mismo porque no eres un mero espectador. Esos pies ahí abajo se mueven por ti; las esquinas de Brooklyn revelan sus incógnitas cuando tus ojos las desnudan; son tus pulmones los que se colman de ciudad húmeda al cruzar el East River por cualquiera de sus puentes. Eres el que escribe sobre mí, el que existe e importa. Soy el que sigue surcando los últimos rincones del oeste desde las aceras irregulares de Nueva York.

Más de un mes en esta burbuja y ahí fuera el mundo gira. Los aviones en descenso hacia el aeropuerto de LaGuardia me lo recuerdan como un reflejo involuntario. Los oigo cada pocos minutos y, ensimismado en mitad de cualquier acto ordinario, me traslado y observo a los pasajeros desde el pasillo del avión. Abro la nevera y el asiento 7C se atusa la barba, indeciso por coger un taxi o el metro a casa cuando toque tierra. Muerdo la tostada y el 16D escribe las últimas líneas de su diario antes de cerrar los ojos para el aterrizaje. Busco ropa interior limpia y el 25E agarra con fuerza la mano del 25F. Un acto cotidiano tras otro, un avión tras otro.

Algunos días el despertador suena a las 4:50 y comienza otro día ondulado. Camino hacia el metro en los últimos estertores de la noche y vuelvo a la superficie con el amanecer inexorable. Bushwick a esta hora es la quintaesencia del paisaje neoyorquino.

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Soy el primero en llegar a la cocina industrial donde espera la mercancía. Me viene cierta satisfacción estúpida al encender las luces y pasear en silencio entre los estantes y las mesas. Cargo la furgoneta con las neveras repletas de repostería vegana y conduzco hasta el mercado que toca hoy. Al atravesar la autopista que bordea Brooklyn es inevitable una mirada de reojo a los gigantes de Manhattan donde los primeros rayos de sol se reflejan. Saludo a los otros tenderos y monto la tienda, el mostrador, los productos, las etiquetas. Durante unas horas soy un vendedor callejero y sonrío y comento ingredientes y deseo que pases un buen día y, con suerte, una propina. Los días de mercado curan como ningún otro. La sonrisa, al principio forzada, se hace omnipresente. Entro en el juego americano de las pequeñas charlas que restan importancia a la propia transacción. Algunas se extienden porque sí, y unas chicas que acabo de atender vuelven con un queso de cabra como regalo “por mi amabilidad y porque todos somos humanos”. Recojo el puesto y conduzco de vuelta como si hubiera ganado una beca en el olimpo de los vendedores callejeros.

Por la noche, Tim toca en el piano Air Music mientras guardo silencio a su espalda. Miro el trozo de pizza que sujeto con la mano, triangular por algún motivo histórico que desconozco, y lo elevo en el aire. Lo hago volar despacio por encima de mí, como los aviones que surcan Brooklyn, el piano sonando y las corcheas como las pasajeras de una avioneta de expedicionarias. Cierro los días con música y series y humanos de los que no abundan.

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Los humanos hieren y curan. Curan los libros con remite de Barcelona y los emails que acaban en “va-lien-te”; los paquetes que esconden pastillas para dormir y una bolsita con pelos de tu gato; los paquetes que traen queso y una carta; curan las videollamadas a tantos sitios del otro lado; cura la rutina, trabajar, leer en Prospect Park y hacer mía la ciudad; y, sobre todo, cura el 936 de Pacific St. y los tres seres mágicos que me acogen sin fecha límite, que escuchan y empatizan mirándome a los ojos, que ríen y abrazan y me dibujan, que me descubren las mejores pizzas de Nueva York y me llevan a jardines botánicos de cuento, o a ver a Bernie Sanders, o a algún rincón oculto de su interior donde hallo pócimas mágicas que guardo como tesoros.

Volver a Chinatown es inevitable. ¿Qué habrá sido de mi aura y qué será de ella en este final de etapa? Una artífice distinta, sin trenza y con más acento aún, me saca de dudas.

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“Es un aura grande y brillante. Eres de los que escuchan y empatizan con los demás. Estás en un proceso de recuperación de energía y, aunque aún tienes tus momentos, vas hacia arriba. Cuida tus lumbares y tu garganta. En un futuro próximo veo una línea de ruptura, un cambio grande. Y veo que dejas atrás lo que te preocupaba y que empiezas a pensar en los próximos pasos a dar. La energía es buena y en las siguientes semanas irá a mejor.”

