Columnas vertebrales

Una cadena montañosa recorre Panamá en toda su longitud y la divide en dos como una espina dorsal titánica. Una cumbre sobrepasa a otra y a otra y a otra en una carrera que se eleva por encima de los 3.000 msnm. Las nubes cubren las cimas y justo esconden las zonas de bosque húmedo, donde más vida se acumula. La Panamericana recorre el país por el sur de su espina dorsal. Desde ella, mires cuando mires, a la izquierda siempre se alzan las montañas, con su eterna cubierta blanca de formas voluptuosas. La distancia es suficiente para abarcar con la vista decenas de kilómetros de accidentes geográficos y jungla espesa. La imagen me sobrecoge. ¿Cuánta vida hay en tal acumulación de selva? Seguro que la respuesta se acercaría al grado de incalculable. La cantidad de insectos, plantas, hongos, flores, aves y mamíferos en un metro cuadrado solo es comparable a la complejidad de las relaciones sociales de una ciudad o al número de procesos mentales que realiza un cerebro humano. Como este trocito de playa, con millones de granos de arena, cientos de caracolas dejando su rastro y entrelazando sus caminos, cangrejos buscando la humedad en unos agujeros efímeros que la marea alta borrará del mapa, peces que vendrán con ella y alguna pisada humana, todos formando un ecosistema vivo y único pero al mismo tiempo duplicable en cada metro de esta playa o de tantas otras playas del mundo.

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La ciudad de Panamá es un sálvese quien pueda donde la carrera no sólo ocurre entre el tráfico endiablado de sus calles serpenteantes. Los edificios también estiran sus cimientos hacia el cielo, como compitiendo por aliviar el picor. La ciudad se sostiene en varios pilares como las finanzas o la construcción. Como denominador común, la corrupción rampante que blanquea su dinero a base de casinos y edificios innecesariamente titánicos.

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Pero sin duda la columna vertebral de Panamá, ciudad y nación, es el canal. Es lo que atrae inversión y gente de todas partes. Y le da carácter, como un pequeño planeta de cocinas coreanas, indias, libanesas, italianas, caribeñas o chinas. El canal es un ser en sí, autónomo, vivo, mutable. Lleva cien años ahí y lo ha visto todo. Explosiones, dictaduras, ocupaciones, rascacielos. Tu smartphone, tu sofá, tus camisetas. Si no han pasado por el canal, es probable que alguno de sus componentes sí lo haya hecho. No es sólo espina dorsal de Panamá, es una de las venas del mundo.

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Cuanto más sé del chico de Alaska, más me queda por saber. Venimos de dos realidades tan lejanas como distintas: frío y calor, rural y urbano, norte y sur. Quizá de ahí la curiosidad, las conversaciones eternas, las largas miradas. En realidad nos sujetamos en pilares parecidos.

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Con un dedo recorro su columna vertebral y entre sus laderas noto el dolor, los sueños, las cicatrices. Noto los fríos valles de Alaska, el calor de sus chimeneas, la crudeza de los osos peleando por el territorio. Veo a las ballenas desde la ventana del salón, a los niños que cogen avionetas para ir al colegio, a las gaviotas sobre los barcos pesqueros. Imagino que él nota en mi columna vertebral la historia de Europa, las hormigas que me vieron crecer, el mar cálido. Una espalda humana puede ser tan extensa como un planeta y una columna vertebral tan abrupta y rica en matices como la jungla.

A nuestra espalda queda Panamá, la playa inmensa, el tren a Colón, los grandes momentos con nuestro amigo Marko. Por delante, quién sabe lo que nos espera.

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2015 no fue uno más

En enero dejé una ciudad que me ha acogido durante 10 años por docenas de sitios distintos. Barcelona dio paso

a un ser mágico en la luz de Mojácar, al abrigo que siempre es Madrid y la hermana que gané allí hace años, a mis primos, a cuidar del hermano que tanto me ha cuidado, a un brazo que volvió a ser solo un brazo en enero,

al refugio de mi familia escogida en Murcia, a volver a Barcelona con mi familia catalana, a notar que ya era solo una visita en febrero,

a música electrónica en Padua, a libros y planes de viaje, a paseos interminables por una solitaria lengua de tierra entre dos mares en marzo,

al amor de mi abuela sin pedir nada a cambio, a largas jornadas caminando hacia Santiago, a montañas y árboles, a un encuentro inesperado en abril,

a música, a amigos, a sorpresas e idas y venidas por carretera, a amapolas en los arcenes, a acento portugués en mayo,

al amor junto a mi familia de Toulouse, al amor en un barco a medianoche en Venecia, al amor en las calles de París, a sabernos derrotados por caminos distintos, a una amarga despedida en junio,

a mi primera línea flotando en el mar, a imágenes submarinas, a Douglas Dare y Owen Pallett, a amargura en casa, a los rayos del sol en cuerpos desnudos en julio,

a tres mil kilómetros por carretera, a mi familia en Londres y a la magia en Normandía, al vino en Burdeos, a más mar e imágenes y sol en agosto,

a despedida, a vetusta morla, a seres mágicos en Nueva York, al otro lado, al oeste en septiembre,

a calor y frío en las interestatales, al rojo en Boston, al otoño en Québec, a una suerte inaudita con las personas, a sexo y Halloween en octubre,

al bosque y lo sobrenatural en Canadá, a los sueños rotos de Detroit, a visitas y a acento sureño, a la magia en todos los rincones de Nueva Orleans en noviembre,

a fuego en Centroamérica, a Pacífico, a volcanes y selva, a inseguridades y a correr libre, a las puestas de sol en diciembre.

