Sin salir de Brooklyn

Aún me estoy recuperando del cambio horario y todas las noches me meto en la cama con el firme propósito de escribir, pero antes de abrir el editor de textos ya estoy en coma, así que para que hoy no me pase igual, aprovecho para ponerme al día en la cola del MoMA. Los viernes por la tarde es gratis a partir de las 16:00, pero la cola suele dar la vuelta a la manzana desde mucho antes, así que he venido a las 14:30 y soy el sexto. Sería fantástico si no fuera porque justo delante tengo uno de esos carritos de hot dogs con el motor diésel a toda máquina y mis fosas nasales detectan aromas que no sentían desde que casi se bloquean con el tráfico de Yakarta. En todo caso, la situación no es tan límite como ayer, cuando llegué a Coney Island exultante de misticismo americano y a los dos minutos de pisar la playa una gaviota decidió descargar sus intestinos sobre mí, así sin avisar, en plan tortilla a la francesa. En fin.

El viaje fue bien porque me lo quise tomar así. Volé primero a Oslo y, tras 7 horas de escala y 43 paseos de ida y vuelta por la terminal, por fin cogí el vuelo a Nueva York. Durante el trayecto pensé mucho en cuántas preguntas me harían esta vez en el control de aduanas del JFK, pero no llegué a ponerme nervioso por dos razones: iba completamente dopado (mi estado natural en cualquier avión) y tengo un pasaporte europeo. El mero hecho de ser español te da unos privilegios vergonzosos respecto a muchas otras nacionalidades. Los europeos vamos moviendo el culo por el mundo a nuestras anchas, en muchos casos con fines poco ortodoxos, y sin embargo no somos capaces de responder con humanidad ante la cuestión migratoria o la crisis de los refugiados. La crisis de moda, la siria, porque en realidad el mundo está en una crisis de refugiados constante de la que apenas se habla. Ay, pero claro, ahora llama a las puertas de la vieja Europa y el tema sale a relucir, junto a muros, vallas y mucha hipocresía. Quién diría que hace solo unas décadas éramos nosotros, los privilegiados europeos, los que salíamos en masa en dirección a América.

Como era de esperar, entré en Estados Unidos sin mayor problema. Adam y Nick me han tratado muy bien estos días y hoy cambio a casa de Tim y Josh. Todo sin salir de Brooklyn. Hasta hace un rato no había pisado Manhattan y, la verdad, tampoco lo echaba de menos. Brooklyn proporciona estímulos suficientes para toda una vida: barrios hipsters donde todo es orgánico (y caro), zonas de judíos ultraortodoxos, distritos de población de todas las procedencias, el pequeño gran downtown y su boom de rascacielos, calles donde silbaban los disparos hasta no hace mucho…

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Aún es verano en Nueva York. Craso error por mi parte el pensar que, fuera de julio y agosto, Nueva York vivía sumida en una tormenta de nieve constante. Ningún día baja de 30 grados, así que el jueves fui a la playa. Aunque sus gaviotas no sean muy acogedoras, Coney Island no decepciona. Tuve que doblar mucho el cuello para ver los grandes edificios donde corría la droga legal e ilegal en Réquiem por un sueño. Recorrimos el paseo, la playa y el muelle, siempre rodeados de las atracciones que le dan ese aire irreal a lugar de juegos y sueños.

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Gracias a Brooklyn, cada día paseo durante horas por Prospect Park. No tiene la densidad de zonas de recreo de Central Park y hay una décima parte de gente, así que es como estar en un bosque en mitad de la ciudad. El parque invita a perderse entre senderos y reflexiones. Su propio nombre te aboca a pensar en perspectivas y posibilidades. Sonrío cuando pienso en que todas están abiertas porque ninguna puerta está cerrada. El balanceo de una hoja es, si cabe, más previsible que el futuro.

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