Me gustaría posar las manos en sus hombros, mirarla de frente y decirle lo acertada que ha estado, lo mucho que he vivido y he superado, lo del vuelo a Europa, lo de los próximos pasos a dar. Pero me limito a darle las gracias, a despedirme de Timothy hasta la noche y a esquivar el caos de gente y tráfico en Chinatown. Con un remolino en el pecho y una sonrisa nerviosa, empiezo a caminar por Broadway como tantas otras veces. Sin embargo, quizá ésta sea la última.

La gravedad de Nueva York

Ponerse enfermo mientras viajas te hace sentir mucho más vulnerable porque, a la propia dolencia, se suma que estás lejos de cualquier entorno habitual, no puedes tirar de los mismos recursos o medicinas que de costumbre y, si viajas solo, no hay nadie que te eche una mano.

Por eso creo que tuve suerte de ponerme malo justo al volver a Nueva York la semana pasada. Timothy, Josh y Nadia me cuidaron a la perfección mientras me acurrucaba en el sofá de su salón empapado en sudor. Por si fuera poco, además de aguantarme quejumbroso y afligido, Timothy es experto en medicina oriental y me dio unos mejunjes de sabor indescriptible que me sentaron muy bien.

Como me tiré casi una semana hecho un trapo sin hacer prácticamente nada más que dormir, cuando alguno de ellos volvía de la calle, ya fuera de trabajar o de hacer la compra, le bombardeaba a preguntas sobre qué tal el curro, qué tal el día, qué tal la cajera del súper… cualquier cosa que me recordara a ese lejano mundo exterior que mi faringe me prohibía pisar. Qué bonicos, siempre me contestaban con toda la educación del mundo. Pero es que al pobre Timothy lo acribillé a preguntas, no sin una buena razón.

Hace unos días hubo en Nueva York una conferencia de políglotas de todo el mundo a la que me hubiera encantado ir y Timothy, que no hay idioma terrestre y marciano que se le resista, asistió como miembro de pleno derecho. Así que en cuanto volvía de escuchar horas y horas de charlas y debates sobre idiomas, cultura, sociedad… le sentaba delante del sofá y le obligaba a contarme todo con pelos y señales, sin piedad alguna de su cansancio. Por un momento me olvidaba de la fiebre, la garganta y la madre que parió al que me quitó las amígdalas y me concentraba embobado en todo lo que Timothy contaba: charlas alucinantes sobre third-culture kids, un asistente de once años que iba solo y hacía las mejores preguntas de cada ponencia, el debate de que el mundo se percibe de la misma forma sin importar la lengua que hables… Todo me parecía alucinante, pero hubo un tema que me impresionó en especial. Fue una charla que dio Richard Benton, un señor de Minnesota con apariencia de padre de familia aficionado a la pesca que en realidad tiene un doctorado en hebreo antiguo y habla, entre muchos otros idiomas, somalí y etíope. Richard defiende la idea de que tenemos una responsabilidad social a la hora de aprender idiomas y que debemos esforzarnos por aprender aquellos que hablan minorías en riesgo de exclusión social en la zona donde vivamos. Es decir, él aprendió somalí porque la mayor comunidad somalí de EEUU vive en Minnesota, así se puede comunicar con ellos y ayudarles en su adaptación a un país nuevo y muy distinto. Y, por ejemplo, cuando viaja a España o Francia no usa ni el francés ni el castellano (que los habla), sino que aprovecha para practicar su árabe. Toma ya.

Lo cierto es que habría disfrutado como un enano de la conferencia y sé que a muchos de vosotros también os habría encantado. Por eso, aviso a navegantes políglotas: el año que viene se celebra en Tesalónica a finales de octubre. ¿Qué mejor excusa para visitar Grecia? 🙂

Me he vuelto a sentir como en casa en Brooklyn. Sé que es irreal, que estoy viajando, que es una circunstancia excepcional y que vivir ahí sería distinto. Pero influye sobremanera la sensación de tener un grupo de gente con el que conecto en muchos ámbitos. Y encima me han cuidado en un momento de vulnerabilidad, así que no les puedo estar más agradecido. No me cabe duda de que la fuerza de la gravedad es más fuerte en Nueva York. Esta ciudad atrapa. Alguien debería estudiarlo.