Hoy se acaba el año y paro y miro atrás. Y luego cierro los ojos y os veo a todos ahí dentro, en un remolino alrededor de una dinamo que da energía e ilumina todas las posibilidades. Hoy sois todos esos sitios, todas las puertas, todos los puntos de vista. Hoy os tengo cerca en mi mapa interior y mañana seguiréis ahí. Mañana rodará el calendario y seguirán sin importar las coordenadas.

Nos vemos en 2016.

El bosque inundado

Son las doce del mediodía y Nic vuelve cansada de trabajar, pero en sus ojos hay cierto brillo, una estrella reflejada en el agua oscura de su pupila. Camina rápido por casa, se enfunda unas botas de agua, Bruno comparte su agitación. Hoy, mi último día en esta región del Oeste, vamos a remar a los bosques inundados.

Luisiana está cubierto de zonas pantanosas, canales, lagos y bosques de inundación que laten al ritmo del Delta del Misisipi. Si el río inspira, las llanuras se inundan; si el río espira, se inundan menos. El sistema tiene miles de kilómetros de zonas navegables conectadas entre sí por canales artificiales y naturales. Abundan los bosques de inundación donde habitan cientos de especies de aves, anfibios, peces, reptiles y mamíferos. Es uno de los ecosistemas más ricos del país.

La canoa duerme en uno de los laterales del patio. La han mencionado varias veces, pero no había reparado en ella. Me costaba entender el concepto de tener una canoa de cuatro metros en el patio de una casa, pero sí, allí está. Bruno y Nic la levantan en peso y, de repente, me asalta la imagen instantánea de dos nativos americanos portando a hombros su canoa hace cientos de años, quizá en el mismo punto donde ahora se abre esta calle de Nueva Orleans. En unos segundos ya descansa encima del coche. Mis intentos por ayudar son inútiles, ellos saben lo que tienen que hacer. Les observo mientras la sujetan con cuerdas, y su forma de colaborar, pacífica y equitativa, me da seguridad.

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Los últimos suburbios de Nueva Orleans acaban abruptamente cuando el lago Pontchartrain decide cruzarse con la carretera. A partir de ese momento, volamos por encima de zonas húmedas. A lo lejos el perfil del horizonte se corta con agujas que expulsan humo y fuego. Es tierra de petróleo y refinerías. También es tierra de aves. Nic murmura mientras conduce mirando al frente: “Hoy quiero ver un búho”.

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En menos de una hora llegamos a una carretera jalonada por humedales. Veo la canoa sobre el coche, rodeada de bosque, y ahora me recuerda a la cresta de los nativos que habitaban esta zona. La veo esperándonos junto al agua y se me dibuja una sonrisa a medio camino entre la impaciencia y el respeto. La zona es hábitat de caimanes, pero llevamos alcohol, así que a quién coño le importa.

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Nic rema delante, Bruno detrás, yo en el centro. El canal aún es amplio, la orilla se ha perdido en la distancia y el ruido de la autopista que acabamos de atravesar por debajo se va disipando. Es pronto pero la luz es tenue, de un gris plomizo. Hay cierta carga eléctrica en el ambiente que se mezcla con nuestro ánimo. El resultado es una emoción difícil de describir. El cielo amenaza con lluvia, pero hay una calma tensa.

Empieza a llover y, empapados, decidimos refugiarnos bajo la autopista. Por suerte está cerca y aún nos queda bebida. Nos vemos pequeños entre los pilares de hormigón y el sonido del tráfico invisible impresiona. Son las entrañas de un monstruo sin vida pero humano en esencia. “Cuánto esfuerzo habrá costado construir esto. Si las personas reunieran toda su energía para ayudarse y construir otro tipo de cosas, imagínate de lo que seríamos capaces”, dice Bruno. Otro tipo de puentes, pilares de otra clase. Dándose cuenta de la utopía, Nic arremete entre risas contra la autopista lanzándole agua, como cuando Niki de Saint Phalle disparaba balas de pintura a los lienzos.

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La lluvia cesa y volvemos a introducirnos en la llanura inundada. Nic rema sin parar de observar, a un lado y a otro, oteando las copas de los árboles en busca de su objetivo: encontrar un búho. Como una nativa hace cientos de años. Como una auténtica detective hoy. El agua es densa, oscura, inquietante. El extremo del remo desaparece cada vez que la toca para impulsarnos. El agua aquí es una incógnita en sí.

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El canal se estrecha y las orillas se nos acercan poco a poco. Los árboles, fantasmagóricos, adquieren su tamaño real. Incluso los que están muertos transmiten algo imponente. Remamos durante mucho rato, sin relojes, apartando los troncos hundidos a nuestro paso. Miro atrás y veo el rastro que dejamos entre las plantas acuáticas. Al rato vemos un surco entre el manto verde que cubre la orilla, como si otra canoa se nos hubiera adelantado. “Un caimán ha pasado hace poco”, aclara Bruno. “Tranquilo, nos tienen más miedo que nosotros a ellos”.

