El poder común

Al principio no entendí lo que la chica decía. Después de tantos días en un parque nacional, Tayrona, con la mente repleta de playas y selva, me costó procesar que nos pedía ayuda. Entonces vi al chico en la orilla del sendero, en posición fetal cubierto por una toalla, y por fin escuché lo que ella articulaba.

-Mi novio está muy mal. De repente ha empezado a vomitar y no puede ni caminar. Por favor, ayudadme a llevarlo al camping.

Sin fiebre ni dolor articular/muscular, era poco probable un virus tropical tipo malaria o chikungunya. El dolor agudo de estómago y los vómitos apuntaban a una intoxicación alimentaria.

Mientras le llevábamos a hombros, miraba de cerca su rostro torcido por el dolor e intentaba pensar en otras cosas para no activar mi empatía estomacal. No sé cómo, acabé rumiando sobre el efecto de los microorganismos en el cuerpo humano. Partículas que se miden en micras paralizando la actividad de un tipo de metro ochenta. Pensé en tamaños y cantidades, en cuántas bacterias hacen falta para doblar a un ser humano. Recordé las montañas de basura en ríos, ciudades y playas que he visto durante estos meses en América, y visualicé a la raza humana como un virus microscópico empeñado en intoxicar el cuerpo que nos da vida.

Al rato llegamos a la enfermería del parque y allí se quedó el chico. Al día siguiente supimos que ya estaba mejor y que, en efecto, había sido una intoxicación alimentaria.

El poder común puede ser terrorífico. Un ejército más fuerte puede destruir una región más débil. Una plaga de langostas es capaz de arrasar con hectáreas de cultivos en minutos. Religiones con millones de fieles que atacan los derechos más fundamentales. Y así hasta el infinito, porque el mundo es un lugar cruel y caótico por definición. Pero el poder común, entendido desde un prisma constructivo, puede tener una fuerza imparable, energía inagotable y valor para cambiarlo todo.

Siempre he observado a las hormigas con los ojos muy abiertos. De pequeño pasaba las horas delante de un hormiguero que había frente a la casa de campo de mis abuelos. Me fascinaba que fueran tantas iguales y que no se perdieran, pero sobre todo admiraba el esfuerzo común que hacían para acumular comida para toda la colonia. Poco entendía entonces del rastro químico que las guía o de la estricta jerarquía de castas que rige el destino de cada una: reina, soldados, recolectoras, peones.

Ahora soy adulto y las hormigas me siguen fascinando, aunque por razones distintas. Justo por delante de nuestra tienda de campaña en el parque Tayrona pasaba un sendero de hormigas cortadoras de hojas. Salían cada tarde con la puesta de sol y trabajaban sin descanso hasta el amanecer. Un día me propuse seguirlas hasta el hormiguero, pero el reguero de seres milimétricos se perdía tan profundo en la selva que tuve que dar la vuelta. Es un tipo de hormiga que lleva trocitos de hoja desde grandes distancias hasta un hormiguero que puede llegar a medir seiscientos metros cuadrados. Allí usan los nutrientes de las hojas para cultivar hongos que alimentan a toda la colonia. Sentado en la entrada de la tienda fijaba la vista en una hormiga cualquiera, trozo de hoja en alto, y la veía desaparecer entre el tumulto de seres iguales a ella. “Allá va una más de tantos millones trabajando por el bien de todas”.

Los humanos y el poder común. A veces no hace falta contarse en millones para cambiar las cosas. Los indígenas del parque Tayrona, vendido a manos privadas por las corruptas autoridades regionales, han conseguido parar la especulación inmobiliaria en sus tierras en varias ocasiones. Quizá no por mucho más tiempo, pero ahí siguen, luchando unidos por sus tierras. Sin embargo, otras veces sí es necesaria la acción de millones de personas, quizá con algo tan simple como ejercer el derecho al voto. Medellín es una ciudad muy desigual, pero existe cierta conciencia social entre sus dirigentes que ha llevado a la creación de espacios culturales e infraestructuras sociales como el Metrocable de Medellín, una red de teleféricos que conectan algunos de los barrios más pobres de la ciudad con la red de metro y que ha ayudado en múltiples sentidos a dar visibilidad y calidad de vida a dichos barrios, antes inaccesibles en transporte público.

image

Cada vez pienso más en los territorios y en las fronteras, esas divisiones artificiales que acentúan rencores y temores absurdos, y cada vez les veo menos sentido. La igualdad entre seres humanos es inevitable, por mucho que las banderas ondeen promulgando lo contrario. Cada vez pienso más en el poder común, en las posibilidades de la acción conjunta. Desde luego no quisiera el mismo destino gregario de las hormigas para los humanos. Nosotros, aunque a veces cueste creerlo, tenemos capacidad de razonar y de tomar decisiones que ayuden a cambiar lo que no funciona o lo que funciona mal. El mundo es caótico y cruel, pero cuántas cosas cambiarían si llegáramos a entender la sencilla paradoja de que, aquí y ahora, somos todos uno, pero todo empieza desde cada uno de nosotros.