Por suerte, el último par de días ya me sentía mejor, así que hice varias cosas que me sentaron de maravilla. Una fue quedar con Félix, un amigo de la carrera que acaba su periplo por EEUU quedándose un mes en Brooklyn. Nos pusimos al día y fue genial ver cierta similitud en nuestra trayectoria vital. Además, fui de cena con Adam, Félix, Dominik (el de Philly) y otros amigos y, por fin, me zampé una hamburguesa gigantescamente estadounidense. 1.300 calorías, ahí lo llevas. Por último, como despedida de Brooklyn, hice un tour gratuito con Dominik por los graffitis de Bushwick, dos horas sin parar de caminar con un guía-artista al que daba gusto ver y escuchar. Es todo un museo al aire libre sobre este arte, nacido en este lado del mundo. Ahí va una pequeña muestra de la ingente cantidad de graffiti que contiene ese barrio.

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Sí, son todos graffitis

Ahora toca ir al norte, Boston y sus 8 grados de temperatura. Winter is coming y yo sin abrigo.

New York is going nowhere

Aunque sea empezar a escribir por el final, no me cabe duda de que volveré a Nueva York antes o después. Volveré a Brooklyn en realidad. Lo cierto es que mi imagen mental de Nueva York es básicamente Brooklyn, con un apabullante pegote llamado Manhattan ahí al lado para museos y demás atracciones turísticas.

Cada uno se hace con los lugares que no conoce a su manera. Para mí, una ciudad la forman las personas que la habitan y me gusta escrutar su idiosincrasia a través de la gente que vive en ella. Al fin y al cabo, la esencia que desprende un lugar mana de aquellos que lo conforman. Cuando llegas a un sitio nuevo, puede que te fijes en un edificio concreto, en un parque, en una calle o en una tienda. Sea lo que sea, lo único seguro es que eso está donde está porque sus habitantes lo han construido. Cada rincón de la ciudad tiene la marca indeleble de la gente que trabaja ahí, que vive ahí o que pasa por delante todos los días, como si parte de su adn se quedara entre los ladrillos de los edificios.

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En los ladrillos, en los jardines, en las aceras llenas de libros

Ya mencioné la fantástica mezcla de personas, lenguas y nacionalidades que hay en Brooklyn. Eso me fascina, está claro. También sus barrios para todos los gustos, el Brooklyn Museum y sus exposiciones temporales perfectamente elegidas de acuerdo al carácter del borough, Coney Island, Prospect Park, los libros descartados en la puerta de las casas, Park Slope y sus comercios, los puentes, las visitas inesperadas desde Barcelona, la arquitectura… Pero, sin duda, lo que más me atrae de Brooklyn son mis amigos. Los que ya conocía y los nuevos. Timothy, Josh, Adam, Nick, Nadia… Son ellxs quienes lo han hecho mágico. Ha habido cenas, helados, playas recónditas, parques, eclipses y una reunión de músicos y amigos en casa de Timothy y Josh que me dejó sin palabras. Había tal cantidad de talento y sensibilidad que no he podido borrar la sonrisa hasta que he cogido el autobús a Washington DC.

Me hace mucha ilusión explorar otras zonas del país. Nunca he estado fuera de Nueva York y, además, en muchos sitios me esperan otros amigos. Por eso no me da pena irme. Por eso y porque sé que ellos, los que hacen ese Brooklyn que me atrae y me invita a pasar más y más tiempo, están ahí. Como me dijo Timothy al despedirse, “New York is going nowhere”.  

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Gracias por aguantar la invasión celíaca 🙂

Eclipse de Luna

Hay días en los que la Luna desea tanto el brillo del Sol que aspira todo el polvo estelar que encuentra a su paso para lucir lo más radiante posible. “Ahora soy como tú”, le dice ella a él con tono triunfal. En esas ocasiones, mientras el Sol cabecea risueño al final del día, enternecido por la ingenuidad del satélite sin brillo propio, la Luna asciende orgullosa justo al otro lado del horizonte, sin más obstáculo que unas nubes que, ante tamaño espectáculo, enseguida deciden retirarse.

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El momento es único: una playa escondida, repleta de viejas botellas que una antigua fábrica cercana expulsó al mar, con una luz imposible que emana de dos crepúsculos simultáneos y opuestos, y con unos seres maravillosos que en tu último día en Nueva York te llevan a un lugar electrizante, porque ellos son magia pura por dentro.