Miro a los lados constantemente, intentando grabar cada segundo en mi memoria. No sé si soy yo el que observa al bosque o es el bosque el que me vigila. Las orillas nos contemplan impasibles. Me aturde la sensación biológica de estar rodeado de vida. Imagino a los caimanes escondidos en la orilla, quietos, observando ese extraño gigante de tres brazos al que es mejor no acercarse. Los peces en el agua apartándose ante esa masa misteriosa sin aletas ni cabeza. La canoa es un disfraz y un refugio.

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Hace rato que vamos en silencio. Apenas puedo girarme hacia Bruno porque hasta el movimiento más pequeño nos desestabiliza, pero no pierdo de vista a Nic. Escruta incesantemente los árboles, a pesar de que la luz empieza a escasear. Quizá vaya siendo hora de que volvamos, aquí la fauna es nocturna, pero de repente suena un búho a lo lejos. Nic hace un gesto de alerta y nos pide “cinco minutos más, quiero ver uno”.

Seguimos remando. Solo quiebra el silencio el graznido de un pájaro o el agua salpicando los remos. Avanzar es cada vez más complicado, Nic se emplea a fondo para apartar los troncos flotantes. Y entonces, justo cinco minutos después, su brazo se estira hacia el bosque con el dedo índice señalando un punto concreto. Allí está, lo vemos a lo lejos durante unos segundos. No hay suficiente luz para percibir sus ojos, pero la silueta de un búho es inconfundible. Guardamos un silencio sepulcral con el cuerpo en tensión, como si el mundo se hubiera detenido, pero la inercia de la canoa nos sigue moviendo y lo perdemos de vista. Volvemos a remar sin dar la vuelta, no podemos creer que ese búho estuviera ahí para nosotros. Nic comenta y Bruno comenta y yo comento y nos atropellamos los comentarios para unir lo que estamos sintiendo los tres, la meta alcanzada, la pura vivencia compartida.

Pero el bosque es sabio. El bosque sabe premiar a los que se esfuerzan por comprenderlo, a los que navegan sin rumbo solo por admirarlo. Por eso, apenas dos minutos después y aún con el búho clavado en mi retina, el bosque se abre ante nosotros tras un recodo y nos brinda algo más, aún más. Nic nos avisa con un susurro entrecortado y el tiempo se congela.

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Un árbol imponente, espectral y coronado con un águila. El águila de cabeza blanca, el águila calva. El ave sagrada de los nativos americanos, la que este país adoptó como ave nacional. Ahí está, imponente, mirando a tres humanos paralizados, tolerando nuestra presencia en su territorio. Un dios antiguo de la naturaleza, el dueño auténtico de estas tierras. Un águila calva en el último día de mi primer round en Estados Unidos.

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En el camino de vuelta a Nueva Orleans me sorprendo sonriendo en silencio. Algún rincón impreciso de mi cuerpo que hasta hoy era un lienzo en blanco es ahora la imagen de un águila contra el cielo gris en el bosque inundado.
Me voy un tiempo a surcar otras partes del Oeste, pero no tardaré en volver a buscarte, águila de cabeza blanca. Te lo has ganado a pulso.

God bless you, boy

El choque del avión contra la pista nos pilló a todos por sorpresa. Mi pasaporte salió volando y aterrizó tres asientos por delante. La sacudida duró un segundo hasta que el avión se estabilizó. Cuando pude recuperar el aliento, miré a través de la ventanilla y noté algo distinto, más salvaje.

Todavía con el corazón a mil, salí de la terminal y dos sorpresas me pillaron desprevenido. La primera, el clima de Nueva Orleans. Aún vestía todas las capas que Chicago requería. Iba pensando en quitarme ropa y de repente reparé en él. La segunda sorpresa fue Bruno y su cartel.

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De nuevo seres mágicos que me conectan con otros seres mágicos. Esta vez los de Nueva York con los de Nueva Orleans. Bruno y Nic, limeño y neoyorquina, risueños, activistas, queer. Ya esa primera noche me cuesta creer mi suerte, es amor a primera vista.

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Giro al sur y todo cambia. La quintaesencia aún es norteamericana, pero la gente, las casas, los árboles… La energía es distinta, eléctrica, la luz adquiere un matiz multicolor, las frases son más fluidas, los gestos menos serios. Los primeros días aquí percibo un ambiente familiar, un calor con el que crecí, palmeras que siempre me han sido cercanas. Como si ya lo conociera. Quizá sean las nubes corriendo rápido, quizá la humedad. Quizá es que el Este ha venido a verme.

Desde que la conozco, Isabel siempre ha querido viajar a dos sitios: Nueva Zelanda y Nueva Orleans. El primero no era una opción, pero el segundo estaba en las quinielas desde el primer momento, y apenas le costó presionar el botón de comprar vuelo en cuanto le dije fechas concretas. Llegó cargada de planes y pasamos una semana juntos llena de estímulos, repleta de esas risas que solo 15 años de amistad pueden provocar. Ver Nueva Orleans a través de sus ojos y a un ritmo distinto al que acostumbro me ha dado otra perspectiva, como contraste a todo este tiempo viajando solo.