image

Anuncios

Sonder

Esto es lo que presencié durante el primer minuto de 2016:

Un mar de fuegos artificiales inundaba el valle Central de Costa Rica, donde está San José. Un amante cubano me llevó a una fiesta de fin de año en una casa de película. Estaba tan alto en la montaña que los estallidos apenas se oían. En mi cabeza sonaban pianos. Pero fue como meter a un pez en un barrizal de billetes y apariencias. Me dediqué al vino mientras recibía saludos-mueca y miradas incómodas a la barba, los pitillo o el colgante del búho. Alguna conversación casi salió del tópico pero enseguida caía en una fosa marina de sentencias burguesas y sonrisas forzadas. Reconozco que disfruté preguntándole a los más estirados de la fiesta “¿No es injusto para la gente humilde sobrevivir en un país tan caro y desigual?”, tragándome las carcajadas con cascadas de vino al ver el cortocircuito mental de la clase alta costarricense. Afectado por el alcohol y por comentarios como “Ahora cualquier muerto de hambre puede comprar fuegos artificiales”, empecé a trazar un plan proletariamente maquiavélico inspirado en mis héroes literarios. “Venga, autonauta, piensa en qué haría un cronopio en una reunión de famas, o Momo en una juerga de hombres grises, o el Principito en el asteroide del humano codicioso”. En esas estaba, amorrado a mi segunda botella de vino y a punto de golpear el estado ideológico de la fiesta, cuando el cubano me dijo que me llevaba a casa. “Un tipo que el régimen echó de Cuba aborta mi plan revolucionario. Esto no podía acabar de otra forma”.

Da igual el punto cardinal, la navidad también me sienta mal en el oeste. Me irrita tanto que ni siquiera quiero pronunciar su nombre. Prefiero felicitar el solsticio de invierno o algún otro motivo pagano. San José, ciudad poco acogedora donde las haya, tampoco ha sido de gran ayuda. En general depender del coche para moverse limita, pero si tampoco hay transporte público en el que apoyarse, como pasa ahí, subimos a la categoría de inhabilitación. Mi pobre amigo Alex ha hecho lo que ha podido, pero Costa Rica…

Ay, Costa Rica, te diría que has cambiado mucho en siete años, pero si lo pienso con calma es todo lo mismo, aunque acentuado. Hay más tráfico, más turismo, más contaminación, más desigualdad y todo vale el doble que la última vez que estuve aquí. Caldo de verduras a $8, ahí lo llevas. También ha aumentado la sensación de que esto es una extensión tropical de Estados Unidos. Muchas zonas están invadidas por turistas-zombi en busca de experiencias que fotografiar y olvidar al minuto siguiente. Sales de San José y a primera vista todo está bien, todo sigue siendo verde y frondoso. No sé qué pintan cuatro peajes para salir de la ciudad por una carretera terrible, pero al menos ya no hay centros comerciales obscenamente grandes tapando las montañas y los barrios humildes a sus pies. Hacemos la primera parada:

image

Cocodrilos en la orilla de un río. Hay que fijarse un poco para ver que algo falla en esa imagen supuestamente salvaje. ¿Por qué hay neumáticos entre cocodrilos? Porque la foto está tomada desde un puente por el que cruza una de las principales carreteras del país, repleto de tráfico y gente haciendo selfies con posturas imposibles, lanzando comida hacia el río e incluso lo que no es comida. A ambos lados del puente se agolpan restaurantes, tiendas, coches y autobuses de turistas. Miro hacia abajo antes de irnos, a los cocodrilos entre restos de basura y el río contaminado, y les pido perdón en silencio.

Tras varias semanas de apatía capitalina huí a la costa del Pacífico, una sucesión de destinos turísticos y resorts junto a parques naturales a $16 la entrada. Acabé en uno de esos pueblos intentando suavizar la mirada, disfrutar de lo bueno que pudiera ofrecer, rebajar el nivel crítico ante una situación que yo tampoco sé cómo cambiar. Quién tiene derecho a decirle a un país que deje de promover el turismo de masas, que en Europa hemos perdido barrios y ciudades enteras por su culpa, que las tiendas de recuerdos son el virus que extingue la vida local y que aún están a tiempo de hacerlo de otra forma. No sé cuál, pero seguro que la hay. Sin embargo, cuesta horrores no ser crítico cuando ves a monos corriendo por cables de alta tensión, perezosos moviéndose incómodos por las ramas ante un corro de turistas que los admira, iguanas que viven entre edificios o multitud de perros callejeros a los que nadie hace ni caso. Double standards, que dicen en inglés.