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Sin embargo, para los astros hoy también ha sido especial. El Sol, que tiene fama de travieso en todo el universo, ha decidido darle una lección a la fantasiosa Luna. Sin avisar, se ha escondido durante un rato detrás de la Tierra, proyectando una sombra que poco a poco ha ocultado la brillante faz del satélite, para acabar dejándolo completamente a oscuras. El astro rey, con un juego de revoltosas lenguas de fuego, le ha preguntado al satélite dónde ha quedado su grandioso brillo. La Luna, roja de ira, le ha contestado:

-Te crees gracioso, pero es inmundo. ¡Eres ruin por impedirme dar luz al mundo!

El Sol, al retirarse para devolverle su brillo, ha zanjado el asunto.

-Cada uno importa a su manera. Yo les doy calor, pero tú les das mareas.

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Dos semanas cualesquiera

La dinámica diaria del habitante de cualquier ciudad es parecida, ya sea de una pequeña como Cartagena o de una metrópolis como Nueva York. Te levantas, respiras, te desplazas, trabajas, comes, disfrutas lo que puedes y duermes, no en ese orden necesariamente. Cohabitas con miles de desconocidos en un espacio relativamente reducido y aguantas con más o menos entereza olores, sonidos y disgustos ajenos. Malgastas gran parte de tu tiempo en intentar ganar dinero y en tratar de gastarlo como mejor puedas mientras ansías todo lo que no tienes. La vida urbana y sus entresijos, qué os voy a contar que no sepáis.

Sin embargo, no se le puede negar a Nueva York la capacidad de apabullar incluso al urbanita más avezado. Es la ciudad por excelencia. Los olores se multiplican, los sonidos ensordecen y la gente… Qué decir, son 20 millones de apelotonados habitantes. Incluso los conceptos de trabajo y ocio adquieren una dimensión inabarcable. Aquí puedes subir al puesto laboral más alto y divertirte, al mismo tiempo, en los más bajos fondos. En ningún otro sitio se muestra con tan poco disimulo el poder del dinero y las consecuencias de no tener acceso a él. No, tranquilxs, no pensaba soltar una perorata infumable sobre los males del capitalismo.

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El otro día caminaba de noche por Manhattan pensando en las cosas que estarían pasando a mi alrededor en ese preciso instante, o durante ese día, o durante mi estancia aquí. Me puse a investigar y, como era de esperar, ocurren muchas cosas en una ciudad como Nueva York. Ni más ni menos, en este preciso lapso de dos semanas que pasaré aquí, 2 personas habrán muerto arrolladas por el metro y 6 estarán gravemente heridas; habrán llegado 2,1 millones de turistas; sus calles habrán visto 8.500 accidentes de tráfico con 30 víctimas mortales (entre ellos, dos ciclistas); sus 5.200.000 árboles habrán eliminado 84 toneladas de contaminantes atmosféricos; se habrán suicidado 18 personas; habrá habido 1.600 rodajes como éste que grabé desde el Manhattan Bridge…

…habrá habido 12 asesinatos y 730 robos; las compañías de mensajería habrán recibido 98.000 multas; cada puesto de comida callejera de Central Park habrá tenido que pagar hasta $8.000 en impuestos; los taxis habrán facturado 5.906.000 carreras; los coches de Uber, 1.700.000; se habrán usado 4.000.000 de cartones de comida china; se habrán necesitado 150.000 árboles para imprimir las dos ediciones dominicales del New York Times; y habrán nacido, ni más ni menos, 4.581 bebés. Cuatro mil quinientos ochenta y uno. Todo, en dos semanas.

Por lo demás, los edificios en construcción habrán sumado alguna planta, Wall Street habrá movido más dinero que nunca y yo me acabaré yendo de aquí, abrumado por la inconcebible cantidad de seres y actos humanos que existen en un solo instante, en una sola ciudad.

América no es un país

Apenas hace una semana que llegué pero, a pesar del poco tiempo que ha pasado, algunos aspectos de la identidad estadounidense se van desvelando con más o menos claridad.