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Inevitablemente, con ella también viene el Este, los recuerdos, las añoranzas, alguna disyuntiva. Esa división física de la visión espacial, mirando hacia dos direcciones opuestas al mismo tiempo, me deja algo colapsado. Pero el sabor final es el de un recuerdo bonito, un paréntesis que siempre será nuestro paréntesis en Luisiana y que guardaré como un tesoro: Isabel y el autonauta en Nueva Orleans, el bayou, Friendsgiving, Siberia, la purpurina, las carreras de caballos con Bruno, Nic y los demás.

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Vuelvo a mi realidad un tanto agotado. Me cuesta abrir los ojos y ver con claridad dónde estoy sin pensar demasiado en el Este. Nic y Bruno lo notan y despliegan chalecos salvavidas a mi alrededor. Vamos al cine, cocinamos, paseamos por el bosque, subimos al punto más alto de Nueva Orleans. Me enseñan lo que es una second line. Bailo y salto y canto letras que no me sé.

A pesar de los turistas, de la imagen manida del barrio francés y de los mitos de la ciudad, Nueva Orleans es un sitio humilde, lleno de contrastes, aún con rastros del Katrina, a veces peligroso, alegre, elegante, decadente. Refugio de músicos, aquí las horas se cuentan en litros de alcohol. Aquí aún se sonríe. Es una fuente inagotable de situaciones únicas.

Espero el tranvía un rato largo junto a un semáforo. En él, un hombre de mediana edad sujeta un cartón de cara al tráfico donde se lee una escueta declaración, “veterano de guerra en apuros”. Los conductores no apartan la vista de la luz roja para mirar su pequeña frase de auxilio. Es uno de tantos, de las decenas de miles de militares que este país exprime en conflictos injustos y después tira a la basura cuando ya no los necesita. Al menos él no está mutilado, pero su cara muestra cansancio. Muchas horas al sol y muchos tubos de escape. En un momento dado cruzamos las miradas y me sonríe. “Es increíble lo que te pareces a mi hijo”, me dice con acento de Texas y una palmada cariñosa en el hombro. “Es policía, es un buen chico”. Cruzamos varias frases, le sonrío. Me mira con ternura. “Eso está bien, chico, eso está bien. La frustración solo trae frustración, pero una sonrisa siempre trae otra sonrisa. Créeme, sé de lo que hablo”, me dice mientras vuelve junto a sus cosas y despliega su cartel de nuevo. Aguanto la emoción como puedo. En quince minutos nadie le ha dado ni un dólar. Al cabo de un rato recoge sus cosas con desánimo. Es la retirada de otra batalla diaria perdida. God bless you, boy, se despide antes de alejarse. Yo, que evito esos términos, le deseo un buen día.

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Admiro tu carácter dual, la dureza y la delicadeza, la vida fácil y difícil. Creo que te entiendo, Nueva Orleans. Entiendo las tormentas que lo inundan todo, los muros de contención que fallan e inundan las zonas más vulnerables. Entiendo tus carencias y lo difícil que es mirar hacia dentro, comprender la esencia propia para reconstruirse a partir de cero. Entiendo las heridas, las cicatrices, los cuervos graznando en la distancia. Y entiendo que cuides sin rencor de tus lagunas y tus árboles, cuyas raíces beben del agua que un día casi te ahoga.

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Te entiendo, Nueva Orleans. Goonies never say die!

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Toronto en tres actos

Primer acto: por dentro y por fuera

Abrí los ojos-telón y tras la ventanilla del autobús desfilaban los rascacielos del distrito financiero de Toronto. De nuevo gigantes de vidrio y acero al más puro estilo norteamericano. La Ville Reine según los francófonos, el gran centro financiero y comercial de Canadá. Un lugar frío y caro donde debes dejarte la piel trabajando, pero también una de las ciudades más diversas del mundo. Lo noté en el mismo instante que pisé la calle de camino a casa de Robert, y esa diversidad ayudó a templar la primera impresión gélida que tuve de ella. 25 minutos a pie en los que miré ojos diversos, rasgados, grandes, oscuros, azules, turbios, tristes, expectantes. Me gustan las ciudades con todos los tipos de ojos.

Por dentro, Toronto es grande, relativamente segura e interesante. Hay un barrio para cada nacionalidad: Little Portugal, Little Korea, Little India… Hay zonas industriales reconvertidas en centros culturales, como el Distillery District. Hay vida de noche y, por suerte, hay extrañas olas de calor en noviembre.

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Robert me llevó al día siguiente a Ward Island, un pulmón prácticamente salvaje a solo un paseo en ferry del downtown. Es un rincón que ha esquivado la especulación inmobiliaria gracias a la lucha de sus pocos habitantes desde hace décadas.

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Solo hay una zona con unas cuantas casas que llevan ahí más de un siglo, y hay una estricta lista de espera para poder habitarlas. El resto es pura naturaleza. Gracias, habitantes de Ward Island.