image

Es increíble lo que cambian las personas con la edad y lo inamovible de la esencia de cada una. Lo triste de los lugares es que si cambian mucho acaban perdiendo su espíritu. Por suerte, en la costa me han acompañado dos elementos que reequilibran cualquier balanza: el mar y el factor humano. Ha sido un pequeño verano adolescente con amigos, olas y hogueras nocturnas a principios de año. Atardeceres sobre el mar, frisbee y comilonas. Alcohol y confesiones de toda una vida. Incluso una última noche lluviosa con sabor a finales de agosto. Julio y agosto a los 17, o cinco días de enero a los 34.

image

Vencida la apatía y de nuevo en marcha, no puedo sino compartir la alegría de haber descubierto, en estos primeros días de un año que comenzó como un pez en un barrizal, que alguien ha inventado una palabra en inglés para algo que me ocurre desde siempre, en todos los países, en todas las aceras.

Sonder: la emoción de entender que todo transeúnte con el que te cruzas tiene una vida tan cierta y compleja como la tuya.

Por el factor humano y el triunfo de la empatía, propongo que la traducción de sonder en castellano sea humpatía. En todo caso, sea cual sea el nombre, ¡feliz concepto nuevo!

image

Toronto en tres actos

Primer acto: por dentro y por fuera

Abrí los ojos-telón y tras la ventanilla del autobús desfilaban los rascacielos del distrito financiero de Toronto. De nuevo gigantes de vidrio y acero al más puro estilo norteamericano. La Ville Reine según los francófonos, el gran centro financiero y comercial de Canadá. Un lugar frío y caro donde debes dejarte la piel trabajando, pero también una de las ciudades más diversas del mundo. Lo noté en el mismo instante que pisé la calle de camino a casa de Robert, y esa diversidad ayudó a templar la primera impresión gélida que tuve de ella. 25 minutos a pie en los que miré ojos diversos, rasgados, grandes, oscuros, azules, turbios, tristes, expectantes. Me gustan las ciudades con todos los tipos de ojos.

Por dentro, Toronto es grande, relativamente segura e interesante. Hay un barrio para cada nacionalidad: Little Portugal, Little Korea, Little India… Hay zonas industriales reconvertidas en centros culturales, como el Distillery District. Hay vida de noche y, por suerte, hay extrañas olas de calor en noviembre.

image

Robert me llevó al día siguiente a Ward Island, un pulmón prácticamente salvaje a solo un paseo en ferry del downtown. Es un rincón que ha esquivado la especulación inmobiliaria gracias a la lucha de sus pocos habitantes desde hace décadas.

image

Solo hay una zona con unas cuantas casas que llevan ahí más de un siglo, y hay una estricta lista de espera para poder habitarlas. El resto es pura naturaleza. Gracias, habitantes de Ward Island.

image

Segundo acto: artes escénicas en Toronto

Robert es muchas cosas, entre ellas un gran bailarín de danza contemporánea. Le he visto bailar todos los días en casa, pero también sé que es bueno porque cada noche le llegaban entradas para algún espectáculo de danza y, una vez allí, todo el mundo le decía “quiero volver a verte bailar”.

El circuito de danza en Toronto parece algo endogámico, como el teatro alternativo en Barcelona. La mitad del público está relacionado directa o indirectamente con la danza. Eso no impide que la escena sea bastante efervescente, aunque “donde de verdad se mueve el tema es en Montréal”. He escuchado esa frase varias veces. Ay, Montréal, no me dejas olvidarte.

Me impactó Echo, un montaje de diez bailarines vestidos con una falda de inspiración militar y botas también militares. La coreografía me dejó con la boca abierta: movimientos a veces orgánicos, como si fueran una manada de animales luchando por el territorio, por aparearse, por liderar a los demás; y a veces completamente rotundos, cortantes, marciales, piruetas que acababan de forma brusca en una parálisis absoluta, por un segundo la inercia convertía las enormes faldas en el único elemento dinámico del escenario.

Otra noche vimos una performance de Rosé Porn que, aunque me resultó el típico “ejercicio artístico” inútil y pretencioso, incluía ingredientes como una nave industrial y música electrónica ensordecedora, así que al menos bailé.

image

Otra noche fue Eunoia, un ejercicio creativo multidisciplinar en el que un grupo de bailarines, algunos de Montréal (suspiro), bailaban en cinco actos, cada uno dedicado a una vocal, mientras recitaban textos creados solo con palabras con esa vocal. Sonoros focos mohosos rotos por osos homos. Algo así pero con estilo.