Uno de ellos, sin duda, es la religión. Para alguien ateo es apabullante la cantidad de iglesias, templos, mensajes sobre Cristo, ofertas de salvación en el más allá y beatadas varias que te puedes encontrar en una sola calle. Incluso cuando vas a pagar te encuentras el sempiterno mensaje que contienen todos los billetes, In God We Trust. Interesante conjunción de religión y poder económico, como de costumbre. Todas las religiones tienen cabida y todas tienen un gran peso. Parte de mis amigos aquí son judíos y, aunque son seculares, respetan e incluso siguen algunas tradiciones del judaísmo. El sábado, por ejemplo, fuimos a casa de Adam y Nick a celebrar el año nuevo judío o rosh hashana. Se trata de una sencilla reunión donde te pones las botas de comida deliciosa (y toda sin gluten, se lo curraron a lo grande) y reflexionas sobre lo que has aprendido en los últimos doce meses. Adam propuso que dibujáramos en un papel la lección aprendida en el último año para luego explicársela a los demás. Tal idea me puso algo tenso porque dibujo como un niño de 3 años. En efecto, mis temores se hicieron realidad cuando miré de reojo los dibujos de los demás. Algunos parecían sacados de la colección oculta de Frida Kahlo, mientras que yo había dibujado tres monigotes con piernas y brazos que inspiraban más angustia vital que otra cosa. Cuando fue mi turno de explicar la lección aprendida, decidí añadir una carga extra de drama al relato mientras doblaba sutilmente mi dibujo y me lo guardaba en el bolsillo sin enseñarlo. La estrategia funcionó y nadie preguntó por mis patéticos garabatos, así que a día de hoy sigo teniendo amigos en Nueva York.

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En nada se parecía a este gran ejemplo de arte urbano

Otro asunto cotidiano que llama poderosamente la atención es la obsesión por la seguridad y por respetar las normas. Las recomendaciones sobre lo que se debe y no se debe hacer te atacan la vista donde quiera que mires. La policía es omnipresente y casi omnipotente, o eso se creen. Es curiosa la sensación de inseguridad que tengo cuando me cruzo con muchos de ellos, desprenden una actitud altiva que me provoca una desconfianza paradójica. Desde luego, y como llevan denunciado muchos desde hace tiempo, este no parece el país de las libertades que algunos quieren vender. El afán por la seguridad ha traspasado el límite del espacio personal.

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Así, enjaulada, se ve a veces la Estatua de la Libertad

Sin embargo, lo foráneo se acepta con una facilidad pasmosa. Imagino que esta impresión es resultado de la naturaleza absolutamente cosmopolita de Nueva York, donde encuentras todas las culturas del mundo, y que en otras partes de Estados Unidos la población será más homogénea. Pero no cabe duda de que por todas partes se respiran las profundas raíces de país acogedor de migrantes que han marcado su carácter. A través de Nueva York llegaron millones de personas durante muchas décadas. De hecho, se cree que un 50% de la población estadounidense actual desciende de migrantes que llegaron a Ellis Island. Otro tema sería la interacción entre unas culturas y otras. Da la impresión de que muchas personas viven de espaldas a cualquier realidad que no sea la cultura o identidad propias de sus zonas de origen. Pero, sin duda, aquí están todas las nacionalidades, todas las religiones, todas las culturas y todos los idiomas. Es una mezcla fascinante que me recuerda a esa frase tan usada por aquellos que critican el uso incorrecto que hacen los estadounidenses de la palabra “América” para referirse solo a su país, en lugar de a todo el continente. En efecto, América no es un país. Y es que Estados Unidos es una nación de naciones.

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“Here is not merely a nation but a teeming nation of nations”
Leaves of Grass, Walt Whitman

Sin salir de Brooklyn

Aún me estoy recuperando del cambio horario y todas las noches me meto en la cama con el firme propósito de escribir, pero antes de abrir el editor de textos ya estoy en coma, así que para que hoy no me pase igual, aprovecho para ponerme al día en la cola del MoMA. Los viernes por la tarde es gratis a partir de las 16:00, pero la cola suele dar la vuelta a la manzana desde mucho antes, así que he venido a las 14:30 y soy el sexto. Sería fantástico si no fuera porque justo delante tengo uno de esos carritos de hot dogs con el motor diésel a toda máquina y mis fosas nasales detectan aromas que no sentían desde que casi se bloquean con el tráfico de Yakarta. En todo caso, la situación no es tan límite como ayer, cuando llegué a Coney Island exultante de misticismo americano y a los dos minutos de pisar la playa una gaviota decidió descargar sus intestinos sobre mí, así sin avisar, en plan tortilla a la francesa. En fin.