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Segundo acto: artes escénicas en Toronto

Robert es muchas cosas, entre ellas un gran bailarín de danza contemporánea. Le he visto bailar todos los días en casa, pero también sé que es bueno porque cada noche le llegaban entradas para algún espectáculo de danza y, una vez allí, todo el mundo le decía “quiero volver a verte bailar”.

El circuito de danza en Toronto parece algo endogámico, como el teatro alternativo en Barcelona. La mitad del público está relacionado directa o indirectamente con la danza. Eso no impide que la escena sea bastante efervescente, aunque “donde de verdad se mueve el tema es en Montréal”. He escuchado esa frase varias veces. Ay, Montréal, no me dejas olvidarte.

Me impactó Echo, un montaje de diez bailarines vestidos con una falda de inspiración militar y botas también militares. La coreografía me dejó con la boca abierta: movimientos a veces orgánicos, como si fueran una manada de animales luchando por el territorio, por aparearse, por liderar a los demás; y a veces completamente rotundos, cortantes, marciales, piruetas que acababan de forma brusca en una parálisis absoluta, por un segundo la inercia convertía las enormes faldas en el único elemento dinámico del escenario.

Otra noche vimos una performance de Rosé Porn que, aunque me resultó el típico “ejercicio artístico” inútil y pretencioso, incluía ingredientes como una nave industrial y música electrónica ensordecedora, así que al menos bailé.

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Otra noche fue Eunoia, un ejercicio creativo multidisciplinar en el que un grupo de bailarines, algunos de Montréal (suspiro), bailaban en cinco actos, cada uno dedicado a una vocal, mientras recitaban textos creados solo con palabras con esa vocal. Sonoros focos mohosos rotos por osos homos. Algo así pero con estilo.

Tercer acto: el talento

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Imagina que tuvieras la capacidad de volar alrededor del planeta sin cansarte. Verías pasar 7.000 millones de humanxs bajo tus alas. Si aterrizaras en una calle aleatoria de una ciudad cualquiera, es muy probable que a escasos metros viviera un gran pianista, o una gran escritora, o una gran fotógrafa. Quizá esa persona ni lo sabría, quizá no tendría recursos para descubrir su potencial, o quizá habría acabado detestando su pasión por culpa de una educación demasiado estricta. Lo que es seguro es que en cada calle de cada ciudad del mundo hay gente con talento, por desgracia muchas veces oculto.

Robert tuvo la suerte de poder desarrollar su talento desde pequeño. Con 15 años componía música electrónica, y Aphex Twin habría palidecido. Con 20, música clásica. Por desgracia, una educación musical de primer nivel le acabó dejando exhausto. Dejó de componer. Pero aprendió a expresarse con su cuerpo, y resultó que se le daba bien. Creo que tiene tal sensibilidad que podría controlar fácilmente cualquier forma de expresión artística. Por suerte, está haciendo las paces con la música. Desde que volví a verle tocar en Toronto, cruzo los dedos para que un día cualquiera algo le devuelva las ganas de componer. Quizá sea una ráfaga de aire fresco en verano, o una voz interior mientras mire un árbol de Allan Gardens, o un chico que le llegue dentro y le susurre palabras de amor. Lo que sea, pero que las ganas le vuelvan.

Solo puedo ofrecer una pequeña muestra de lo que hablo gracias a un fortuito piano callejero que le animó a tocar una pieza que compuso hace años. Robert, no prives al mundo de esto:

El road trip de los trillizos hacia un fenómeno natural

A pesar de las terroríficas caretas que llevaban, cuando Timothy y Josh aparecieron por sorpresa en la fiesta de Halloween, alguien que no les conocía dijo: Juan, il y a deux comme toi!, es decir, “¡hay dos iguales que tú!”. No es la primera vez que nos dicen que nos parecemos, ya en Nueva York alguien nos llamó trillizos. No sé hasta qué punto el parecido físico es cierto, pero es verdad que nuestro sentido del humor viaja por la misma amplitud de onda y que con ellos todo es fácil, todo fluye por el mismo cauce.

Salimos de Montréal varios días después en dirección al oeste, sin un destino concreto. El propósito era encontrar un bosque para pasear y una cabaña donde dormir de camino a Ottawa, donde al día siguiente yo me quedaría y ellos volverían a Nueva York. Llevábamos apenas media hora de trayecto y, desde la parte de atrás, escuché a Timothy explicarle a Josh que Laval es una isla residencial pegada a la de Montréal. En secreto, disfruté de ese momento íntimo de pareja, una explicación trivial y cariñosa al mismo tiempo. Me resultó familiar, algo reconocible que yo también viví durante unos años en la única relación seria que he tenido. Me trajo buenos recuerdos.

Las caretas de Halloween fueron adquiriendo protagonismo a medida que corría el cuentakilómetros. Estuve a punto de bajarme en una gasolinera con una de ellas puesta, lo que podría haber causado más de un ataque de histeria y alguna que otra llamada a la policía.