Tercer acto: el talento

image

Imagina que tuvieras la capacidad de volar alrededor del planeta sin cansarte. Verías pasar 7.000 millones de humanxs bajo tus alas. Si aterrizaras en una calle aleatoria de una ciudad cualquiera, es muy probable que a escasos metros viviera un gran pianista, o una gran escritora, o una gran fotógrafa. Quizá esa persona ni lo sabría, quizá no tendría recursos para descubrir su potencial, o quizá habría acabado detestando su pasión por culpa de una educación demasiado estricta. Lo que es seguro es que en cada calle de cada ciudad del mundo hay gente con talento, por desgracia muchas veces oculto.

Robert tuvo la suerte de poder desarrollar su talento desde pequeño. Con 15 años componía música electrónica, y Aphex Twin habría palidecido. Con 20, música clásica. Por desgracia, una educación musical de primer nivel le acabó dejando exhausto. Dejó de componer. Pero aprendió a expresarse con su cuerpo, y resultó que se le daba bien. Creo que tiene tal sensibilidad que podría controlar fácilmente cualquier forma de expresión artística. Por suerte, está haciendo las paces con la música. Desde que volví a verle tocar en Toronto, cruzo los dedos para que un día cualquiera algo le devuelva las ganas de componer. Quizá sea una ráfaga de aire fresco en verano, o una voz interior mientras mire un árbol de Allan Gardens, o un chico que le llegue dentro y le susurre palabras de amor. Lo que sea, pero que las ganas le vuelvan.

Solo puedo ofrecer una pequeña muestra de lo que hablo gracias a un fortuito piano callejero que le animó a tocar una pieza que compuso hace años. Robert, no prives al mundo de esto:

Dos semanas cualesquiera

La dinámica diaria del habitante de cualquier ciudad es parecida, ya sea de una pequeña como Cartagena o de una metrópolis como Nueva York. Te levantas, respiras, te desplazas, trabajas, comes, disfrutas lo que puedes y duermes, no en ese orden necesariamente. Cohabitas con miles de desconocidos en un espacio relativamente reducido y aguantas con más o menos entereza olores, sonidos y disgustos ajenos. Malgastas gran parte de tu tiempo en intentar ganar dinero y en tratar de gastarlo como mejor puedas mientras ansías todo lo que no tienes. La vida urbana y sus entresijos, qué os voy a contar que no sepáis.

Sin embargo, no se le puede negar a Nueva York la capacidad de apabullar incluso al urbanita más avezado. Es la ciudad por excelencia. Los olores se multiplican, los sonidos ensordecen y la gente… Qué decir, son 20 millones de apelotonados habitantes. Incluso los conceptos de trabajo y ocio adquieren una dimensión inabarcable. Aquí puedes subir al puesto laboral más alto y divertirte, al mismo tiempo, en los más bajos fondos. En ningún otro sitio se muestra con tan poco disimulo el poder del dinero y las consecuencias de no tener acceso a él. No, tranquilxs, no pensaba soltar una perorata infumable sobre los males del capitalismo.

image

El otro día caminaba de noche por Manhattan pensando en las cosas que estarían pasando a mi alrededor en ese preciso instante, o durante ese día, o durante mi estancia aquí. Me puse a investigar y, como era de esperar, ocurren muchas cosas en una ciudad como Nueva York. Ni más ni menos, en este preciso lapso de dos semanas que pasaré aquí, 2 personas habrán muerto arrolladas por el metro y 6 estarán gravemente heridas; habrán llegado 2,1 millones de turistas; sus calles habrán visto 8.500 accidentes de tráfico con 30 víctimas mortales (entre ellos, dos ciclistas); sus 5.200.000 árboles habrán eliminado 84 toneladas de contaminantes atmosféricos; se habrán suicidado 18 personas; habrá habido 1.600 rodajes como éste que grabé desde el Manhattan Bridge…

…habrá habido 12 asesinatos y 730 robos; las compañías de mensajería habrán recibido 98.000 multas; cada puesto de comida callejera de Central Park habrá tenido que pagar hasta $8.000 en impuestos; los taxis habrán facturado 5.906.000 carreras; los coches de Uber, 1.700.000; se habrán usado 4.000.000 de cartones de comida china; se habrán necesitado 150.000 árboles para imprimir las dos ediciones dominicales del New York Times; y habrán nacido, ni más ni menos, 4.581 bebés. Cuatro mil quinientos ochenta y uno. Todo, en dos semanas.

Por lo demás, los edificios en construcción habrán sumado alguna planta, Wall Street habrá movido más dinero que nunca y yo me acabaré yendo de aquí, abrumado por la inconcebible cantidad de seres y actos humanos que existen en un solo instante, en una sola ciudad.