El viaje fue bien porque me lo quise tomar así. Volé primero a Oslo y, tras 7 horas de escala y 43 paseos de ida y vuelta por la terminal, por fin cogí el vuelo a Nueva York. Durante el trayecto pensé mucho en cuántas preguntas me harían esta vez en el control de aduanas del JFK, pero no llegué a ponerme nervioso por dos razones: iba completamente dopado (mi estado natural en cualquier avión) y tengo un pasaporte europeo. El mero hecho de ser español te da unos privilegios vergonzosos respecto a muchas otras nacionalidades. Los europeos vamos moviendo el culo por el mundo a nuestras anchas, en muchos casos con fines poco ortodoxos, y sin embargo no somos capaces de responder con humanidad ante la cuestión migratoria o la crisis de los refugiados. La crisis de moda, la siria, porque en realidad el mundo está en una crisis de refugiados constante de la que apenas se habla. Ay, pero claro, ahora llama a las puertas de la vieja Europa y el tema sale a relucir, junto a muros, vallas y mucha hipocresía. Quién diría que hace solo unas décadas éramos nosotros, los privilegiados europeos, los que salíamos en masa en dirección a América.

Como era de esperar, entré en Estados Unidos sin mayor problema. Adam y Nick me han tratado muy bien estos días y hoy cambio a casa de Tim y Josh. Todo sin salir de Brooklyn. Hasta hace un rato no había pisado Manhattan y, la verdad, tampoco lo echaba de menos. Brooklyn proporciona estímulos suficientes para toda una vida: barrios hipsters donde todo es orgánico (y caro), zonas de judíos ultraortodoxos, distritos de población de todas las procedencias, el pequeño gran downtown y su boom de rascacielos, calles donde silbaban los disparos hasta no hace mucho…

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Aún es verano en Nueva York. Craso error por mi parte el pensar que, fuera de julio y agosto, Nueva York vivía sumida en una tormenta de nieve constante. Ningún día baja de 30 grados, así que el jueves fui a la playa. Aunque sus gaviotas no sean muy acogedoras, Coney Island no decepciona. Tuve que doblar mucho el cuello para ver los grandes edificios donde corría la droga legal e ilegal en Réquiem por un sueño. Recorrimos el paseo, la playa y el muelle, siempre rodeados de las atracciones que le dan ese aire irreal a lugar de juegos y sueños.

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Gracias a Brooklyn, cada día paseo durante horas por Prospect Park. No tiene la densidad de zonas de recreo de Central Park y hay una décima parte de gente, así que es como estar en un bosque en mitad de la ciudad. El parque invita a perderse entre senderos y reflexiones. Su propio nombre te aboca a pensar en perspectivas y posibilidades. Sonrío cuando pienso en que todas están abiertas porque ninguna puerta está cerrada. El balanceo de una hoja es, si cabe, más previsible que el futuro.

No es buscar, es encontrar.

El oeste empieza justo aquí, en los dedos de una mano que apunta al sol de una tarde templada. Es esa casa a lo lejos y esa montaña con silueta de mujer que recorta el crepúsculo. Es el Cabo de Gata y Portugal y las Azores. Y en realidad nunca acaba porque incluso el Oeste tiene un oeste.

Eliges fuera porque dentro ya no vale. Decides irte al oeste, con el vértigo que da un único billete de ida y la libertad de no cargar con las llaves de ningún lugar concreto. Tantos meses pensando en el 15 de septiembre y aquí está, casi sin avisar. Imaginas que Nueva York seguirá tan inabarcable como la última vez, pero más cara.

En la mochila tienen cabida las cosas que no pesan: risas de última hora, mapas recortados, buenos deseos y algún “ten cuidado” (tu historial te precede). Te llevas poco para dejar sitio a lo que queda por aprender. Solo echarás de menos a lxs de aquí, als de més enllà and those from even further away. En cierta forma irán contigo, en algún rincón del pecho.

No sabes si serán 3 meses o 13, ni cuántos países o qué lugares te verán pasar. Pero así está bien porque no te vas a buscar, sino a encontrar.

Es hora de dejarse llevar.