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Después de preguntar en un remoto pueblo quebequés, nos dirigimos hacia una zona con varias rutas para hacer senderismo. Por fin un poco de bosque, lejos de ciudades y humanos, con la única compañía de dos seres mágicos que, caminando en silencio a mi lado por un bosque canadiense, me transmitían paz y confianza. Incluso con las caretas, lo único que desprendían era luz.

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Durante varias horas nos deslizamos por el tapiz de hojas secas pisando otoño, escuchando el latido caduco de los árboles desnudos. Algún pájaro de grandes dimensiones disparaba la imaginación de los tres al levantar el vuelo, pero el silencio no tardaba en envolvernos. Silencio sin botones de on/off, silencio sin necesidad de apagar nada. Recuerdos del Camino.

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En un recodo encontramos una cabaña en estado de semiabandono. En su interior había una mesa de madera, una chimenea, leña y una mecedora. Era fácil imaginar a un cazador fumando, balanceándose hacia atrás, hacia adelante, esperando el momento oportuno para disparar a un ciervo despistado. Nos dio juego para seguir usando las caretas en una sesión de fotos improvisada en la que competimos por la foto más terrorífica, hasta que conseguimos darnos miedo entre nosotros.

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Caminar con seres mágicos tiene la gran ventaja de no tener ni que buscar, la magia viene a ellos de manera innata. Así encontramos el hotel donde dormimos, una casa escondida entre árboles, en mitad de un bosque junto a un pueblo impronunciable, mirando hacia uno de los miles de lagos que salpican esta región.

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Mientras anochecía recorrimos laberintos de césped y piedra junto a la orilla del lago, a veces corriendo y gritando como niños que encuentran un parque infantil para ellos solos, a veces caminando en silencio entre árboles como tres adultos con mundos interiores de actividad intensa. Cenamos pizza al calor de la estufa y nos contamos historias, como la del crack en Kansas City. Mientras, las horas pasaban y el lago contemplaba la única luz de la orilla, la nuestra. Fuera, los árboles del bosque se erguían en la oscuridad, impacientes por recibir el calor de un día que se anunciaba soleado. Al levantarnos, no encontramos ni más ni menos que eso.

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Llegamos a Ottawa a mediodía y, justo después de comer, Timothy y Josh se fueron en el pequeño coche de alquiler. Me costó no mostrarme triste, pero aguanté mientras me repetía una y otra vez New York is going nowhere.

Ottawa salió al rescate. Un chico de nombre compuesto salió al rescate. Ottawa y un chico de nombre compuesto me auparon en volandas. Ottawa mataba al instante cualquier comparación involuntaria que pudiera hacer con Washington DC. Es más humana, más diversa, más auténtica. En Washington DC jamás hubiera encontrado una araña gigante comiéndose a una turista al compás de los últimos rayos del atardecer.

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Había hablado con el chico de nombre compuesto mucho antes de llegar a Ottawa. En alguna parte estaba escrito que nos íbamos a encontrar por algún recodo de la red porque no tardamos en descubrir amigos comunes, y perfiles en Couchsurfing, y Timothy y Josh en Montréal, y el bosque y “te dejamos en Ottawa si te va bien”, y los horarios de los autobuses a Toronto, y un “aquí te puedes quedar”.
Todos esos azares provocaron, sin que la población local aún se lo pueda explicar, que en la capital de Canadá se hiciera de día en plena noche de noviembre.

Quién sabe, Montréal

Si Montréal fuera una mujer y yo heterosexual, le habría jurado amor eterno a la semana de conocerla. Sería joven y madura al mismo tiempo, y haría que hombres y mujeres la miraran dos veces al cruzarse con ella. Tendría un encanto sencillo y fuerza en sus gestos. Sería artista y ganaría poco, pero necesitaría poco. Vestiría ropa antigua pero ella sabría hacerla moderna. Se expresaría en inglés y francés, y conocería muchas otras culturas.

Si Montréal fuera un árbol, sería uno grande y de hoja caduca, cambiante con cada estación: verde y fresco en verano, de colores en otoño y frío y sin hojas en invierno pero con el encanto de descubrirse desnudo ante la nieve donde el sol se refleja.

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Si Montréal fuera un astro, no podría ser uno solo. Sería la mezcla del Sol y su brillo, con Marte y su cercanía, con Júpiter y sus colores. Sería Plutón y pasaría desapercibido durante años, sería incluso denostado, hasta que un buen día una sonda espacial lanzada por los estúpidos humanos capturara fotos en alta resolución y su belleza radiante nos dejara con la boca abierta.

Pero aunque Montréal no es ni una mujer, ni un árbol, ni un astro, aunque solo sea una ciudad en una isla en un continente cualquiera, es atractiva y radiante y bilingüe y distinta.

Para llegar al hogar de la Comune hay que subir 37 escalones desde la calle. Por fuera su edificio no se diferencia de tantos otros de la ciudad: planta baja y dos alturas, con unas escaleras que llegan desde la acera hasta la primera planta. Lo que encontré al cruzar el umbral del peldaño 37 me pilló por sorpresa. Seis personas distintas, cada una con sus intereses, cada una con su carácter, cada una con su ritmo vital, pero seis personas informadas e inteligentes, que se cuidan unas a otras en una convivencia que recuerda a un engranaje bien engrasado. Son una familia que comparte comidas y espacio vital, siempre con respeto a la autonomía de cada uno. Pasan juntos el tiempo que pueden e incluso comparten un coche que compraron entre los seis. Y todos, del primero al último, hicieron que cada vez que cruzara el umbral del peldaño 37 durante los diez días que duró el idilio con Montréal me sintiera acogido, simplemente como uno más. Quién me iba a decir que en Québec me esperaba otra familia al final de una escalera.

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Y con esta cocina.

Tanto fue Montréal y todo lo que encontré que casi olvido que aún hay mucho por ver. Por suerte, Timothy y Josh aparecieron por sorpresa en un Halloween memorable, con la propuesta de un road trip al oeste. Y, aunque Montréal y la Comune y unos besos furtivos y todo lo demás aún me bullía dentro, los dos neoyorquinos de mis ojos consiguieron apaciguar el géiser y sacarme de allí, antes de que fuera demasiado tarde. Pero quién sabe, Montréal, quién sabe hacia dónde soplará el viento la próxima primavera.

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El rojo es y no es frío

El otoño se ha derrumbado sobre Boston como si hubiera corrido todo el verano y acabara su carrera aquí, exhausto por el calor y la humedad de los meses pasados. Se ha cobrado su pequeña venganza con unos días gélidos, con grados bajo cero e incluso unos copos de nieve extraviados. El otoño ha comenzado rojo.

Rojas, naranjas, amarillas y verdes las hojas de los árboles que estallan en colores para contrarrestar la palidez del invierno que se avecina en Nueva Inglaterra. Aún en los árboles o caídas en un cementerio, a los pies de alguien nacido en Carthage, te recuerdan que otro año entra en su recta final.

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Rojos los edificios históricos de Boston. Ladrillos que delatan la influencia británica, muros que resisten el paso del tiempo con orgullo y carácter propio. Juntos muestran un pasado de lucha contra la esclavitud y por la libertad. Y aguantan las embestidas de los tiempos modernos con gran dignidad.

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Rojas las facultades de Harvard. Los estudiantes caminan entre ellas como la savia que bombea la sangre de este órgano vital del conocimiento que es Boston y sus más de 50 universidades.

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Rojos los detalles de un pueblo en la costa donde me refugié una mañana.

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Rockport

Rojo el fuego de los dos hermanos que me han acogido en Boston. Un rojo brillante, ingenuo, cálido. Ella es un frasco algo opaco que encierra una pócima hermosa e inteligente, solo tiene que sonreír y el hechizo surte efecto. Él es un torrente vivo del que manan ríos de letras y música y lenguas. Te empapa de nuevos estímulos y te refresca las nociones universales. Los dos son Sicilia, Boston, Shanghái, Bangkok, Madrid, entre los dos llevan dentro esas y otras partes del mundo, en cada una de las frases que pronuncian. Son bondad e ingenio, son pura gentileza, son valientes que miran al mundo de frente. Ella es dulzura y a él le sale fuego de los dedos, y entre Boston y ellos dos me voy a seguir surcando con mil chispazos más de vida.

La gravedad de Nueva York

Ponerse enfermo mientras viajas te hace sentir mucho más vulnerable porque, a la propia dolencia, se suma que estás lejos de cualquier entorno habitual, no puedes tirar de los mismos recursos o medicinas que de costumbre y, si viajas solo, no hay nadie que te eche una mano.

Por eso creo que tuve suerte de ponerme malo justo al volver a Nueva York la semana pasada. Timothy, Josh y Nadia me cuidaron a la perfección mientras me acurrucaba en el sofá de su salón empapado en sudor. Por si fuera poco, además de aguantarme quejumbroso y afligido, Timothy es experto en medicina oriental y me dio unos mejunjes de sabor indescriptible que me sentaron muy bien.

Como me tiré casi una semana hecho un trapo sin hacer prácticamente nada más que dormir, cuando alguno de ellos volvía de la calle, ya fuera de trabajar o de hacer la compra, le bombardeaba a preguntas sobre qué tal el curro, qué tal el día, qué tal la cajera del súper… cualquier cosa que me recordara a ese lejano mundo exterior que mi faringe me prohibía pisar. Qué bonicos, siempre me contestaban con toda la educación del mundo. Pero es que al pobre Timothy lo acribillé a preguntas, no sin una buena razón.

Hace unos días hubo en Nueva York una conferencia de políglotas de todo el mundo a la que me hubiera encantado ir y Timothy, que no hay idioma terrestre y marciano que se le resista, asistió como miembro de pleno derecho. Así que en cuanto volvía de escuchar horas y horas de charlas y debates sobre idiomas, cultura, sociedad… le sentaba delante del sofá y le obligaba a contarme todo con pelos y señales, sin piedad alguna de su cansancio. Por un momento me olvidaba de la fiebre, la garganta y la madre que parió al que me quitó las amígdalas y me concentraba embobado en todo lo que Timothy contaba: charlas alucinantes sobre third-culture kids, un asistente de once años que iba solo y hacía las mejores preguntas de cada ponencia, el debate de que el mundo se percibe de la misma forma sin importar la lengua que hables… Todo me parecía alucinante, pero hubo un tema que me impresionó en especial. Fue una charla que dio Richard Benton, un señor de Minnesota con apariencia de padre de familia aficionado a la pesca que en realidad tiene un doctorado en hebreo antiguo y habla, entre muchos otros idiomas, somalí y etíope. Richard defiende la idea de que tenemos una responsabilidad social a la hora de aprender idiomas y que debemos esforzarnos por aprender aquellos que hablan minorías en riesgo de exclusión social en la zona donde vivamos. Es decir, él aprendió somalí porque la mayor comunidad somalí de EEUU vive en Minnesota, así se puede comunicar con ellos y ayudarles en su adaptación a un país nuevo y muy distinto. Y, por ejemplo, cuando viaja a España o Francia no usa ni el francés ni el castellano (que los habla), sino que aprovecha para practicar su árabe. Toma ya.

Lo cierto es que habría disfrutado como un enano de la conferencia y sé que a muchos de vosotros también os habría encantado. Por eso, aviso a navegantes políglotas: el año que viene se celebra en Tesalónica a finales de octubre. ¿Qué mejor excusa para visitar Grecia? 🙂

Me he vuelto a sentir como en casa en Brooklyn. Sé que es irreal, que estoy viajando, que es una circunstancia excepcional y que vivir ahí sería distinto. Pero influye sobremanera la sensación de tener un grupo de gente con el que conecto en muchos ámbitos. Y encima me han cuidado en un momento de vulnerabilidad, así que no les puedo estar más agradecido. No me cabe duda de que la fuerza de la gravedad es más fuerte en Nueva York. Esta ciudad atrapa. Alguien debería estudiarlo.

Por suerte, el último par de días ya me sentía mejor, así que hice varias cosas que me sentaron de maravilla. Una fue quedar con Félix, un amigo de la carrera que acaba su periplo por EEUU quedándose un mes en Brooklyn. Nos pusimos al día y fue genial ver cierta similitud en nuestra trayectoria vital. Además, fui de cena con Adam, Félix, Dominik (el de Philly) y otros amigos y, por fin, me zampé una hamburguesa gigantescamente estadounidense. 1.300 calorías, ahí lo llevas. Por último, como despedida de Brooklyn, hice un tour gratuito con Dominik por los graffitis de Bushwick, dos horas sin parar de caminar con un guía-artista al que daba gusto ver y escuchar. Es todo un museo al aire libre sobre este arte, nacido en este lado del mundo. Ahí va una pequeña muestra de la ingente cantidad de graffiti que contiene ese barrio.

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Sí, son todos graffitis

Ahora toca ir al norte, Boston y sus 8 grados de temperatura. Winter is coming y yo sin abrigo.

New York is going nowhere

Aunque sea empezar a escribir por el final, no me cabe duda de que volveré a Nueva York antes o después. Volveré a Brooklyn en realidad. Lo cierto es que mi imagen mental de Nueva York es básicamente Brooklyn, con un apabullante pegote llamado Manhattan ahí al lado para museos y demás atracciones turísticas.

Cada uno se hace con los lugares que no conoce a su manera. Para mí, una ciudad la forman las personas que la habitan y me gusta escrutar su idiosincrasia a través de la gente que vive en ella. Al fin y al cabo, la esencia que desprende un lugar mana de aquellos que lo conforman. Cuando llegas a un sitio nuevo, puede que te fijes en un edificio concreto, en un parque, en una calle o en una tienda. Sea lo que sea, lo único seguro es que eso está donde está porque sus habitantes lo han construido. Cada rincón de la ciudad tiene la marca indeleble de la gente que trabaja ahí, que vive ahí o que pasa por delante todos los días, como si parte de su adn se quedara entre los ladrillos de los edificios.

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En los ladrillos, en los jardines, en las aceras llenas de libros

Ya mencioné la fantástica mezcla de personas, lenguas y nacionalidades que hay en Brooklyn. Eso me fascina, está claro. También sus barrios para todos los gustos, el Brooklyn Museum y sus exposiciones temporales perfectamente elegidas de acuerdo al carácter del borough, Coney Island, Prospect Park, los libros descartados en la puerta de las casas, Park Slope y sus comercios, los puentes, las visitas inesperadas desde Barcelona, la arquitectura… Pero, sin duda, lo que más me atrae de Brooklyn son mis amigos. Los que ya conocía y los nuevos. Timothy, Josh, Adam, Nick, Nadia… Son ellxs quienes lo han hecho mágico. Ha habido cenas, helados, playas recónditas, parques, eclipses y una reunión de músicos y amigos en casa de Timothy y Josh que me dejó sin palabras. Había tal cantidad de talento y sensibilidad que no he podido borrar la sonrisa hasta que he cogido el autobús a Washington DC.

Me hace mucha ilusión explorar otras zonas del país. Nunca he estado fuera de Nueva York y, además, en muchos sitios me esperan otros amigos. Por eso no me da pena irme. Por eso y porque sé que ellos, los que hacen ese Brooklyn que me atrae y me invita a pasar más y más tiempo, están ahí. Como me dijo Timothy al despedirse, “New York is going nowhere”.  

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Gracias por aguantar la invasión celíaca 🙂